Atravesé ayer parte de La Habana, bajo un sol implacable y en una ciudad sin apenas transporte público, para recoger el libro que había logrado encargar, y que descubrí en uno de los grupos que en plataformas como está me permiten hallar ejemplares que no tengo, o como en este caso, que quería recuperar tras haberlos perdido. La humedad y los insectos, entre tantas cosas, asolan nuestras bibliotecas. Y a eso se añade ahora el gesto cada vez más frecuente de quienes se deshacen de las bibliotecas familiares, tras la muerte o la ausencia de quienes las organizaron por años, y que ahora se ofrecen en venta, como jirones de una historia en la que cada portada nos deja reconocer no solo un libro leído o deseado, sino también los momentos en que los tuvimos a mano, o los rostros de quienes nos los acercaron alguna vez.
Tuve un ejemplar de Nombrar las cosas, dedicado por Eliseo Diego, que sucumbió ante una invasión que devoró con un asombroso «gusto» literario otros libros queridos. Con el tiempo, junto a los que pude salvar a tiempo, han ido reapareciendo gracias a estas maniobras de compra y venta algunos de los que perdí. De aquel ejemplar solo perdura una fotografía de aquella dedicatoria, y hallar otro me permite, ahora, devolverlo en cierto modo mediante este volumen al espacio que esos poemas de Eliseo, en esa edición diseñada por Fayad Jamís y Darío Mora ocupan en mi memoria, no únicamente como una pieza que se devuelve a un estante. Confieso que los libros de Lezama son ya una manía de coleccionista, y esta vez tampoco me resistí a comprar otro ejemplar de su Poesía completa, en la edición que Emilio de Armas preparó y salió a la venta en 1985. No me resisto, a veces pienso que es mejor comprarlos, sin pensar en el precio, porque prefiero tenerlos a mano como quien los salva de las polillas, o de acabar en la basura, como tantos he visto ya. Y no solo me refiero a los de Lezama.
Se deshacen las bibliotecas también como síntoma de otras cosas en el país, y del desahogo que algunos desentendidos crean para rellenar esos sitios de cultura y memoria con otras necesidades, de espacio y economía que van haciendo más borrosas las esperanzas y relaciones que la cultura misma fundó alguna vez entre nosotros. Es el verano duro, es el calor, es el desasosiego que va arrasando con tantas cosas. Pero confío en que en medio de todo eso hay otros que, como yo, que cuando descubren la portada de un libro y un autor querido, corren a por él, sin importarles tanto esos otros modos de la asfixia nacional, para tenerlos, recuperarlos, saberlos a salvo, y esperar por alguien a quien legarlos cuando también la gran ola nos arrastre. En ese ejemplar que ahora tengo la firma de Eliseo no ilumina una página, pero en mi memoria sí lo hace, como quien sabe que ha recuperado no un libro, sino una imagen de aquel que fui, cuando aprendí con esos versos a nombrar las cosas.





