Episodios de tintero y tinta

1

Sosteniéndose en vilo sobre la página, presta su par de ojos para abrir la noche; y con sorpresivos zigzags deja suspenso al lector, la mirada auxiliar un verbo que flota sobre el punto final vuelto punto de partida, extrayendo así de la rutinaria puntuación un raro sentido, donde

zumba,

                 titila,

                               zumba,

                                                  titila

el zumbete, como le decíamos al colibrí en mi terruño.

¿Lo veo? ¿Lo siento? ¿Lo imagino? ¿Es el pico la afilada punta del lápiz, el afiladísimo plumín de la estilográfica, el tecleado tartamudeo de la Smith Corona? ¿Es un capullo rectangular la noche? ¿Amasijo de pedruscos, tierra, rizomas, raíces, hormigas y lombrices, el cuerpo? ¿Tallo, el brazo? ¿Cáliz, la mano? ¿Sépalos, los dedos? ¿Acaso son pétalos numerados las breves páginas que se curvan más y más mientras me asomo al fondo de las palabras?

Ahora mismo está en la 29 la apodiforme americana, de colores brillantes y pico largo con lengua tubular extensible, volando por los cuatro márgenes y las tres estrofas, zumbando entre verso y verso, titilando en las diminutas sombras que aparecen y desaparecen entre letra y letra. Está también en la 28 y la 27, y en la 30 y la 31; y sin embargo, no ha salido del término colibrí, mapa de tres sílabas y trescientos sesenta horizontes inquietos, ni de la escasa puntuación que en la 29 en vano pretende contenerlo:

nada en la primera estrofa

dos puntos al cerrar la segunda:

punto en la tercera.

Sigo en la 29, donde momentáneamente se ha detenido al comienzo de esa tercera y última estrofa; visible la mancha sostenida que lo nombra, invisible el aleteo que se confunde con el aire más de cincuenta veces por segundo:

colibrí

de tinta

alas

en el aire.

Minúsculo, y en minúsculas, parece resumido en el punto final por el punto final, acaso insinuando que siempre estará ahí, aquí, en aquel o este punto:

.

que resume los dos puntos de la estrofa anterior:

:

que a su vez resumen dos labios, dos ojos y dos alas de la primera, segunda y tercera estrofas respectivamente.

Ironía: a medida que los peldaños de la lectura agotan la secuencia escrita, asciende la secuencia descrita por las tres imágenes que dibujan una sola.

Transformados en cardinales ojos (números, puntos cardinales) y en vuelo, los labios cardenales anticipan el colibrí de tinta y las alas en el aire. Apenas ha cambiado una letra: cardenales no cardinales, y otra se ha borrado: ojos no rojos (= cardenales), para que todos esos plurales, como mitades, se sumen en el singular zumbete que de inmediato se desprende (alas en el aire), diluyéndose en su propia tinta y borrándose en la palabra que el poeta acaba de escribir y el lector acaba de leer.

 

2

Entre los senos de Coatlicue, plumas de colibrí.

Y de la diosa virgen nace Huitzilopochtli, ‘colibrí zurdo’ o ‘colibrí del sur’, que calza sandalia de plumas de colibrí.

El zumbante arcoíris –mensajero de los dioses y protector de los guerreros– nos asoma al milagro de la analogía. Nos recuerda al ángel de la Anunciación.

Solo si renunciamos al puente de las diferencias se verá como insalvable la distancia entre Coatlicue y María. De la virgen azteca nace Huitzilopochtli y Jesucristo nace de la virgen cristiana. Ambos inscritos en el código del sacrificio, ambos nacidos del milagro, el dios de la guerra exigirá sacrificios humanos; el dios de la otra mejilla se sacrificará por la humanidad.

El colibrí de tinta obliga a levantar y recorrer puentes, no solo en el ámbito de la poesía sino en el de los mitos y las creencias. La tradición, nos dice, se remonta a un origen remoto, oral. De ahí su rima con el colibrí florido de la poesía náhuatl. La imagen, que tiene raíces entre páginas y flores, las tiene también entre los senos de una diosa.

 

3

El título del primer poema de Noche cerrada, de Federico de la Vega, parece el ojo de una cerradura antigua al revés:

¡

Se nos invita a abrir la oscuridad enterrada entre las cuarenta y tres páginas con un ojo de cerradura que es un signo de puntuación.

Un signo de exclamación.

La apertura del signo que se abre a los signos de inmediato conduce a la primera palabra del libro.

Por el ojo de cerradura la mirada enfoca esa primera palabra que ocupa la totalidad del verso y que resulta ser nada menos que la palabra Ser. Así, en mayúscula. Sucinto ser casi nada, ser casi cero, pero en mayúscula:

   Ser

¿Ser qué?

Ser

uno

y dos

y tren

 

humo

de dos

uno de quién

 

dos

de uno

partido

en tren.

La cuenta que arranca con el segundo verso, uno, induce a darle un giro al primero, Ser maliciosamente convertido en cero, ausencia, para imaginar la secuencia de números naturales, de números enteros, en orden sucesivo.

Un sorpresivo zigzag del colibrí de tinta, sin embargo, alerta de lo contrario. Habrá, sí, ausencia, habrá cero, que como tal, es decir, como ausencia, puede formar parte de la secuencia de números naturales, como puede figurar en pentagramas el silencio musical, esa presencia de una ausencia.

Pero habrá también un dos/ de uno/ partido/ en tren. Y un uno/ partido y tan repartido advierte que no se trata de la secuencia de números naturales, sino de la naturaleza de la relación entre dos/ de uno, o sea un par que ha dejado de conjugarse como unidad.

El uno se vuelve humo al disolverse la pareja, dos/ de uno que termina en tren, no en tres, porque el poema cuenta una despedida.

¡ es la cartografía de una ausencia.

El mapa de esa nada se traza con sencillez. Y con algo de humor y mucho de pudor, lo cual, al minimalista ojo de cerradura, da una perspectiva nada renacentista que sobresalta al lector, testigo inoportuno de un momento que solo pertenece al dos partido en unos y al uno partido en dos, y sobre todo al humo, lo evanescente, lo fugaz, lo que está a punto de desaparecer.

Uno, dos y tren: el brusco cambio de una letra, s trocada en n, desorbita la secuencia, descarrila la cuenta, desencadenando el comedido sentido de los números que se impulsan como verbos para separarse, para alejarse.

La cuenta es una despedida. Los números son metáforas de palabras que son verbos que son hechos. El haber, aquí, es haber vivido.

Caemos en la cuenta precisamente al caernos de la cuenta, porque al montarnos en ese t,r,e,n rumbo a la nada ya habremos descartado las sospechas iniciales:

¿Acaso se trata de una errata? ¿Acaso con este t,r,e,n se pretende desatar la lengua mordiéndola? ¿Estamos ante una versión fantasmal del trabalenguas de la infancia, ese que siempre me ha parecido tan cubano por su acento en azúcar: Erre con erre cigarro / erre con erre barril / Rápido corren los carros / cargados de azúcar del ferrocarril.

Trabacuentas, que no trabalenguas, del número a la palabra y al revés, y de las palabras como metáforas de números y al revés, pasamos del tres al tren, y una vez embarcados en el aparente sin/sentido consciente o inconscientemente retomamos la palabra escrita en su origen, cuando poco a poco fueron surgiendo la escritura y la comunicación de la contabilidad y del comercio, trocándose el número como cantidad en metáfora de la cosa numerada: cuentas, deudas asentadas con cuñas, glifos, signos.

Ante el precipicio de la emoción el poeta sometido a las palabras intenta someter a la palabra; lacónico, la frena, la enfría numerándola, aunque a la postre los números ardan y todo culmine, como el fuego, en humo.

Poesía de lo que se aleja, de lo que se va, de lo que se vacía.

Poesía pudorosa de un ocultamiento que paradójicamente nos coloca ante un ojo de cerradura.

Zigzag de colibrí que luego se posa donde dos cuerpos se trasladan/ verticales … unidos/ por su centro:// el corazón.

Subrayo una palabra: verticales. El traslado de la pareja, ahora, es hacia el dos en uno, no el cero de aquel otro traslado, el horizontal, el de la partida de erre con erre y tren.

Estamos en Teorema de Euler.

Extraño título para un poema de amor, si olvidamos el casi instintivo pudor con que en Noche cerrada se expresan todas las emociones, ya sean de pasión, de tristeza o de luto.

Para facilitar la comprensión, y por si acaso mi semejante, mi hermano, el hipócrita lector, ha trabado amistad con el doctor Alzheimer, le recuerdo lo básico de ese teorema:

Si [a] Um entonces [a]φ(m) = [1] en Zm.

Por tanto, si un b Z verifica que mcd(m,b)=1 entonces bφ(m) 1 (mod m)

 

4

Vibrante mina de metales preciosos, pluma fuente viva, que sorbe néctar y sirve tinta; frágil tintero que, una a una, deja caer las letras sobre la página, el colibrí de tinta es un origami al revés, una pajarita de papel que en la lisura evoca al volumen.

