La memoria erige el tiempo.
Borges
I
Leí en un mes más libros de Natalia Ginzburg que de cualquier otra escritora en toda mi vida lectora. Y detestaría que en un par de años me encuentre con el lector que soy, es decir, con aquel que no recuerda de qué iba la historia de Sagitario o Querido Miguel, como sé que va a pasar. Es la vida torpe del lector profuso.
Hay mucho de miniatura familiar en sus novelas. Un mundo que yace desolado a los pies de la Historia. Su vida fue un sufrimiento —no me gusta ser rotundo, pero bastante de cierto hay—, y sin embargo supo despojar a su prosa de todo rizo de sentimentalismo y también de versiones estereotipadas de la Italia campestre y pueblerina.
Hay una foto de Ginzburg en la portada de una edición de Einaudi que la muestra sonriente. No creo que haya sido una mujer bella. Pensé que podría ser la única imagen donde no aparece con esa mirada inteligente, pero devastada que supo derramar sobre su escritura. Todo lo que ha narrado en sus libros está transido de esa melancolía, de un sumario de ausencias y carencias.
Los años se encargaron de ensombrecerlo todo, de agregar pliegues a un rostro, arrugas a una piel, dolor a un cuerpo. ¿Y su carácter? Nos quedan pocos testimonios. Cesare Pavese fue duro al decir en sus diarios que Ginzburg le causaba antipatía, que no le gustaban las personas que lo dan todo por sentado porque era señal de la ausencia de sentido trágico. ¿Ausencia de sentido trágico en ella, una mujer que lo perdió todo? A pocos hombres conoció tan bien como a Pavese. Ha dejado escrito un espléndido ensayo en Las pequeñas virtudes, también escribe sobre él en Léxico familiar. Releerlo después de encontrar esa frase en los diarios deja un regusto a suspenso, como si una conversación no llegara a cerrarse nunca gracias al tiempo y al suicidio. Ella no dejó de admirarlo. Fue la segunda gran ausencia en su vida después de Leone Ginzburg.
Entrar en territorio Ginzburg es acceder a niveles de ascetismo poco explorados. Ese lector a la busca de frases grandilocuentes o que sirvan para incrustar en un cartel que circule en páginas de promoción de la literatura, será mejor que pase de largo. Su cuerpo escrito sirve a otras resonancias. Andrés Trapiello, traductor de Las palabras de la noche, lo considera “un libro casi poético, prosaico y sin peso”. Su voz es inocente, pero de una inocencia trágica, de fúnebre silencio, del final de un tiempo terrible que da paso a lo incierto, a lo incurable. A pesar de ello, hay siempre atisbos de un humor gélido que examina las personas y las cosas con el convencimiento de que el mundo se cierra inexorablemente sobre nuestras cabezas, bajo nuestros pies y ante los ojos.
En Ginzburg se da un caso bastante particular de uso de la memoria. En su imaginario, es en el pasado donde reside la verdadera dimensión del presente y adonde debemos acudir para obtener herramientas de entendimiento en torno a los fenómenos de hoy. Escritora muy poco viajada —salió poco de Italia, incluso siendo ya una escritora reconocida—, su mirada ocurre siempre hacia adentro, hacia los interiores de una república naciente, y no puede darse el lujo de ser complaciente con lo que ve. Conecta mejor con el campo desolado, abierto y golpeado, que con el ruido mundano de las ciudades, a pesar de que siempre vivió en ellas: Turín, Roma y algo de Florencia pertenecen al mapa primordial de su vida, exceptuando aquel tiempo del confinamiento en los Abruzos, la tierra de D’Annunzio, con Leone, su marido de entonces.
Sabemos por Tolstoi, y porque lo hemos vivido, que no somos promotores sino víctimas de la historia. En los libros de Ginzburg abundan las víctimas, ella misma es una sobreviviente, aunque muy averiada por las ausencias, las muertes, los suicidios. Ha contado en su breve ensayo “Verano” (aparece recogido en su libro Domingo, publicado por Acantilado) una tentativa de suicidio por sobredosis de somníferos viviendo en Roma tras la muerte de Leone. Y es posible que, si hay un perfil suicida, si algo así existiera, Ginzburg lo cumpla. Demasiados golpes. Demasiada introversión e introspección. Demasiada desconfianza. Su voz a veces es dubitativa, aunque firme. ¿Forman parte esos rasgos de la personalidad de un suicida? No podríamos saberlo. Sobrevivió a todo y aún tuvo fuerzas poco antes de morir para integrar listas para aspirar al puesto de diputada, para viajar por compromisos de campaña electoral, escribir un ensayo monográfico sobre la familia Manzoni y luego otro libro sobre el caso de una niña adoptada que sacudió a la Italia de los años ochenta.
