El neo Zenón, u otra vez Aquiles y la tortuga

La paradoja de Zenón se lee como una cuestión de infinitesimales, pero Zenón no era ingenuo, y eso lo replantea todo; y el problema no sería cinético, si en la práctica Zenón sabía que Aquiles alcanza y sobrepasa a la tortuga. El problema se referiría entonces a la relación de dos sistemas de referencia, dados ejemplarmente en Aquiles y el animal; de modo que se trata de ambos como sistemas paralelos, cada uno con inmanencia particular, en su consistencia propia.

Aquiles y la tortuga no son sincrónicos ni diacrónicos, sino asincrónicos, cada uno desplegando su lógica propia; la paradoja es la falsa contradicción que los reduce a la sincronía —incluso como diacrónicos—, sin reconocerles la asincronía. Desde un punto de vista externo, se les mide en un tiempo lineal como trascendencia, y aparece la paradoja; pero desde su respectiva inmanencia, cada trayectoria es autosuficiente y no se anulan, de hecho ni se relacionan.

Zenón estaría apuntando a esa asimetría, entre sistemas que no son reducibles a un marco único, aunque se crucen; lo haría con los instrumentos epistemológicos a su alcance, desconociendo su conciliación de Aristóteles a Descartes. Así, se le entiende como paradoja de movimiento en tiempo lineal, pero sería una intuición sobre la constitución de lo real; resuelta en su tensión inmano-trascendente, problematizada siglos más tarde, de Descartes a Kant, a través de Leibniz.

En esta lógica sin embargo, Aquiles y la tortuga no son rivales opuestos en una línea, sino dos fractales de lo real; que se rozan sin agotarse mutuamente, porque no se trataría de un error físico, resuelto en una ingenuidad lógico-racional. La paradoja señala entonces un error del cálculo como lógica racional, que no valora la relación entre sistemas; porque de hecho parte de una perspectiva sistémica basada en la función trascendente de eso real, como un universal.

Lo real es que tanto uno como el otro despliegan sus propios marcos de referencia, de tiempo, continuidad y ritmo; y dentro de cada marco, no existe —ni es posible— la contradicción, Aquiles corre por su cuenta, y la tortuga avanza. La paradoja surge solo cuando se reducen ambos sistemas, en un marco de relación sincrónica, incluso como diacronía; en el que están desfasados, porque la asincronía de su respectiva inmanencia hace imposible esa relación entre ellos.

El error es así trascendentalista, al imponer un tiempo externo como trascendente, que subordina lo inmanente; explicando la función trialéctica, con la carrera como campo de posibilidades infinitas, sin la contradicción sincrónica. De ahí el Acto, en que se realiza esa Potencia, y en el que indefectiblemente Aquiles alcanza a la tortuga; mostrando que ambos sistemas coexisten, pero fractalmente, sin reducirse a un marco referencial como trascendente.

De ahí que esta paradoja no sea una ingenuidad matemática, sino una intuición sobre la estructura de lo real; dado en lo inmanente, por su suficiencia, en la condición de trascendencia que esta implica, pero como propia suya. El problema es recurrente al determinismo político, en su trascendentalismo histórico, al forzar la sincronía; cuando lo real es inmano-trascendente, haciendo que cada fenómeno funcione en modo autónomo, aunque fractal.

Esto explicaría las relaciones entre Estados, como proyección de las personales, que proyectan a su vez las cuánticas; y que son siempre asincrónicas y no sólo diacrónicas, contraponiendo los intereses del Estado a los de las personas. Esto es lo que hace del bien común un improbable, debilitando el trascendentalismo como histórico, desde Kant; que sintetiza como apoteosis la pretensión cristiana de universalidad, con esa objetividad ficticia del bien común.

Por supuesto, el impulso trascendentalista existe de modo natural, proveniente de la estructura cuántica de lo real; pero transforma sus relaciones dinámicas, cuando alcanzan la expresión política, en la reflexividad existencial de la cultura. De ahí que esa naturaleza trascendente pierda su potencia original, al derivar su consistencia —en tanto formal— de la cultura; que es el cambio de naturaleza introducido por la reflexión existencial, como experiencia particular de las personas.


Imagen: Abraham Bosse, detalle de la portada de Leviathan, or The Matter, Forme, & Power of a Common-Wealth Ecclesiasticall and Civill  de Thomas Hobbes.

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