Un plumífero en un hall

De noche y entre árboles, un toro oscuro a solas bufa, cabecea y se siente mirado, nos presiente. ¿Es el mismo o cambia el toro cuando cambia el plano? Seguro me confundo y es otra su intención, para mí sin embargo ese astado que nos mira como al espejo es una advertencia de que no se puede tratar con la razón lo que viene de seguido.

Tardes de soledad  (Albert Serra, 2024) no es un documental de personaje, aunque, tal cual rezan su sinopsis y reseñas, sigue a Roca Rey y Roca Rey aparezca en casi cada uno de sus planos. En un espacio al que volveremos una y otra vez y siempre, salvo en esta inicial, sin traje, se nos presenta de blanco y torero, blanco en el siguiente plano cruzado de sangre de toro como propia. Sin biopic, de personalidad parca y siempre recién salido de un trance o en la antesala de volver a él, es vehículo, no personaje.

Tampoco expresa mucho más su cuadrilla que oles a sus huevos y a la verdad  con que torea. Porque esta retahíla de tardes, toros y trajes de luces, con sus antes y sus después, anti-intelectual, irreflexiva en los picos de contorsión facial de Roca Rey hasta casi animalizarse, esconden una verdad. Verdad  hecha de fintas, engaños o suertes, lances, verónicas…, mi jerga taurina no pasa del abecé, pero tampoco es necesario conocer El arte de birlibirloque, de José Bergamín, ni haber presenciado una corrida para ser afectados por Tardes de soledad.

Se centra de Roca en lo que Roca es en el ruedo, contrapicado, transfigurado en algo casi de orden divino. Lejos del toro, en el minibús desde y hacia el ruedo, en la impersonalidad de hoteles, es monosílabos, breves frases hechas, incomodidad por una luz testigo o por la demora de un ascensor. No aparece jamás Roca Rey de civil, lo más íntimo suyo que se nos muestra es verlo acomodarse los tan mentados huevos en la licra fucsia, cruz al cuello y virgen llorosa en la cómoda. Luego, más que ponerse un traje (su “mozo de espadas”, que así acabo de googlear se llama, lo ciñe alzándolo en vilo), tintes de investidura, y “toda investidura es vestido mágico que enviste al hombre de algo extrahumano que le falta” (María Zambrano).

Detengámonos, como se detiene la película, en el hall del ascensor, en la espera y descenso de apenas poco más de un minuto que se sienten horas y qué tanto contrasta con los cinco minutos y pico de la suerte final del toro pinto, que se niega a morir y remata Roca. Enfrentado a las puertas doradas del ascensor es un plumífero extravagante e impropio de nuestra vida ordinaria. Dicho encantamiento se esfuma cuando es embestido y libera un grito quebrado y se arrastra, revuelca y palidece el hombre que sigue estando en el torero.

Cita al toro el torero juntos los pies alerta la espada, una mueca fiera y loca y ese alarido específico cada vez idéntico encumbran la suerte suprema. Da la espalda el torero y ceden las patas delanteras, se desploma el astado, aún se detiene bastante en sus ojos que no se apagan la cámara. ¡Orejas!! ¡orejas!! oímos hambriento entorno a un público que a lo largo de Tardes de soledad  permanece en off  o se cuela molestando al fondo o esquinado en este o aquel plano. Son azar, murmullo, olés, ¡hurras! y ¡vivas! a los genitales, los tienen muy presentes torero y toro, nunca la cámara que no se distrae de lo que vino a hacer.

A una sensibilidad antitaurina, como a una arreligiosa cualquier religión, arte así en el que es estaqueado el toro en los minutos nones 29’, 45’, 59’, 103’ y 117’, sonará seguro a barbarie, a neurosis, a repelús. ¿No son todos los toros el toro y no toca cada vez una muerte al torero que vemos reiteradamente salir por su propio pie? Se sabe de antaño: sin sacrificio no se manifiesta lo sagrado, ¿o era lo divino? ¿Resta algún deje sagrado hoy en este crimen ritualmente repetido? Es opinable, y la cámara avariciosa de Tardes de soledad  que no pasa por alto ni un tris de la muerte vívida de la víctima manifiesta que sí.

Para caer en cuenta del hallazgo y allure que alcanzan Serra y Artur Tort (DP), contrastar con cualquier corrida transmitida por Onetoro TV o subida a redes o cuanta película equis sobre tauromaquia se haya rodado nunca. Su proximidad por veces lupa sobre rojos y oros, magnifica y hace inmersivo antes que espectáculo al toreo, la soledad que cerca su danza. Más sintético es Azorín, repitamos con él, pero aludiendo a Tardes de soledad: “El arte de birlibirloque  es un conjunto de aforismos y de ensayos en defensa del arte en el toreo, y no del toreo”.

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