Pocos autores representan con mayor crudeza la vida precaria. Lo que ha sido un tema constante en la narrativa del siglo XX, tiene en las narraciones de Ginzburg una radical explicitación. El siglo XX fue el del más acelerado desarrollo en casi todos los sentidos, pero también el de la mayor observación de la precariedad. Se ha visto en esa precariedad una forma de exteriorizar un anonimato frente a exigentes marcos de reconocimiento y prosperidad. Morir es acabar de morir, decía Quevedo, o más: nacer es empezar a morir. En una de sus novelas, Y eso fue lo que pasó, esa precariedad se hace todavía más patente. Vuelve lo que ya es un tópico en su obra, la imposibilidad del matrimonio para generar felicidad, pero por encima de ello aparece el sentido trágico de vivir.
Ginzburg escribió esa novela casi íntegramente en las oficinas de la Editorial Einaudi, en Turín, donde había comenzado a trabajar después del desenlace de la guerra y la desaparición de Leone. Sola y abrumada por los efectos de una tragedia, fija la vista en los calentadores de terracota que ahumaban el lugar y emprende la escritura de una novela “llena de humo, de lluvia y de niebla”. Calvino ha dejado escrito en el prólogo lo que es un sello de sus narraciones, esa primera persona que da cuerpo a una mujer presa del tedio más espeso sin fuerzas ni capacidad para intentar una búsqueda de sentido a su vida. “Escribí esta historia para sentirme un poco menos infeliz”, escribió ella en una breve nota introductoria. “Deseaba escribir, encontré un disparo y le seguí la pista”, dice aludiendo al pistoletazo que da arranque a la novela, otro disparo más en un paisaje de fuego, desapariciones, deseos de venganza y tumbas abiertas. Muchas décadas después, el sonido de ese disparo sigue resonando en el teatro del mundo.
II
NOTAS DE UN LECTOR NOCTURNO
Natalia Ginzburg, audazmente tímida: Una biografía, Maja Pflug (Siglo XXI Editores, 2020)
Mediocre. Considerarla ya una biografía es concederle demasiado. Mal editada en su versión digital. Está llena de extensos fragmentos de los ensayos y crónicas de N.G. y queda la impresión de que no exploró lo suficiente otros materiales. Hay demasiados vacíos en una vida que no fue para nada inocua como puede parecer. ¿Cómo operó el cambio en N.G. de ser una desilusionada política a asumir su papel en la política activa como diputada? Queda bastante mejor explicado en sus ensayos, no así en esta biografía. ¿Cuál era la real naturaleza de su relación con Einaudi, tan de luces y sombras y reproches no tan velados? Hay libros de N.G. que ni siquiera son mencionados. De los otros no hay ninguna mirada personal sobre ellos. ¿Se puede escribir una biografía sin leerse los libros de la biografiada? Lo mejor: las fotos.
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Léxico familiar (Editorial Lumen, 2017)
Con esta historia de su familia ganó el Premio Strega en 1963. No busquen en sus libros un resumen enjundioso de momentos biográficos ni chismes sobre la vida de los Pavese, Einaudi, Calvino, Leone Ginzburg y otros. Sus libros no son para ese tipo de lector. En algún ensayo de otro libro le reprocha a Einaudi que no sea más explícito en su reconstrucción de ciertos hechos de la historia de la editorial. Habría que decir que Ginzburg tampoco es demasiado pródiga en narrar sucesos de su propia vida. Pero sus libros, y éste en particular, son el mapa enormemente personal de un tiempo pasado que sólo encuentra asiento en una voz como la suya.
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Sagitario (Acantilado, 2021)
Otra de las traducciones de Andrés Barba para Acantilado. La historia tiene nexos con un cuento anterior, «Mi marido y yo» y también noto cierta influencia estilística de García Márquez, cuya novela más renombrada Ginzburg había elogiado en un ensayo de Las tareas de casa. La narradora es una joven escritora sobrepasada por el torbellino vital de una madre controladora y recién llegada a la ciudad. El universo Ginzburg queda aquí expresado por el profundo abordaje del entorno femenino. Hay una madre estafada y otra estafadora. Pero la muerte es ahora un personaje mucho más presente, lo ha teñido todo. Es un mundo de espectros. Lo humano se ha vaciado. Los hombres andan por estas historias como zombies. Las mujeres en su espacio desolado e interior intentan salir a flote sin tener nada a la mano. Una madre ha invertido algún dinero en unas acciones, pero esto no significa nada. Lo perderá muy pronto porque la vida es un teatro de muerte sin parafernalia. Y sin embargo hay en sus actitudes un ser reacio al duelo, un deseo de alterar el curso de sus viajes al vacío.
