Citario. Deriva del latín «citāre» (citar) más el sufijo «-ārium» (repositorio), similar a «bestiario». Neologismo del siglo XXI, surgió entre los eruditos hispanohablantes de Bookish & Co., con raíces en antologías antiguas y florilegios. «Citario» se relaciona con libros medievales de lugares comunes (como de Erasmo) y proto-ejemplos del XIX, como «Familiar Quotations». Este «Citario Canetti» conmemora el 120.º natalicio de aquel descifrador de multitudes y hacedor de parábolas sobre el pensamiento absoluto.
—De Canetti—
El hombre vive con terror en el medio de la masa, y sólo en los momentos en que logra disolverse por completo en ella, este terror se disipa. Es una extraña, casi paradójica, liberación. Pierde su identidad individual, su miedo a la aniquilación, porque ya está aniquilado en la inmensidad de la multitud. La masa es un refugio, un manto protector, pero al mismo tiempo una fuerza destructora de la individualidad. En la masa, las barreras entre los individuos caen, y la presión de lo uniforme se hace abrumadora. La responsabilidad se diluye, la conciencia individual se desvanece, y el hombre se convierte en una unidad de una voluntad ajena, o al menos de una voluntad colectiva que trasciende la suya propia. Este estado de disolución es tanto una bendición como una maldición, una huida y una pérdida irreparable.
Masa y poder (Debolsillo, 2005; traducción: Juan José del Solar)
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El verdadero proceso de Kafka no es el de Josef K. en la novela, sino el que él mismo se impuso a través de su relación con Felice. Fue un proceso de autoafirmación a través de la negación, de búsqueda de la libertad a través de la renuncia. Kafka no quería casarse porque el matrimonio significaba para él la pérdida de su única razón de ser: la escritura. Veía en la vida conyugal una trampa, una dilución de su esencia. Las cartas a Felice son un testimonio desgarrador de esta lucha, de su incapacidad para conciliar la vida ‘normal’ con su vocación literaria. El miedo al poder, a la autoridad, a la invasión de su espacio íntimo, no es solo un tema de sus obras; es la sustancia misma de su vida, una constante que lo persigue y lo define. Canetti argumenta que Kafka, al negarse a sí mismo la felicidad conyugal, se condenó a una existencia de soledad, pero a cambio, nos legó una obra que es la manifestación más pura de la ansiedad y el desamparo del hombre moderno.
El otro proceso de Kafka (Muchnik Editores, 1981; traducción: Michael Faber-Kaiser)
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La primera vez que sentí el verdadero poder de las palabras no fue en un libro, sino en la boca de mi madre. Sus historias, contadas con una intensidad febril, creaban mundos enteros ante mis ojos. No eran simples relatos; eran invocaciones, hechizos que transformaban la realidad. Aprendí que cada palabra tenía un peso, una vibración, una capacidad para construir o destruir. El lenguaje no era solo un medio de comunicación; era una herramienta para conjurar la existencia, para dar forma a lo informe, para atrapar lo efímero. Esa fascinación temprana por la palabra hablada, por su sonido y su sentido, fue la semilla de mi futura obsesión por el lenguaje escrito, por la posibilidad de fijar esas voces efímeras en algo perdurable.
La lengua salvada (Debolsillo, 2005; traducción: Genoveva Dieterich)
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Comprendí la seducción que se esconde en una vida que todo lo reduce a la forma más simple de repetición. ¿Cuánta o qué escasa variación había en la labor de los artesanos que vi trabajar en sus pequeños recintos? ¿Y en el regateo de los comerciantes? ¿Y en los pasos de los danzarines? ¿Y en las incontables tazas de té de menta, que toman aquí todos los huéspedes? ¿Cuánta variedad hay en el dinero? ¿Cuánta en el hambre? Comprendí así qué eran en realidad esos ciegos mendigos: los santos de la repetición.
Las voces de Marrakech (Debolsillo, 2005; traducción: Juan José del Solar)
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La palabra libertad sirve para expresar una tensión muy importante, quizás la más importante de todas. Uno quiere siempre marcharse y, cuando el lugar al que uno quiere ir no tiene nombre, cuando es indeterminado y no se ven en él fronteras, lo llamamos libertad. La expresión espacial de esta tensión es el ardiente deseo de traspasar una frontera, como si ésta no existiera. Para el sentimiento mítico de los antiguos, la libertad de volar llega hasta el sol. La libertad en el tiempo es la superación de la muerte, y llegamos incluso a contentarnos con irla retrasando indefinidamente.
La provincia del hombre. Carnet de notas 1942-1972 (Taurus, 1986; traducción: Eustaquio Barjau)
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Las edificaciones de Hitler estaban destinadas a atraer y contener al mayor número posible de espectadores. Gracias a la creación de estas grandes masas logró el acceso al poder; pero sabía con qué facilidad tiende a disolverse toda gran masa. Sólo existen dos medios —dejando aparte la guerra— para contrarrestar la disolución de la masa. Uno es su crecimiento y el otro su repetición regular: como buen conocedor empírico de la masa —y los ha habido muy pocos—, sabía cuáles son sus formas y sus medios. En plazas inmensas, tan grandes que resulte difícil llenarlas, se le otorga a la masa la posibilidad de crecer y de permanecer abierta.
La conciencia de las palabras (FCE, México, 1982; traducción: Juan José del Solar)
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—Sobre Canetti—
Un libro en el cual tengo la certeza de que el autor mucho ha revelado y mucho escondido: Masa y poder, de Elías Canetti. Ante todo: el libro no presenta superíndices. Nada interrumpe el proceder de la exposición, que es a la vez un narrar y un pensar. Entrelazados de tal manera que son inseparables. Los superíndices son un fastidioso obstáculo en particular para la narración: su flujo no acepta la intrusión de elementos externos. Ya esto indica cuál es el elemento irrenunciable en el libro: las historias. A propósito se puede recordar una anotación de Canetti de 1971: «No evitar la palabra ‘historia’ (en el sentido de relato). Pero cuidarse de ‘texto’.»
Canetti tenía una veneración por las fuentes. Hubiera sido inconcebible para él no precisar dónde, en qué páginas de qué libros, las historias, los episodios, los mitos le habían aparecido. Así, en la sección Notas encontramos puntualmente las referencias a los libros en los que Canetti se basó. Pero nunca hay la preocupación de indicar, según el uso académico, las distintas obras importantes sobre el tema. Siempre se trata de una sola aparición, donde la historia narrada está físicamente presente. Este modo de hacer anotaciones en un libro era inusual en 1960, cuando apareció Masa y poder. Hoy se encuentra con más frecuencia, sobre todo en los libros de algunos historiadores que quieren dejar respirar libremente a su página. En Canetti el motivo era más complejo y profundo, como luego se revelará más claramente en la sección sucesiva, que corresponde a la bibliografía y está con justicia intitulada de otra manera: Literatura. Sería fácil imaginar una bibliografía plausible para un libro de autor desconocido con el título Masa y poder, publicado en 1960. En primer lugar mucha sociología estadounidense, decenas de artículos y de libros, sobre todo a partir de los años treinta. Luego algunos pasajes obligados: Freud, Psicología de las masas y análisis del Yo, y algún precursor, como Le Bon. Nada de todo esto se encuentra en Canetti. Y esta clamorosa omisión contribuyó no poco a la sospecha y al azoro con que el libro fue recibido —en la modesta medida en que fue recibido— por el mundo académico.
Roberto Calasso, “Confesiones bibliográficas” (La locura que viene de las ninfas y otros ensayos, Editorial Sexto Piso, México, 2004; traducción: Teresa Ramírez Vadillo)
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Auto de fe (1935), primer libro de Elías Canetti y su única novela, es una obra solitaria y extrema, marcada por la intransigente felicidad desde su inicio. Aquí todo se desarrolla en la tensión entre dos seres crecidos en extremos opuestos de las grandes ramas del árbol de la vida: el sinólogo Kien y Teresa, su ama de llaves. Kien es un gran estudioso que desprecia a los profesores, considera superfluos y desagradables los contactos con el mundo y en el fondo sólo se interesa por una sola cosa: los libros. Los libros lo rodean y lo protegen, formados como veinticinco mil guerreros sobre las paredes de su casa sin ventanas. Experto, como todo filólogo, en el arte de la duda, Kien guarda una fe inquebrantable: para él, «Dios es el pasado» —y toda la vida anhela el «día en que los hombres sustituirán sus propios sentidos por el recuerdo y el tiempo por el pasado». Hasta que eso suceda, Kien, que sentado en su escritorio domina un infinito teclado mental, apenas sale a la calle se pierde en lo desconocido, se vuelve inerme y grotesco: de todos sus tesoros le queda sólo la ilusoria coraza de un «carácter”
Roberto Calasso, “Auto de fe, de Elías Canetti” (Cien cartas a un desconocido, Editorial Anagrama, Barcelona, 2007; traducción: Edgardo Dobry)
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Canetti, el insumiso, lucha contra la tiranía del yo enquistado en su propia individualidad, lucha contra el espíritu instituido en sistema, lucha contra el pensamiento preso de su propia dinámica, y esa lucha se traduce en la quiebra del pensamiento a cada frase, en «la declaración espontánea y casual que no se desarrolla», en el sometimiento —¿el suplicio?— de las palabras a través de la escritura para poder escapar a su «efecto terrible y devastador». Tiene así lugar una paradoja en la que se cifra la ejemplaridad y la grandeza de Canetti: la expansión de una conciencia a través de la concentración de las palabras. Un conocimiento que se dilata no tanto por medio de las palabras como en las palabras, sólo unas pocas, que, eso sí, se adelgazan —como la piel de un globo— hasta la transparencia, para contener la mayor cantidad posible de sentido.
Ignacio Echevarría, “El insaciable” (El nivel alcanzado, Editorial Debate, Barcelona, 2021)
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Su tenaz lucha contra la muerte aparece en miles de páginas en sus Apuntes. Quien quiera estudiarlos puede consultar una serie de volúmenes seleccionados. «Vencer es sobrevivir —escribió en alguna parte—. ¿Qué se puede hacer: seguir viviendo y sin embargo no ser un vencedor? La cuadratura del círculo moral». Aquí yace la involuntaria tragicomedia de su lucha.
Llevarse bien con él no era fácil. Era pendenciero, tacaño, vanidoso; estaba convencido de su originalidad y era un celoso seductor que explotaba sin piedad a sus amantes. Ni siquiera sus esposas y amigos más íntimos estaban a salvo de su lengua perversa. Hilde Spiel lo calificó de «auténtica jeringuilla envenenada». Ni sus libros ni el Premio Nobel pudieron consolarle. Desde detrás de sus pesadas gafas miraba siempre con ojos que parecían infelices.
A los ochenta y nueve años perdió su apuesta contra la muerte en Zúrich.
Hans Magnus Enzensberger, Escribir bajo el poder. 99 retratos literarios del siglo xx (Ediciones Universidad Austral de Chile, 2025; traducción: Carlos M. Pina)
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A veces Canetti se asemeja a los poderosos de sus libros, a su deseo de mantener la vida bajo control, que él ha indagado y desenmascarado en Masa y poder; a todos los grandes escritores les acechan los demonios que ponen al desnudo, los conocen porque los llevan consigo, denuncian su poder en la medida en que amenaza con dominarles. Parece que en ocasiones quiera tener el mundo en sus manos o, por lo menos, su propia imagen, con el inconfesado deseo de que sea únicamente Canetti quien hable de Canetti. Cuando la señora Grazia Ara Elias le escribió que también ella había nacido y crecido en Ruse y recordaba a los Canetti y también al doctor Menachemoff al que describía en la autobiografía, Canetti, que no le contestó, se sintió quizá inquieto ante la idea de que alguien más pudiera ostentar derechos sobre la imagen de Ruse, del doctor y de todo aquello que él, por haber escrito sobre ello, consideraba tal vez su propiedad exclusiva.
Claudio Magris, “La casa de Canetti” (El Danubio, Editorial Anagrama, Barcelona, 1988; traducción: Joaquín Jordá)
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El primer libro de Veza Canetti se publicó en 1990, nueve años después de que Elías Canetti, cuya obra tanto le debe, fuera galardonado con el premio Nobel. Pone de manifiesto la acerba injusticia de este olvido una increíble correspondencia que, junto con algunas cartas de Elías Canetti, se compone principalmente por cartas de Veza a Georges Canetti. En realidad, casi no se puede hablar de correspondencia, ya que Elías Canetti destruyó las cartas de su mujer y de su hermano. Por ello, ese libro pudo convertirse en algo así como una novela llena de lagunas, un rompecabezas al que faltan algunas piezas. Tal vez sea precisamente esto lo que tiene de fascinante. El lector tiene que leer entre líneas, y entonces llega, a partir del regocijo y la lamentación, de las manifestaciones de admiración y disposición al sacrificio, de los ataques y defensas, a hacerse una idea de un pas de deux espiritual en el cual se llama constantemente como testigo a un tercero, sin que se nos deje leer sus testimonios. Este tercero es Georges, el hermano de Elías, que se quedó en Frankfurt y allí sobrevivió a la ocupación y al dominio nazis. Es un acreditado neumólogo que a su vez publicó notables libros pero que al final morirá de la enfermedad que constituyó su especialidad, ocho años después de la muerte de Veza. Las cartas que su hermano no pudo destruir proceden de la herencia de Georges. La imagen que transmiten no siempre es satisfactoria para los admiradores de Canetti. Hay por su parte, desde un principio, una cabal conciencia de que su trabajo es más importante que todo lo demás. Todo debe quedar supeditado a este, pues él sabe que va a crear una obra maestra (primero es Auto de fe, luego Masa y poder) y en esta convicción se ve apoyado sin reserva por Veza.
