Porque.
¿Tiene sentido, después de Hölderlin, Novalis, Lira y Ángel Escobar, insistir en separar a poetas de pacientes y/o reclusos de pabellones? ¿No-era que son uno, lo-alógeno y lo mismo? ¿No constituye lo patológico en un creador otra de las aristas —subterránea en lo pasivo, cáustica en las crisis— y nutrientes de una idéntica ficción: su producción de arte? (1)
¿No son poesía, trance místico y patología, estados alterados de la conciencia? ¿No requieren y aumentan la flexibilidad cognitiva que [se] produce [en] el cerebro al traducir lo subjetivo, lo irreal? Frente a la erosión del mundo, expresión artística, catarsis mística y diálogo esquizo ¿son ejercicios autónomos o están interconectados?
Y (en contraste):
¿No es la sociedad (espejo y matriz de una cultura) quien decide qué se llama “arte”, qué se llama “revelación” y qué se llama “psicopatología”? ¿No son arte, locura y visión mística, zonas de un mismo movimiento, el que anula los territorios identitarios establecidos?
Si, como en la literatura post romántica, el “yo” de la locura es espurio, una invención, una falsificación, ¿no es en esencia performático? Y, si es la imaginación una forma rigurosa —aunque inconsciente— de conocimiento, ¿no sería acaso la locura su non plus ultra, su higher stage, —fecunda (también) en su implementación del mal, en el daño que causa al cuerpo y al sujeto?
Un pensamiento de Foucault, formulado en base a la razón, podría aplicarse a lo artístico y sus procedimientos inefables, a partir de una paráfrasis tardía, aunque no menos útil. A la locura, por tanto, ¿“dónde situarla, por cierto, si no en la” poesía “misma, como una de sus formas y quizás uno de sus recursos?” De donde la primera “es un momento duro pero esencial en la labor de la” segunda. “A través de aquella, y aun en sus victorias aparentes, la” poesía “se manifiesta y triunfa. La locura sólo era, para ella, su fuerza viva y secreta.” (2)
Hay sin dudas una creatividad basal, siniestramente poética en su performance. Por el modo (y resultado nocivo, aun fatal) de desplegarse, de posicionarse en el sujeto. Remite, o imitaría de algún modo (desde su antípoda: aquel asombro feliz que origina la productividad del texto) el movimiento, las ubicaciones del lenguaje dentro de la página. Aunque se originen ambas en lo que el “yo” (erróneamente) llama conciencia, ¿tienen ambas (Poesía y Locura) lugar en el mismo sitio del cerebro? ¿O quizás en aquella hendidura, espacio fronterizo donde se producen las interacciones neuronales entre tálamo y corteza? Me arriesgaría a otra pregunta: La fijeza de la Locura y la Poesía aparecerían, se asentarían en el cerebro ¿aunque no sus causas?
Ciertamente no sabría responder, doy palos de ciego a una piñata llena de avispas.
La enfermedad como literatura y como camino del arte, es tópico multirreferido, agua vieja bajo el puente. Pese a todo, no se insistirá demasiado en otra exactitud (también histórica): Los pabellones psiquiátricos del mundo están llenos de locos. Pero ninguno de esos locos es (fue) Nietzsche, Van Gogh, Rodrigo Lira, Jaco Pastorius o Ángel Escobar. Creadores de un arte más lúcido que ellos mismos. Un arte que desmantela y, de algún modo, define el siglo oscuro en que les tocó vivir. Virtuosos, quienes, librando una encarnizada y monumental batalla contra los muelles y tenazas de la bipolaridad o la esquizofrenia, fueron capaces de referirnos el mundo sin maquillaje. Con excelencia estética y dominio de aquel material (siempre) maleable y difícil que es la composición, la producción de arte.
