Onduras de Albert Camus

Onduras. Deriva de onda, del latín unda (ola, movimiento del agua), más el sufijo abstracto «-ura», que designa cualidad o efecto. Vocablo que sugiere profundidad, resonancia y propagación: lo que deja huella en su expansión. Neologismo acuñado por los editores de Bookish & Co. para nombrar ciertos natalicios literarios. Estas Onduras de Albert Camus celebran la claridad trágica de una conciencia que se supo sola frente al mundo, la serenidad de un pensamiento que no renunció a la belleza, incluso en medio del absurdo.

Es mediodía, el día mismo está en equilibrio. Cumplido el rito, el viajero recoge el precio de su liberación: es la piedrecita seca y suave como un asfódelo, que levanta en el acantilado. Para el iniciado, el mundo no pesa más que esa piedra. La tarea de Atlas es fácil; basta elegir la hora. Se comprende, pues, que por una hora, un mes, un año, esas orillas pueden prestarse a libertad. Acogen en confusión, sin mirarlos, al monje, al funcionario o al conquistador. Hubo días que esperé encontrar en las calles de Orán a Descartes o a César Borgia. No ocurrió. Pero quizás otro sea más afortunado. Una gran acción, una gran obra, la meditación viril, demandaban antes la soledad de las arenas o del desierto. Allí se velaban las armas del espíritu. ¿Ahora dónde se velarán mejor que en el vacío de una gran ciudad instalada para siempre en la belleza sin espíritu?

He aquí la piedrecita, suave como un asfódelo. Está en el comienzo de todo. Las flores, las lágrimas (si a uno le interesan), las partidas y las luchas quedan para mañana. En mitad de la jornada, cuando el cielo abre sus fuentes de luz en el espacio inmenso y sonoro, todos los promontorios de la costa parecen una flotilla zarpando. Esos pesados galeones de roca y de luz tiemblan sobre sus quillas, como si se prepararan a singlar hacia islas de sol. ¡Oh mañanas de Orán! Desde lo alto de las mesetas, las golondrinas se sumergen en inmensas cubas donde el aire hierve. La costa entera está lista para la partida; un estremecimiento de aventura la recorre. Mañana, quizá, partiremos juntos.

Orán, 1939

El Minotauro o Alto de Orán (1954; traducción: Aurora Bernárdez)

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No conquistaremos nuestra felicidad con símbolos; para lograrla es menester algo más serio. Simplemente quiero significar que a veces, cuando el peso de la vida se hace demasiado abrumador en esta Europa aún colmada de su desgracia, me vuelvo hacia esos países resplandecientes donde existen aún tantas fuerzas intactas. Los conozco demasiado para no saber que ellos constituyen la tierra elegida donde pueden equilibrarse la contemplación y la intrepidez. El meditar en el ejemplo que nos ofrecen nos proporciona una enseñanza con la condición de que no queramos otra cosa que salvar el espíritu; es menester pues, ignorar sus virtudes dolientes y exaltar su fuerza y prestigio.

Este mundo está envenenado de desgracias en las que parece complacerse. Está enteramente librado a ese mal que Nietzsche llamaba espíritu de torpeza. No colaboremos con nuestra ayuda. Es vano llorar por el espíritu; basta con trabajar por él.

El verano (1940; traducción: Alberto Luis Bixio)

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Abril, 1939.

Las Altas Mesetas y el Djebel Nador.

Interminables extensiones de trigo, sin árboles, sin hombres. De tarde en tarde, un «gurbi» y una silueta friolenta que camina sobre una cima y se recorta sobre el horizonte. Algunos cuervos y el silencio. Nada en donde refugiarse, nada que retenga una alegría o una melancolía que podría ser fecunda. Lo que surge de estas tierras es la angustia y la esterilidad.

En Tiaret algunos maestros me dijeron que se «aburrían».

—¿Y qué hacen cuando se aburren?

—Nos difamamos.

—¿Y luego?

—Vamos al burdel.

Fui con ellos al burdel. Nevaba. La nieve caía fina y penetrante. Todos habían bedido. Un guardián me hizo pagar dos trancos a la entrada. Era una sala inmensa, rectangular, curiosamente pintada de franjas oblicuas, negras y amarillas. Bailaban al son de un fonógrafo. Las mujerzuelas no eran ni lindas ni feas.

Una de ellas decía: —¿Vienes a divertirte?

El hombre se defendía débilmente.

—Yo —decía la mujerzuela— tengo ganas de…

Al salir, nevaba. Por un claro se veía el campo. Siempre la misma extensión desolada, pero blanca esta vez.

En Trezel; café moro. Té de menta y conversaciones.

La calle de las mujerzuelas se llama «Calle de la Verdad». La entrada cuesta tres francos.

Carnets, 1 (mayo 1935-febrero 1942; traducción: Eduardo Paz)

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Pero si es difícil fijar el instante preciso, el paso sutil en que el espíritu ha apostado a favor de la muerte, es más fácil extraer del acto mismo las consecuencias que supone. Matarse, en cierto sentido, y como en el melodrama, es confesar. Es confesar que se ha sido sobrepasado por la vida o que no se la comprende. Sin embargo, no vayamos demasiado lejos en esas analogías y volvamos a las palabras corrientes. No es más que confesar que eso «no merece la pena». Vivir, naturalmente, nunca es fácil. Uno sigue haciendo los gestos que ordena la existencia, por muchas razones, la primera de las cuales es la costumbre. Morir voluntariamente supone que se ha reconocido, aunque sea de forma instintiva, el carácter irrisorio de esa costumbre, la ausencia de toda razón profunda para vivir, el carácter insensato de esa agitación cotidiana y la inutilidad del sufrimiento.

El mito de Sísifo (1942; traducción: Luis Echávarri)

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Cada artista conserva así, en el fondo de sí mismo, una fuente única que alimenta durante toda su vida lo que es él y lo que él dice. Cuando la fuente se seca, la obra va poco a poco endureciéndose y agrietándose a ojos vistas. Ésas son las tierras ingratas del arte a las que ha dejado de regar la corriente invisible. Con los cabellos ya ralos y secos, el artista, ya en declive, está maduro para el silencio o, lo que es lo mismo, para los salones. En mi caso, sé que mi fuente está en El revés y el derecho, en este mundo de pobreza y de luz en el que he vivido tanto tiempo y cuyo recuerdo todavía me preserva de los dos peligros contrarios que amenazan a todo artista: el resentimiento y la satisfacción.

Prefacio a El revés y el derecho (1937; traducción: Alberto Luis Bixio)

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Si es verdad que los únicos paraísos son aquellos que se han perdido, sé cómo llamar a este algo tierno e inhumano que hoy me habita. Un emigrante retorna a su patria. Y yo me acuerdo. Ironía, rigidez, todo se calla y heme aquí repatriado. No quiero rumiar la felicidad. Es mucho más sencillo y mucho más fácil. En efecto, de esas horas que rescato, desde el fondo del olvido, se ha conservado sobre todo el recuerdo intacto de una emoción pura, de un instante suspendido en la eternidad.

Eso es lo único verdadero en mí y siempre lo sé demasiado tarde. Nos gusta la flexión de un gesto, la oportunidad de un árbol en el paisaje. Y para recrear todo ese amor, no disponemos más que de un detalle, pero suficiente: el olor de una habitación cerrada durante demasiado tiempo, el sonido singular de un paso en el camino. Así me ocurre a mí. Y si, amando, yo me diera, sería yo mismo, puesto que no existe sino el amor que nos devuelve a nosotros mismos.

El revés y el derecho (1937; traducción: Alberto Luis Bixio)

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Aquí comprendo lo que se llama gloria: el derecho de amar sin medida. No hay más que un solo amor en este mundo. Estrechar un cuerpo de mujer es también retener junto a mí esta alegría extraña que desciende desde el cielo hasta el mar. Dentro de un momento, cuando me tumbe entre los ajenjos para que su perfume se me meta en el cuerpo, seré —contra todos los prejuicios— consciente de que estoy cumpliendo una verdad que es la del sol, y que acabará siendo también la de mi muerte. En cierto sentido, aquí interpreto mi vida, una vida con sabor de piedra caliente, que se ha llenado con los suspiros del mar y el zumbido de las cigarras que empiezan a cantar a esta hora. La brisa es fresca y el cielo azul. Amo esta vida de abandono y quiero hablar de ella con libertad: me otorga el orgullo de mi condición de hombre. Me han dicho con frecuencia: no hay de qué enorgullecerse. Y sí que lo hay: este sol, este mar, mi corazón henchido de juventud, mi cuerpo que sabe a sal y el inmenso decorado donde la ternura y la gloria se encuentran en el amarillo y en el azul. Debo aplicar mi fuerza y mis habilidades a conseguir eso. Aquí, todo me deja intacto, no abandono nada de mí mismo, no me cubro con ninguna máscara: me basta con aprender pacientemente la difícil ciencia de vivir, que bien se merece todo el saber vivir de ellos.

