Confesiones de un diletante

Para Italo Svevo, por su ensayo El diletantismo

 

Ser diletante debe ser genético, viene con uno, vaya usted a saber de dónde. Es una actitud que he tratado siempre de mantener, de que crezca como las rosas que disfruté en el jardín botánico de Atlanta; o el burbujeante revuelto en cazuela de harina de maíz con masas de cangrejo, que comí cerca de Bahía Honda, en la costa norte de Pinar del Río; como las horas que pasé viendo y mirando las Pinturas negras de Francisco de Goya en El Prado o escuchando la Sinfonía n.º 2 en do menor (Resurrección), de Gustav Mahler.

Seguidor de Epicuro, disfruto lo que soy. El diletantismo, la diletancia y sus primos —de los que hablaré luego—, propician morder un mango, enchumbar una magdalena, lamer un gelato fior di latte… También, por cierto, cualifican la lectura, sobre todo de poemas. Leer poemas insinúa ser diletante.

La diletancia —los que nos deleitamos— acerca a los seres humanos, muy por encima de ideologías y políticas, de épocas y lenguas… Entre el comunista (sic) Nicolás Guillén y el católico (sic) José Lezama Lima —por ejemplo—, hay una curiosa analogía diletante. Fueron amantes de los sentidos, degustadores de Rabelais, quesos, paellas, Quevedo y Góngora… Pese a estar tan alejados, se deleitaron siempre a su manera, a su poética, como genuinos golosos.

No me dejo amedrentar por los usos peyorativos. Pienso que chapotean bajo la sospecha belicosa de que menosprecian la palabra porque son personas cultas pero áridas, carentes de sensibilidad artística, como sucede ante la poesía entre conocidos historiadores e intelectuales, profesores universitarios, constructores de cánones baldíos. Siempre he lamentado que intelectuales admirables como José Ortega y Gasset o Jorge Mañach —para no citar algunos vivos— hayan carecido de papilas gustativas para la poesía, de ahí las burlas al primero que le dedicó Borges o la elegante pero demoledora polémica en la revista Bohemia que sostuvo Lezama con el segundo.

El Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana de Joan Corominas me recuerda que diletante proviene del italiano dilettante, participio presente de dilettare (“deleitarse”), que a su vez deriva del latín delectare (“encantar, agradar”). El término designaba (Siglo XIX) a quien se deleitaba con las artes —en especial la música— sin ejercerlas profesionalmente. Crecen mis argumentos… El diletante alberga variados especímenes, no supone que uno sea un profesional. Tampoco distingue entre genios y gentes normales como yo.

Soy amante del cine de  Alfred Hitchcock, del suspenso como tensión ante los enigmas, con dosis de humor negro y maestría fotográfica, pero sería un disparate de egolatría considerarme crítico de cine. Los diferentes puntos de vista, de cultura o especialización, es verdad que influyen en las diversas recepciones, pero se mantiene siempre una peculiar forma de los deleites, como es fácil inferir de mi gusto por Hitchcock o por oír a Frank Sinatra cantando My Way, que me lleva a tararear otra certeza: “Regrets, I’ve had a few / But then again, too few to mention…”  Tal vez porque los diletantes siempre estamos orgullosos de haber tratado de vivir a nuestra manera: “I did it my way”.

Debo ser —quizás ante mi propio espejo mágico—  una suerte de curioso ilustrado; no un ‘toca de oído’, de los que presumen saber más de lo que realmente dominan, de los petulantes socios de la Culta Latiniparla. Casi siempre he tratado de actuar como un espíritu libre, no atado a la rigidez académica ni al utilitarismo profesional. Supongo que mi agnosticismo se ha enriquecido con mi diletancia, pero por lo mismo no excluyo otros senderos ontológicos. El respeto a la diversidad ha sido clave para considerarme un legítimo diletante. Conversar así es más entretenido, forma una base, un inicio más libre, y por lo tanto potencialmente más disfrutable.