Esa ojiva, el lugar de la enfermedad (mental) adviene. Se instala —desafortunadamente — en el sujeto. Allí se robustece. Crea, sedimenta un dolor que grita sin que se le oiga, que encona y (lo) derrumba. Borra el lugar que-antes-estaba, y se instituye. Esta zanja, o senda, es siempre indescriptible: nos deja mudos. Sin embargo, en los grandes virtuosos ese lugar (del pensamiento-otro, del triunfo del No) «emite» una secuela, una marca transcendente, un balbucir que no termina. Baste con leer un párrafo de Virginia Wolf, Abuso de confianza de Ángel escobar; o pararnos frente a los demonios de Mijaíl Vrúbel.
También se siente, aquel fogonazo, aquella destrucción que salva (3), al frecuentar los mejores textos de Juan Carlos Flores.
(…)
Escritora esquizotímida/ con tendencia al suicidio/ no soportando el simulacro de vida/ que le ha tocado roer/ encerrada dentro de caja negra/ día tras día escribe/ si lo escrito le parece mal/ mala mercadería/ fuma/ se acuesta/ se deprime/ mira al techo—
Apolítica, dice, pero paga su peaje
(unas veces soy César Vallejo, el mutilado de todas las guerras, que la visita en su casa. Otras, una piedra común que ella usa de pisapapeles) (4)
Notas
- En su angustiosa visita al Hospital de Santa Ana, donde su protegido Tasso se hallaba recluido por orden del Duque Alfonso, y tras contemplar el estado alucinatorio del gran poeta, Montaigne —comentado por Foucault— exclama: «¿Quién no sabe cuán imperceptible es la vecindad entre la locura con las gallardas elevaciones de un espíritu libre, y los efectos de una virtud suprema y extraordinaria?» Pero hay allí objeto de una admiración paradójica (explica Foucault.) Un signo es que, de esta misma locura, la razón obtuviera sus recursos más extraños. Si Tasso, «uno de los poetas italianos más juiciosos, ingeniosos y formados al aire libre de esta poesía pura y antigua que jamás hayan sido», se encuentra ahora en «estado tan lamentable, sobreviviéndose a sí mismo», ¿no lo debe a «esta su vivacidad asesina, a esta claridad que lo ha cegado”. A una “aprehensión exacta y tierna” de las cosas, debe el poeta su escritura y su locura. Y es esta la palabra exacta que he estado buscando desde el inicio de esta miniatura. Como una “condición prexistente” (sic)en el ser sensible. De modo que donde dije Locura debió antecederla aquella “aprehensión exacta” de toda realidad, la del texto mismo. // Véase Michel Foucault, Historia de la locura en la época clásica I, Traducción: Juan José Utrilla, Breviarios: Fondo de Cultura Económica, D.F., México, 1967, p. 35.
- Para una captura integra del texto original, léase en Michel Foucault, opus cit., capítulo I “Stultifera Navis”, fragmento al final del primer párrafo, p. 35.
- La del Arte a través de la Locura.
- “Retrato de una (otra) dama”, Juan Carlos Flores, Distintos modos de cavar un túnel, Ediciones Unión, 2003. Cito por Un hombre de la clase muerta, Antología poética (1986-2006), Torre de Letras, La Habana, Cuba, 2007, p.71.
Imagen (portada): Orbitoclast (el “picahielos”) utensilio diseñado en 1948 por Walter Freeman para la lobotomía transorbital.
Según sus propias palabras, los pacientes entraban en “un estado de infancia inducida quirúrgicamente”.
Procedimiento: El “picahielos” se introducía por la cuenca del ojo y se golpeaba con un martillo hasta atravesar el hueso orbital. Finalmente, se movía dentro del cerebro para seccionar conexiones frontales. Las prácticas del notorio psiquiatra, conocido como el “carnicero” de Philadelphia, fueron suspendidas tras la muerte por perforación de Helen Mortensen, una de sus pacientes. En 1960, le fueron revocados los privilegios quirúrgicos. Freeman realizó más de 35.000 lobotomías (1930-1960). La mayoría de sus víctimas fueron mujeres.




