“Si hay algo de verdad en estos pronósticos sobre lo que esa fina Inteligencia suya puede provocar o justificar en el dominio de la ética, entonces —interrumpe cierto tipo de lector—, ¡que no entre yo jamás, para ni siquiera lanzar una mirada, en este detestable mundo de rectitud racionalizada! ¿Humano lo llaman, porque lo han despojado de Dios? ¿De qué sirve esa inteligencia suya si es incapaz de percibir que Dios existe porque el hombre tiene necesidad de Él? ¿La verdadera misión de la virtud, de la verdad y del heroísmo no es hacer el mundo más tolerable, sino satisfacer nuestro más profundo anhelo humano, ese deseo de una armonía y una belleza mayores, de una pasión más profunda y constante de lo que la vida, de otro modo, permite?”.
Mi respuesta es que tal anhelo se volverá más fuerte —o al menos se extenderá más— a medida que la humanidad sea más inteligente y, por tanto, se halle menos agotada por la lucha contra las circunstancias adversas, los defectos innatos y las supersticiones heredadas. Del mismo modo, crecerá conforme el hombre aprenda a valorar sus propias virtudes por cuanto pueden favorecer el bienestar y la mejora de la especie. Es más: llegará el momento en que miremos con disgusto e ira su cultivo para cualquier otro propósito; y en que el placer por la virtud y el heroísmo en sí mismos pueda llegar a considerarse mero diletantismo estético, cuestionable y casi obsoleto.
Pues con la orientación de la moral hacia la utilidad humana, hacia el deber concebido como decoro, la gente llegará a comprender que aquello que el hombre anhela como consuelo y realce —esa pasión más profunda y firme, esa armonía más completa que la que la vida real proporciona—, el hombre lo crea para sí mismo en la poesía y en el arte, y en las cosas de la realidad vistas como poesía y arte. En todo esto se ha construido un reino donde la verdad nunca es traicionada porque, en su mera existencia, verdadero y falso se convierten en palabras sin significado; más aún, donde las pasiones más profundas y elevadas se satisfacen sin ser mal aplicadas ni desperdiciadas, porque se satisfacen por su mera expresión.
El Arte —y todo lo que la pobre palabra Arte pueda representar— es el santuario creado por el hombre para lo legítimo, lo inocente, lo inmaculadamente decoroso, porque está cerrado a las necesidades cambiantes, a las verdades parciales y, sobre todo, a lo mío y tuyo, que perturban la vida real. Esto es también, a su manera, un reino de otredad, en tanto que trasciende al yo con su aquí y su ahora. Sin embargo, se trata de una otredad no meramente reconocida por la Inteligencia, sino creada por el deseo del corazón a partir de la propia sustancia del corazón y con la propia forma del deseo; pues de tal naturaleza son las formas del pintor y el escultor, no menos que las representaciones figuradas del poeta.
Por encima de todo, en las artes gemelas de la arquitectura y la música encontramos ya la encarnación depurada del anhelo y el apego, el solemne apaciguamiento y la victoriosa tensión y plenitud de la pasión humana. Aquí, en los interludios artísticos de la vida, podemos obtener lo que los credos religiosos exponen al reproche de ser falsos porque lo presentan como verdadero; y lo que el amor busca hacer inmutable, solo para saborear la amargura del cambio. De modo que, por muchas que hayan sido y sean las sucesivas respuestas a nuestros anhelos estéticos, sus múltiples satisfacciones —al encarnar la esencia purificada de nuestros sentimientos y actividades— constituirán, en el incesante cambio de nuestras valoraciones, quizá la única región donde no necesitemos estar alerta ante Proteo.
Imagen: The Abbey in the Oakwood (1809–10), de Caspar David Friedrich.




