A Emily
Que vida y política no sean inevitablemente coextensivas lo demuestra el hecho de que la primera prolifere más allá del orden que establece la segunda. Quizás las formas imprevistas en que la vida prolifera, revelan, tarde o temprano, la ineficacia de la política en su pretensión de interpretar y ordenar las prácticas sociales y de producir los valores que las justifican. La vida, dice Agamben, no es en sí misma política, y puede incrementarse y extenderse más allá de la ciudad, es decir, más allá del orden y los acuerdos vigentes, y puede, por el contrario, cobrar formas inesperadas que exceden los espacios administrados por la ley. Ese más allá que escapa del orden coyuntural de la política señala el punto de no coincidencia entre ésta y la vida.
Con respecto a la política, la vida no obedece. En cambio, desatiende o desconcierta. Esto puede ser registrado por el lenguaje de la poesía, incluso por aquella surgida al calor del tiempo absoluto de la revolución, donde la vida parece incorporarse a la politización de todo lo existente. Es el caso de la poesía del poeta guerrillero nicaragüense Leonel Rugama (1949-1970), (muerto en combate por la Guardia Nacional durante la insurrección contra la dictadura de Somoza), donde encontramos, en medio de una poesía inscrita en la economía simbólica de la emancipación colectiva, ciertas zonas débiles y hasta ahora desatendidas que hacen girar los motivos tradicionales de la poesía política mediante quiebres impensados dentro del proyecto de significación revolucionario.
En unos pocos poemas dentro de la ya escasa producción poética de Rugama (mártir a muy temprana edad, autor de unos pocos pero influyentes poemas) se puede detectar un punto singular de su poesía que lo arroja, potencialmente, fuera del proyecto poético-político al que se adscribió, lo cual desorganiza, hasta cierto punto, el destino de interpretación que conscientemente buscó el propio poeta y que los comentaristas no han dudado en señalar, clausurando la lectura de sus obras bajo las expectativas de la poesía militante. A partir de al menos un par de poemas de su único y póstumo libro, sugiero que es posible abrir dicho libro de otra manera, mediante una lectura a contrapelo de las demandas de salvación, incitando a leer con atención las zonas donde su poesía se debilita al desatender los llamados comunitaristas o se abre a la exploración de otras formas de existencia social que permiten repensar los modos de encontrarse y asociarse dentro del campo político; exponiendo, simultáneamente, ciertos modos de retirarse del orden social que ha sido politizado a partir de modelos sacrificiales de ciudadanía.
Como Maine de Biran (1766-1824) en sus Nuevos ensayos de antropología, la poesía de Rugama parece esbozar la idea de un yo siempre “distinto de todas las sensaciones recibidas de fuera”, que permanece, por lo tanto, errante y desconocido dentro de su comunidad, a distancia de la coyuntura, frente a la cual, emprende fugas para ubicarse fuera del alcance de las definiciones políticas, y resguardar así, zonas de secreto para la vida, cierta intimidad que escapa a la conciencia —como diría el propio Maine de Biran—, negándose a comparecer en el espacio de aprobación pública y desalojando toda dramaticidad política prescriptiva.
Aunque sus poemas forman parte de la tradición revolucionaria redentorista que privilegia el performance identitario y la expresión antiimperialista propia de la poesía comprometida, es posible rastrear en sus poemas lo que Carlo Ginzburg llamó las “voces no controladas” del texto, aquello que en el lenguaje es anterior a la consolidación de la conciencia o la ideología, y que permanece de modo residual en el lenguaje poético. Si atendemos por primera vez a este fondo no orientado por las urgencias del momento, encontraremos las pistas mediante las cuales el poeta explora un modo de hacerse extraño a sí mismo, a través de una escritura que esboza una fuga inédita de los principios de su propia militancia. Me refiero a esos pequeños gestos de su obra que tienen el potencial de desarticular (y ampliar) su proyecto político, como si desde ciertos ángulos interiores de su escritura surgiera un signo que descompone el tejido de la obra comprometida, configurada al calor del régimen estético auspiciado por la politización del campo literario a partir de la revolución cubana de 1959.
Los poemas a los que me refiero podrían desubicar el lugar privilegiado de la política en la comprensión de los textos, para abrirle paso a otros signos de la vida no politizada, con el potencial de trastornar el archivo de los enunciados “necesarios”, y sacar de encuadre la concepción militante de la escritura. Son gestos suspendidos que quedan fuera de la Historia. Lo no leído aún en la poesía de Rugama. El boceto de un proyecto que señala rutas más complejas en su aproximación a la idea de comunidad y de comunismo. Son poemas o gestos que inhiben la constitución de las tramas afectivas violentas que la política suele fabricar para imponer el orden sacrificial mediante el cual se estabiliza.
Un poema de 1969 ilumina la cuestión de la vida clandestina sobre la cual, como sugiere Agamben, “nunca es posible poseer otra cosa más que documentos irrisorios”. Se esboza allí una intimidad indetectable y de difícil documentación; una soledad difícil de rimar con el movimiento de lo colectivo, por lo cual, el poema de Rugama al que me refiero representa una crisis de comunidad en el contexto hiperpolitizado de la lucha armada. En el poema Biografía se esboza la experiencia de un sujeto invisible para su propia comunidad, y se leen versos como los siguientes: “Nunca apareció su nombre / en las tablas viejas del excusado escolar. / Al abandonar definitivamente el aula / nadie percibió su ausencia”. Este poema explora la imposibilidad de integrarse a la trama del reconocimiento mutuo desde una exterioridad. No postula, como otros poemas de Rugama, el proceso del reconocimiento como posibilidad de comunidad.
El potencial del poema mencionado consiste en poner a prueba el compromiso moral de la comunidad o en cuestionar, quizás, el error de todos los comunitarismos, que sería, según Helmuth Plessner, la persecución del equilibrio definitivo, la identificación de la comunidad en torno a un ideal que la captura en un infinito trascendente.
Al caer en ese hiato de incomunicación que señala el poema, la cadena del reconocimiento pierde consistencia, en lo que puede ser leído como la imposibilidad de la subjetivación política, lo cual lleva a reflexionar sobre los procesos de desvinculación social, tan naturales, quizás, como el deseo de lo colectivo.
Se trata una errancia en la comunidad, el esbozo de una interrupción de la reciprocidad o de una probable experiencia de la no-relación; una pausa para repensar los vínculos humanos. El poema exhibe, además, la posibilidad de que todos los miembros de la comunidad no hayan sido marcados histórica o políticamente de una misma y única manera.
En otro poema llamado Epitafio, Rugama retorna a la idea de la insuficiencia del reconocimiento y de la imposibilidad de aparecer frente al otro. Si Biografía complicaba precisamente el registro de lo biográfico y describía el trayecto de una vida según la secuencia de los eventos no vividos (o no percibidos por la comunidad), Epitafio da cuenta de la búsqueda insatisfecha del otro: “Aquí yacen / los restos mortales / del que en vida / buscó sin alivio / una / a / una / tu cara / en todos / los buses urbanos”.
En lo que parece un poema de amor fallido, percibo el movimiento imprevisible de sujetos errantes en la ciudad, el instituirse a solas del sujeto a partir de la búsqueda y no del encuentro. El movimiento de una comunidad contingente de desconocidos que no siguen la ruta de la lucha política, sino que atraviesan, según el ritmo de sus ansias, el territorio de la ciudad sin encontrarse. Surge de allí la idea de una comunidad de desconocidos que se trasladan en pequeños grupos por el espacio urbano.
El subir y bajar de los medios de transporte en busca de un rostro inencontrable acentúa el ritmo contradictorio de los cuerpos. A diferencia de los poemas de corte social más recordados de Rugama, no hay aquí la consagración del encuentro sino el énfasis de la búsqueda sin solución. El poema expone, también, la inutilidad de un rostro, porque en la ciudad, llena de flujos, ninguno rostro basta para el alivio. La necesidad del otro queda, nuevamente, sin saciar, lo que sugiere que la búsqueda de rostro es infinita.
Epitafio es la constatación de una búsqueda, no de un encuentro; el trazado incesante de una experiencia singular que no encuentra lugar en la simbolización ordenada ni en los principios de cohesión social; un sujeto que permanece perdido en su comunidad, por lo cual, se libera de ser sancionado por la tiranía de los valores, y es impulsado a recorrer la ciudad por otros motivos que la identificación del enemigo.
Tanto Biografía como Epitafio problematizan el concepto de identidad y giran en torno a la vida imperceptible y sin testigos, a diferencia de los otros poemas de Rugama, que operan a favor de la construcción de una comunidad nacional, redentora y comunitarista.
Bibliografía
Agamben, Giorgio. Autorretrato en el estudio. Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2019.
De Biran, Maine. Nuevos ensayos de antropología. Ediciones Sígueme, Salamanca, 2014.
Ginzburg, Carlo. El hilo y las huellas. Lo verdadero, lo falso, lo ficticio. FCE, México, 2010.
Plessner, Helmuth. Límites de la comunidad: Crítica al radicalismo social. Siruela, Madrid, 2012.
Rugama, Leonel. La tierra es un satélite de la luna. Biblioteca Nacional de Nicaragua “Rubén Darío”, 2019.