Pliegos de esta cinta de Moebio: de la voz (mudez: labios, silencio) a la escritura, de la escritura al zumbido y el canto (pájaro), y del zumbido a la tinta.

Paradojas de la papiroflexia impresa: extintas en la tinta, las imágenes se disuelven y vuelven, se esfuman al fijarse.

El papel del papel nunca ha sido quedar en blanco. Lo supieron los chinos, que fueron quienes primero lo plisaron, dándole formas y por ende sombras, y quienes para mancharlo inventaron la tinta, esa otra pólvora; y lo supo también el bizantino Filón, cuyo tintero, del cual jamás se derrama la tinta, promete azar y asombro como un dado de ocho lados.

Se agolpan los meridianos en la cautivadora imagen. En ella Oriente nos regala la inmensa noche que se seca como luz en trazos verticales; y Occidente celebra la noche oscura de la filosofía, evocándola con el pulpo mecánico que nunca pierde la horizontalidad cuando se escurre de la dialogante seducción oral a la solitaria cogitación escrita.

Excepto por la página en blanco de Mallarmé, desde la invención de la tinta y el tintero nada como este zumbete me ha sugerido con tal hechizo la idea de la escritura como materia siempre disponible y nunca derramada.

La poesía como impulso y contención.

Rima de aventura y orden.

Vuelvo a un soneto de Darío que siempre olvido de memoria. Un soneto que suena y resuena con las gotas que van cayendo sobre la página en blanco. Un soneto cuya tinta es sangre y cuyo tintero es un corazón. Tinta tinta en sangre que resulta ser, en la espléndida imagen oblicua del nicaragüense (espléndida: spleen), la negrísima bilis de los melancólicos: la sangre espiritual de quienes llevan la camisa férrea de mil puntas cruentas sobre el alma.

Caen gotas de melancolía sobre la página y del aleteo del colibrí caen gotas de tinta. En vilo el vuelo, en vilo el lector, cuya mirada sigue como una sombra rasante al tintero de plumas. El poema como vuelo y caída. Vuelo que cae. Caída que vuela. Con sus zigzags el reluciente apodiforme de tintero y pluma (con acento en stilus) advierte de dos peligros: no tener estilo o quedar atrapado en la soledad del estilo.

En la iridiscencia del pajarillo que es casi nada, que nos cautiva por ser más nada que un arcoíris, vive la tradición: el cisne de Darío y el búho de González Martínez, que le tuerce el cuello; el azor de Huidobro y el cuervo que en una intensa pirámide escrita Vallejo aúpa para que fecunde a la cuerva; la diadema de plumas de quetzal o colibrí que la virreina de México le regala a sor Juana, incluso el murciélago evocado con espanto por la Décima musa en su poema piramidal al aludir a las tres Furias como aves sin pluma aladas porpardas membranas.

 

5

Se cuenta que, en el castillo de Warburg, Martín Lutero le lanzó su tintero al diablo. No lo hizo como pulpo, para esconderse, sino como púlpito, para espantarlo, porque el diablo lo molestaba, impidiéndole escribir. Ante la página en blanco eso resulta absolutamente inútil. No hay estrategia que valga: el Δαίμων acecha en el papel y además está en la tinta que lo va a cubrir y en el tintero deseoso de poner manos a la obra. Por eso, Federico de la Vega levanta el suyo sobre la nada donde letra a letra irá apareciendo el demonio. Su propio demonio.

 

6

¿Coda o cola?

Lamentablemente Maximiliano y Federico no han coincidido en Santiago de Querétaro, donde el emperador murió fusilado en 1867, y poco más de un siglo después, en 1981, nació el poeta.

Sin embargo, al margen de las fechas con las que se pretende dividir el tiempo, hay tendido entre ellos un puente, un gran puente, que no se le ve, como dijera Lezama. Un grandísimo puente de un par de pulgadas.

Se conoce con exactitud el lugar y la fecha del encuentro entre Maximiliano y el colibrí: fue en San Salvador, Brasil, la mañana del 11 de enero de 1860. Se conocen además las páginas con que el emperador relata los pormenores de ese encuentro. Prosa de colibrí de tinta. Prosa deslumbrada por la relampagueante belleza del ave, y trágicamente conmovedora, si se recuerda que poco después este súbdito del colibrí moriría en las garras justicieras del águila mexicana.

Pude leerlas gracias a Alfonso Reyes, quien –como yo, como cualquiera que las lea– quedó cautivado. Figuran en el Volumen IX de sus Obras completas bajo un sugestivo título: Maximiliano descubre el colibrí.

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