Un escritor se pasa horas frente a una computadora de aquellas de finales de los 90, jugando y bajando fotos de softporno. Da talleres de escritura, juega solitario, tetris y pipe dream (ni idea de qué cosa es, hagan como yo y vayan a Google), mira por la ventana doscientas veces para contarnos qué sucede con el cuerpo en descomposición de una paloma muerta, a veces sale a caminar, a veces toma el autobús, a veces va a misa y comulga, casi siempre se detiene en la librería del barrio a comprar alguna novela policial de autores tipo Ellery Queen y Edgar Wallace, a pesar de ello lee también a Rosa Chacel, pero esa no la viste venir. También cuenta sueños. Te enteras de que detesta la ópera, le va más la música clásica que pasa una radio local. Come milanesas, tiene una novia a la que llama Chl (Chica lista) que siempre está yéndose. Tiene problemas con la ventilación y la pasa mal para instalar el aire acondicionado.
La larguísima primera parte es un diario, al que sigue la «novela luminosa», más o menos lo mismo del diario, pero ahora en forma de narración lineal. La escritura es un chorro de «realidad». Para Alberto Olmos, es «Bolaño para listos», lo cual no significa nada, eso solo es leer con chiste. Para Alejandro Zambra, es muy como el Kafka de los Diarios, pero en uruguayo.
Y a pesar de todo lo anterior, que más trivial no puede ser, no dejarás de leer hasta el final. Contar lo trivial que nos sucede es una forma de poner un espejo ante la vida de los otros. Es decirles: no se suiciden todavía, date un tiempo. Eso es La novela luminosa, un libro puesto ahí para que te interrogues sobre tu propia condición lectora. Lo puedes lanzar contra la pared, de la misma forma que unos se lanzaban una y otra vez al océano de la gran novela latinoamericana, mientras alguien escribía un diario sobre la imposibilidad de una novela que merecía ser filmada a retazos por Robert Altman. Y de paso justificaba una beca.




