Leer los Carnets —como pasear por Le Marais— son deleites inolvidables. Albert Camus quizás sea el más perspicaz intelectual francés del siglo XX, su escritor más inteligente. Marcel Proust y Honorato de Balzac están en el librero mayor, pero Camus en varios: novelas, ensayos, teatro. Junto a otros —son unos cuantos— han modulado la literatura en francés como una de las más relevantes del mundo; aunque ahora parece dar traspiés, tras exaltar a autores mediocres como Michel Houellebecq, Annie Ernaux…
Los Carnets favorecen la apreciación meliorativa de una vida coherente con su peculiar existencialismo; presidida por principios morales que están por encima de ideologías —en particular del marxismo—, religiones y políticas de diferentes tendencias sociales; donde la interiorización de lo absurdo —El extranjero, El mito de Sísifo— no lo llevó al pesimismo sino a una lucidez rebelde, revolucionaria en su sentido ontológico –El hombre rebelde, Estado de sitio…—. La que establece una resistencia, tan normal como el desayuno, con los hechos que son justos, honrados, propios de una integridad moral que vence el absurdo, a los “sin sentido” que percibimos en la vida.
Desde una ética rebelde centrada en el individuo y no en la masa, escribe los apuntes que se disfrutan en los Carnets, es decir, en esta mezcla de diarios, notas y citas, cuya lectura reseño como invitación para aquellos que aún los desconozcan; aunque quizás lo ideal sea para conocedores de sus principales libros. Oportunidad que anhela aquiescencias y divergencias, complicidades.
Las citas y glosas estimulan reflexiones grávidas, analogías sorprendentes, sonrisas irónicas y hasta anécdotas y chismes curiosos para tajar en la vida íntima del gran autor francés nacido (1913) en Mondovi, Constantina, en la entonces colonia francesa de Argelia. Aunque estos Carnets no llegan a 1957, cuando con apenas 44 años obtiene el Premio Nobel de Literatura. Y por supuesto que tampoco al 4 de enero de 1960, cuando muere en un accidente automovilístico junto a su íntimo amigo y editor Michel Gallimard, cerca de Sens, a los 46 años. Pero como sus cartas, artículos y entrevistas; los Carnets ayudan a conocerlo —y conocernos— mejor, ahorrarnos trivialidades y negligencias.
Poco después del inicio (1935) de estos Carnets, en marzo del 36, se pregunta: “¿Cómo conciliar comunismo y repugnancia? Si intento las formas extremas, en la medida en que llegan a lo absurdo y lo inútil, niego el comunismo. Y esa (sic) preocupación religiosa” (Cito por las traducciones de E. Paz Leston y M. Lencera, esta última revisada por Victoria Ocampo). Aquel Camus de apenas 23 años dice: “Desde el instante en que no nos suicidamos debemos guardar silencio ante la vida”. ¿Acaso no diría mucho más tarde que el tema central de la filosofía es el suicidio?
A mayo del 36 corresponde este apunte, que adelanta las ideas de El mito de Sísifo: “Culto del yo presupone amateurismo u optimismo. Dos necedades. No elegir nuestra vida, sino desarrollarla. Atención: Kierkegaard, el origen de nuestros males, es la comparación. Comprometerse a fondo, luego aceptar con igual fuerza el sí y el no”. La precocidad de Camus recibe aquí un río de pruebas. Ese mismo mes afirma: “El sufrimiento no da derechos”. Y añade dos párrafos después: “Desprecio la inteligencia significa en realidad: no puedo soportar mis dudas. Prefiero tener los ojos abiertos”, lugar común que como bandera retomará muchos años después Marguerite Yourcenar: Les Yeux Ouverts, sus conversaciones con Matthieu Galey.
“La necesidad de tener razón, signo de un espíritu vulgar” (abril del 37) parece de ahora, de este agosto del 2025, dirigida a tantos políticos de turno. Aunque no siempre son frases aforísticas o citas con las que él esté de acuerdo, como una horrible de Lutero, característica de su fanatismo religioso, que Camus impugnaba tanto como los fanatismos políticos e ideológicos, de cualquier tendencia. Poco después no deja de meditar con certeza: “Un hombre inteligente en cierto plano puede ser en otros un imbécil”, lo que desde luego nos hace vestir con nombre y apellido a muchos personajes que conocemos, sin dejar fuera algún “plano” de nosotros mismos.
Pero no se piense que estos Carnets no cuentan confesiones íntimas, sensaciones perfectamente personales o de género. En julio del 37 escribe: “Mujeres en la calle. La bestia ardiente del deseo que llevamos adujada en la cavidad de los riñones se agita con una dulzura salvaje”. Ahorro más citas de esta naturaleza, aunque me resisto a no poner esta joya desde Venecia, el jueves 9 de septiembre: “Si tuviera que escribir un libro de moral, tendría cien páginas y 99 estarían en blanco. Sobre la última escribiría: No conozco sino un solo deber y es el de amar. Y al resto digo que no”.
Los Carnets no se parecen a esas memorias que algunos han escrito para exhibir sus vidas, generalmente para edulcorarlas, como hiciera —entre otros— Pablo Neruda… La sinceridad de Camus apenas alimenta dudas. Aquí en sus Carnets corresponden a zonas de silencio, como sus apasionadas relaciones por más de quince años con la inteligente y hermosa actriz franco-española María Casares —nueve años más joven que él—, iniciadas el 6 de junio de 1944, el mismo día del desembarco aliado en Normandía. Quizás porque él estaba casado con Francine Faure —según se lee en la correspondencia entre los amantes, publicada en 2017 por Gallimard.
Los Carnets no perdonan, sin embargo, propósitos que inevitablemente asociamos a su vida privada: “Hay mucha más fuerza en un hombre que no parece sino cuando es necesario” —escribe en septiembre del 37, cuando advierte que la “Soledad” es “lujo de los ricos”. Aunque tras estar de acuerdo nos provoque sonreír: “El inocente es aquel que no se explica”, según apunte del 15 de octubre. Sonrisa que no evade su obsesión con la muerte, ante la que desde su amor a la vida nunca deja de temblar, según refiere en decenas de notas.
Lo mismo que citas y referencias muestran la formación de una sólida y diversa cultura, se aprecia siempre —o da la impresión— de que teme perder tiempo, regalárselo a las desidias. Mientras comenta: “El cinismo, tentación común a todas las inteligencias”, Camus no deja de huir hasta de su propio extrañamiento filosófico ante la existencia. Hay apuntes bien caracterizadores de esta actitud, algo, sin remedio, cínica. Abundan tanto como los juicios críticos sobre proyectos literarios, incluyendo los que corresponden a su teatro, a polémicas en la prensa, a tomas de distancia cuando tratan de reclutarlo para algún partido político o causa que le huelen a esclavitud solapada, servidumbre disciplinaria. Su independencia nunca entra en ningún juego de Poder. Mientras no deja de burlarse del gremio. Dice: “Para escribir es siempre mejor estar un poco más acá de la expresión (que más allá). En todo caso, de charlatanerías” (agosto, 1938). Un año después, en febrero del 39, escribe: “Así como la muerte de un escritor contribuye a que se exagere la importancia de su obra, la muerte de un individuo contribuye a que se sobreestime su lugar entre nosotros. Así el pasado está hecho enteramente de la muerte que lo puebla de ilusiones”; aunque suscita dudas, ya que no siempre tras la muerte surgen ilusiones y exageraciones.
Ahora mismo que el planeta se estremece ante la posibilidad de una Tercera Guerra Mundial derivada de Ucrania-Rusia, viene muy bien lo que apuntó Camus en el 39: “Esta guerra usted bien lo sabe, no era fatal. Bastaba que el Tratado de Versalles fuera revisado a tiempo”. ¿Cuánto no debemos pedir que revisen los políticos de hoy? También —por lo menos yo— me entero aquí que Alfonso d’Este “mandó fundir una estatua de Miguel Ángel para hacer con ella un cañón” —escribe en noviembre del mismo año. ¿A quién se refiere en octubre de 1940 cuando recuerda que Maquiavelo dijo que Juan Pablo Bagliones “perdió la oportunidad de volverse inmortal al dejar escapar la de asesinar al papa Julio II”? Antes, el 8 de septiembre del 37, mientras el fascismo, el nazismo y el comunismo avanzaban con sus borrascas totalitarias, había elogiado: “Esa suerte de libertad que proviene de lo dudoso y de lo equívoco”.
De enero de 1942 a septiembre de 1945 (Cuaderno IV) aparecen juicios del partisano no muy agradables sobre sus compatriotas: “El francés ha conservado la costumbre y las tradiciones de la revolución. Lo único que ha perdido son las agallas. Se ha convertido en funcionario, en pequeño burgués y en modistilla. El rasgo genial es haberse hecho revolucionario legal. Conspira con autorización oficial. Arregla el mundo sin despegar el trasero del sillón”.
Pero los juicios anteriores sobre el acontecer político no le hipotecan reflexiones ontológicas como esta de abril de 1941: “La voluntad es también una soledad”. Poco después ironiza: “¿No habrá un diletantismo trágico?” Y allí mismo —adelantándose a nuestra adictiva digitalización— invoca “la lucidez en un mundo donde la dispersión es regla”.
Los apuntes sobre las literaturas y las recepciones de sus obras por la crítica añaden detalles exegéticos apasionantes, permiten saber cómo el autor dialoga con su oficio. Sobre El extranjero: “Hablan de imposibilidad. La palabra es inadecuada. Sería mejor benevolencia”. El 23 de octubre del 42: “La peste tiene un sentido social y un sentido metafísico. Es exactamente el mismo. Esta ambigüedad es también la de El extranjero”. ¿Acaso no pensar en que ”todo el arte de Kafka consiste en obligar al lector a que relea”? ¿No admiramos en La peste cuando allí cumple con que ”El arte tiene los movimientos del pudor. No puede decir las cosas directamente”?
El apunte que chispea con más actualidad —frente a improvisaciones triviales— es de octubre del 45: “Estética de la rebelión. El gran estilo y la forma bella, expresiones de la más alta rebelión”. Allí se pregunta: “¿Por qué soy un artista y no un filósofo?” Y responde: “Porque pienso según las palabras y no según las ideas”.
Su poética es su actitud filosófica, que incluye el modo en que desenmascaraba las falacias. Nunca resistieron sus denuncias de las demagogias: “Cuando el detalle es una vida humana, para mí es el mundo entero y toda la historia” —afirma Camus—. Sabía que “Los marxistas no creen ni en la persuasión ni en el diálogo (…) ¡Y qué decir del señor Herriot y la clientela de los Anales!” —apunta en 1945—. Tampoco Sartre —y con él tanto iluso “revolucionario” (sic)— se salvó de recibir sus críticas.
Los Carnets contribuyen a la caracterización de un intelectual que —enfatizo— supo multiplicar su talento con una integridad moral, un oficio cotidiano y una filosofía centrada en la ilusión de un hombre pleno. Así se aprecia por antítesis cuando denuncia en París, en diciembre de 1950: “La pasión más fuerte del siglo XX es la servidumbre”. O en esos mismos días en París, cuando respecto del siglo XVIII, escribe: “…juzgar al hombre perfectible es motivo ya de controversia. Pero juzgar, cuando se ha vivido, que el hombre es bueno…” Y allí también: “El espíritu revolucionario rechaza el pecado original, y al hacerlo, se hunde en él. En cambio, el espíritu griego escapa al pecado original porque no piensa en él”. El último apunte es todo un reto, fechado el 7 de marzo de 1951: “Todo logro significa una servidumbre. Obliga a otro más alto”; esas metas volantes nunca las abandonó.
Para los escritores de ficción que en Camus aprendimos la flexibilidad interpretativa a base de nunca concluir definitivamente acciones y hechos, la sobriedad del que apenas insinúa, la maestría en diálogos, siempre bajo una necesaria razón argumental…; estos Carnets son una fracción significativa de su legado. Un amuleto que no siempre llevamos con nosotros. El doctor Bernard Rieux —protagonista de La peste— sonríe, asiente.





Gracias, estimadísimo por esa cavilación camusiana. Muy superficialmente conocía de esos cuadernos. Me hiciste pensar en Martí. El sumo está en los cuadernos. Ese año 36 fue fructífero políticamente (aún aparentó hasta 1951). Y Sartre, ventajista, le hizo la cruz. Mejor, para el argelino.