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Las tareas de casa y otros ensayos (Editorial Lumen, 2016)
El gran paisaje humano de un pensamiento. Recoge textos publicados en revistas y periódicos de la época, aunque algunos, unos cuatro o cinco, estaban inéditos. Lo más disfrutable son sus recuentos de pasajes vividos: la búsqueda de una casa en Roma, sus recuerdos de la niñez y sus primeros escritos, su viaje a Boston, su distancia de aquello que no comprende. Son los mejores momentos del libro, donde recupera el tono de aquellos ensayos tan memorables de Las pequeñas virtudes.
Hay interesantes notas de su participación en la vida política, donde muestra su mirada interrogadora sobre la transformación del mundo, la desaparición de «su» mundo, el de una generación que no podía comprender la deriva que estaban tomando los grandes temas políticos y sociales, sobre todo a partir de los años 60.
El libro recoge varias evocaciones de amigos escritores: Pavese, Carlo Levi, Italo Calvino, Mario Soldati, Sandro Penna, el editor Giulio Einaudi. Las disfruté mucho porque son semblanzas transidas de afecto, pero también de una distancia y una lucidez transparente, como si las hubiera escrito aquella niña que esperaba leyendo por las mañanas y en soledad la llegada de la maestra a domicilio en el Turín de los años veinte.
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Domingo. Relatos, crónicas y recuerdos (Acantilado, 2021)
Los cuentos: Breves, sin mucho desarrollo. El de los alemanes y «Domingo» los mejores. Excepto estos dos, el resto gira en torno al universo fantasioso de los niños. Muestra que donde la autora se mueve mejor no es en el cuento, aunque tiene algunos notables (no en este libro), sino en ese tipo de novela más bien breve tipo Y eso fue lo que pasó, El camino que va a la ciudad y Las palabras de la noche.
Las crónicas: Bastante impresionante en las dos primeras crónicas la descripción de la clase campesina de la Italia de los años previos a la guerra, la pobreza e indigencia de una capa poblacional en los Abruzos que no desea el bienestar porque no lo conoce, y palabras como derechos y justicia social les provocarían aburrimiento y miedo. No hay distinción, dice, entre los campesinos pobres y los ricos, todos viven mal, pasan frío y se alimentan mal, visten con trapos y tienen piojos. El progreso y la civilización avanzan a pocos pasos de allí, pero ellos no se enteran. Igual criterio tiene de Matera en la cuarta crónica y sobre todo la parte más pobre llamada Sasso.
“Verano”: Confesión de un intento de suicidio con somníferos por el hastío del verano, la insoportable realidad de perder a su esposo y la lejanía de unos hijos que siente alejados de ella y de su pobre y triste condición materna. Quería fingir además que era hombre.
“Infancia”: Regresa el tema de los años de niñez, constante en sus libros, las peleas de los hermanos, su retraimiento, su relación con dios y la religión. Hay tres crónicas seguidas que son directamente desechables pues denuncian el estado paupérrimo de los trabajadores en las fábricas del interior de Italia y son resultado evidentemente de pesquisas políticas.Se incluye “La casa”, gran texto, que ya había sido recogida en Las tareas de casa, aunque traducida por otra persona.
“El miedo”: Otra vez la vida en Pizzoli, la guerra, el armisticio, la ausencia de Leone que se ha ido a Roma, aunque ahora incorpora otros personajes y lugares (como la terraza del hotel Victoria) que antes no había mencionado. ¿La génesis del cuento de “El paso de los alemanes por Erra”?
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Las palabras de la noche (Editorial Pre-Textos, 2017; hay reedición por Lumen)
La historia de varias familias condensada en un centenar de páginas. Una Italia de campo y pueblo pequeño donde la guerra es una presencia en sordina. Para llegar a la última historia, la más fascinante de todo este mosaico, la de Elsa (alter ego de la Ginzburg) y Tommasino, hay que asomarse al destino de esa triste familia rica del pueblo, marcada como todas por lo terrible, su porción de fatalidad.
La capacidad de la Ginzburg para captar un modo de hablar –que es en sí mismo el principio de tantas renuncias que marcan a estos personajes–es lo primero que habría que destacar. Prosa de trazos breves y sin embargo al margen de toda frialdad. «La ciudad que amaba no ha cambiado nada», dice de su amigo Pavese en Las pequeñas virtudes. «Mi orden y mi desorden están llenos de pesar, de remordimientos, de sentimientos complejos», dice más adelante, recordando que escribía por las tardes, en el poco tiempo libre que le dejaba la vida.