Es verdad que miro con desdén —burlas irónicas— a tantas creencias, filiaciones, autores y políticos que carecen de matices, de flexibilidades; pero supongo que se trata de un acto de egoísmo. Pienso que dañan mi condición de diletante. Lo que aguanté en la Cuba del castro-comunismo no me curó de espanto. Aún me espantan fanáticos, gente que conozco o leo por arribita, verdaderos estafadores del placer, no sólo estético.

Además, los lectores de En busca del tiempo perdido sabemos que la ambivalencia puede ser un requisito para cierto tipo de diletantes, como Charles Swann. Dudar me acompaña, pluraliza mis percepciones. Siempre fluctúo cuando valoro por primera vez un poema. Si me ha impulsado a saltar de algún trampolín metafórico o sagacidad lingüística, comienzo a disfrutar de ambivalencias, de asociaciones conmigo mismo, de referencias que cualifican mi placer. Parto de una resistencia que debe transformarse en curiosidad ante lo desconocido, como nos ocurre ante un rito exótico. Hay algo de alquimia en mi diletantismo como lector de poesía, recreada en dudar de cánones, autoridades, publicidad, multiculturalismos. Sugiero que cuando el poema no emocione porque carece de alguna perspicacia —hasta astucia— argumental o verbal, lo mejor que puede hacer mi arquetipo de diletante es —con el mayor respeto— buscarse otro autor o poema.

Decisivo —como prometí para evitar equívocos— es que deslinde al diletante del flâneur  y el outsider. Yo diría que son mis primos hermanos. Cuento que nos criamos juntos en zonas algo marginales de la norma, de lo establecido. Crecimos con similares lecturas y cercanas actitudes.

En mi primer viaje a París caminé sin rumbo, quizás porque había leído a Baudelaire. Pude sentirme un  flâneur. El espectáculo ansiado desde La Habana —desde el afrancesamiento que arranca antes del Modernismo en el siglo XIX—, me produjo el fascinante placer de convertirme en un diletante que vagaba por el Quartier latin, por La Rive Gauche. Mi cita con Severo Sarduy a primeras horas de la tarde, cuando fuimos a almorzar al café Napoleón, cercano a Éditions du Seuil donde trabajaba, interrumpió al flâneur, al tener una dirección fija donde ir. Recuerdo que entre Tel Quel  y su cercanía a Roland Barthes y François Wahl, tras  chismes del cubaneo, también hablamos de flâner, tal vez lo relacionamos —como hago hoy— con el dandismo y las actitudes que se resisten a ser utilitaristas. Aquí vale recomendar el perspicaz libro Barbey d’Aurevilly, dandi entre los dandis, de Alfredo Triff, publicado por la Ed. Casa Vacía el pasado año.

El outsider  también lo conozco de cerca, de cuando en Cuba rompí con el régimen. Le hice honor a su significado en inglés, literalmente “el que está fuera”. Yo entonces, en aquellos años previos a mi exilio en México, ni encajaba ni quería encajar en aquel sistema. Me honraba sentirme un rebelde, un excluido, en la periferia. Pero ni había dejado de ser un diletante ante las artes, ni a veces sentirme un flâneur, alguien que vagaba sin rumbo, y no sólo por París sino por la sobrevivencia existencial. Hoy me siento un outsider  de tantas cosas, que uso “cosas” para evitar problemas.

 Mis usos y riesgos refuerzan el uso meliorativo de los tres términos,  encarnan una mezcla, una forma de habitar el mundo, de mirar y cada vez que pueda, deleitarme. Creo que van más allá de ser escritor o de que pueda predominar el diletante, el flâneur o el outsider… Leí que Juan Carlos Onetti fue un diletante de la introspección, un narrador que se construye mundos ficticios como Pessoa, pero desde la melancolía… ¿Sería muy atrevido decir que la genial poeta Emily Dickinson fue una diletante de la introspección y del verso libre, una flâneuse  reflexiva  e independiente por el jardín que tanto cuidaba en su casa de  Amherst, una outsider de las normas entonces vigentes en la poesía de habla inglesa?

 ¡El elogio del diletante apenas comienza!

 


Imagen: Evaristo Baschenis, Still-life with Musical Instruments  (circa 1670).
Accademia Carrara di Belle Arti di Bergamo.

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