Cees Nooteboom, “Elías Canetti, 1905-1994” (Tumbas de poetas y pensadores, Ediciones Siruela, Madrid, 2007; traducción: María Cóndor)
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Como pocos, Canetti reflexionó sobre los funestos procesos de nuestro siglo, la ascensión del fascismo, el hipertrófico desarrollo del aparato de poder, el asesinato de los judíos y la escala de la aniquilación atómica, y como pocos otros escritores llegó en el curso de su evolución a la comprensión de que las representaciones del fin no sirven de nada. Su ideal no es el del profeta sino el del maestro, cuya felicidad constituye el hecho de que, como se puede leer en las observaciones de Canetti a las conversaciones de Confucio, el aprendizaje nunca acaba. Si el gobernante está siempre en su lugar, el que aprende está siempre de viaje. «Aprender debe seguir siendo una aventura, porque, si no, habrá muerto al nacer. Lo que aprendas en este instante dependerá de encuentros casuales y así, de encuentro en encuentro, volverá a continuar, aprendizaje en las transformaciones, aprendizaje en el placer». Sin embargo, la actividad central del que aprende no es escribir sino leer. «Leer hasta que las pestañas tiemblen de cansancio.»
W.G. Sebald, “Summa scientiae. Sistema y crítica del sistema en Elías Canetti” (Pútrida patria, Editorial Anagrama, Barcelona, 2005; traducción: Miguel Sáenz)
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En el verano de 1925, Canetti rompió con el monstre sacré que era su madre. Aunque todavía estaba estudiando en la Universidad de Viena, era ahora libre de responder con vehemencia a los llamamientos de la experiencia, a algo que, si sus presentimientos eran exactos, despertara sus capacidades latentes como una señal de fuego en la noche. El 15 de julio de 1927 se produjo esa señal, literalmente. Volviéndose contra sus propios dirigentes socialdemócratas, los trabajadores más radicales de Viena, enfurecidos por un reciente escándalo judicial (varios trabajadores habían sido abatidos a tiros en Burgenland y sus asesinos habían sido absueltos), marcharon al Palacio de Justicia. Le prendieron fuego. Aquel día, Canetti, el metafísico lírico, el alegorista de la violencia, llegó a su plena realización: «Me convertí en parte de la multitud, me disolví totalmente en ella». Esta inmersión —la expresión francesa bain de foule [baño de multitudes] traduce con exactitud la experiencia de Canetti— confirmó su decisión de analizar, como Gustave Le Bon había empezado a hacer en la década de 1890, la estructura interna, las energías exponenciales y el aura contagiosa de la multitud. No sería hasta 1960 cuando apareció Masa y poder, una obra incompleta, fragmentaria en su brillantez. Pero la masa y el sentimiento de masa en los que se había sumergido aquel violento día de verano habrían de preocupar a Canetti de allí en adelante.
George Steiner, “Una historia en tres ciudades” (G.S. en The New Yorker, Ediciones Siruela, Madrid, 2009; traducción: María Cóndor)
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La falta de sentimentalismo es un rasgo central en Auto de fe, así como en los ensayos y el teatro de Canetti. La frialdad cerebral de sus visiones, ese extraño control que la inteligencia parece ejercer aun en los momentos de más incandescente delirio, en aquellos episodios —como la arenga de Peter Kien a sus libros, encaramado sobre una escalera, o las fantasías ajedrecísticas de Fischerle en torno a Capablanca— en los que, en la realidad ficticia, se eclipsa la frontera entre los hechos objetivos y los deseos, y la vida se vuelve una fantástica aleación de ambas cosas, hacen pensar en una novela expresionista. Como en los cuadros de un Kirchner o de Dix, o como en los grabados y caricaturas de Grosz, la intensidad y los contrastes de color, la virulencia del trazo, la alteración de la perspectiva, es decir; la factura formal de la obra, se adelantan hacia el lector como un espectáculo, revolucionando aquella realidad exterior que el objeto artístico aparenta representar hasta convertirla en una realidad propia, que debe más a la subjetividad y a la destreza del artista que al parecido con el modelo que lo inspiró. Una vida objetiva se percibe, sin duda, débil y lejana, recompuesta en la ficción de acuerdo al capricho y fantasías de un creador que se ha valido de aquélla para expresar a éstas. Auto de fe es, como los más logrados de estos cuadros del expresionismo alemán, una pesadilla realista.
Mario Vargas Llosa, «Auto de fe: una pesadilla realista» (La verdad de las mentiras, Penguin Random House / DeBolsillo, Barcelona, 2015)




