Para Axiom de Litera, todo el que trate de ser intelectual es porque no lo es, y nadie puede ser lo que de hecho no es; lo que se debe a la puntualidad de lo real, que alarga el instante con más eficiencia que la paradoja de Zenón. Este lugar común es sin embargo tan sutil que suele pasar desapercibido, para los esforzados que intentan el estilo; ignorando que este no es la expresión, sino la arquitectura que la sostiene, en una metafísica espesa e inviolable.
Esta máxima del de Litera no esconde la amargura del ceo, pero ahí hay algo que explica la terquedad de su distancia; y que le hace espetar siempre lo mismo, que el estilo no es sino la estructura que determina la naturalidad. Así, en otro perogrullo, si el gesto es afectado pues ya no es natural, y el objeto que describe carecerá de realidad; por lo que, no importa lo amargo, es un buen parámetro para evitarse el engorro del desengaño tardío, con uno temprano.
A saber, esta es exactamente la debilidad que disuelve al Surrealismo, extendiéndolo por tantas generaciones; haciendo un canon del anticanon, en un escolasticismo risible y cómico, aunque patético y no hilarante en su vaciedad. No es que los primeros surrealistas no fueran auténticos, sino que fueron los últimos que lo fueron; pues todos los demás ya no lo serían sino que quisieron serlo, encerrándose en esa paradoja del de Axiom.
Siguiendo con el ejemplo, no es que la autenticidad del surrealismo no fuera engañosa, escamoteando su objeto; que no consiste en ser surrealista sino en no ser realista, y es imposible de conseguir si se le asume como realidad. Esa es obviamente otra paradoja del de Litera, haciéndose omnipresente a ese patetismo que rechaza; pero con la que reconoce la autenticidad del primer surrealismo, como estupor ante los tiempos que le tocaran.
Eso hace comprensible —hasta el pitagorismo— las extrañas maneras surrealistas, como un vulgar descolocamiento; pero vela de dudas todo esfuerzo posterior, como un intento de instrumentalización, que ya disuelve ese objeto. De ahí la imposibilidad, más estoica que Zenón en la peor de sus paradojas, que es esa de Aquiles y la tortuga; mala como arte de surrealista posterior, porque ignora en el sofisma la relatividad del paso, y eso es grave.
Tampoco es que la blasfemia estética sea privativa de los tardo surrealistas, que son sólo el escarmiento para Axiom; sino que se trata de la falsedad como segunda naturaleza —todavía naturante— de toda la postmodernidad. En efecto, aquel descolocamiento de los primeros surrealistas no era de los surrealistas, que aún no existían en su estupor; sino que se trataba de la impronta de la época, rebasando el límite último de la modernidad, hacia el abismo; que no era contemplativo sino indiferente, porque ya él tenía otras cosas a desear, como el indeterminismo cuántico.
Así, en el mismo círculo de los tardo surrealistas, se debaten los tardo idealistas, con el mismo pretencioso patetismo; por sobre ellos, Axiom de Litera pasa la mirada displicente, por alguna extraña razón, no hay sorpresa posible para Axiom; que apresura sus pasos a donde intuye a su virginal motivo, entonando las monótonas letanías de la verdadera belleza. También es verdad que todo era previsible, pero sólo desde aquel estupefacto descolocamiento, que aún tiñe de sinceridad la ingenuidad de aquellos primeros surrealistas; razón de más para este rechazo visceral, con que los tardo de todo pueden desviarle del único motivo de que respire.
Imagen: Still Life with Bottles and Breton Bonnets (1924), de Pierre Roy.




