Breve elogio de Dante (Acantilado, 2025), de Giovanni Boccaccio, es un texto singular dentro de la tradición crítica y biográfica occidental. No se trata solo de uno de los primeros intentos sistemáticos de pensar la figura de Dante Alighieri desde una perspectiva histórica y literaria, sino de un documento excepcional: el testimonio de un poeta laureado que escribe sobre otro poeta contemporáneo, al que reconoce como fundador y como cima. Escrito entre 1351 y 1355, el libro puede considerarse una de las primeras biografías de Dante en un sentido moderno, y en ese cruce —biografía, crítica temprana y homenaje— reside buena parte de su importancia, traducido del italiano con notable precisión por Marilena de Chiara.
Boccaccio aborda la vida y la obra del autor de la Commedia con una intención clara: preservar su figura frente a la incomprensión, el exilio y la dispersión de su legado. Aunque jamás llegó a conocer personalmente a Dante, a quien consideraba víctima de la bajeza moral de la Florencia del siglo XIV, Boccaccio se apoyó en testimonios directos de quienes sí lo trataron, así como en episodios transmitidos por la tradición oral, construyendo una semblanza atravesada por un riguroso juicio moral y una ironía sutil. La admiración es explícita, pero no ciega; el elogio se articula a partir de episodios concretos, datos históricos y reflexiones sobre el carácter intelectual del poeta. En este sentido, el libro funciona como una pieza fundacional de la crítica literaria italiana, lejos de ser una mera exégesis académica, como aquellas que, a lo largo del siglo XX —baste pensar en los trabajos de Paul Renucci o Pierre Gauthiez—, terminaron por saturar la lectura con una mirada excesivamente adulatoria.
Uno de los aspectos más conmovedores del Breve elogio reside en los pasajes dedicados a la infancia de Dante, en particular aquel episodio inaugural en el que el niño se encuentra por primera vez con Bice —Beatrice—, hija de Folco. Boccaccio narra ese momento con una delicadeza que excede la anécdota biográfica: allí se inscribe el origen de una vocación, de una sensibilidad y, en última instancia, de una obra. El encuentro no es presentado como un simple recuerdo sentimental, sino como un acontecimiento formativo, casi fundacional, que cataliza una concepción del amor, del lenguaje y del sentido.
Desde una lectura contemporánea, resulta difícil no reconocer en esa escena un arquetipo que atraviesa la historia de la literatura y del arte: la figura de la musa como revelación temprana y persistente. Beatrice —Bice— no es solo el motor de la Vita nuova o la guía trascendente de la Commedia; es también un modelo que reaparece, transformado, en otros creadores y épocas. Simonetta Vespucci en la pintura de Botticelli puede leerse como una encarnación visual posterior de esa misma idea, del mismo modo que Rose La Touche en la obra de John Ruskin, o Alice Liddell en la imaginación literaria de Lewis Carroll, prolongan esa figura de la presencia real transfigurada por el arte en principio organizador de una obra.
El valor del libro de Boccaccio radica, entonces, tanto en lo que dice como en desde dónde lo dice. No es un erudito distante, sino un escritor que reconoce en otro escritor la magnitud de una empresa literaria sin precedentes. Dante aparece aquí como un hombre profundamente concernido por la realidad de su tiempo y, a la vez, como creador de una obra que Boccaccio no duda en calificar de “divina”, capaz de abrazar tanto la literatura sacra como la profana y de custodiar no solo el saber teológico, sino también los valores de la humanitas.
Esa cercanía convierte al Breve elogio de Dante en un libro doblemente precioso: por lo que conserva de Dante y por lo que revela del propio Boccaccio, consciente de estar asistiendo al nacimiento de una obra destinada a definir la literatura italiana y, por extensión, una parte sustancial de la tradición literaria occidental.




