¿Cuál fue el libro que destruyó tu inocencia literaria y te dejó emocionalmente disponible solo para personajes ficticios?
El extranjero. Lo leí siendo adolescente porque escuché al padre de un amigo hablar de él. Cuando vi que era una novela corta me animé. No sospechaba su inmensidad. Da mucho miedo el existencialismo de Meursault. Aunque tengo tendencia a amar personajes (no ficticios) así.
¿Qué autor/a te gustaría besar o abrazar y luego golpear con una edición de 800 páginas por arruinarte emocionalmente?
Juan Rulfo. Soy un protector de Pedro Páramo. No importa que me rompa emocionalmente. Juan Preciado y Comala son una sensación, una presencia permanente.
¿Cuál es el libro que dices que «te marcó», pero en realidad solo lo leíste por presión estética?
Mientras agonizo. Ese flujo de conciencia en que se expresan los miembros de la familia Bundren me exige ser subjetivo a la hora de valorarlos, porque se vuelven muy emocionales. Y a mí me gusta ser muy racionalista en la lectura. Prefiero la realidad de un loco a la histeria de un cuerdo.
¿Qué personaje literario querrías como pareja, aunque sabes que terminarías llorando en una librería con jazz de fondo?
Farraluque, en Paradiso. Es muy pasional, atrevido, desprejuiciado. Aunque sería una relación muy corta. Nos parecemos demasiado.
¿Qué libro consideras «un clásico necesario» pero solo porque te da ansiedad admitir que te aburrió como misa en latín?
La montaña mágica. Leí la novela por obligación en la universidad. Jamás olvidaré cuánto me conformé con el mínimo de aprobado en aquel seminario.
¿Cuál es tu lectura secreta de vergüenza?
Como agua para chocolate, de Laura Esquivel. La leía en las noches de insomnio. Es tan cursi que puede dejar rendida hasta a la persona que más anfetaminas haya tomado.
¿Qué autor moderno te resulta tan brillante que lo detestas como se detesta un/a ex?
Si se refiere a moderno por contemporáneo, bueno…, pues a Abilio Estévez. Tengo una devoción por su prosa: su peculiar manera de narrar, su proverbialidad estilística, sus personajes testimoniantes. Tuyo es el reino, Los palacios distantes, entre otras novelas, y piezas de teatro como Perla marina, La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea y El enano en la botella son obras de brillantez literaria.
¿En qué momento de tu vida descubriste que subrayar frases no significa que las entiendas?
Siempre marco como lector para volver a ese pasaje. También hacía otro tipo de marca, la que hace un profesor de Literatura cuando prepara su conferencia. Fue esta última la que tuve que hacer por más de 15 años.
¿Cuál es la palabra más pretenciosa que has usado para hablar de un libro y así sonar más intelectual?
Cuando preparaba mi tesis de doctorado (que nunca llegué a defender), estudiaba novelas en que las protagonistas eran locas (realmente enfermas mentales). Yo había leído mucho a Fromm, Foucault y a Lacan, y de tanto querer demostrar que en el discurso delirante puede haber mucha lucidez, y no precisamente desde un punto de vista metafórico, escribí la palabrota “cordulocura”. Menos mal que Maggie Mateo me convenció de quitar aquello.
¿Qué edición de un libro compraste solo porque tenía cantos dorados y parecía un objeto de brujería victoriana?
Tengo el libro en mi biblioteca de La Habana y no recuerdo la editorial que lo publicó, pero fue un viejísimo ejemplar de La divina comedia con ribetes dorados y cubierta de cuero. Finalmente era algo imposible de leer por la transparencia del papel y la pequeñez de la letra.
¿Qué personaje literario usarías para que le diga verdades a tu ego?
Rastignac. Siempre he querido discutir con él.
¿Qué libro te obligaron a leer en la escuela y ahora finges que amas por trauma y costumbre?
La metamorfosis. No había forma que yo me reconciliara con aquello. Sobre todo por el enfoque marxista que le daba aquella espantosa profesora de preuniversitario al concepto de alienación.
¿Qué librería física es tu ruina financiera y tu capilla emocional?
Una librería en El Vedado habanero, «Cuba Científica». Exactamente en la calle I entre 23 y 25. Eran todos libros de uso y nada que ver con las ciencias exactas. Su dueño era un hombre amable y culto, y aquel lugar era como la sala de su casa. Quizá era él quien representaba esa zona otra para el comprador, la emocional, y funcionaba como capellán para las experiencias individuales de lecturas. Como el librero del cuento, del mismo nombre, de Julio Garmendia.
¿Cuál fue la última frase literaria que te hizo decir: «maldito genio»?
Hay tres, y de preferencia en este orden, “era un cuerpo de carne transcurrida”, en el último capítulo de El reino de este mundo; “es inajenable mi Aleph” y “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”, ambas de Borges.
¿Has tenido una relación que terminó por diferencias librescas irreconciliables?
