Isla en el limbo: Tres lecturas cubanas

Carlos Lechuga, Perro cubano

Ediciones Incubadora / Libri Prohibiti (Praga), 2026

Exiliarse es salir a buscarse, ubicarse en otra realidad, autoexpulsarse. Es habitar un microplaneta donde eres nadie. Perro cubano, de Carlos Lechuga, es el breve testimonio de ese adentramiento en lo desconocido, con el agregado de que el autor, no bastándole con su propia ruta, quiere saber de la de otro exiliado: Eddy Campa, un fantasma, un narrador marielito de quien ya hemos sabido por las diversas señales que nos han dado sus colegas de generación, algunos de los cuales aparecen en este libro.

Campa vuelve a este libro como esa Cesárea Tinajero que todo lector de Bolaño confunde o identifica con el dispositivo de la memoria detectivesca. Solo que no hay crimen ni lo habrá: Campa es el propio autor exiliado clamando en el desierto de lo real, nadie lo va a acuchillar porque es visible para nadie, no existe más.

Este libro me muestra a un Lechuga que ha encontrado una voz particular, ingenua en la que parece sentirse muy cómodo. Cuando se acerca a la presentación de un libro en Madrid dice no conocer al presentador. Uno sospecha que si lo conociera tampoco lo diría porque sería lo que corresponde a ese outsider, no (re)conocer a nadie, no involucrarse.

En 1968, otro escritor cubano llegó a Madrid: Lorenzo García Vega. Son muy intensas las páginas que en Rostros del reverso escribió sobre su salida de Cuba, su «vivir bajito», su viaje en un avión decorado como un prostíbulo de lujo, y lo primero que menciona de la capital española es el olor, muchos olores. ¡Madrid penetrado por el olor!, dice.

Más de medio siglo después, Lechuga está en Madrid estrenándose como padre de una hija a la que no puede ver más seguido —la niña vive en Barcelona con la madre—, sin trabajo fijo y viviendo en pocilgas sin ventanas. La extrañeza de lo literario que hay en Rostros del reverso se ha tornado ahora en el vacío de la mirada de ese hombre recién llegado al que alguien contrata en precario para sacar a pasear un perro.

Dice García Vega que la picaresca seguía viva en aquel Madrid que comenzaba a abrirse al mundo. En una escena de Perro cubano, vemos al exiliado reconvertido en pícaro eludiendo recoger los excrementos del animal —los olores, las texturas excrementicias, el asco otra vez— y siendo increpado por una vecina mientras él finge distraerse con su teléfono. Al final logra escabullirse, pero ya se sabe marcado.

Reparo en que, para García Vega, Madrid era una escala en su futuro viaje a establecerse en Nueva York. Su libro está salpicado de encuentros con varias personas que le piden hablar del caso cubano, como buscando aclararse. Lechuga quizás siga ese mismo camino, no lo sabemos, pero ya en su paso por esta España, refugio de cubanos, venezolanos y de muchos otros países latinoamericanos, asiáticos y africanos, ya nadie inquiere por Cuba. La isla ha quedado en un limbo, ha desaparecido del imaginario o quizás solo subsiste en ese imaginario, pero sin su peso de otrora, borrada ya de las pesquisas del mundo.

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Laura Ruiz, Agua en canasta

Ediciones Matanzas (Cuba), 2025

«Voy acostumbrándome a amar mi idea de las cosas», escribe Laura Ruiz en uno de sus poemas de ese libro que acabo de leer, Agua en canasta, y que me parece enorme en su exploración de la escritura en prosa y de los límites del pensamiento poético.

Es un cuaderno breve, como la mayoría de sus libros o como los recuerdo yo, su empecinado lector. Qué sentido tiene escribir en medio de la más atronadora anulación de lo humano, en pleno vaciamiento de los sentidos. La escritura de poesía en Cuba ha sido siempre un desbrozamiento y una llamada a ser salvado por una fuerza superior a nosotros mismos y a nuestra comprensión de los fenómenos.

Su poesía es diáfana, pero su voz es sólida, madura, aunque parezca estar hecha de transparencias. Pretender cargar agua en canasta es uno de esos trabajos baldíos que encontró asiento hasta en el refranero y la poeta parece ir explorando cada paso dado en la más absoluta inanidad para no tener que decir ni pensar en su hija, “la emigrante”, para no tener que pensarse tanto allí donde todo es retazo y es vacío.

¿Y el takahe, esa ave del paraíso que Dios parece haber dejado incompleta? ¿Ha sobrevivido al delirio de los humanos que juegan a ser dioses? Es triste que para todos los libros cubanos quede solo la frialdad de las pantallas, según me han dicho. Es como la despedida definitiva de un mundo al que pertenecí y que ha dejado de existir. La secreta aspiración de cualquier retorno es cada vez más remota. Pero me alienta y consuela que voces tan sólidas y delicadas insistan en el aullido, aunque sea desde el fondo de una profunda grieta.

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Carlos Augusto Alfonso, Lepanto

Editorial Letras Cubanas, 2021

«Insistes en vivir?», se pregunta más de una vez, así con un solo signo de interrogación, Carlos Augusto Alfonso en el último breve poema de este libro. «Hay goces olvidados», dice en ese mismo poema, pero yo leí de primeras «roces» y me quedé pensando en eso, lo de los roces que fueron frecuentes en una vida anterior, hace como treinta años en la que algunos amigos salíamos a buscar los libros de CAA y llegábamos a aprendernos poemas de memoria, sobre todo pedazos de aquellos poemas que todavía uno recuerda: Yo no sé mi alma por qué Hades del mundo anda penandoEl Niño siempre puede volver

Uno creció como lector convencido de que alguna ventaja llevábamos leyendo aquellos libros compuestos por poemas que iban contra el sentido del mundo y que no iban a ser entendidos por nadie. Pero no nos bajaba nadie tampoco de la sensación de universo en desacuerdo, en descomposición, que encontrábamos allí. Insisto en pluralizarlo no sé muy bien por qué. Está claro que toda sensación de lectura ocurre en una habitación cerrada a cal y canto, incluso cuando estamos a la intemperie y rodeados por una multitud. Había amigos que compartían aquella búsqueda y todos esos están incluidos en esto que digo, aunque ninguno ahora mismo esté en este sofá, en el tiempo muerto entre dos partidos de un Mundial de fútbol manoseando unos libros que trajo M. de su último viaje a Cuba.

En Lepanto, CAA le da una vuelta de tuerca a su escritura y el libro se va torciendo, pero uno admira todavía el sostenimiento de una voz y una prosodia que de principio a fin se va perdiendo en su propio laberinto. Se desconecta, se desvincula —algo de eso apunta el que escribe en las solapas—, evade una falsa identidad del poema, un fingido aire de familia, y es un poco como alguna de esas composiciones ininteligibles que uno se pregunta si hay que estar high para entender la letra.

«En 1839 se consideraba elegante llevar una tortuga de paseo. Esto nos da una idea del tempo del paseo en los pasajes», escribió Benjamin. Y es cierto que la lectura de un laberinto verbal exigirá siempre, ayer y ahora mismo, tiempo. Pero a mí suele sucederme justo lo contrario: encuentro en estos poemas un rush, un adelanto del tiempo, una exigencia de ritmo febril.

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