Nupcias (1938; traducción: Rafael Chirbes)

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Yo escuchaba y oía que se me juzgaba inteligente. Pero no comprendía bien cómo las cualidades de un hombre ordinario podían convertirse en acusaciones aplastantes contra un culpable. Al menos, eso era lo que me asombraba y dejé de prestar atención al fiscal hasta que le oí decir: «¿Ha dicho, al menos, que lo lamentaba? Nunca, señores. Ni una sola vez en el curso de la instrucción me pareció conmovido este hombre por su abominable crimen.» Se volvió entonces hacia mí, me señaló con el dedo y siguió abrumándome sin que, en realidad, yo comprendiera bien por qué. Sin duda, no podía dejar de reconocer que tenía razón. Yo no lamentaba gran cosa mi acto. Pero tanto encarnizamiento me asombraba. Hubiera querido tratar de explicarle cordialmente, casi con afecto, que yo nunca había podido lamentar nada verdaderamente. Estaba siempre acaparado por lo que iba a suceder, por hoy o por mañana. Pero, naturalmente, en el estado en que se me había puesto, no podía hablar a nadie en ese tono. No tenía derecho a mostrarme afectuoso, a manifestar buena voluntad. Traté de atender de nuevo porque el fiscal había empezado a hablar de mi alma.

El extranjero (1942; traducción: José Ángel Valente)

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Todo el arte de Kafka consiste en obligar al lector a releer. Sus desenlaces, o la ausencia de desenlaces, sugieren explicaciones, pero que no se revelan claramente y que exigen, para que parezcan fundadas, una nueva lectura del relato desde otro ángulo. A veces hay una doble posibilidad de interpretación, de donde surge la necesidad de dos lecturas. Eso es lo que buscaba el autor. Pero sería un error querer interpretar todo detalladamente en Kafka. Un símbolo está siempre en lo general, y, por precisa que sea su traducción, un artista no puede restituirle sino el movimiento: no hay traducción literal. Por lo demás, nada es más difícil de entender que una obra simbólica. Un símbolo supera siempre a quien lo emplea y le hace decir en realidad más de lo que cree expresar. A este respecto, el medio más seguro de captarlo consiste en no provocarlo, en leer la obra con un espíritu no prevenido y en no buscar sus corrientes secretas. En cuanto a Kafka en particular, está bien consentir en su juego, y acercarse al drama por la apariencia y a la novela por la forma.

«La esperanza y lo absurdo en la obra de Franz Kafka» (apéndice a El mito de Sísifo; traducción: L.E.)

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Hace mucho tiempo, los cristianos de Abisinia veían en la peste un medio de origen divino eficaz para ganar la eternidad, y los que no estaban contaminados se envolvían en las sábanas de los apestados para estar seguros de morir. Sin duda, este furor de salvación no es recomendable. Denota una precipitación lamentable muy próxima al orgullo. No hay que apresurarse más que Dios, pues todo lo que pretende acelerar el orden inmutable que Él ha establecido de una vez para siempre, conduce a la herejía. Pero este ejemplo nos sirve al menos de lección. A nuestros espíritus, más clarividentes, les ayuda a valorar ese resplandor excelso de eternidad que existe en el fondo de todo sufrimiento. Este resplandor aclara los caminos crepusculares que conducen hacia la liberación. Manifiesta la voluntad divina que sin descanso transforma el mal en bien. Hoy mismo, a través de este tropel de muerte, de angustia y de clamores, nos guía hacia el silencio esencial y hacia el principio de toda vida. He aquí, hermanos míos, la inmensa consolación que quería traeros para que no sean sólo palabras de castigo las que saquéis de aquí, sino también un verbo que apacigüe.

La peste (1947; traducción: Rosa Chacel)

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El error proviene siempre de una exclusión, dice Pascal. Si sólo se busca la felicidad, se termina en lo fácil. Si sólo se cultiva la desdicha, se desemboca en la complacencia. En ambos casos, una devaluación. Los griegos sabían que hay una parte de sombra y otra de luz. Hoy sólo vemos la sombra y la tarea de quienes no quieren desesperarse es recordar la luz, los mediodías de la vida. Pero es una cuestión de estrategia. En todo caso, a lo que hay que tender no es al aniquilamiento, sino al equilibrio y al dominio de uno mismo.

(…)

Yo no soy cristiano. Nací pobre, bajo un cielo feliz, en una naturaleza que yo sentía en armonía conmigo, sin hostilidad. No comencé, pues, por el desgarramiento, sino por la plenitud. Después… Pero yo me siento griego de corazón. ¿Y qué hay en el espíritu griego que el cristianismo no pueda aceptar? Muchas cosas, pero esto en particular: los griegos no negaban a los dioses, pero les limitaban su importancia. El cristianismo, que es una religión total, para emplear un término de moda, no puede admitir ese espíritu que señala límites a lo que, a su juicio, debe abarcar la totalidad. Aunque ese espíritu, por el contrario, puede muy bien admitir la existencia del cristianismo.

Entrevista con Émile Simon (Reine du Caire, 1948; traducción: Rafael Aragó)

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El mundo donde vivo me repugna, pero me siento solidario con los hombres que en él sufren. Hay ambiciones que no son las mías y no me sentiría a gusto si tuviera que recorrer mi camino apoyándome en los pobres privilegios reservados para los que se conforman con este mundo. Pero me parece que hay otra ambición que debería ser la de todos los escritores: atestiguar y clamar, cada vez que sea posible, y en la medida de nuestro talento, en favor de los que están sojuzgados como nosotros. Esa ambición se cuestionó en su artículo, pero le negaré el derecho a hacerlo mientras el asesinato de un hombre sólo parezca indignarle en la medida en que ese hombre comparta sus ideas.

¿Por qué España? Respuesta a Gabriel Marcel (Combat, 1948; traducción: R.A.)

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No nos han faltado grandes aventureros del absurdo. Pero, finalmente, su grandeza se mide porque han rechazado las satisfacciones del absurdo para no conservar sino sus exigencias. Destruyen por el más y no por el menos. «Son mis enemigos —dice Nietzsche— quienes quieren derribar y no crearse a sí mismos.» Él derriba, pero para tratar de crear. Exalta la probidad fustigando a los gozadores «de hocico de cerdo». Para huir de la complacencia, el razonamiento absurdo encuentra entonces la renuncia. Rehúye la dispersión y desemboca en una desnudez arbitraria, un prejuicio de silencio, la extraña ascesis de la rebelión. Rimbaud, que canta «el hermoso crimen que pía en el lodo de la calle», corre a Harrar para quejarse solamente de vivir allí sin familia. La vida era para él «una farsa que tienen que representar todos». Pero a la hora de la muerte he aquí que grita volviéndose hacia su hermana: «¡Yo iré bajo tierra y tú caminarás al sol!».

El hombre rebelde (1951; traducción: L.E.)

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Teatro chino de China Town. Una sala grande, polvorienta y redonda. El espectáculo dura de las seis a las once y se desarrolla ante 1.500 chinos que comen cacahuetes, parlotean, entran, salen y siguen el espectáculo con una suerte de distracción constante. Los niños corren por en medio de la sala. En el escenario, los actores vestidos con sus trajes de teatro representan su papel al lado de los músicos vestidos de paisano y con tirantes, que se interrumpen de cuando en cuando para comer un sándwich o ponerle bien los pantalones a un niño. De la misma manera, durante toda la acción, unos maquinistas con chaleco y en mangas de camisa entran y salen para recoger una espada que se le ha escapado de las manos a un moribundo, para colocar una silla o quitar otra, todo ello sin verdadera necesidad. Entre bastidores, de vez en cuando se divisa a los actores que esperan para hacer su entrada y que charlan o siguen la acción.