Una noche casi echo de mi casa a la pareja de un amigo porque me dijo (aunque lo habían alertado de cómo yo era con los temas literarios y a sabiendas de que yo impartía Literatura Latinoamericana) que Rayuela era un intento malogrado de novela. Se me montó el panteón yoruba y por poco lo sacrifico. Terminé yéndome por un rato de mi propia casa. A la vuelta me pidió perdón. Luego yo hice todo lo posible para que él y mi amigo se separaran.
¿Cuál es tu lugar favorito para leer como si fueras un personaje de Murakami? ¿Café hípster, ventana lluviosa, cama existencialista? ¿Algún otro?
Tirado en el suelo de mi casa en La Habana. De noche y desnudo con un trago de vodka y un cigarrillo. Pero ya no vivo en La Habana y tampoco fumo. Todavía no aparece en Madrid el parque que me convenga. Será porque no me puedo desnudar en ninguno. No sé.
¿Cuál es el libro que usas para impresionar a gente culta y que jamás has terminado?
El libro que uso para impresionar es El maestro y Margarita. Pero sí lo terminé. Es una de mis novelas favoritas. Solo hay un autor al que no logro terminar de leer nunca, Leonardo Padura.
¿A qué personaje literario le confiarías tu diario?
A Cobra, el personaje que da título a una de las novelas de Severo Sarduy. Pero también se lo confiaría a cualquier personaje de Manuel Puig o de Carlos Felipe.
¿Qué autor muerto invitarías a tu funeral solo para que lea algo devastador y elegante sobre tu mediocridad redimida por el amor a los libros?
A Virgilio Piñera.
¿Cuál fue la peor traición literaria que sufriste? ¿Un mal final, una adaptación atroz, o que tu autor favorito profesara una ideología incompatible con tus principios?
La aprendiz de bruja, de Carpentier. Por la mala traducción del francés que se hizo en la única edición cubana. Lamento mucho que uno de mis escritores preferidos y más admirado como novelista sea Carpentier, por comunista.
¿Cuál es el insulto más refinado que has pensado hacia alguien que dice «no me gusta leer»?
Que llegue la postrera sombra que te llevare al blanco día.
Tienes una pila de libros por leer tan alta que si se cae podría matarte. Aun así, ¿cuál(es) compraste ayer?
Volvería a comprar Noticias del Imperio, de Fernando del Paso, aunque poseo dos ediciones. Pero tengo una obsesión con Carlota. Una fascinación por su locura torrencial.
¿Qué libro «profundo» te pareció un fraude elegante lleno de humo, citas sueltas y pseudomística de librería hípster?
Memorias de Adriano.
¿Cuál es la última vez que leíste algo tan hermoso que reveló algo de ti mismo y quisiste arrancarte los ojos como Edipo?
Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes. Hace poco fue que lo leí completo. La hibridez genérica del discurso y la forma en que el yo fluye desde el punto de vista enunciativo me dejaron perplejo.
¿Cuál es tu edición de “libro fetiche”, esa que no prestas, aunque la otra persona te prometa su alma?
La edición príncipe de Celestino antes del alba, la cubana, la de 1967. Y mi ejemplar de El nombre de la rosa. Ambos libros están atiborrados de marcas hechas por mí en varias épocas.
¿Qué autor invocarías en una sesión espiritista para preguntarle por qué te dejó con ese final?
A Dostoievski. Y no por uno, sino por varios finales.
¿Cuál es tu ritual de lectura secreto que te hace sentir que el mundo tiene sentido, aunque sea por diez páginas?
Hay tres. La poesía de Antonio Machado y cualquier cosa de Miguel de Unamuno. ¿La tercera? Montaigne.
¿Qué frase literaria usas para justificar tu adicción a leer en lugar de resolver tus problemas reales?
“Siempre he confiado en la bondad de los extraños”, Blanche Dubois en Un tranvía llamado deseo.
¿Qué libro quema lentamente tu conciencia porque nunca lo terminaste y aun así opinas de él como si fueras crítico del Paris Review?
Sab, de la Avellaneda. Pero no por voluntad, sino porque el ejemplar estaba muy deteriorado y le faltaban las últimas páginas. Luego nunca busqué otro para terminarla.
Si fueras un libro olvidado en una estantería polvorienta, ¿qué frase pondrías en tu contratapa para que alguien, por fin, te elija?
Le robaría un título a Pedro Lemebel, Tengo miedo, torero. Justamente porque el miedo no es una de mis emociones más frecuentes.





Bella entrevista refleja todos sus más verdaderos sentimientos, él se enamora ,se emociona,la vive en carne propia,es un caballero andante entre libros e historias,es lo que realmente ama.
Ay, si llego a decirte por qué no me gusta Rayuela…!
En muchísimo coincidimos, pero no logro que Cortázar me hable. Tal vez la culpa sea de los bufanderos.
Te quiero muchísimo.