Dietario para inactuales III

Grandine grossa, acqua tinta e neve
per l’aere tenebroso si riversa;
pute la terra che questo riceve.
Inferno. Canto VI, 10-12.

 

Jamás perdió el hambre de gloria. Ante la imposibilidad de conquistar el mundo, decidió comérselo. En Orson Welles la genialidad terminó ahogada en miles de calorías. Su cuerpo se volvió tan monumental como su ciudadano Kane, expandiéndose año tras año para llenar el vacío de las obras maestras que dejaba inconclusas. Cenaba dos veces por noche, un ritual sagrado que desafiaba a la medicina y a la lógica: dos chuletones y una pinta de whisky escocés apenas resultaban el estándar. Su gula era pública, teatral y defendida con el mismo ingenio agudo de sus guiones: “Mi médico me dijo que dejara de tener cenas íntimas para cuatro, a menos que hubiera otras tres personas”. En Ma Maison, su cuartel general en Los Ángeles, el chef Wolfgang Puck lo alimentaba como a una deidad insaciable, usándolo de conejillo de indias para sus nuevos platos, consciente de que Welles comía para devorar un mundo que se le había quedado trágicamente pequeño.

Como “una barricada teológica” describió G.K. Chesterton su propia circunferencia corporal. En un siglo que empezaba a adorar la delgadez y la duda, él exhibía su gordura como una forma de caridad agresiva y alegría militante. Defensor de la “vieja y alegre Inglaterra”, elevó la cerveza y el queso a la categoría de dogmas. Herejes aquellos que los rechazasen. Mientras su amigo Bernard Shaw masticaba lechuga con aire de superioridad moral, Chesterton vaciaba jarras de stoutconvencido de que el agradecimiento por la Creación se demostraba tragándola. Esta tensión estalló en un célebre encuentro, cuando Shaw le dijo: “Al verte, cualquiera pensaría que una hambruna asola Inglaterra”. Acariciándose el chaleco, Chesterton respondió con la calma de un buda católico: “Y al verte a ti, cualquiera pensaría que yo soy la causa”. Para el novelista de El hombre que fue jueves, el pesimista es un hombre que mira su plato y ve la muerte; el cristiano mira el mismo plato y ve la vida eterna. Inmenso y vibrante, su barriga fue la única refutación que el nihilismo moderno nunca pudo digerir.

Para el ingeniero Carlo Emilio Gadda, la realidad constituía un gnommero —maraña inextricable de causas y efectos— y la cocina su representación comestible. Transformó su neurosis y odio hacia la burguesía lombarda en una prosa barroca donde un plato de comida se analiza con rigor paranoico. Su descripción en Le meraviglie d’Italia (1939) del risotto alla milanese encarna un delirio arquitectónico: exige que el arroz (“el Oryza sativa”) retenga su individualidad granítica en medio de la “aglutinación” del caldo, y trata el azafrán como un polvo alquímico capaz de transmutar la materia inerte en oro digestivo. Gadda sublimaba su rabia en la sintaxis, por lo que acumulaba adjetivos y tecnicismos sobre el plato para intentar controlar el caos del mundo, sabiendo que la digestión —como la vida— deviene proceso oscuro, inexorablemente condenado a la entropía.

Cumplidos los cincuenta, apenas podía moverse de su sillón en la calle Trocadero, anclado por un asma sibilante y una obesidad mitológica. Para José Lezama Lima, la respiración era el metrónomo que indicaba donde colocar las comas; y la deglución, una poética. En su sistema, la despensa y la biblioteca eran vasos comunicantes. Leía con el paladar y masticaba con la sintaxis. Paradiso se erige como un menú verbal donde la cocina criolla alcanza categoría teológica: un pavo relleno o una crema helada de coco y piña que “la viejita Marie Brizard, [rocía] con su anisete” se describen con igual detalle barroco que la arquitectura sagrada de una catedral. Comía con la misma ansiedad acumulativa con la que adjetivaba, sufriendo un horror vacui que lo obligaba a llenar tanto la página como el estómago. Su gula fisio-verbal no conocía la veda. Consciente de esta desmesura, trazó su propio linaje gástrico con una sentencia lapidaria: “Hugo, los tiburones y yo”. Cuando le preguntaban por qué nunca viajaba, respondía que no necesitaba ir a ninguna parte, porque su cuerpo era ya un continente por explorar. En sus últimos años estuvo cercado por las penurias y el racionamiento revolucionarios, viéndose obligado a mantener su inmensidad histórica ante el plato vacío: siguió engordando a base de metáforas mientras la despensa real se evaporaba “en el tokonoma”.

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