Con toda ideología estructural que adquiere una dimensión permeable en el tiempo, se corre el riesgo de eternizarla; es decir, de rastrear su origen en etapas fundacionales de la historia y, luego, convertida en teleología, proyectar su funcionalidad hacia delante como una «inevitabilidad». Al capitalismo le ha sucedido esto por su legión de intérpretes —sobre todo intelectuales—; ha sido convertido en un comodín teórico donde ha prevalecido una función política y una práctica económica, prefigurada desde las instituciones que constituyen al Estado en su funcionalidad real y reducida: las élites gobernantes.
Reducir el capitalismo al comercio antiguo o reconocerlo en él no es productivo. Tampoco lo es ubicarlo en la usura que concentraba la diáspora «empresarial» que iba desde los genoveses hasta el imperio tributario del Reino Unido de forma gradual y ascendente. Y es erróneo no por su carácter episódico, sino por su propio desarrollo interno, presentado como categorías mutuamente excluyentes y colectivamente exhaustivas sin admitir matices intermedios. Por lo tanto, la concentración financiera que va fundando Estados nacionales mediante la subvención de la guerra, como consta en el acta fundacional del Banco de Londres, se toma como el principio de una falsa contradicción que nos deposita en una simplicidad narrativa, no epistemológica; contradicción ilustrada en una genealogía utilizada por el liberalismo historiográfico: Esparta y Atenas como modelos encontrados y en apariencia explicativos, fundacionalmente. Aunque en Westfalia (1648) se da —geopolíticamente y mediante el liderazgo holandés— una estructura anárquica entre estados que, precisamente por su descentralización, permitió una utilización del crédito más efectiva y con elementos capitalistas, estos no eran capitalistas en su dimensión prevaleciente, porque el móvil fue sobre todo político y llevó a su propia disolución en el sistema interestatal reconstituido tras las guerras napoleónicas y ejecutado por el liderazgo británico.
La bifurcación argumental acontecida luego del análisis marxista —que no habla de capitalismo sino de capital— y que a partir de Werner Sombart desdibuja la propia constitución del capitalismo —como definición teórica devenida del socialismo alemán— en tanto su carácter contraintuitivo y tecnológico-mental, que explica la emergencia de un estrato social fundamental como la burguesía que permite la expansión económica de forma rizomática y que tendrá en la clase media de principios del siglo XX una apoteosis truncada por la centralización estatal y financiera (sobre todo después de la creación de la Reserva Federal), diluye en el pragmatismo económico una discursividad de tipo sociológico que desconoce los efectos sociales de una riqueza esparcida en cifras crecientes desde finales del siglo XIX, para fijar el debate en una deriva dialéctica y viciada que tiene en «la explotación y la gestión del capital» su razón principal.
Toda la patologización posterior, de núcleo marxista y neomarxista —capitalismo y esquizofrenia—, que intenta explicar los supuestos efectos culturales del capitalismo —desconociendo y evitando con toda intención la explicación estructural de la riqueza acumulada de forma exponencial mediante conceptos y procesos capitalistas de contabilidad, ahorro, crédito sano dirigido a producciones útiles y crecimiento económico a escala progresiva y comunal, como el Oeste estadounidense, por ejemplo— desfigura el debate y promueve definiciones inciertas por esquivas.
Una defensa con validez del capitalismo económico —el capitalismo real— como el de la escuela austríaca, aunque viciado por la dialéctica moderna por explicarse en oposición al socialismo (que no es un sistema económico sino una ideología política que instaura sus criterios económicos por la fuerza), perdió validez epistemológica. Su explicación fenoménica y cierta del capitalismo, constituido por la formulación de precios como organizadores orgánicos de la oferta y la demanda, quedó invalidada por un sistema bancario centralizado que, manejando una expansión monetaria constante y arbitraria, recala en activos inflados por la cantidad de dinero que crea constantemente de la nada, garantizando crisis cíclicas y burbujas de todo tipo que estallan en el rostro de la gente común y trabajadora. Estas crisis son artificiales porque no proceden de las contradicciones del capitalismo en sí mismo, que se pueden autorregular mediante una reconducción del crédito útil, sino que son traspiés políticos de entidades centralizadas que, paradójicamente, es una de las propuestas del Manifiesto Comunista: un Banco Central.
Si un sistema político globalista irrumpe cada vez más en un sistema económico sobrecargado de ciclos inflacionarios intencionales, desarticulando la posibilidad de crear riqueza capitalista —que tiene en la pequeña y mediana empresa su expresión más acabada por su utilidad social efectiva— para, en su lugar, ubicar burbujas de activos que son, finalmente, burbujas políticas, ¿cabría hablar de una enfermedad del sistema capitalista? Sin ánimo de patologizar el debate, pues esto sería neomarxismo revaluado, sí podríamos aceptar sin rubor que a la práctica capitalista se le han inoculado prácticas financieras virulentas que entorpecen y anulan, sistémicamente, su mayor aporte a la humanidad como sistema: la posibilidad de que la sociedad pueda participar en su conjunto de la creación de riqueza ofreciendo sus servicios unos a otros.
Una crítica que recupere el verdadero debate sobre el capitalismo en cuanto a su efectividad propositiva para la estructura social no tiene que terminar en los predios radicales de la revolución —sobre todo si el obrero prefiere comer en McDonald’s a hacer la revolución proletaria—; tampoco supone los paños tibios de la reforma; supone, sobre todo, una higienización de la memoria y las buenas prácticas económicas y sociales.
Imagen: El curso del imperio: Destrucción (1836), de Thomas Cole.




