Ensayo de carne y hueso (3)

¿Surrealismo o estructuralismo avant la lettre? Sobre los dos montantes verticales, un travesaño llamado chapeau sostiene a la cuchilla. Burla manifiesta: justo antes de perder la cabeza, los condenados tenían ese sombrero; al perderla, todavía lo tenían. Chapeau!  Poco que ver con Stonehenge este dolmen; caricaturiza, aun antes de iniciar su faena, y desde el andamiaje mismo, a las modas que por odio a la cuchilla la parodian.

El pesado filo con sombrero se popularizó. Tanto que al fanatismo del patíbulo correspondió una poesía del terror. Entre la violencia y las formas sociales o estéticas, versos cómplices en este caso, surgieron eslabones siameses. Tan insólito como patético y frívolo, un corte relaciona las guillotinas que decapitaron a cientos de hombres y mujeres con las tijeras de los barberos y peluqueros de Francia, sobre todo los de París, perenne cuna de las modas. Jóvenes dandis, lo cuenta Chateaubriand en sus Memorias de ultratumba, donde los llama, como Napoleón, petimetres y atildados, se peinaban a la moda de las cabezas cortadas.

La revolución fue una dramática moda política que impuso modas sociales a sus partidarios y opositores. Las griterías exigiendo sangre; las contumelias para dar a los condenados una atroz bienvenida a la ciudad y acompañarlos con acelerados insultos hasta el patíbulo; la celebración de la muerte y de las cabezas exhibidas en la punta de las lanzas, caracterizaron la liturgia del terror, sobre todo para las femmes cannibales, mujeres enardecidas por la violencia. La contraparte, horrorizada, también se esmeró en manifestar su rechazo al terror ostentando modas provocadas por el terror. Algunas mujeres imitaban a las guillotinadas, estrenando un peinado más corto, precisamente llamado coiffure à la victime. Eso a pesar de la melenuda ironía: Sanson ni siquiera contaba con alguna Dalila que lo trasquilara.

Aunque odiar y parodiar no comparten el mismo ADN, otra curiosa relación entre la violencia y las formas sugiere un parecido. Hay una vestimenta chic derivada de la guillotina. En el medio aristocrático parisino las llamadas incroyables  o merveilleuses, para distanciarse de los fanáticos de la muerte, vestían como las víctimas que padecían encarcelamiento o ejecución. No solo lucían al vestirse la ropa interior que parientes o amistades eran obligados a usar tras las rejas, también dejaban de usar tacones, incluso andaban descalzas, como algunas condenadas que así subían al patíbulo.

El arte se implica en la violencia, multiplicándola a través del recién inaugurado Museo de cera de Madame Tussaud, que sirvió de noticiero y espectáculo para el mundo de la monda, exponiendo efigies de los sucesivos héroes de la revolución, pero retirándolas en cuanto los supuestos adalides caían en desgracia. Durante aquellos días de liquidaciones, como en las actuales ofertas del consumismo —ventas con ventosas—, mondar era la moda: hipotéticos, provisionales y desprovistos de mármol, los héroes cuyas cabezas eran entregadas como telegramas al museo de lo inmediato se convertían —al comienzo vale el doble sentido de la palabra— en imágenes realistas de la sangrienta artesanía de Sanson.

La moda se inmiscuye en la práctica y en la teoría. Hasta la medicina, dicho en sus propios términos, la padece; la teoría literaria también. Siempre he sentido, como dilatada consecuencia de la moda del tajo, la desaparición del biografismo en la crítica, que reducía las obras al yo del autor. Se desentrañaba lo escrito y leído en las circunstancias de lo vivido. Se aplicaba anticipadamente aquello orteguiano de Yo soy yo y mis circunstancias, fijando las observaciones en lo culto y hasta en lo oculto del autor revelado en la palabra, dando un supuesto y mecánico causalismo a la novela y el poema, que examinados con la lupa de los hechos o los anhelos de vidas ya no tan ajenas, resultaban ser concretamente Gustave Flaubert o Walt Whitman. La crítica biográfica cedió al autismo. El autor devino en texto y el texto en textualidad. La normada abstracción representaba una decapitación del autor. Una desautorización del autor.

La novela y el poema no son espejos. Los lectores no deben aprovechar la lectura para acontecer como imágenes en el azogue ajeno. Tampoco la escritura es el mero acontecer del autor, la imagen que por muy fugaz que sea, y aunque proyectada en un borroso espejo como el de las Meninas, debe ser captada, revelada, para que se haga real el encuentro del lector y el autor.

A pesar de ser tan ignorante como distraído, y acaso por lo mismo, desde hace siglos he vinculado la desautorización del autor al terror del 93. Por algo son tan franceses ambos borrones. Descarto el biografismo. Sin embargo, mantengo que la desubjetivación no se debe imponer. La experiencia de quien escribe y la de quien lee no se pueden soslayar; vitales, complejas, sociales por muy personales que sean, y personales por muy sociales que sean, y aunque elusivas y hasta paradójicas, siguen siendo determinantes.

♣♣♣

En la luz reflejada por cuatro espejos simétricamente colocados vi mi ausencia y supe que no era Narciso. El ejercicio de catóptrica de Robert Morris en la Galería Sonnabend de Nueva York me había borrado la imagen y la mirada. Traté de describir la desconcertante experiencia en «Robert Morris: espejismo, especulación (un pequeño monumento a la mirada)», ensayo recogido en Superficies.

Soy mi ausencia. Falto al estar. Falto para estar.

En todo lo que hago, como escritor y lector, hay subjetividad, hay yo, hay Octavio y por lo tanto hay ausencia.

Hace más de una década, en una entrevista que me hizo Johan Gotera, resumí como punto de fuga este punto de vista:

En Francia la teoría literaria ha servido como sucedánea de la guillotina para descabezar a los autores. Para acercar el estudio de las letras al de los números, para fundar una ciencia, había que fundir la subjetividad, negar su caos insondable, su azogue. Un J’accuse sin Zola contra el yo, como si la soledad de la primera persona no bastara. Eso degeneró en evidentes contradicciones. Así como el poder en manos de marxista-leninistas de toda índole, desde lo castrista a lo maoísta, ha desempolvado al régimen dinástico, haciendo luises versallescos a fieles raúles y fidelísimos kims, desde Tel Quel y tal cual cátedra, los teóricos autoritarios han decapitado para capitanear, campeando cada vez más libres gracias a las camisas de fuerza que inventan para otros, y sustituyendo con su pontificia autoridad a los otrora autores. La teoría es la verdadera ficción de nuestra época. Catedral argótica, novela de escasa subjetividad pero contada desde adentro, radiográficamente, con una trama de terminologías que desfilan como en pasarelas de Chanel y Saint Laurent, meteoriza a las obras. Las pulveriza. Los tomos son átomos. Yo no me cuento entre quienes creen que la obra sobra. Al contrario, meteórico, y nada teórico, siento que es urgente meteorizar a la teoría.

No menos impresionante, aunque de efecto más difuso y dilatado, si remontamos el causalismo de la violencia dinamizadora de formas hasta la revolución de gala como preámbulo de nuestros días, el vínculo nada difícil de imaginar entre los lienzos rasgados de Fontana y la generalizada moda de bluejeans cortados, agujereados, zajados, ajados, que por increíble que parezca cuestan más, mucho más, que los que no han padecido el elegantísimo ultraje.

 


Imagen: Isle of the Dead  (1880), de Arnold Böcklin. Museo de Arte de Basilea.

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