Una comedia sin risas

Una comedia siciliana  (Gallo Nero, 2016) reúne una serie de textos breves escritos por Leonardo Sciascia a lo largo de varias décadas, desde la inmediata posguerra hasta los años setenta, y propone una mirada sostenida sobre Sicilia entendida no como paisaje pintoresco ni como simple escenario regional, sino como un sistema moral cerrado, atravesado por hábitos, silencios y pactos implícitos. No se trata de una novela unitaria en sentido clásico, sino de un conjunto de relatos autónomos que, leídos en continuidad, construyen una arquitectura reconocible: la de una comunidad observada desde dentro, con una mezcla de ironía, escepticismo y lucidez que evita tanto el pintoresquismo como la denuncia declamatoria. La traducción de David Paradela, precisa y sobria, acompaña con fidelidad ese registro contenido, respetando el ritmo seco y la ambigüedad deliberada de la prosa original.

Estos textos se inscriben en una zona central de la obra de Sciascia, dialogando tanto con sus primeros libros —como Las parroquias de Regalpetra, donde ya se perfila su interés por la vida civil siciliana y sus mecanismos de poder, o El día de la lechuza, que introduce de manera frontal la cuestión de la mafia y la complicidad institucional— como con obras posteriores en las que esa mirada se vuelve aún más abstracta y política, como Todo modo o El caballero y la muerte. En Una comedia siciliana ese recorrido aparece fragmentado, diseminado en escenas mínimas que condensan, sin desarrollos extensos, los mismos conflictos morales que atraviesan sus novelas más conocidas.

Los relatos se apoyan en situaciones aparentemente menores —una fiesta popular, una conversación entre vecinos, un episodio administrativo, una anécdota histórica— que funcionan como puntos de acceso a tensiones más profundas. Sciascia muestra cómo la vida social se organiza a partir de convenciones tácitas, jerarquías no siempre visibles y una aceptación casi ritual de la injusticia. El humor, cuando aparece, no alivia ni suaviza el diagnóstico, sino que lo vuelve más incisivo: es un humor seco, a veces mordaz, que deja al descubierto la distancia entre los discursos públicos y las prácticas reales. La “comedia” del título no remite a la ligereza ni al divertimento, sino a la representación constante de papeles, a la teatralidad de una vida social en la que casi nadie dice exactamente lo que piensa y en la que la verdad suele circular de manera oblicua.

El estilo es deliberadamente contenido. La prosa evita el énfasis y la ornamentación, se apoya en frases precisas, diálogos breves y descripciones funcionales. Esa economía expresiva no implica neutralidad: la mirada del narrador es siempre activa, crítica, atenta a las contradicciones morales. Cada texto está construido con una lógica interna clara, y el conjunto se organiza como una suma de variaciones sobre un mismo tema: la relación entre poder, consenso social y responsabilidad individual. La fragmentación del libro no dispersa el sentido, sino que lo refuerza, ya que permite observar el mismo entramado desde ángulos distintos y a lo largo del tiempo.

Dentro de la literatura italiana del siglo XX, este modo de narrar se sitúa en continuidad con el realismo crítico de la posguerra, pero se distingue por su rechazo tanto del lirismo confesional como del naturalismo explicativo. Contemporáneo de escritores como Italo Calvino y Giorgio Manganelli, Sciascia comparte con ellos la voluntad de pensar la literatura como un espacio de experimentación intelectual y de interrogación moral, aunque su camino se mantenga deliberadamente ajeno tanto al juego combinatorio como a la exuberancia formal. A diferencia de otros autores de su generación, no busca la épica de la reconstrucción ni la introspección psicológica como fin en sí mismo, sino el análisis de las estructuras invisibles que regulan la vida colectiva. En este punto, su obra mantiene afinidades con la sátira moral europea y con una tradición narrativa que concibe la ficción como una forma de conocimiento.

Leída hoy, Una comedia siciliana conserva una vigencia notable. La descripción de una sociedad que se sostiene sobre acuerdos implícitos, silencios estratégicos y una aceptación resignada de la arbitrariedad no pertenece exclusivamente a un tiempo o a un lugar. Sin necesidad de actualizar referencias ni forzar paralelismos, los relatos siguen interpelando al lector contemporáneo por la claridad con la que exponen mecanismos que atraviesan muchas formas de vida social actuales. En esa sobriedad analítica y en esa confianza en la inteligencia del lector reside una de las razones por las que la obra de Sciascia, y este libro en particular, continúa leyéndose no solo como testimonio de una época, sino como una forma exigente de lucidez narrativa.

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