¿Cuál fue el libro que destruyó tu inocencia literaria y te dejó emocionalmente disponible solo para personajes ficticios?[i]
El Don apacible, con sus cinco tomos (según la edición que leí, viejísima, de no recuerdo ya qué editorial). Leí la saga de Grigori Mélejov con menos de veinte, y se me quemó el cerebro viendo cómo ese tío no entendía nada de cuanto le pasaba, ni de lo que ocurría a su alrededor, y viendo cómo cambiaba de casaca una y otra vez, hasta el final. Yo, un personaje al que se le rompen los dientes por rigidez mental, no aceptaba que aquel cosaco no acabara de poner el huevo en algún principio, cualquiera este fuese. Luego entiendes que la literatura es capaz de mostrar el bamboleo frenético de un sujeto equis, y de volverte loco, de paso, si no estás listo para la vida.
¿Qué autor/a te gustaría besar o abrazar y luego golpear con una edición de 800 páginas por arruinarte emocionalmente?
Víctor Hugo y aquellos “miserables”…
¿Cuál es el libro que dices que «te marcó», pero en realidad solo lo leíste por presión estética?
El final del poema, de Agamben. Me aburrí durísimo con toda la primera parte del libro. Ya después se pone serio, analizando a poetas italianos contemporáneos, y comienza finalmente a decir verdades como puños. Entonces es algo que hay que leer alla rovescia: de atrás para alante, porque El final… se lee por el final. [Emoticón sonriente guiñando el ojo derecho].
¿Qué personaje literario querrías como pareja, aunque sabes que terminarías llorando en una librería con jazz de fondo?
La “stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemos”, el amorío circunstancial y efímero de Adso de Melk. La verdad, me sentí el personaje, hábito religioso incluido, castigándome mentalmente por permitirme esa dulce y quemante distracción.
¿Qué libro consideras «un clásico necesario» pero solo porque te da ansiedad admitir que te aburrió como misa en latín?
Vigilar y castigar, de Monsieur Foucault. Acudí a él, por entero, ya de viejo, buscando un contenido que, de tanto verlo pasar académicamente analizado y citado de su mata francesa aquí y allá, me pareció demasiado conocido, al punto de —da igual si suena pretencioso— conseguir adivinarle, al galo, el análisis que vendría en la siguiente página…
¿Cuál es tu lectura secreta de vergüenza?
Poetas cubanos de la (así la llamo) smart generation, que siguen luego de los Años Cero. Tantos, muchos, todos o casi todos, a los que sigo leyendo y todavía me quedo con (apenas) tres o cuatro barajas de todo ese segmento. Pero los leo otra vez, y otra vez, y otra vez…
¿Qué autor moderno te resulta tan brillante que lo detestas como se detesta a un/a ex?
Un señor llamado Rodolfo Hinostroza. En realidad, no lo detesto: lo envidio como un demente a su doctor al que no puede recetarle pastillas, y solo porque mi ego no admite que ese cuaderno en proceso de JLM, de aliento poundiano, ya esté escrito desde 1971, y se llama Contra natura… Ah, cabrón peruano que me mandó directo al banco como un suplente cualquiera…
¿En qué momento de tu vida descubriste que subrayar frases no significa que las entiendas?
Cuando lo descubra, habrá terminado mi horrorosa tarea de pintarrajear libros…
¿Cuál es la palabra más pretenciosa que has usado para hablar de un libro y así sonar más intelectual?
Avant-garde, o su [se permite la risa] “culto” sinónimo inmediato: avant la lettre. Claro que, después, pasa el tiempo y descubres que lo pretencioso de los extranjerismos no solo es una tontería kitsch, sino también innecesaria, muchas veces, por la enorme riqueza de nuestra madre lengua.
¿Qué edición de un libro compraste solo porque tenía cantos dorados y parecía un objeto de brujería victoriana?
Una de los Diarios de campaña, de Julián, reimpresión anotada de 2019 del Centro de Estudios Martianos, a cargo de Marta Beatriz Martínez. No es la gran cosa, y ya los tenía leídos, por supuesto, pero la compré por su hermoso diseño interior, y también por la cubierta con ilustración de Bonachea. Súper cool.
¿Qué personaje literario usarías para que le diga verdades a tu ego?
Al Meursault de Camus. Ni siquiera tendría que hablar: en cuanto le arruine la vida por dos horas con mi verborrea y mi vehemencia, su silencio será suficiente para recordarme que ninguna de mis obsesiones le importa un carajo a nadie, salvo a mí mismo, y que no tengo el derecho de echarle a perder el día a ser alguno sobre el planeta con conversaciones demodé.
¿Qué libro te obligaron a leer en la escuela y ahora finges que amas por trauma y costumbre?
El reino de este mundo. No creo que sea malo: al menos es mejor, para mí, que El siglo de las luces —sí, ya mi querido Ángel Pérez puede matarme por esto—, que me pareció sobrevalorada. Pero de El reino… recuerdo frases dulzonas de humanismo forzado y antinatural, que solo le permito a Julián por otros motivos…
¿Qué librería física es tu ruina financiera y tu capilla emocional?
Para un nómada no existen librerías, sino sitios de paso…
¿Cuál fue la última frase literaria que te hizo decir: «maldito genio»?
“Sucesos arbóreos del dinero”. La firma el poeta cubano Carlos Augusto Alfonso.
¿Has tenido una relación que terminó por diferencias librescas irreconciliables?
He tenido rupturas por cualquier otra cosa menos por libros. Si aquellas nunca fueron cosas importantes, imagínate por diferencias librescas. Dios me libre de semejante tontería, ahora que ya puedo librarme por mí mismo de otras…
¿Cuál es tu lugar favorito para leer como si fueras un personaje de Murakami? ¿Café hípster, ventana lluviosa, cama existencialista? ¿Algún otro?
Cualquier sitio donde pueda recostar la cabeza y no haya mucho ruido. Mis únicos ruidos permitidos en estos casos solo pueden ser la trompeta de Baker o de Miles, o algún track no tan sicodélico de Pink Floyd.
¿Cuál es el libro que usas para impresionar a gente culta y que jamás has terminado?
En realidad, no intento impresionar a nadie, al menos no con lecturas. Y tampoco acostumbro a dejarlas a medias. Me he callado lecturas y he fingido ignorarlas incluso frente a gente que siente la obligación constante de sacar las suyas a paseo, como si fueran carros deportivos de lujo, solo para después hacerte una andanada de preguntas tipo “Examen de Cuán Escritor Mereces Ser”. Hacer el tonto, de vez en vez, resulta en extremo provechoso, porque puedes ver los huecos del vestido de Diógenes detrás de su sonrisa halagadora y su trato cordial…
¿A qué personaje literario le confiarías tu diario?
Mi ego me dice que solo podría leerlo alguien como el Príncipe de Trastorno, esa cosa (ya no sé si novela o monumento) de Bernhard. Supongo que se reiría de ver la cantidad de memorias y verdades guardadas que, como él, colecciono en agendas por ahí…
¿Qué autor muerto invitarías a tu funeral solo para que lea algo devastador y elegante sobre tu mediocridad redimida por el amor a los libros?
El viejo Weston Loomis. Solo con la condición de que, además, también diga que ni siquiera fui un verdadero amante de libros, sino un simple diletante literario.
¿Cuál fue la peor traición literaria que sufriste? ¿Un mal final, una adaptación atroz, o que tu autor favorito profesara una ideología incompatible con tus principios?
Cintio Vitier. Demasiado inteligente como para no llamar jamás las cosas por su nombre; demasiado idealista como para no defender a ultranza esos principios frente a la dictadura cubana, sobre todo después de ver cómo esta le había hecho la vida un yogur a sus colegas de grupo, y aun así seguir insistiendo en apuntalar con su hombro aquella ruina de proyecto político que llaman Revolución. (Dicho esto, todavía me queda aclarar que entre los pocos libros que me traje al exilio está cierta edición —tapa dura, 1970— de Lo cubano en la poesía, que escamoteé en su casa a la bestia negra de Bayamo, un poeta mataBudas que se precia de armarse de ajenas bibliotecas…).
¿Cuál es el insulto más refinado que has pensado hacia alguien que dice “no me gusta leer”?
No pensaría en insultarlo, sino en bendecirlo en mis adentros, porque al menos ese ya intuyó (o puede haber venido sin tal driver egotista) que obligarte a perder tiempo con libros solo para parecer intelectual es una estolidez, cuando el secreto está en superarte a ti mismo cada vez, y en tratar de ser mejor persona en este minuto de lo que eras en el anterior que acaba de pasar.
Tienes una pila de libros por leer tan alta que si se cae podría matarte. Aun así, ¿cuál(es) compraste ayer?
No lo compré, me lo regalaron hace unos días: el Livro do desassossego, de Bernardo Soares y —según la editora, una señora llamada Teresa Sobral Cunha— Vicente Guedes. (El comentario aquí se debe a que tenía entendido que solo el heterónimo Soares era el autor del libro. Ya con Pessoa de verdad que no se sabe nada: es una piñata portuguesa que trae cualquier cosa entre papel de relleno y serpentinas…).
¿Qué libro «profundo» te pareció un fraude elegante lleno de humo, citas sueltas y pseudomística de librería hípster?
Matar al gato ruso y otros ensayos. ¡Y va por tres ediciones!
¿Cuándo fue la última vez que leíste algo tan hermoso que reveló algo de ti mismo y quisiste arrancarte los ojos como Edipo?
Pensar desde la nada. Ensayos de filosofía oriental, de Kitarô Nishida. Se perdió el tete ahí…
¿Cuál es tu edición de “libro fetiche”, esa que no prestas, aunque la otra persona te prometa su alma?
Un tratado de Historia de la filosofía en la Edad Media, de Étienne Gilson, papá del neotomismo. Por desgracia —pesa tanto como los pecados de la humanidad—, tuve que dejarlo en La Habana. Mi fetiche es pura tacañería, pues me costó 43 euros en la única librería de Roma que vende libros exclusivamente en español, en Piazza Navona, hace casi veinte años. Es el libro más caro que he comprado jamás. Pero existe, y es hermoso, y está claro que, por supuesto, él regresará a mí.
¿Qué autor invocarías en una sesión espiritista para preguntarle por qué te dejó con ese final?
Hugo, otra vez. Y la pregunta es simple: ¿por qué es tan aburrida la última parte de esa saga? ¿Se te acabó la magia?
¿Cuál es tu ritual de lectura secreto que te hace sentir que el mundo tiene sentido, aunque sea por diez páginas?
Solapas, notas de contracubierta, diseño interior y tipográfico y tipos de papel. Y todo esto, en esos sitios de paso que llamamos librerías.
¿Qué frase literaria usas para justificar tu adicción a leer en lugar de resolver tus problemas reales?
Algo de Pessoa que dice (parafraseo): “No soy nada. / No puedo querer ser nada. / Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo”.
¿Qué libro quema lentamente tu conciencia porque nunca lo terminaste y aun así opinas de él como si fueras crítico del Paris Review?
Los detectives salvajes, de Bolaño. Tengo deuda importante con ese colega. Los detectives… lo he empezado a leer un par de veces y no lo acabo todavía: siempre hay cosas que se cuelan delante, de mayor urgencia. Y, mientras, sigo hablando maravillas de él.
Si fueras un libro olvidado en una estantería polvorienta, ¿qué frase pondrías en tu contratapa para que alguien, por fin, te elija?
Uwaga! Si estás leyendo this, è meglio andare avanti e riprendere the path you need to traverse. Do something else, better than leer este libro: no pierdas más el tiempo i weź zrób coś útil con tu vida, como, v. gr., meditar.
[i] Las respuestas a este cuestionario se ofrecen según la errancia mental del entrevistado que, a fin de cuentas, nómada o andorrero de un destino ultramóvil —Santiago de Cuba, Roma, Santiago de Cuba otra vez, Holguín, La Habana, Polonia… y cientos de libros abandonados por el camino—, ha tenido que echar mano de viejísimas lecturas y emociones provocadas por lecturas de otra época, y de cuadernos de apuntes de cualquier clase. Lo habitual cuando se han perdido por ahí demasiadas bibliotecas personales.
Imagen: A 19 (1927), de László Moholy-Nagy.