Querida Elsa, nada ha cambiado, el desorden sigue ahí, como una sombra de nuestro falso orden.
Una novela hecha de fugas sucesivas.
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Y eso fue lo que pasó (Acantilado, 2019)
Dejando fuera a Léxico familiar, que no es ficción, este libro sería junto con Las palabras de la noche, lo mejor que he leído de la Ginzburg. Por su ritmo narrativo, que es trepidante, casi de vértigo, y porque es donde mejor representa la vida precaria, sello de la autora. Aquí esa precariedad se hace todavía más evidente, un personaje más. Vuelve lo que ya es un tópico en su obra, el sentido de lo trágico mencionado arriba. El matrimonio tiene una niña que muere al poco de nacer —no hago spoiler, nos enteramos de su muerte en las primeras líneas de la novela—, en un ambiente de muchas carencias afectivas y de escasez de lo mínimo elemental para garantizar una adecuada atención de salud.
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Querido Miguel (Acantilado, 2020)
Pasó una década entre Léxico familiar y este libro. En ese lapso, Ginzburg produjo varias obras de teatro, ensayos y columnas para la prensa de la época. «Una novela de voces», la llama Minna Proctor, su traductora al inglés, para poner el foco donde la autora desea como trasvase del arte dramático: la supremacía de lo que «se dice» por sobre lo que «se narra». Aunque el título del libro de alguna manera declara a Miguel como centro, en realidad la luz se centra en aquellos que han quedado detrás: la madre, el padre, sus hermanas, una chica que fue su amante y que ha tenido un hijo, un amigo de quien se sospecha que estaba enamorado de Miguel y algunos otros.
La historia es familiar: Miguel es un joven de paso incierto por la vida, escapa de Italia a Inglaterra supuestamente por motivos políticos; sexualmente cuestionado, sin pareja, y cuando parece que la encuentra vuelve a desaparecer para acabar sus días en una confusa protesta en Holanda o Dinamarca. La madre (¿cuánto hay de Ginzburg madre en el personaje?) le escribe largas cartas a las que Miguel nunca responde o responde con brevedades. Su padre ha muerto sin volver a verlo y le ha dejado en herencia un torreón que nadie sabe qué hacer con él.
La novela no parece estructuralmente bien resuelta. Usa mucho el estilo epistolar pero de vez en cuando una voz narrativa interviene. Lo que sí está de nuevo muy claro es que en las narraciones de Ginzburg, la familia es un sitio inhóspito, que expulsa más que reúne, que mutila más que regenera.
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El camino que va a la ciudad y otros relatos (Acantilado, 2019)
Libro de relatos que agradecemos (otro más) al ejercicio de traducción de Andrés Barba. Perdonen si hago spoiler. La primera historia, la más extensa, recuerda los ambientes y pasajes de Las palabras de la noche. Vuelve la chica adolescente perdida en la vida, ahora engañada por un novio de familia acomodada. La tragedia se ceba en el Nini, primo de la protagonista (Delia), su verdadero amor. La mirada siempre inocente de los personajes y que derrama la autora sobre cada escena y parlamento. La vida en familia, los cotilleos, las rencillas entre los propios miembros. También fue pensada e iniciada en Pizzoli durante el confinamiento. Se dice que la escribió tras leer El camino del tabaco, de Caldwell, y la publicó en 1942 bajo el seudónimo de Alessandra Tornimparte, pues su apellido judío no podía ser usado.
Siguen tres cuentos: «Una ausencia», «Una casa en la playa» y «Mi marido». Otra vez el tema de los matrimonios frustrados, infelices. No es posible de ninguna manera la felicidad matrimonial. Cada historia de vida es un callejón sin salida. Los personajes parecen convencidos de la futilidad de la existencia. El mejor de los tres es el último, «Mi marido», escrito también durante el confinamiento en Pizzoli (1940). La historia a grandes rasgos: Una muchacha en sus treinta se casa con un médico sin apenas conocerlo. Al poco tiempo su marido le confiesa que tiene una amante, una muchacha pobre del pueblo, de la que por mucho que lo intente no puede desligarse. La historia termina en una tragedia ya anunciada en los inicios: relación condenada a la infelicidad. Ecos chejovianos. El modelo para el personaje del médico fue el pediatra de los niños de la autora.
En Lomas de Arkansas, invierno de 2023-Houston, Texas, 2026.
Parte de este ensayo fue publicado en la revista Parva Forma, nro. 5, 2023.
Fotografía: Paola Argosti




