Canetti versus Eliot

Pues así mismo. Y como doy cualquier cosa por saciar mi curiosidad, hallo las razones de la animadversión entre ellos. Citaré al intelectual sefardí –inexcusable en filosofía social– para documentar sin equívoco el asunto. Anoto que el poeta y ensayista estadounidense-británico –eminente estudioso de Dante y de poetas metafísicos–, no pudo conocer los amargos comentarios de Canetti, lo que resta beligerancia a mis apuntes. Pero no limitan las hipótesis, que enunciaré en los párrafos subsiguientes y en el final, cuando unas opiniones de Virginia Woolf cierren estos apuntes.

Parto de los textos recogidos en Party im Blitz (Carl Hanser Verlag, Munich), cuando Johanna –única hija y albacea de Canetti– procede a la publicación en alemán e inmediatamente se suceden las traducciones y ediciones. Como la de Galaxia Gutenberg, en edición de Kristian Wachinger, traducción de Genoveva Dieterich y epílogo de Jeremy Adler, bajo el título de Fiesta bajo las bombas. Los años ingleses; por la que aquí cito.

La primera mordacidad contra T. S. Eliot aparece en el texto inicial: “De Inglaterra”,  dice: “Yo viví en Inglaterra cuando su espíritu se desintegró. Fui testigo de la fama de Eliot. ¿Alguna vez nos avergonzaremos lo suficiente de ella? Un americano trae consigo de París a un francés (Laforgue) que desaparece siendo todavía joven, le inocula su poco gusto por la vida; inconcebiblemente, vive como empleado de banco mientras evalúa todo lo anterior, empequeñece lo que siempre posee más aliento que él; se deja obsequiar por un compatriota despilfarrador, que tiene la grandeza y la tensión de un loco, y presenta el resultado: su impotencia, que transmite a todo el país; se rinde a cualquier orden que sea lo suficientemente antiguo, intenta suprimir todo impulso, un libertino de la nada, continuador de Hegel, profanador de Dante (¿en qué región del infierno lo hubiera encerrado?), de labios finos, de corazón frío, prematuramente viejo, tan indigno de Blake como de Goethe y como de toda lava, enfriado antes de haberse calentado, ni gato ni pájaro ni sapo, más bien topo, obediente a Dios, enviado a Inglatrerra (como si yo hubiera vuelto a España), con puntas críticas en lugar de dientes, torturado por una mujer ninfómana –su única disculpa–, tan torturado que hubiera comprendido mi libro Auto de fe si se hubiera atrevido a acercarse a él, un Tom caballeroso en Bloomsbury, aceptado e invitado por la noble Virginia, habiendo escapado a todos los que, con razón, le habían reprendido, y por fin distinguido con un premio que no recibieron ni Virginia, ni Pound, ni Dylan, ni nadie entre los que lo hubieran merecido, a excepción de Yeats.”

Enseguida llega una categórica afirmación, algo poco común en un hombre amante de los matices, de la sabiduría lateral, de la diversidad de puntos de vista que nos enseña su monumental Masa y Poder, libro al que debo –desde que vivía en La Habana– mi venturosa huida del marxismo-leninismo. Se lee en el párrafo siguiente: “Yo fui testigo de la fama de esta figura lamentable.” Canetti culpa a un amigo por haberle regalado los Elizabethan Essays: “… (a él) debo el nombre de la figura más seca del siglo, de la que más adelante, al terminar la guerra, cuando retornó a la religión de sus antepasados para luego cambiarla por la de los reyes, fui oyendo más y más, tanto que casi no quedó otra cosa.”

Se lamenta después –apuntando a Eliot– de que lo peor de Inglaterra son las momificaciones: “… la vida como una especie de momia dirigida a distancia. No es, como se dice, lo victoriano (la máscara de la hipocresía se puede arrancar, y detrás hay algo), es la tendencia a momificar todo, que empieza con la medida y la justicia y termina con la impotencia de los sentimientos.”

Canetti se torna obsesivo: “Los rechazos verdaderamente violentos no se suavizan, sin embargo, se potencian con cada recuerdo: no soy capaz de escribir con el lápiz el nombre Eliot sin verme impelido a denostarle de nuevo” –confiesa varias décadas después. Cuenta: “El caso es que nunca tuve nada que ver con él personalmente. Le conocí de manera fugaz. Durante años, sin embargo, me encontraba con él en casa de John Hayward, el perro guardián de Kathleen Raine, quien vivía con Eliot en Chelsea.”

Podrían lanzarse –entre citas textuales– algunas flechas sobre las razones de la antipatía. Quizás una elemental conjetura: Suelen caernos bien o mal personas que apenas hemos visto una o dos veces, mientras la mayoría nos pasa indiferente. ¿Canetti rechazó a Eliot nada más verlo? Tal vez… Pero por lo que conocemos de sus memorias, diarios y apuntes, por lo que hemos leído en esta misma Fiesta bajo las bombas se puede inferir que Canetti fue muy sensible a que le hicieran caso, a que repararan en él. Las muchas cenas y reuniones a las que asistía dan fe de ese interés no reprobable, pero sí  excesivo o propio del exiliado.

Parece que a Eliot el entonces exótico escritor judío refugiado en Inglaterra no le suscitó ningún interés, salvo el protocolo del saludo. También –del otro lado— que los ya famosos poemas del naturalizado inglés, le parecieron glaciares a Canetti. Poco que ver con la intensidad expresiva que logra proyectar sentimientos y estados anímicos, y en general con la poesía romántica que siempre le gustó a Canetti. El conceptualismo racionalista, puntual, transparentemente transmitido por los modernistas de habla inglesa, no atraía a un admirador de la poesía barroca.

No hay una sola línea meliorativa de Canetti sobre la poesía de Eliot. Rechazaba –con sobrada razón– las críticas de Eliot a William Blake: ”La soberbia de T. S. Eliot, por así decirlo, como conquista de un americano que vuelve a la madre patria después de generaciones. Sería muy difícil describir cómo era de verdad: profundamente malo. No basta recordar su descarado juicio sobre Goethe y su juicio inhumano-antipoético sobre Blake. Ahí está su obra cicatera y mínima (todas las pequeñas escupideras del fracaso), el poeta del empobrecimiento de los sentimientos…”

Pero hay una causa mayor: el antisemitismo de Eliot, que Canetti no menciona para que la invectiva sea fuerte, según explica Jeremy Adler en su ensayo sobre Fiesta bajo las bombas, que sirve de epílogo al libro. Sin excluir otras razones personales, que tal vez nunca sepamos… En otro apunte de sus años ingleses, el autor de El otro proceso de Kafka, el lector sagaz de las Memorias de Albert Speer –arquitecto de Hitler–, vuelve a su caracterización: “La soberbia está tan enraizada en los ingleses que a menudo ni se nota. Son los verdaderos artistas de la soberbia. Eliot constituye el mejor ejemplo.”

Los dos también se alejan en las tajantes diferencias entre la cercanía al agnosticismo de Canetti, que expresó una visión suspicaz hacia Dios y la religión, lo que acerca al judío Premio Nobel en lengua alemana a una postura escéptica o irreligiosa; frente a la anglo-catolicidad del Premio Nobel en lengua inglesa, fervoroso practicante y conocedor de la patrística y la escolástica. Sus gustos artísticos y valoraciones estéticas de carácter histórico, también podrían considerarse apartadas unas de otras, con escasas coincidencias, como la referida a Shakespeare y los isabelinos, aunque para Canetti más como genio en reflejar la relación entre los poderes, que como el más importante dramaturgo de Occidente.

Coincidieron, lamentablemente, en los  “problemas con sus parejas” –Canetti con Vesa y Eliot con Vivienne–, que aún provocan fuertes rechazos a sus respectivas morales, al parecer documentadas como egoístas y escabrosas.

Una tarde, tras cruzar hacia el sur el puente peatonal del Thames para llegar al Tate Modern, un amigo londinense con el que iba conversando sobre el Grupo de Bloomsbury,  me comentó que Virginia Woolf no quiso mucho a Tom… Aunque ella anotó en su diario sus impresiones de Eliot como un joven americano “cultivado y elaborado”, tras una reunión en la que él leyó sus poemas en la casa de los Woolf.

Entonces no busqué la referencia. Ahora contextualizo: Eliot colaboró con la Hogarth Press, de ahí su vínculo profesional con el Grupo de Bloomsbury (Virginia Woolf, Lytton Strachey, John Maynard Keynes, entre otros). Pero cuando Canetti llegó a Inglaterra, en 1938, el grupo ya estaba en declive, varios de sus miembros habían muerto: Strachey en 1932, o se suicidarían poco después, como Virginia Woolf en 1941.

Hoy una excelente admiradora de la gran novelista –que me oye escribiendo estos apuntes–, tiene la gentileza de ofrecerme las citas. Aparecen en sus Diarios, magníficamente editados y traducidos al español por Olivia de Miguel para la Ed. Tres Hermanas. Hay varios comentarios, el primero añade otro argumento sobre la opinión de Canetti: “Hay mucho que decir sobre Eliot en varios aspectos; por ejemplo, su dificultad para establecer contacto con personas inteligentes y cosas así; anemia y afectación…” Escojo este otro por caracterizador: “La verdad es que me aburre un poco y ojalá que el pobre y querido Tom tuviera más agallas y menos necesidad de dejar caer gota a gota sus impotentes incertidumbres a través de fina muselina. Una lo espera, lo comprende, pero es un trabajo lamentable. Es como una persona a punto de quebrarse: infinitamente escrupuloso, redundante y prudente”  (Vol II, 1920-1924).

Nada mejor que el “desahogo” de Virginia Woolf para cerrar mi andanza por una antipatía que ilustra las ojerizas entre artistas y escritores. Tantas que a veces se prefiere el desconocimiento de la biografía de autores que admiramos. Preferencia –confieso sin rubor– que nunca cumplo.

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