El ojo punzante de Damaris Betancourt

Parece que todo fue un cruzar las puertas hacia un infierno tropical. La fotógrafa cubana Damaris Betancourt abrió con su lente un abanico de cuerpos resquebrajados por el maltrato de los días. El camino pedregoso de la gente podía estar lo mismo en una postal de turismo que en un mural de roñosa vanagloria socialista: era el tristemente célebre hospital psiquiátrico habanero conocido como Mazorra. Lo demás se resume en un flash. Y lo otro… en un diario íntimo escrito(anotado), fotografiado para sí misma. Pasaron 23 años y aquellas imágenes fueron a dar al libro Diez días en Mazorra, que publicara Rialta Ediciones en 2021.

Ya no hay que preguntarse por qué se lee y se escribe sobre fotografía, hace rato que Walter Benjamin le dio explicación al interés por leer las anotaciones que iban quedando de fotógrafo en fotógrafo tras los cartones amarillentos de los retratos heredados.

Sin siquiera jugar el papel de falso conquistador, Betancourt se ladeó en su ruta —intentó reportar la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba en 1998, pero no se lo permitieron siendo una cubana venida de Suiza en plan míralotodo— no todos los intrusos son bendecidos por las autoridades en La Habana. Locos mugrientos y abandonados a su enfermedad. Locos y tristes figuras. Pícaros y encerrados.

Lo traigo a cuento: se trata de mirar y apretar el obturador, conversar con los enfermos y de alguna manera llevarse aquellos rostros con ella. Fue algo que se convirtió en un exorcismo, devueltos sus resultados en esta selección de 100 fotos en blanco y negro.

“Cada mañana, cuando cruzaba la entrada hacia el hospital, sentía tensión y desasosiego, que por suerte se iban aplacando en la medida que pasaba tiempo con los pacientes. Y cada tarde cuando salía, sentía libertad y felicidad”, dijo en una entrevista vía WhatsApp desde Zúrich.

Derrida clasificaba como “artes sin voz” a un cúmulo de experiencias intelectuales entre los que hoy vemos a la fotografía. Pero aquellos encuadres y resultados no necesitaban interpretación o reacción alguna. Se fotografía por fotografiar ¿almacén, catauro, repositorio? El artista sabrá. Para Derrida sería al proceso mismo de la fotografía al que le tocaría salir hacia el espectador. También sería al espectador al que se le encomendaría —por pura obligación— el encargo  [la cursiva va en el discurso de Derrida] de acercarse a eso que un día se convertirá en una obra de arte.  

 

Vivir el proceso

Dice Betancourt que al regresar de Cuba con aquellos negativos, estuvo algo más de un mes “metida en mi laboratorio, primero revelando las películas, imprimiendo los contactos y luego los retratos que más me importaban. Estar en la oscuridad amarillenta del laboratorio desde la mañana hasta la tarde acompañada de estos rostros, fue revivir la experiencia, y se dio sin dudas un hilo afectivo y un sentido de pertenencia hacia ellos a través de sus retratos”.

Damaris venía de la fotografía viva de la calle. Se había llevado consigo la pesadilla del Periodo Especial de los años 90 hundiendo su propia humanidad en barrios como El Fanguito y el Callejón de Andrade. La ruta y el proceso, dice empeñada, es “dar testimonio de una realidad y comprometerse con ella”. Suiza le ha reducido un poco el espacio, confiesa. Pero “Cuba es un tema que ha sido monopolizado durante años por una visión parcializada y desde afuera. Así que paradójicamente he tenido más oportunidades aquí para publicar trabajos hechos en Senegal, Anguilla o Jamaica, que en Cuba”.

Lo de Mazorra es una historia «no retratada». El Hospital Psiquiátrico de La Habana lleva desde 2006 el nombre del comandante de la revolución Bernabé Ordaz, el hombre elegido por Fidel Castro  para dirigir aquel manicomio de mala reputación antes de 1959 y sobre el que pesan acusaciones de torturas físicas y psicológicas contra opositores políticos. Su caso más reciente fue el de la muerte de pacientes, cuyos cuerpos aparecieron amontonados en imágenes divulgadas en 2010… hace 15 años. Cuba es una historia no retratada en toda su extensión.

“Ciertamente logré tener acceso a un poco más que la simple postal. Pero por más que jugué a ser ingenua e insistí en llegar a los lugares más sombríos, no lo conseguí: aquellos siniestros pabellones donde los pacientes no sonríen ni hacen payasadas, donde pasan las secuelas de las sesiones de (terapia) electroshocks o donde presuntamente torturan a disidentes y a no disidentes, como la sala penal Pedro Carbó Serviá”, escribe ella misma en la nota introductoria al libro.

Como apostilla, el poeta, ensayista y editor del libro, Carlos Aguilera, resume en “Mazorra: un epílogo” un concepto similar a lo que Derrida denomina como “un objeto silencioso” al comparar la psiquiatría a un “dispositivo de Estado”.

Por muy manido que parezca, hay algo anotado por Roland Barthes que siempre salta como una pedrada en el ojo. No hay policía transnacional que lo pueda arrinconar. “La fotografía es más que una prueba: no muestra tan solo que ha sido, sino que también y ante todo demuestra que ha sido”. Lo perturbador puede ser que ahora las circunstancias fotografiadas por DB demuestran  que Mazorra sigue erguida en todo su esplendor de ahogo y maldad, usada como un “dispositivo de Estado”.

Ahí están las fotos de Damaris Betancourt sobre Mazorra. 

 


Fotografías de portada e interiores: Damaris Betancourt.

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