Colisiones

I

Me gustaría mucho llegar a una librería americana y encontrar libros de Pre-Textos, Atalanta, Ladera Norte (proyecto editorial que dirige Ricardo Cayuela en España). Los trasiegos electrónicos nos ayudan a mitigar algo de esas apetencias no satisfechas, pero las posibilidades de una normalidad en el comercio libresco entre España y Norteamérica no parece que vaya a mayores.

Soy muy tozudo con esas prácticas. La semana pasada recalé en Dallas y a poco de llegar me fui a un Barnes & Noble que había por allí. La sección de libros en español era miserable, de una pobreza hartante, confinada a la última esquina en el segundo piso, al lado de las cacharrerías que ya no interesan a nadie.

Esto de frecuentar los B&N allá adonde viajo es una forma de autorretribuirme las horas que no paso en mi biblioteca. Me encanta el olor, pero detesto el desprecio hacia una industria editorial, la de lengua española, que ciertamente apenas es la sexta del mundo, pero que conectaría con muchos de los 57 millones de hispanos que se calcula viven en Estados Unidos.

Le he preguntado a la IA a cuánto asciende anualmente lo recaudado por concepto de ventas de libros en español en las librerías estadounidenses. Me respondió que no hay datos confiables de ese comercio en específico, pero que mirando y rebuscando por aquí y por allá puede que se monte en una cifra inferior al medio millón al año. Me parece una cifra de vergüenza.

II

La enésima nota sobre un reservorio de libros usados, esta vez en Chester County (Pennsylvania), aparece en una de mis pantallas. Tiene una web bien construida, pero en verdad es otro sitio en el que miles de libros se amontonan sin que llamen demasiado la atención más que a algunos locos que como uno mismo gustan de hurgar, rebuscar, hojear y husmear entre esas pilas que nunca sabremos qué final tendrán, o sí, lo imaginamos.

En este caso la prensa cumple algún rol, llama la atención sobre algo que hace mucho tiempo dejó de formar parte del retablo de intereses de una mayoría de personas.

He mirado con alguna melancolía esas fotos porque uno sabe que pertenecen a este mundo, pero también las sabe ubicadas en un afuera, como pertenecientes al gas sutil de lo que alguna vez tuvo un orden distinto de prioridades y estos no son más que coletazos de un moribundo.

Esas rutas de fin de semana que siempre terminan en un puesto o depósito donde venden libros de uso sólo pueden estar animadas por un deseo de totalidad, la posesión de piezas y fragmentos cada vez mayores de la obra de un escritor. Hace ya varios años que alguien había mencionado a un novelista húngaro y allá se fue uno a comprar por internet las hermosas ediciones de Acantilado de algunos de sus libros y ahora que ha ganado el Premio Nobel se dispone uno a volver sobre ellos.

No va a alcanzar la vida para despejar esas columnas de libros al lado del sillón de orejas, ¡hello, Bernhard!, o esos rincones de la biblioteca donde se apilan los nuevos que van llegando, pero se hace siempre el esfuerzo, como quien echa una botella al mar o escribe su nombre en el casco de un barco a la deriva.

III

A los escritores nos inquietan las palabras, dice Susan Sontag en su discurso de aceptación del Premio Jerusalén. Las palabras significan, dice. Son frases dichas en 2001, año terrible. Recuerda, ya que va siempre uno hablando de libros y manoseándolos, que alguna vez novelas europeas de Kundera, Mann, Grass, Pasternak y Lampedusa, traducidas al inglés, alcanzaron las listas de best sellers en Estados Unidos, cosa impensable en los tiempos que corren.

Hubo un momento en mi juventud en el que sentí que ganaba palabras y que esas palabras tenían un peso y una importancia, que esas palabras surgían de unos afectos muy profundos y también del deseo de escribir y asimilar unos hechos que me marcaban. Esas palabras comenzaron a acompañarme, iban conmigo a todas partes y yo sentía que me ayudaban a crecer haciendo lo que siempre quise hacer. Encontrar aquellas palabras significaba para mí el hallazgo de un bien tan preciado que muchas veces me llegué a pensar indigno de ellas.

Pero madurar, y hacerlo sobre todo en terreno de colisiones bilingües, significa en realidad perder aquellas palabras que hasta ahora habían nombrado, descrito y de alguna manera transformado un mundo perdido. ¿Cuándo fue que me di cuenta de que hacía muchos años que no pronunciaba la palabra aljibe? Debe haber sido cuando reparé en que cambiamos las palabras porque son ellas las que nos hacen cambiar, y que si emprendimos con todo el azoramiento del mundo un viaje que arrancó en la niñez hasta los cincuenta años de hoy no es sólo por palabras específicas como “paz” y “honor” —las que cita Sontag en su discurso—, sino por todas ellas, las olvidadas y las que están ahora mismo aquí conmigo, tirando del hilo de la memoria, uno que quizá ha comenzado a romperse, a averiarse hace mucho tiempo.

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