¿La relectura es una forma del canon?

Las valoraciones que corresponden a la Academia —historias, críticas, diccionarios—, a la exigua crítica literaria en los medios y desde luego que a la saqueada Inteligencia Artificial; resbalan ante la sencillez de qué libros he vuelto a leer o deseado hacerlo. Mi canon literario suele basarse en las relecturas. Desde ahí opino.

La vara que los griegos (κανών, kann) utilizaban para medir hoy se sigue usando vanidosa, metafóricamente; sin excluir sus trampas políticas y comerciales u otros empleos en música, religión, sagas… Aunque también hay un uso privado, singular. Tal vez voluble. Dependiente de experiencias, estados de ánimo, amistades,  épocas de la vida, fluctuaciones del gusto.

Predominan —como se sabe— los cánones heredados… Mi experiencia, en tal sentido, es compleja. He sido casi desde mi adolescencia profesor de español y de Literatura, en todos los niveles académicos, desde la Secundaria Básica y el Preuniversitario, hasta la Licenciatura, la Maestría y el Doctorado en Lengua y Literaturas Hispánicas; por lo que he tenido que seguir programas a veces muy estrictos, apegados a la historia de la cultura o no elaborados por mí, que me han obligado a estudiar textos; algunos de las cuales leí con dificultad, hasta con cierto aburrimiento.

 De tanto tener que impartirlos he llegado a establecer una relación amor-odio con algunos de esos libros y autores, al punto de que tal vez admita que pude estar equivocado. Por resignación y jactancia hoy me parece que pueden ser canónicos. Las reticencias comienzan contra mí mismo, como debe de ser. Suelo burlarme de los que a veces damos la experiencia como argumento, ignorando que un error repetido muchas veces no se convierte en acierto, falacia típica de la gerontocracia.

He tratado —no siempre he podido— de que mi canon sólo contenga obras de arte literario determinadas por El placer de leer —como aquella legendaria revista— o influidas por el título de uno de mis libros de crítica literaria: Leer por gusto. Es decir, por entretenimiento, sin obligaciones laborales o estudiantiles. Recordar lo de dulce y útil que nos enseñó Quinto Horacio Flaco en su Ars Poetica (Epístola a los Pisones).

 El parche va por delante cuando nombro –por ejemplo– el canon de obras narrativas cubanas. Apenas he releído varias novelas de autores cubanos: El reino de este mundo, Los pasos perdidos, El acoso, El siglo de las luces y Concierto barroco, de Alejo Carpentier; Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante; Paradiso-Oppiano Licario (Forman una sola obra, inconclusa) de José Lezama Lima; La vieja Rosa-Arturo la estrella más brillante (Dos cuentos unidos por la continuidad temática)  de Reinaldo Arenas… Quizás olvido alguna otra novela, pero me parece que no hay nada más.

Tal inseguridad da cuenta de mi admiración y afecto a otros narradores coterráneos, pero que sencillamente he leído y no releído, sobre todo de la más reciente promoción. Me mantengo al tanto de lo que escriben narradoras talentosas como Ena Lucía Portela o Martha Luisa Hernández Cadena, para sólo ilustrar los trillos de mi contingencia.  Siempre deseo leer lo nuevo que publiquen. Aunque —como cualquier hijo de vecino— ni me pasa por la mente comprar o pedir por servicios bibliotecarios los volúmenes de “estrellas” cuya escasez de talento sólo compite con sus empecinadas proyecciones publicitarias. Aquí la noción de canon vinculada por mí a la relectura podría armar un canon a la inversa, que sólo incluyese a las peores novelas cubanas, en atención a ser usadas para amenazar a algún majadero con el castigo de leerlas; o más simple: ni siquiera tomarlas en cuenta, como se hace con la avalancha de poemas. Y no meto el cucharón respecto del cuento. Aunque me gustaría volver a algunos de los incluidos por Alberto Garrandés en Aire de luz. Cuentos cubanos del siglo XX; antología que ya carga un cuarto de siglo y exigiría discutir sobre nuevos valores, actualizarla en 2025.

Cometo el sincero cinismo de que cuando me preguntan por ciertos narradores cubanos, contesto que me perdonen la ignorancia, pero no los he leído —lo cual es verdad desde la segunda página— o no sé quiénes son. Un colega dice que prefiere elogiarlos a leerlos; como me comentó Lezama sobre los poemas “coloquiales” de un conocido poeta, según cuento en mi autobiografía, cuya redacción preparo con epígrafes de Emile Cioran y Karl Kraus.

Si abres las relecturas al ámbito de habla hispana —como es fácil suponer— la lista se hace más polémica. Aunque no tan endeble como la que incluye Harold Bloom en “La edad democrática”, correspondiente a Latinoamérica, al final de El canon occidental, que se asegura haber escrito Roberto González Echevarría —su colega y vecino en Yale— donde no aparecen Pedro Páramo de Juan Rulfo ni La vida breve de  Juan Carlos Onetti, entre otras obras latinoamericanas sencillamente imprescindibles.

He releído —lugar común— El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Y también La Celestina (Tragicomedia de Calisto y Melibea). No dejaré de retornar al disfrute de La vida del Buscón llamado Don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños, del genial Francisco de Quevedo y Villegas… Similar regodeo trataré de hacer con Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós, las Sonatas  de Valle Inclán…

Mi canon —como el de cualquier lector empedernido— viene cambiando. La intemporalidad del gerundio transmite la ausencia de final. El placer se ha multiplicado a lo largo de más de cinco décadas. También —antes, durante y después—de las principales novelas del llamado Boom, vuelvo a preguntar cuál me gustaría releer. Creo que por ahora tal vez ocurra por casualidad: Las que relees porque no tienes otro libro o buscas cierto recuerdo o referencia… De Mario Vargas Llosa: La casa verde, Conversación en la Catedral… O sólo se trate de releer determinado capítulo o escena, como la tempestad en la selva de  Canaima, la gran novela de Rómulo Gallegos.

Como nadie sabe cuándo será llamado al espacio sideral, tal vez me dé tiempo a releer novelas, ensayos o parte de ellos, pasajes decisivos del Curso Délfico, mis poemas preferidos… En tal sentido es obvio que la edad ni concede cara de abuelito bueno ni convierte los caprichos en azar concurrente.  Y perdón por las listas. Son otra forma de la molicie veraniega.

Aducir el amor a las flexibilidades —por supuesto— no justifica los relativismos de mediocres y oportunistas. Las preguntas a la efigie de la lectura no cuestionan a Raymond Chandler, Wallace Stevens, Federico García Lorca, César Vallejo, para nombrar los primeros que me vienen a la mente. No juegan al color con que se mira, ese truco barato de escritores baratos que abaratan.

Quizás sea un ardid retórico insistir en que mi vista nunca ha sido rígida. Quizás la prueba de la relectura sólo sea un argumento entre otros, como escribir una reseña. Quizás no pasen de ser preguntas, sobre todo a los preceptos derivados de cualquier canon. Quizás, quizás, quizás; como el bolero de Osvaldo Farrés.

 


Imagen: Eye-Balloon  (1878), de Odilon Redon.

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