En cuanto a la obra, como el programa está en chino, he tratado de inventarme el tema. Pero sospecho que no he hecho más que cometer errores. Porque en el momento en que un buen hombre muere en escena de la manera más realista, en medio de las lamentaciones de la viuda y de sus amigos, en el momento en que yo estoy muy serio, el público se ríe. Y cuando un magistrado con voz chillona hace su entrada bufonesca, yo soy el único que se ríe, mientras que todo el público da muestras de respetuosa atención. Una especie de carnicero cubierto de sangre mata a un hombre. Obliga a un joven chino a transportar el cuerpo. El joven chino tiene tanto miedo que sus rodillas golpean una contra la otra.

Diarios de viaje. Estados Unidos, marzo a mayo de 1946 (1978; traducción: Emma Calatayud)

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¿Y entonces? Entonces la única utilidad de Dios sería garantizar la inocencia y yo más bien vería a la religión como una gigantesca empresa de lavandería, algo que por otra parte ya fue brevemente, durante sólo tres años, y no se llamaba religión. Desde entonces falta el jabón, tenemos la nariz sucia y nos limpiamos los mocos mutuamente. Todos malos, todos castigados, escupámonos los unos a los otros y ¡hala! ¡al malconfort! El asunto está en quién escupirá primero, eso es todo. Le voy a decir un gran secreto, querido amigo. No espere el Juicio Final. Tiene lugar todos los días.

La caída (1956; traducción: Manuel de Lope)

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Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea acaso sea más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida en la que se mezclan las revoluciones caídas, las técnicas que han caído en la locura, los dioses muertos y las ideologías extenuadas, en la que mediocres poderes pueden hoy destruirlo todo pero no saben convencer, en la que la inteligencia se ha rebajado hasta hacerse la sirvienta del odio y de la opresión, esta generación ha debido restaurar, en sí misma y en torno a sí misma a partir de sus negaciones, un poco de lo que da la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que nuestros grandes inquisidores pueden establecer para siempre los reinos de la muerte, esta generación sabe que, en una especie de loca carrera contra el reloj, debería restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura, y rehacer con todos los hombres un arca de la alianza. No es seguro que pueda llegar a cumplir esta tarea inmensa, pero sí es seguro que a lo largo de todo el mundo hace ya su doble apuesta por la verdad y por la libertad, y que, si llega el caso, sabrá morir por ella sin odio. Es esta generación la que merece ser saludada y estimulada en todas partes, y sobre todo allí donde se sacrifica. Seguro de que estaréis en profundo acuerdo conmigo, es en esta generación, en todo caso, en la que quiero hacer recaer el honor que ustedes me han concedido.

Discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura (1958; traducción: Miguel Salabert)

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Es fácil ver todo lo que puede perder el arte en esta constante obligación. La soltura ante todo, y esa divina libertad que respira en la obra de Mozart. Se comprende mejor así el aspecto hosco y rígido de nuestras obras de arte, su frente ceñuda y sus súbitas derrotas. Así se explica que tengamos más periodistas que escritores, más boy-scouts de la pintura que Cézannes y que, en fin, la biblioteca rosa o la novela negra hayan ocupado el lugar de Guerra y paz o de La cartuja de Parma. Claro es que siempre puede oponerse a este estado de cosas la lamentación humanista, o convertirse en lo que Trofimovitch, en Los posesos, quiere ser a toda costa: la encarnación del reproche. Como este personaje, se puede también tener accesos de tristeza cívica. Pero esta tristeza no cambia en nada la realidad. Más vale, en mi opinión, dar a la época lo suyo, puesto que lo reclama con tanto vigor, y reconocer tranquilamente que han pasado ya los tiempos de los caros maestros, de los eruditos a la violeta y de los genios encaramados a un sillón. Crear hoy es crear peligrosamente. Toda publicación es un acto que expone a su autor a las pasiones de un siglo que no perdona nada. El problema no estriba en saber si eso es o no perjudicial para el arte. El problema, para todos los que no pueden vivir sin el arte y lo que éste significa, estriba únicamente en saber cómo, entre las policías de tantas ideologías (¡cuántas iglesias, cuánta soledad!), sigue siendo posible la extraña libertad de la creación.

«El artista y su tiempo» (conferencia en la Universidad de Upsala, 1957; traducción: M.S.)

1 comentario en “Onduras de Albert Camus”

  1. Jose F Prats-Sariol

    Si coloco la obra de Marcel Proust dentro de un paréntesis admirativo, puedo afirmar que la obra de Albert Camus es lo más significativo de la literatura francesa en el pasado siglo XX.

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