El problema político de la homosexualidad

En todas las referencias hacia las sociedades clásicas hay notas sobre la homosexualidad, no todas problemáticas; sí críticas sobre comportamientos específicos que tienden a desestabilizar la estructura social, y en ello el orden político. Eso no es gratuito. En el caso chino, por ejemplo, el ideal confuciano era el hombre moderado, grave y contenido, porque este modelo, correspondiente con la corrección ritual del protocolo, garantizaba el orden político mismo.

En ese mismo sentido, la suavidad exagerada, el exceso cosmético o el amaneramiento se asociaban a la decadencia. Esta no era gratuita, sino que provenía de la corrupción cortesana como un exceso de energía Yin y, por tanto, de desequilibrio. Esto no significaba automáticamente una condena de la conducta sexual, sino del mundo (energía) asociado a esta; y muchas veces era una crítica más propiamente política o ética que sexual por las consecuencias sobre el orden.

En la misma China hay abundantes registros de relaciones eróticas entre hombres, especialmente en la élite. Los dos ejemplos más famosos son la pasión del «melocotón mordido» y el «corte de la manga», que aluden a episodios concretos. Sin embargo, en ninguno de estos casos la historia se presenta como un escándalo sexual, sino estrictamente político, en tanto se refieren a la debilidad de la figura de autoridad y la influencia del favorito como riesgo directo para el orden.

Es decir, el problema ahí es siempre el poder y no el deseo, con épocas incluso en que el ideal masculino era delicado; como en la dinastía Tang, que —bajo el emperador Xuanzong— podía celebrar lo andrógino como elegante. Como contraste, en momentos de mayor rigor confuciano, los hombres excesivamente suaves eran señal de decadencia, pero apuntando al desequilibrio cósmico (Yin-Yang), no al acto específico, que no era problemático de por sí.

Aun así, incluso entonces, no existía una persecución sistemática como en algunos contextos medievales europeos; y un funcionario podía tener esposa, hijos, concubinas, así como favoritos masculinos, sin que eso definiera quién era. La estigmatización fuerte aparece cuando la conducta afecta la jerarquía familiar, la reproducción y la estabilidad política, que es el mismo patrón que se observa en Roma, y más relajado pero aún presente en la Grecia clásica y Egipto.

Pareciera entonces que el problema surge con el judaísmo, en que la religión legisla el comportamiento homosexual; de modo que hasta ese momento, al no ser especialmente problemático, la sociedad no podía imponerlo. Habría sido con la racionalización extrema de la estructura política, y como parte de su determinismo, que esto se racionaliza sobre la base de su necesidad aparente en la coherencia ética, que es lo que regula a la sociedad en general.

China, como siempre, es distinta, ya que la estructura política siempre estuvo sobrepuesta a la función religiosa; como sobreestructural y no subestructural, que es lo que se distorsiona en el caso específico de Occidente por la función de esta. Entiéndase que lo sub o sobreestructural es la función, porque las subestructuras mismas son subordinadas; lo que es importante en tanto la función es una proyección formal de la subestructura y no la subestructura misma. No tener esto claro introduce el error de Engels de postular a la religión como sobreestructural por esa función suya, lo que la sobrepondría —en tanto política— a la estructura cultural en el determinismo político que distorsiona todo.

Lo que cambia es su pretensión judía de salvaguardar el orden de toda amenaza, no solo de su interrupción efectiva; con la coherencia objetiva a partir de la identidad, asegurada en la ética sagrada del dimorfismo, ya como orden político. El elemento clave aquí es la racionalización de la estructura política, que llega a extremos cosmo-epistemológicos; de hecho, el caso judío lo presenta paradójicamente como un proceso de secularización singular, no de sacralización.

Aquí, y primero, se trata de una secularización porque el liderazgo religioso surge del político y no a la inversa. Lo que lo hace sin dudas paradójico, pero solo en tanto la paradoja responde a una contradicción aparente, resuelta por sus determinaciones propias, que no siempre son percibidas o comprensibles en esa función determinante. Entre estas determinaciones estaría la dimensión —relativamente pequeña— del pueblo como fenómeno cultural, que permite esa hiperregulación, incluso por su separación bajo principios formalmente artificiales como razón aparente.

Curiosamente, en el África tribal hay también un fuerte prejuicio antihomosexual de principio, propio de la cultura, que aunque no conlleva consecuencias legales sí las tiene sociales, incluyendo el castigo físico y la exclusión. Sin embargo, aunque se trata de sociedades muy extensas, son efectivamente fragmentadas por la unidad tribal, con esa vigilancia corriendo de asociaciones seculares legitimadas por la religión y no por la religión misma; reproduciendo parcialmente la dinámica judía, no ya tardíamente como el postexilio judío, sino en sus principios mismos.

Eso puede haber funcionado indirectamente en el caso del Congo, en su resincronización religiosa como católico; pero volviendo al problema sexual, el dimorfismo deviene normativo en la cultura en su reflejo de la naturaleza. Esta es la acción propia de la cultura al reproducir como determinaciones formales las del orden termodinámico; en un principio, por tanto, morfodinámico, que solo se expresa políticamente como contradicción a la Modernidad.

Hasta entonces, ninguna cultura tenía una relación problemática con la sexualidad al punto de tener que racionalizarla, como en las contradicciones postmodernas de la Modernidad en que su racionalización la resuelve como identidad. Como esta, otras contradicciones establecen la naturaleza epistemológica —no real— de estas contradicciones; bien sea la necesidad académica de interdisciplinariedad, que resuelve un problema artificial, o la interseccionalidad. En todos los casos el problema es abstracto, en la incapacidad epistemológica de lidiar con la singularidad individual, que por su propia suficiencia fenoménica tiene en sí esa capacidad para realizarse políticamente en tanto real en sí mismo.


Imagen: Retrato funerario del siglo II que representa a dos hombres del culto a Antinoo. Pintura al temple sobre tabla, actualmente en el Museo Egipcio.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio