—¡No tiene por qué ser prolífico! ¡Basta que no sea estúpido e infantil! —Recapacitó y dijo—: Prefiero los cuentos que tratan de la sordidez.
—¿De qué? —dije, inclinándome hacia delante.
—De la sordidez. Estoy sumamente interesada en la sordidez.
“Para Esmé, con amor y sordidez”
De todos los escritores que se ocultaron y dijeron no (para ponerlo en modo Vila-Matas), Salinger parece ser el más atractivo y por alguna razón que acaso llegamos a intuir. Es autor de culto y su nombre se menciona en series de televisión por el estilo de Friends. Un icono pop, todo lo que no quiso.
Hemingway creyó ver en Mark Twain al padre de la literatura moderna norteamericana con su Huck Finn. Montado en esa corriente, para David Lodge los personajes de Salinger descienden directamente de allí, sólo que con un grado mayor de sofisticación. En cuanto a Harold Bloom, aunque ha dicho que su destreza estilística está fuera de toda duda, se nota mucho que no lo tenía en alta estima. Nos dejó saber que era un escritor agotado.
No quise volver ahora sobre The Catcher in the Rye. Prefiero que cualquier fibra que esa lectura de juventud haya movido en el lector que fui, quede allá, flotando en la bruma de unos dieciocho años. He vuelto sobre los Nueve cuentos y sus relatos largos, y leyéndolos he pensado si lo que al cabo interesa de Salinger no es tanto su literatura como su borrado, su mal humor, capturarlo en una foto saliendo del supermercado y que al saberse observado lance el carrito con toda la compra y se escabulla maldiciendo. Porque a esta altura qué sentido tiene un Glass con serios problemas para superar el duelo.
Los Nueve cuentos nos dejan el incompleto paisaje de un escritor harto del mundo y en fuga, con su sintaxis sencilla y sus diálogos directos, frutos de un oído refinado. Hay tres que son los que mejor revelan la estatura de su autor: “A perfect day for a banana fish” (el más archiconocido, iniciático para miles de jóvenes escritores, el que da inicio a la saga de los Glass), “For Esmé—with Love and Squalor”, y “The Daumier-Smith’s Blue Period”. Personajes que quedan para siempre en la memoria y ahí radica la marca Salinger. Un escritor impecable en su revolú autista.
En “Zooey, el segundo cuento de Franny and Zooey, hay una larga conversación, morosamente larga, entre Bessie Glass (la madre) y Zooey en torno a qué le está sucediendo a Franny. Ese diálogo, que a más de un lector le parecerá interminable y salpicado de esa adjetivación imposible que es marca de la casa, representa mejor que cualquier otra escena o peripecia toda la arquitectura verbal de la narrativa de Salinger, siempre tan dialógica y tan desesperantemente abocada a la incomunicación, eso que habíamos ya comprobado de forma brillante en el primero y el último de sus Nueve cuentos.
Las historias giran siempre alrededor de lo mismo: aquellos niños sabios y listos que hacían un popular programa de preguntas y respuestas en la radio ahora han crecido y son un reservorio de frustraciones, desconexión entre ellos, incomprensión del mundo y su madre no sabe qué fue lo que sucedió en el camino.
El propio Buddy Glass creía que las paredes de la casa de sus padres era una especie de himno visual a la infancia y adolescencia comerciales americanas, a pesar de que lo que Salinger quiere mostrar es la imposibilidad de salir adelante, el cul-de-sac que es la vida. En las postrimerías, Zooey se encontrará además con que el cuarto de sus hermanos mayores es una suerte de mural literario donde cabe lo mismo un haikú que una frase budista.
Lionel Trilling ha dicho que Scott Fitzgerald sabía cuándo «el mundo» estaba equivocado, pero no era capaz de percibir de que fue «el mundo» el que impuso la tragedia, ya sea sobre los personajes de sus ficciones o sobre el autor mismo. Con Salinger me ocurre lo contrario: en sus obras la catástrofe ya ha ocurrido y el mundo es plenamente consciente y a su manera responsable, pero los personajes saben que la vida, si bien no tiene ningún sentido, debe continuar. Salinger participó en una guerra —su cuento “For Esmé, with love and squalor”, lo más hermoso acaso que escribió, nos lo deja saber—, supo de la destrucción de un mundo, y todo su universo narrativo está marcado por la experiencia.
Alguien ha querido ver el silencio de Salinger como lo que sigue a la verbosidad. Le ha costado contenerse, callar lo que tiene dentro. Y antepone su silencio al de Beckett, más consecuente con la idea de un ancestral silencio, por eso su sintaxis queda despojada de cualquier ornamento. Un Salinger admirador de Hemingway y regresando de una guerra en la que había participado. Un Beckett que llegó a trabajar como secretario de Joyce y acaba adoptando un idioma ajeno. ¿Adónde puede conducir todo eso?
Hay al menos dos cuentos de Salinger en los que un adulto establece algún tipo de interacción con una niña, dos de ellos los he mencionado más arriba: “A perfect day for bananafish”, y “For Esmé, with love and squalor”. También se da en “Teddy”, aunque de otra manera. Luego, en “Zooey”, un lector medianamente sagaz empieza a sospechar, ¿dónde vas a meter tu clásica escena con niña aquí? Acto seguido, Zooey mira por la ventana y ve a una niña paseando un perro. Está bastante claro que en ninguna de esas escenas hay explicitación de deseo sexual, sin embargo, hay quien ha querido hacer lecturas rigurosas y ver en ambos unos rasgos de pedofilia.
Salinger tuvo sus historias con chicas jóvenes, como han refrendado David Shields y Shane Salerno en su libro. Conoció a Jean Miller cuando la chica tenía 14 años y los cinco años siguientes le escribió cartas y la invitó a salir. Según apuntan ambos autores, era un patrón a seguir por él: admiraba la inocencia, era seducido por ella (por la inocencia) y se llegaba a obsesionar con las chicas que estaban en la flor de la edad. Las ayudaba a florecer y luego las culpaba por su juventud.
Para volver sobre Salinger habrá que practicar un par de operaciones sesgadas: dejar de preguntarnos por su suerte como escritor —poco importa, a estas alturas, que Truman Capote asegurara que siguió escribiendo o que algún manuscrito le fuera devuelto— y dejar también de considerarlo un autor para lectores adolescentes. Durante años el error fue seguir esperando una obra magna póstuma, ese artefacto aniquilador que lo devolviera a las vitrinas. Nada parece más alejado de su deseo real. Su silencio no completa nada: confirma.
Quizá por eso la palabra clave no sea inocencia, ni pureza, ni siquiera silencio, sino aquella mencionada al comienzo: sordidez. Salinger no la exhibe ni la explota, la reconoce como un estado del mundo posterior a la catástrofe. Después de la guerra, después de la infancia, después de la fe en el lenguaje, escribir mucho habría sido acaso una forma de infantilismo. No ser prolífico no fue un gesto excéntrico, sino una decisión estética y moral: bastaba con no fingir que la sordidez no estaba ahí.





