Cuando Lérida se bajó del tren de Cienfuegos, en vez de venir a saludarme, siguió de largo hasta el coche del expreso. Uno de los hombres se lanzó al andén y le bajó un pequeño mueble. Entonces ella me hizo señas para que la ayudara. Después de darme muchos besos, me dijo que aquel estante era para mí.
El salón de la Hermandad Ferroviaria de la estación de Cienfuegos Carga lo convirtieron en oficinas. Entre los muebles que fueron desechados estaba aquel pequeño estante. Lérida se lo pidió a Bernardo Zamora, su jefe, y me lo trajo de regalo. “Aquí tienes tu primer librero”, me dijo.
Alguien había probado varios cuños en él. Aunque algunos ya estaban ilegibles, todavía se distinguían los de Sagua, Cifuentes y Encrucijada. Era tan viejo que tenía cuatro chapas: Cuban Central, Unidos de La Habana, Occidentales y Ferrocarriles de Cuba. Según Aurelio, podía tener más de sesenta años.
“¿Quién sabe por cuántas estaciones ha pasado?”, dijo. Al principio no le gustó mucho la idea de que dividiéramos los libros de la casa. “Prefiero que todos estén en un mismo lugar”, explicó. Pero, como Atlántida y Lérida me apoyaron, se dio por vencido. Empecé a organizarlos.
Primero coloqué los libros de Julio Verne y Emilio Salgari, que eran los autores de los que más tenía. Luego puse los de Mark Twain, Robert Louis Stevenson, Jack London, Alejandro Dumas, Walter Scott, Charles Dickens, Ray Bradbury, James Fenimore Cooper, René Guillot y Washington Irving, entre muchos otros.
Atlántida me trajo el plumero para que los sacudiera bien. A muchos, antes de colocarlos, los hojeé. Busqué mis ilustraciones preferidas y releí algunos finales. Entonces me di cuenta de todos los lugares que me resultaban conocidos por aquellos libros.
Como el boletinero de Aurelio, mi librero estaba lleno de destinos y de viajes. Lo mismo se podía andar cinco semanas en globo que ir al centro de la tierra. También se podía navegar 800 leguas por el Amazonas o 20.000 por las profundidades de los océanos.
Cuando el maestro Gustavo nos habló del mar de Malasia, ya yo me lo sabía de memoria. Me lo había aprendido navegando con Sandokán, Yáñez, Tremal-Naik y Kammammuri, mientras reconquistaban Mompracem. Lo mismo me ocurrió con el Caribe, que me lo aprendí junto al Corsario Negro.
Aurelio nunca iba a mi cuarto, pero ese día, antes de sacar su sillón para el andén y ponerse a leer, pasó a ver el librero. Lo revisó de punta a cabo. Luego me dijo que me podía dar algunos libros que Lérida le había traído a él, pero que sabía que me gustaban mucho.
Mencionó Las mil y una noches, los cuentos de O. Henry y, por supuesto, Winesburg, Ohio. Antes de meterme dentro del mosquitero volví a revisar el librero. Cambié el orden en algunos libros de Verne y Salgari. Puse primero los que más me gustaban.
Dejé un espacio para O. Henry después de Ray Bradbury. Descubrí que a Las aventuras de Nadasabe y sus amigos, de Nikolái Nósov, se lo estaban comiendo las trazas. A La esfinge de los hielos, de Verne, se le había desprendido la hoja del mapa del Polo Sur.
Al otro día volví a reorganizarlos, esta vez por su fecha de publicación. El libro más viejo que tenía era El hombre ilustrado de Ray Bradbury. Había sido impreso en 1967. Tenía la misma edad que yo. El más nuevo era La expedición del pirata, de Jack London. Lo habían terminado de imprimir apenas cuatro meses atrás.
Aquel pequeño mueble que me había traído Lérida se convirtió a partir de ese viernes en mi lugar preferido de la casa. Dejé de ir a sentarme junto a Aurelio en el andén y preferí leer allí mismo, acostado en el piso o sentado en el viejo banquito de ordeñar que mi abuelo acabó regalándome.
Cada vez que me traía un libro nuevo de Cienfuegos, me pasaba un largo rato buscándole su lugar exacto. Luego me quedaba revisando los otros, para asegurarme de que también estuvieran donde les correspondía. Cada cierto tiempo, los hojeaba en busca de trazas, a las cuales aplastaba sin piedad.
Antes, consideraba incluso a los andenes como parte del lugar donde yo vivía. Pero después de la llegada del librero todo se redujo considerablemente. Aquel pequeño mueble era ahora mi territorio y para su defensa contaba con los hombres más valientes que había conocido en mi vida.
Uno de ellos, dicho sea de paso, se mantenía alerta a mi lado. Era la noche del 20 de diciembre de 1849 y un violentísimo huracán azotaba la isla de Mompracem, en el mar de Malasia. Una gran bandera roja, con la cabeza de un tigre en el centro, ondeaba detrás de nosotros.
[Capítulo de la novela Atlántida, Libros del Fogonero, 2024]




