Proustiana I

Durante años me acosté temprano. A veces, nada más apagar la vela, los ojos se me cerraban tan deprisa que no me daba tiempo ni a decirme: «Me estoy durmiendo». Y al cabo de media hora, el pensamiento de que había que ir buscando el sueño me despertaba; quería dejar el volumen que aún creía tener entre las manos y apagar la luz de un soplo; no había dejado de reflexionar, mientras dormía, sobre lo que acababa de leer, pero esas reflexiones habían adoptado un sesgo un tanto peculiar, me parecía ser yo mismo aquello de lo que hablaba la obra: una iglesia, un cuarteto, la rivalidad de Francisco I y Carlos V. Esta creencia sobrevivía unos segundos a mi despertar; no me parecía descabellada, pero me pesaba como escamas sobre los ojos y les impedía darse cuenta de que la palmatoria ya no estaba encendida. Después empezaba a volvérseme ininteligible, como los pensamientos de una existencia anterior tras la metempsicosis; el tema del libro se desligaba de mí, y yo era libre de sumirme o no en él; no tardaba en recobrar la visión y se me hacía muy raro encontrar a mi alrededor una oscuridad suave y sosegante para los ojos, pero tal vez aún más para la mente, a la que se revelaba como algo sin causa, incomprensible, como una cosa en verdad oscura. Me preguntaba qué hora sería; oía el silbido de los trenes, que más o menos alejado, como el canto de un pájaro en un bosque, al dar la medida de las distancias me describía la extensión de la campiña desierta por la que el viajero se apresura hacia la estación cercana; y el sendero que recorre se va a grabar en su recuerdo por la excitación debida a lugares nuevos, a actos desacostumbrados, a la charla reciente y la despedida bajo la lámpara ajena que lo siguen acompañando en el silencio de la noche, a la inminente dulzura del regreso.

Du côté de chez Swann

 

  • El dormitorio de un hombre, el museo secreto de sus renuncias.
  • La cama se transfigura en el centro de gravedad de un universo compuesto de fragmentos, una suerte de studiolo —al modo renacentista— donde el espacio físico se contrae hasta fugarse por el círculo de luz de una lámpara. Los compases iniciales de la novela anuncian el catálogo razonado de una subasta de sombras, donde cada sensación tiene el peso específico de un objeto en un gabinete de maravillas.
  • Centinela de cera, la vela preside el rito. Al apagarse, el narrador se sumerge en una oscuridad que posee la densidad del ambiente de una estancia finisecular. En ella, la visión se rinde a la tactilidad: el libro que el durmiente “aún creía tener entre las manos” guarda la misma relación con la realidad que un libro de horas con su propietario medieval. En su biografía, Ghislain de Diesbach (Proust, Perrin, París, 1991) lo piensa como “la liturgia de un recluso voluntario”.
  • El libro: objeto fantasma, reliquia de la conciencia que sobrevive en el limbo de la duermevela. Para la sensibilidad del anticuario, este volumen inexistente resulta el más valioso de la colección, una pieza encuadernada con la piel de la reminiscencia.
  • En este gabinete de maravillas —el sueño— ocurre un fenómeno de “metempsicosis” decorativa. El sujeto se disuelve en el objeto. El narrador deja de ser un cuerpo para convertirse en el tema mismo de su lectura: “una iglesia, un cuarteto, la rivalidad histórica entre Francisco I y Carlos V”. Pietro Citati (La colomba pugnalata: Proust e la Recherche, Mondadori, Milán, 1995) describe este trance como el vuelo de un espíritu que, harto de su propia forma, busca asilo en el alma de las cosas.
  • Arquitectura del pensamiento, esa iglesia organiza —aquí se escuchan los ecos de Ruskin— el vacío de la alcoba, el desorden onírico. Estas entidades, que en el mundo diurno habitan en naves góticas o en grabados de época, se trasladan al interior de la mente como figuritas de porcelana de Meissen o tapices de los Gobelinos. La historia universal se repliega para acomodarse en las dimensiones de una habitación. Jean-Yves Tadié (Marcel Proust, Gallimard, París, 1996) ve en esta fluctuación el nacimiento del narrador, quien funda en la inmovilidad del lecho el laboratorio definitivo de su cronología. En esa habitación el tiempo vivido se transmuta en el tiempo del estilo.
  • Una metamorfosis donde el individuo se define a través de su entorno y los objetos que lo habitan, incluso cuando estos son puras proyecciones del intelecto. La iglesia posee la solidez de una maqueta de plata; el cuarteto tiene la vibración de un instrumento de cuerda guardado en su estuche; la rivalidad de los monarcas se percibe como el choque de dos armaduras de lujo en un salón de los pasos perdidos. Todo en el sueño proustiano tiene atributo de naturaleza muerta, de still-lifedonde el tiempo ha quedado suspendido. En una lección de técnica, la memoria edifica un espacio racional donde cada recuerdo ocupa su lugar desde una rigurosa perspectiva.
  • Cuando el despertar llega, el velo de “escamas sobre los ojos” actúa como un cristal empañado de una vitrina empañada. La oscuridad —“suave y sosegante”— se revela como un sudario que envuelve a Pensamiento, para que entonces el espacio se expanda hacia el exterior. Así, lejos de ser un mero ruido mecánico, el silbido de los trenes se convierte en un instrumento de medida, una regla de agrimensor que define la extensión de la campiña.
  • El viajero que se apresura hacia la estación deviene figura traída de un cuadro costumbrista o un aguafuerte romántico. Su trayecto está marcado por la “lámpara ajena”, ese objeto que ilumina la despedida. La lámpara, la palmatoria y la luz del sol que vendrá forman una trinidad de luminarias que decoran este escenario mental. Cada una de ellas otorga un matiz diferente a los objetos; así, la lámpara ajena aporta la nostalgia de lo no poseído, mientras que la palmatoria propia ofrece la seguridad de lo cotidiano, de la casa que es también el museo de uno mismo.
  • El dormitorio de Proust acaba siendo una estructura arquitectónica hecha de hábitos y muebles espirituales. La “metempsicosis” permite que el alma transite de un mueble a otro, de un siglo a otro, sin salir de las sábanas. El primer párrafo de À la recherche du temps perdues el dintel de una puerta que da acceso a una galería interminable. En ella, los recuerdos están dispuestos con la meticulosidad de un conservador que sabe que la belleza reside en la pátina que el tiempo deposita sobre las cosas. Se ama un rostro porque este posee el aura de lo antiguo; forma que ha sobrevivido al naufragio de la desmemoria. Según George Painter (Marcel Proust: A Biography, Chatto & Windus, London, 1959 & 1965), esta estancia constituye la primera excavación de una ciudad enterrada, el yacimiento donde el mobiliario personal adquiere la dignidad de la arqueología.
  • Mirar el dormitorio de Combray del mismo modo que se mira un relicario; escuchar al narrador del mismo modo que se ausculta el mecanismo oculto —la prosa— del reloj de la reminiscencia. La prosa aquí es el mestiere, la técnica que impide que la memoria asista a su propia disolución. El hombre no habita solo en el espacio, sino en el aura de los objetos que lo rodean. El inicio de À la recherche define nuestra identidad como la suma de todas las sombras que proyectamos sobre las paredes de nuestro propio retiro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio