Me llevo el almuerzo al jardín, y como es muy frugal me da tiempo a caminar un poco. Lo único que me calma y me hace olvidar el sinsentido de la vida es ver a los insectos, a las mariposas y a los pájaros, en acción. Parecen ser los únicos que saben vivir. El otro día vi aquí una verdadera joya: un escarabajo verde fosforescente metiéndose entre la hojarasca. Bello ser coprófago. Dios que hace maravillas con la mierda, capaz de transformar los excrementos, los residuos, en abono natural. Ya no es tan fácil encontrarlos por los cabrones insecticidas. De pronto tuve una extraña visión: decenas de escarabajos azules, verdes y dorados como el del cuento de Poe, sobre el cuerpo de la muchacha que yo presumo muerta, afanándose en su descomposición. ¿Habrá tenido el sosiego suficiente para entrar en la ulterior dimensión con la serenidad requerida?
Pasando frente al banyan recuerdo lo que me contó Rochelle de su visión de Mr. Bradford. Me acerco al árbol. Veo que entre unas raíces alguien ha dejado unas botellas de agua y un par de coca colas. Ahí sigue la bicicleta oxidada, forrada de tape azul. ¿Y si trajera un cojín y en estos ratos libres me dedicara a hacer mis ejercicios de trascendencia con total tranquilidad? Me daría mucha paz saber que abandonaría este mundo solo por no tener que lidiar con esperpentos como ese judío gruñón. Si yo escribiese un libro sería algún manual sobre cómo lidiar con semejantes personajes indeseables. Sin dudas, llegaría a ser un bestseller. Me deslizo entre los intersticios del árbol. De la luz del sol apenas llega lo que el trenzado de las lianas sobre los troncos logra tamizar. Pero ¿qué es lo que escucho? Lo que sea, ronca plácidamente. Es viejo, tiene barba, y bien que se parece a Mr. Bradford, al menos así dormido, pero no lo es. Mr. Bradford era de baja estatura y este sujeto mide sus buenos seis pies, según parece. En una cutre silla plegable un gato de ojos amarillos me mira profundamente. Aprecio mucho que los gatos no gruñan.
Avanzo, dejando atrás los ronquidos, y me deslizo al espacio contiguo, otra de las cavidades interiores que nadie sospecha desde afuera. ¿Quién es este ser que aquí se refugia? Ni gnomo, ni elfo, ni druida. Huele fuerte alrededor. Una mezcla de marihuana, repelente de insectos, comida desperdigada. Ahora, en mi campo de visión hay alguien de espalda, rasgando papeles. Se voltea al sentir mis pasos y es ahí que lo reconozco. Es TJ, “el Acaparador” –así le llamamos– por la cantidad de cosas que arrastra consigo. Entra bien temprano, se asea en el baño y pide una computadora para ver videos sin parar. Acto seguido saca un torso de mujer con peluca y la sienta a su lado, en la mesa. Se pone a escribir. No podemos decir qué escribe, pero sí puedo dar fe de su disciplina y de cuánto consulta con el maniquí, ¿o será que le lee fragmentos? Es una escena bastante desconcertante para usuarios aprehensivos, pero ninguna cláusula de las reglas de conducta se lo impide.
–¿Qué pasa, mujer? ¿Estás huyendo del sol?
El sonido de los ronquidos es sustituido por otro que recuerda el rasgado de un papel, una de las primeras habilidades que nos hacen practicar de niños y que nos servirá especialmente luego para romper las innumerables ofertas para que gastes más, la vergonzosa propaganda política, las cuentas de servicios médicos que te aclaran “esto no es un bill”, y las cuentas de billes por redimir, todo lo que embuten diariamente en tu buzón.
Miro bien los papeles que “el Acaparador” se entretiene en pegar a unos cartones.
–Estoy armando unos paneles de cartón para ponerlos alrededor de mi colchoneta y así se enteren que este pedazo es mío. No quiero entrometidos aquí, fumando su crack ni bebiendo cerveza china envenenada. ¿Cómo va quedando mi obra de arte?
–¡Fantástica! –le comento mientras me acerco más y voy viendo de qué se tratan los pliegos que adosa a los cartones–. Pero, ¿de dónde has sacado estas maravillas?
–¿De dónde crees? No serán de una librería de viejos, claro que no. Las recogí bien temprano afuera de la biblioteca, ahí donde la gente dona toda la mierda que no quiere. Son de mi tiempo, y apuesto a que del tuyo también, por mucho que te pintes las canas de rubio platinado. Mira esto, unas ilustraciones eróticas de John Lennon. ¡Qué pendejos tan retorcidos! ¿Serían los de la china, je je…? Yo creo que fue esa bruja la que lo mandó a matar. Yo no me confío de ninguna mujer, ni aunque tenga los ojos más rasgados del mundo. Si es para darme un buen masaje, lo acepto, pero luego, bye bye. Mira ahora mismo, lo que nos está costando este desparpajo con esos asquerosos, comedores de murciélagos…
–¿Puedo ver esas que tienes en la mano?
–Sí, señora mía. La mismísima Marilyn Monroe. ¡Qué putona tan dulce que era! Mira esos pechos que quieren romper la tela transparente…Aquí no quiero que entre ningún desgraciado a hacerse una paja con estas fotos. Son mías, y este espacio, desde estos bejucos hasta este tronco, es mío.
Pensar que esas revisas pude encontrarlas yo misma si el donante las hubiese dejado un poco más tarde. O con solo haber llegado algo más temprano, como a veces hago cuando me desvelo y vengo a este jardín a esperar el amanecer. Me las perdí. Los catorce números de la revista Avant Garde. ¡Joder, vaya tesoro que este baboso está destripando! Y si trajera mi spray de pimienta y…No, me delataría luego. Tendría que darle un trancazo y este desgraciado parece tener más vidas que un gato. Tampoco me entendería si le digo que coleccionar imágenes de alto erotismo es mi pasión. Una pasión genital bajo el mandato del intelecto. Eso es el eros, el refinamiento de nuestras más bajas pasiones, su sublimación a través del arte, que no siempre es bello. Hay un erotismo atroz también. A veces exasperante. Casi siempre irresistible.
–Cojones, ¡qué envidia que me va a tener el socio de al lado! Verdad que a Kennedy le volaron los sesos, pero mira qué clase de mujer la que gozó…A mí casi me la vuelan en Iraq. No me la pelaron, pero me jodieron los pulmones. Esos malditos pozos de petróleo ardiendo sin parar –tosió como para dramatizar lo dicho.
Pobre hombre que creía que su miserable vida era importante. Sn embargo, Ralph Ginzburg fue más cojonudo que él. Cumplió ocho meses de prisión, aunque le pedían más en principio. Al llegar a este país traté de ponerme al día con todo lo que el mío trató de esconderme. Así fue como me leí su libro sobre materiales eróticos secretamente guardados en bibliotecas norteamericanas. Me costó mucha materia gris asimilar que en el país de la democracia por excelencia, cualquier manifestación artística o literaria que a los más puritanos les resultara sospechosa –y ello podía incluir desde una novela de D.H. Lawrence hasta un libro de Henry Miller– se asociaba gratuitamente con posturas comunistas. Obscenas podían ser las ilustraciones de Degas de un burdel, una secuencia fotográfica de una pareja interracial, los grabados de Picasso sobre voyeurs y musas orgiásticas, todo lo que Ralph Ginzburg, editor y director de esta revista y otras de parecida calaña, elegía promocionar, para ensanchar, según decía, las fronteras sexuales de la constreñida América. Paradójicamente en mi país y sus aliados, todo lo visto como obsceno o vulgar eran expresiones, o estaban influenciados, por el odioso e inescrupuloso capitalismo.
–Carajo, me estoy quedando sin goma de pegar. ¿No tendrás en la biblioteca algún pegamento que me des?
Lo pensé un momento, sabiendo que me quedaba muy poco tiempo para regresar al edificio.
–¿Qué tal si te cambio un poco de goma por una revista de estas? Sabes, yo también tengo mis manías. En mi casa forro paredes y estantes con recortes de revistas y de libros.
–Ah, ¿sí? ¿Y qué más coleccionas? ¿Piedras también? Tuve un socio que guardaba piedras, de todo tipo. En su la cocina de su casa primero encontrabas un fragmento de un meteorito o una esmeralda en bruto de Colombia, que una lata de leche condensada o de sopa Campbell. Hablando de sopa, ¿no quieres este número con fotos de las chicas de Andy Warhol? Mira esta, Ultra Violet, qué ojazos, mira esa teta de medio lado y la otra oprimiéndole la pierna. Una contorsionista con cara de bruja. Leí en alguna parte que ya de vieja se arrepintió de todas las francachelas que tenían lugar en el bunker del maricón de Warhol. Hasta se metió en una de esas iglesias de los santos de los últimos días, o algo parecido. Claro, ya con los pellejos arrugados cualquiera se acuerda que el alma existe. Santos…, santos nosotros que nos arrinconamos entre estos árboles con las zarigüeyas y las ratas, los mosquitos, las hormigas bravas, la lluvia, la humedad…
–Dime algo, T.J., ¿desde cuándo empezaron a acampar acá?
–No me digas que vas a irte de lengua, ¿verdad que no?
–No, hombre, no voy a decir nada. Si fuera el patio de mi casa, sería otra cosa.
–La jodida pandemia, mujer, esa nos ha arrinconado aún más. No nos quieren en la calle, pero tampoco estamos dispuestos a irnos a esas cárceles que llaman refugios, donde tienes que portarte mejor que un ángel. Si fuéramos ángeles, no estuviéramos así, ni necesitaríamos de la mierdera caridad pública. Durante diez años estuvimos protegidos por una ley que impedía que nos acosaran mientras dormíamos, o que nos recogieran nuestras pertenencias y las botaran. Ahora todo está cambiando. ¿No sabes lo que pasó el otro día en el downtown? Llevaron una grúa y levantaron las carpas de la gente. Se llevaron colchonetas, mantas, documentos de identidad, ropa, en fin, que menos mal que yo no estaba ahí porque si no me hubiesen remolcado con mis cosas.
–Ven conmigo para darte el pegamento. Ya tengo que entrar.
–Pero, mujer, coge una de las revistas.
Las reviso una vez más y me decido por la que tiene en la portada un par de esas tetas como trompos que pintaba Tom Wesselman. Veo que también tiene un reportaje y unas fotos de una granja hippie en las montañas de San Gabriel, California. La cara drogada del comunismo, si entendemos comunismo como un modo de vida donde prevalece el sentido del bien y la propiedad común. Olvidan que común y propiedad se excluyen. Lo que es común no puede ser propio, y viceversa. Por eso sé muy bien que el pegamento que le daré a “el Acaparador”, es propiedad privada, pero aun así, se lo doy. El par de tetas de trompo bien que vale el intercambio.
Fragmento de la novela En el nombre de la rusa (Bokeh, 2025).




