La novela definida
¿Qué es una novela? Una novela es una composición en prosa, imaginativa, artística y no dialéctica, de no menos de 20,000 ni más de 500,000 palabras, dividida en capítulos, secciones, libros u otras partes simétricas, en la que se describen ciertas transacciones humanas interesantes, significativas y verosímiles (aunque ficticias) tanto en su causa como en su efecto, con particular atención a la influencia ejercida sobre los ideales, opiniones, moral, temperamento y actos manifiestos de una persona o personas determinadas por las leyes, instituciones, supersticiones de la raza humana, y los fenómenos naturales de aquellas partes de la tierra que caigan bajo su observación o conocimiento, así como por los ideales, opiniones, moral, temperamento y actos manifiestos de aquellas personas que entren en contacto, ya sea momentáneamente o durante períodos más largos, con él, ella o ellos, sea mediante la interacción real, social o comercial, o a través de libros, periódicos, la iglesia, el teatro o alguna otra persona.
Esta definición representa el esfuerzo de varios días y exige con severidad tanto del ojo como de la atención, pero vale plenamente el tiempo invertido en ella y el esfuerzo necesario para asimilarla, pues carece por completo de lagunas, resquicios u otros defectos. Describe, con precisión científica, toda novela verdadera jamás escrita, y por la misma regla excluye hasta la última casi-novela, seudo-novela y cuasi-novela, por muy verosímiles que parezcan, así como todo romance, rapsodia, epopeya, saga, cuento hinchado, panfleto y best seller conocido por los bibliógrafos. (Smart Set, 1909)
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El problema del héroe
Rara vez, en efecto, la ficción puede elevarse por encima de los hombres de segunda fila. Los motivos, impulsos y procesos mentales del superhombre son demasiado recónditos para un análisis verosímil. Es fácil explicar cómo John Smith cortejó y conquistó a su esposa, e incluso cómo William Jones luchó y murió por su país, pero sería imposible explicar (o, en todo caso, convencer al explicar) cómo Beethoven compuso la Quinta Sinfonía, o cómo Pasteur razonó la vacuna contra la rabia, o cómo Stonewall Jackson llegó a sus milagros de estrategia. Se ha intentado muchas veces, pero siempre ha terminado en fracaso.
Esos superhombres de la ficción que no son simples sombras y muñecos son superhombres reducidos a una medianía salvadora. Shakespeare hizo de Hamlet un hombre comprensible y convincente al diluir aquella mitad de él que era Shakespeare con otra mitad que era un estudiante universitario. Del mismo modo salvó a Lear convirtiéndolo, en gran parte, en un viejo ridículo y obsceno —hermano de sangre de cualquier anciano promedio de cualquier taberna inglesa promedio. Al enfrentarse con César, lo rescató del desastre el cuchillo de Bruto. George Bernard Shaw, ante la misma dificultad, la resolvió dibujando un retrato compuesto de dos o tres directores de teatro londinenses y media docena de políticos ingleses. (Smart Set, 1912)
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El puritano en el extranjero
Mark Twain fue un gran artista, pero su nacionalidad le colgaba del cuello como una piedra de molino. Mientras se confinó a la representación simpática de personajes y escenas estadounidenses, riendo suavemente y acariciando mientras reía —por ejemplo, en Huckleberry Finn— produjo una obra que vivirá mucho después de que las artificialidades de los brahmanes bostonianos sean olvidadas. Pero en el momento en que entraba en conflicto, como estadounidense, con las ideas e ideales de otros pueblos, en el momento en que intentaba convertir su humor en algo agudo y destructivo, en ese momento se volvía simplemente ridículo, y la broma recaía sobre él. Se avanza penosamente por The Innocents Abroad y por partes de A Tramp Abroad con una sensación cercana al asombro. ¿Debe aceptarse como humor una payasada tan burda e ignorante? ¿Es realmente señal de ingenio burlarse de Lohengrin? ¿Es el cromo de Tiziano sobre Moisés entre los juncos realmente el mejor cuadro de Europa? ¿No hay en el catolicismo más que pequeños fraudes, escándalos monásticos y la veneración de nudillos y tibias de santos dudosos? ¿No puede uno, aun sin creer en él, sentirse profundamente conmovido por su historia deslumbrante, los monumentos persistentes de su antiguo poder, el encanto de su belleza pródiga y melancólica?
En presencia de lo inusitado, Mark Twain el artista quedaba borrado por Mark Twain el estadounidense: lo único que veía en ello era extrañeza, y lo único que veía en la extrañeza era hostilidad. Hay capítulos en Huckleberry Finn en los que se sitúa hombro a hombro con Cervantes y Molière; hay capítulos en The Innocents Abroad en los que resulta indistinguible de Mutt y Jeff. Si hubiera nacido en Francia (el país de su principal abominación) en lugar de en un pueblo puritano de los Estados Unidos, habría conquistado el mundo. Pero, por más que lo intentara, siendo lo que era, no podía librarse de la autocomplacencia puritana, de la desconfianza puritana hacia las ideas, de la incapacidad puritana de ver la belleza como algo en sí mismo, enteramente distinto y más allá de toda mera moralidad. (Smart Set, 1915)
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El rostro resulta familiar
Una novela de primera categoría es siempre un retrato de carácter. Puede ser algo más que eso, pero en el fondo es siempre un retrato de carácter o de toda una serie de ellos, si el autor pertenece genuinamente a la estirpe imperial. Más aún: es un retrato de un individuo no muy alejado de la norma de la raza. Puede tener un tinte de rareza, pero nunca es fantástico; nunca viola las reglas comunes de la acción humana; nunca muestra emociones que resulten imposibles para el resto de nosotros. Si Thackeray hubiera dado a Becky Sharp una voz de bajo, nueve maridos y el rango de teniente general en el ejército británico, habría sido olvidada hace mucho tiempo, junto con todo lo demás de Vanity Fair. Y si Robinson Crusoe hubiera sido un Edison en lugar de un marinero común, habría corrido la misma suerte. (Essay in Pedagogy, Prejudices: Fifth Series, 1926)
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Émile Zola: el padre de todos
Zola tuvo muchos defectos como hombre. Era vanidoso, arrogante e intolerante. Italiano por ascendencia, amaba naturalmente el dinero, y hubo ocasiones en que su pasión por él lo volvió un necio. Buscaba con ansia la atención pública, y la maniobraba de manera descarada. Temeroso de su mujer —una virago— por un lado, por el otro la engañaba y humillaba groseramente. Su valentía en el asunto Dreyfus ha sido enormemente exagerada al contarlo, sobre todo por periodistas ingleses deseosos de hacer propaganda contra los franceses. Huyó en un momento crítico, y con frecuencia se olvidaba de Dreyfus pensando en Zola.
Pero tenía muchas virtudes compensatorias. Poseía una inteligencia aguda: sentía ansias de conocimiento y era capaz de captar hechos esquivos. Fue inmensamente diligente y se tomaba en serio su oficio. El novelista de antaño necesitaba solo pluma, papel y una habitación tranquila. Zola estudió la vida de primera mano, laboriosa y concienzudamente, a fondo. Nada humano le resultaba poco interesante, y nada humano lo sorprendía ni lo escandalizaba. Su ojo estaba hecho para el microscopio; sus manos, no lo estaban para el laúd. Por la metafísica sentía un saludable desprecio: lo que le interesaba era la fisiología. En sus mejores días, tenía la vasta impasibilidad de un Darwin, el verdadero desapego de un científico nato. Lo que los hombres pensaban apenas atraía su atención pasajera; lo que hacía era observar lo que hacían. Fue, en un sentido muy real, el primer conductista. (Fragmento, American Mercury, 1928)
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Jane Austen
No fue hasta la primavera de 1945, cuando me acercaba a los 65 años, que llegué por primera vez a Jane Austen. Mi elección, naturalmente, fue Mansfield Park, pues todas las autoridades parecían coincidir en que era lo mejor de Jane. ¿Y qué encontré? Una novela aburrida sobre un grupo estúpido de hacendados rurales ingleses, casi al nivel de las novelas sentimentales por entregas que publicaba el Ladies’ Home Journal en la década de 1890. Los personajes, sin duda, tenían cierta definición, y estaban mejor hechos que los muñecos de cartón de la novela inglesa popular de la generación inmediatamente anterior, pero seguramente sería ir demasiado lejos considerarlos del todo verosímiles. Sus actos, por lo menos la mitad del tiempo, me parecieron carentes de motivación lógica, y en consecuencia los episodios que se iban acumulando resultaban a menudo sin propósito.
Sin duda existieron tales pobres figuras en la Inglaterra profunda de la época, pero no pude discernir razón alguna, salvo la histórica, para interesarse en ellas hoy. La mayoría de los críticos oficiales alaban con largueza a Austen por la naturalidad de sus diálogos, pero yo no encontré nada de eso. Al contrario, eran extraordinariamente rígidos y torpes, y aun en momentos de gran pasión los personajes se atacaban unos a otros con discursos preparados, muchos de ellos tan ornamentados que resultaban casi ininteligibles. Llegué hasta el capítulo XXXIX y tuve que abandonar, perdiéndome así por completo la fuga de Crawford y la señora Rushworth. Fue una experiencia algo dolorosa, y tuve que consolarme con la reflexión de que la novela ha progresado enormemente desde los primeros días del siglo XIX. El más incipiente principiante de hoy crea personajes mucho mejor observados —aunque no necesariamente mejor imaginados—, y el peor diálogo perpetrado por un imitador de Ernest Hemingway es al menos más natural que el de la pobre Jane. Y, sin embargo, ha habido historiadores literarios, no manifiestamente locos, que se han atrevido a sostener que Mansfield Parkes la mayor de las novelas inglesas. Si es así, entonces Caste, de Tom Robertson, es la mayor de las obras teatrales inglesas. (Nota inédita)
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Tchaikovski
Pasar del Manfred de Chaikovski o de su Patética, a la Júpiter de Mozart, o a la Inconclusa de Schubert, o a la Octava de Beethoven, es como salir de un kaffeeklatsch al aire libre, casi como escapar de un manicomio. La emoción inconfundible que despierta gran parte de esta música moderna es un ardiente anhelo de forma, claridad, coherencia, una melodía. Los bufidos y gemidos de estos Werthers de taberna son tan irritantes, a la larga, como el llanto de un niño, la rabia de un solicitante de empleo rechazado, el chillido de un cerdo atrapado bajo una verja. Uno ansía indeciblemente a un compositor que exponga su par de temas honestos, que luego los desarrolle con ambos oídos bien abiertos, que después los recapitule sin vergüenza, que les añada una coda vivaz, y que luego se calle. (Smart Set, 1914)
Tomado de A Second Mencken Chrestomathy (edited and with an introduction by Terry Teachout, Vintage Books / Random House, New York, 1995).
Revisión de la traducción: MHM




