Andrés Trapiello y la novela del diarismo

Andrés Trapiello ha anunciado que en la primavera de este año llegará un nuevo tomo de sus diarios, el número 25. Se llamará «De todo tiene», una frase extraída del Quijote. Cuando el ingenioso hidalgo llegó a Barcelona, en el famoso pasaje de la cabeza parlante, uno de los más memorables de la novela, le preguntó si lo de la cueva de Montesinos había sido verdad o mentira y tal fue la respuesta de aquel cervantino adefesio, la cabeza, digo, que respondió: De todo tiene.

La frase es buen corolario para esos libros que Trapiello ha querido publicar bajo el título de Salón de pasos perdidos, sus diarios, que son, como le gusta al autor decir galdosianamente, «novela en marcha». He empleado muchas horas de mi vida leyendo estos libros. Los he buscado aun cuando algunos no están a la venta en ningún sitio; he hecho amigos en varios lugares solo porque profesan la misma culpable inclinación, he sido bloqueado de grupos de lectores donde no se admite un comentario fuera de la norma, he pagado bastante por envíos desde España, han llegado a casa cajas con toses y fiebres europeas, en plena pandemia, y hasta algún atisbo de tráfico de muñecas sexuales, que al final no eran tales, se ha colado en los trasiegos.

Si alguien necesitara justificar el tiempo empleado en la lectura de diarios de escritores tendría que comenzar por reconocer, en el caso de los de Trapiello, el encadenamiento de relatos de una vida y sobre todo el ejercicio narrativo que estos contienen. Son relatos en su mayoría escritos en primera persona, a veces en tercera: se narran viajes por Europa y América, regresos constantes a una casa de campo en Las Viñas (Extremadura) y a León, su ciudad natal. Hay muertes, desencuentros (muchos) con escritores y periodistas, violencia de ETA, premios amañados, el Rastro, librerías de viejo, libros, libros, libros.

También tienen mucho de ensayo y es donde aparece el lector siempre demasiado exigente (rayando muchas veces en el autismo) que es el autor, repartiendo caña a dos manos. En los diecisiete tomos que llevo leídos sus principales ataques los sostiene contra Juan Benet, Javier Marías, Octavio Paz, Juan Manuel de Prada, José Saramago, José Ángel Valente, Gil de Biedma, Gimferrer, Barral, Jünger… Pero también habría que decir que es hombre de filias tenaces: Ramón Gaya, Juan Ramón Jiménez, Carlos Pujol, Manuel Borrás, García-Alix, Galdós, Baroja…

Trapiello le ha dado a la escritura diarística otra dimensión, una que rearticula el «pacto autobiográfico» dándole a la prosa un vuelo que tiende a renegar del diario como borrador de una obra o cuaderno de apuntes y a desdibujar la antigua dicotomía verdad-impostura, realidad-ficción. Dijo Beckett a propósito de Proust que «el hombre con buena memoria nunca recuerda nada porque jamás olvida nada». El tipo de diarista que es Trapiello aspira a exhibir memoria, quiere narrar todo y el lector consumado, nunca abrumado, se extraña de que en España, tierra que dio a Cervantes y Galdós, no se le tiene por gran novelista, o eso parece, y es una contradicción porque estos diarios puede uno aventurarse a decir que son la gran novela española de estos tiempos.

«Uno lleva un diario porque no ha renunciado a la vida, porque cree que las cosas deberían suceder de otro modo siempre a como suceden. Entonces acudimos a nuestro cuaderno, y nos mentimos», escribe Trapiello en Los caballeros del punto fijo (tomo cinco, 1991). Dicho de otro modo, la escritura de diarios para el autor no es una forma de fijar los hechos que ocurren en el transcurso de un año —está muy claro que no los fija stricto sensu, sino que los recrea, los hace renacer desde la perspicacia del novelista—, sino más que eso, los sostiene en el presente, los hace que resistan la suave fricción del tiempo y la humana inclinación al olvido.

Hace algún tiempo se difundió que en España cuatro de cada cien lectores, apuestan por el ensayo como lectura de entretenimiento. El problema está en pensar que una etiqueta —»ensayo»— contiene ya la negación del ocio. Qué decir ya de la lectura de diarios. Los diarios de escritores cuentan con una larga tradición y se han debatido entre ser el clásico «cajón de sastre» —caben allí por igual las tijeras y los descartes— y la mera libreta de notas. Véanse si no los de Emilio Renzi (Ricardo Piglia), que alcanzan su definición mejor cuando el que escribe ha comenzado a mirar de frente a la muerte.

En el tomo mencionado antes, Los caballeros del punto fijo, aparece un pasaje sobre Cesar González Ruano. Alguien cuenta una anécdota del personaje homenajeado y Trapiello escribe: «Seguramente debía de ser una fantasía, eso que todos contamos sabiendo que es falso justamente porque el placer de contarlo nos exime de mayor responsabilidad con la realidad.” La insistencia del diarista en decirnos que en realidad lo que nos entrega son novelas y no diarios da fe de esa voluntad narrativa que otros le han criticado, considerando que la mirada del novelista es refractaria a la de un diarista a la vez que confundiéndolo quizás con aquel «notario de una fauna estúpida» al que se refirió Lorenzo García Vega alguna vez como forma de expresar la misión del diarismo.

Creo que cuando se escriben diarios, y más si son enjundiosos como estos, se cometen ciertos pecadillos: se es moralista en una página y antimoralista en la siguiente; se es laxo en el juicio hacia algún escritor en una entrada porque se le tiene afecto y muy duro con otro diez páginas más adelante porque se le tiene antipatía —a veces ocurre con un mismo autor, véase el caso de Brodsky en La cosa en sí (2000)—. En alguno arremete contra Vargas Llosa, luego le dedicará un libro. En otro considera al Premio Mariano de Cavia una cosa rancia hasta que en 2022 se lo concedieron y todo fueron elogios y agradecimientos. Amor y desprecio hacia ciudades como Londres y París los hay en Las nubes por dentro (1990) y Los caballeros. Esto, que podría ser inaceptable en un ensayista por lo que tiene de arbitrario, el diarista lo resuelve con humor porque ha entendido que este es un gran aliado para ir de voyeur por la vida, captando historias y dejando su parecer sobre cada cosa.

Uno de los momentos mejor resueltos de estos diarios son las situaciones familiares. Su mujer es presencia bastante constante como interlocutora y personaje ella misma, lo mismo sus dos hijos, a los que hemos visto, o mejor «leído», crecer año a año con cada volumen. Trapiello ha llegado a narrar encuentros con otras mujeres que han estado a punto de terminar en escarceo carnal (Los caballeros y Las inclemencias del tiempo), pero, llevados de la mano con maestría narrativa, siempre ha acabado sucediendo algo que imposibilita la consumación del acto, con lo que el narrador ya podrá ir a su cuaderno, dejar testimonio y seguir con su vida como si nada porque su mujer cree que se lo ha inventado todo. El novelista-diarista ya tiene su coartada. Es tal cual dice un personaje en otro de los volúmenes: X es todo lo contrario de un snob. Un snob te da lo que no tiene. En cambio X te da más de lo que tú quieras llevarte: anécdotas, historia, incluso inteligencia, experiencia, sensibilidad.

Una de las grandes virtudes del escritor Trapiello son los retratos y semblanzas. Tomemos por ejemplo el de su tío sacerdote, que ocupa varios folios en Los caballeros. Otros son el de La Pasionaria en El tejado de vidrio (1989); el editor Valentín Zapatero en Las nubes por dentro (1990); Rosa Chacel en Los hemisferios de Magdeburgo (1994), y su padre en Siete moderno (1998). Uno tiene la impresión de que el autor podría llenar todo un libro de sonoras trescientas páginas contando cosas del personaje y uno se bebería esas páginas y quedaría pidiendo más. Tal es la gracia y el acierto de esa mezcla tan inaudita de ensayista y novelista que es.

En uno de estos volúmenes (Do fuir, 1996) se narra extensamente un viaje a La Habana. Ocurrió en 1996, durante las jornadas de Libros de España en Cuba, y estuvo acompañado por una delegación de escritores españoles. Si vamos a tomar al pie de la letra lo que el autor cuenta, su postura fue encomiable. Durante una lectura pública en el Capitolio habanero, fue el único que allí alzó la voz contra la censura y la represión normalizadas bajo una repugnante dictadura. A sus palabras respondió un diputado llamado Cintio Vitier. En el libro señala las múltiples inconsistencias de sus compañeros de aventuras (uno contó que se acostó con una jinetera en un cuarto al lado de la abuela enferma de la muchacha) y resalta los incontables desastres con los que se encontró en Cuba.

Las visitas a Cintio y Fina (Vitier callaba mientras la poeta se explayaba como una estalinista en la sacristía), y a las casas de Lezama y Dulce María Loynaz, le parecieron muy ilustrativas de la decadencia intelectual y social cubana. Todas sus excursiones terminaron en la Plaza de Armas en transacciones con los libreros de viejo. Hizo amistad con Antón Arrufat y elogió su libro De las pequeñas cosas, que luego editó Pre-Textos en Valencia (España) con prólogo suyo. Pero decepciona Trapiello en dos cosas: se apunta a la tesis de la Cuba vista como vulgar burdel americano antes de 1959, esa caricatura interesada que han querido mostrar muchos para no reconocer que fue el único periodo democrático entre 1902 y 1952 que ha conocido esa desdichada isla, y dice que no desea para Cuba la solución española, esto sería me imagino la transición, tan ejemplar para muchos.

A propósito de los Diarios de Bioy Casares sobre Borges, alguien ha dicho que en ellos el ruido zafio de la calle se filtra por las ventanas. El lector de diarios que soy no soportaría que el ruido del mundo no tiña la página que leo. Tampoco asumiría, al contrario de Piglia, que un escritor necesite elaborar una obra de ficción y ensayística para pensar en la posibilidad de escribir diarios. Los diarios pueden ser, son, ambas cosas. Como también es cierto que no a cualquier escritor “se le da” la escritura diarística con su mezcla de oportunidad, prominencia, reflexión, escritura, cosas por decir…

Sé que el gran peligro de este viaje es que todo lo que leo de Trapiello se me antoje como las hojas sueltas o perdidas de un diario o que esos otros libros son también la saga anexa del Salón de pasos perdidos, incluso la poesía. Supongo que es un riesgo a asumir que nunca excluye el placer. ¿Que por qué extraña conexión se lanzó uno a tamaña empresa de devorar tomos y tomos de unos libros que hablan de una España donde no vivo y adonde he viajado sólo una vez? La respuesta se resume en una palabra, literatura, pero también creo que cuando leí el primero supe que era lo que yo no sabía que quería leer.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio