Hoy se deshace el espectro político, dialéctico y circular que animaba las democracias occidentales después de la Segunda Guerra Mundial y que garantizaba un paréntesis discursivo para gestionar las crisis, por graves que estas fueran: la disputa entre izquierdas y derechas.
Y no se deshace para dar paso a un “nuevo orden”, pues la fantasía liberal de Francis Fukuyama¹ era una publicidad académica para moralizar un capitalismo global que estaba destinado a tender puentes desde la Reserva Federal hasta China, manteniendo las disputas ideológicas que el politólogo estadounidense advertía finalizadas entre izquierdas y derechas como un sustrato embalsamado en la vitrina del flamante mercado, que en términos hegelianos sería una especie de nuevo Geist, un espíritu universal. Ni una cosa ni la otra. Ni la historia llegaba a su fin ni la democracia liberal y su “libre mercado” diluían la dinámica del poder occidental, que es en parte la persistencia de un modelo centrípeto; léase, la reformulación cíclica del Imperio Romano.
Cuando se habla de Imperio, de forma automática saltan las alarmas morales que tienen en el ámbito académico lugares comunes de pensamiento que son, a la par de superficiales, muy, pero muy redituables. No vamos a profundizar aquí en la conceptualización del Imperio como categoría político-organizativa, pues además de conflictiva está muy viciada por la falsa ideologización que Lenin² hizo del concepto, transformando Imperio en “imperialismo”, es decir, una mezcla de moral partidista, falseamiento de la historia y demonización del capital. Pero sí valdría fijar un par de elementos característicos del Imperio para comprender la actualidad política de Occidente.
Es decir, cuando hablamos de Imperio referimos un poder político ejercido sobre una amplia extensión territorial, y esta hegemonía puede fluctuar entre la supremacía económica, militar o la influencia cultural o, en general, una mezcla orgánica de estas características, lo que redunda en periodos de rápida expansión y estabilidad si dicha influencia sabe integrar los espacios conquistados preservando ciertos influjos identitarios. El ejemplo por antonomasia: Roma.
No han sido formaciones angélicas; ninguna organización humana y política lo ha sido. Y, por supuesto, la violencia es un medio usado en la medida en que la extracción es más o menos agresiva, caracterizada en ejemplos históricos como un imperio de explotación comercial (Imperio Británico) o un imperio creador de civilización y mixtura estable (Imperio Español). Enunciadas estas características, en extremo simplificadoras por extensión, vayamos al punto.
GEOPOLITICA O LAS FRONTERAS INVISIBLES DEL PODER REAL
Aunque Halford John Mackinder no haya sido el creador del término geopolítica, su Teoría del Heartland o “área pivote” representa una de las síntesis más gráficas e interesantes del uso político de la geografía; no por gusto sus nociones sobre Eurasia fueron utilizadas luego por geoestrategas, consejeros del gobierno de Estados Unidos, como Zbigniew Brzezinski. La geopolítica no prescribe una acción moral en función del uso político de la geografía, sino que describe y establece los límites geográficos de los incentivos económicos, territoriales y políticos que mueven al poder real; aquel que tiene la capacidad de coacción violenta para imponer sus contenidos estructurales y su “visión de mundo”³.
Las ideologías políticas son empaques ilusorios, discursividades de entretenimiento que generalmente dificultan el acceso crítico a los movimientos reales del poder financiero y político, que suele gravitar por debajo de las grandes proclamas ideológicas, removiendo designaciones nominales, pero preservando operaciones estructurales permanentes.
La modernidad política y su secularización permitieron tamizar el proceso de debilitamiento imperial haciendo del Estado-nación un nuevo vehículo de administración hacia el siglo XVIII, aunque la soberanía procedente de los Acuerdos de Westfalia fuera un referente histórico. La Revolución francesa, a su vez, proyecta un arquetipo político novedoso: la intención de proyección universalista desde la singularidad de un territorio legitimado desde un nuevo nicho político-ideológico, “lo nacional”. Pero aun así, la identidad del imperio no se borra; las naciones se acoplan en sus restos y asumen sus imaginarios de prestigio y proyección histórica.
La centralización napoleónica, aun sin la permanencia contada en siglos para generar una forma estable de imperio en el tiempo, reactiva la conducta imperial, y el posterior sistema interestatal conducido tras las guerras napoleónicas por la prevalencia financiera de Londres como centro articulador de dominio económico e influencia política persiste en un modelo que implica, también, una lógica imperial que derivará luego en una reducción territorial proyectada sobre una aceleración mercantil y extractiva: el colonialismo.
La balcanización de Hispanoamérica, paradójicamente, empuja la emergencia del gran hegemón que asume el tránsito histórico del ciclo imperial, el translatio imperii: Estados Unidos de Norteamérica.
Hasta aquí, y a vuelo de pájaro, se ha tratado de evidenciar la persistencia del modelo imperial que impide los vacíos de poder y que se constituye por su prestigio en el tiempo y su herencia cultural, a través del Imperio romano resucitado históricamente por los francos, los germanos, la cristiandad como ethos cultural y los diseños de unidad europea dinamitados por el protestantismo, pero prevalecientes en el tiempo. La geopolítica no hace más que transitar estas líneas históricas y espaciales para develar los grandes núcleos de poder que subyacen y a los que no se puede acceder críticamente desde el maniqueísmo y la emocionalidad sin errar en el intento.
MALESTAR IMPERIAL
El 3 de enero el dictador venezolano Nicolás Maduro fue extraído en una operación profiláctica realizada por el ejército de Estados Unidos. Un régimen, el chavismo, protototalitario, con 28 años de duración, animado y organizado por el régimen totalitario que impera desde hace 67 años en Cuba: el castrismo. Este hecho evidencia un movimiento geopolítico de remarcación imperial en el que Estados Unidos se repliega para rearticularse; entiéndase, una fase de declive provocada por la erosión económica resultante de un insistente endeudamiento elefantiásico, nacido del desmontaje industrial para dar rienda suelta a la expansión crediticia y transferir la cadena de suministros a una China que, con su modelo —al parecer ininteligible para los occidentales—, ha erigido un sistema de imperialismo económico de bajo grado, pero persistente y efectivo: Made in China. Por ello, una reafirmación de fronteras de poder regional hace que Estados Unidos remarque el músculo militar y extractivo para sostener una estructura hegemónica erosionada por el tiempo histórico.
Ante esto, izquierdas y derechas demuestran su total agotamiento, expresado en la incomprensión de este movimiento geopolítico que manifiesta el pragmatismo de una entidad imperial que busca su permanencia.
Ante este hecho, y por la rancia tozudez ideológica de la Guerra Fría, la izquierda azuza el monigote ideológico facturado por Lenin: el imperialismo, como habíamos apuntado. Como si se hubiera fracturado esa ilusoria virginidad soberana que la Ilustración francesa imaginó para depositar su “buen salvaje” en este lado del Atlántico. La soberanía y el plexo normativo los diseña quien detenta el monopolio de la fuerza, y si ha de romperlos en función de sus propios intereses, así será: Realpolitik. Una desilusión que nace de un arquetipo de autonomías nacionales desde siempre mediatizadas, cuando las élites criollas, seducidas por los cantos de sirena ilustrados, decidieron destruir la hispanidad para fragmentarla en repúblicas desastrosas que aceleraron la emergencia del hegemón norteño, con lo cual quedó fijado un sentimiento de frustración y desarraigo en las élites hispanoamericanas respecto a su posición histórica. Las izquierdas anidan en ese resentimiento característico de los pueblos que gravitan en la órbita de otros más poderosos.
Las derechas, por su parte, entonan gritos libertarios y vociferan la superioridad de un liberalismo de salón que tiene en Javier Milei el triunfo histórico de un paradigma que no es más que la mercadotecnia de una libertad económica incapaz de hacer otra cosa que ampliar el foso de la deuda crónica vía FMI-FED, hipotecando el corto plazo de las sociedades. Cuando el problema es estructural, las explicaciones ideológicas solo sirven para adornar triunfalismos frágiles.
El “malestar imperial” recorre el hemisferio avivando los prejuicios mutuos que quedaron fijados a finales del siglo XIX entre las élites anglosajonas e hispanas, cuando un imperio murió y otro tomó su lugar. No hubo una reflexión de ese tránsito histórico. La hispanidad se culpó y agravó su derrota importando ideologías nocivas que fijaron el colectivismo más rancio de Europa, hoy encarnado en el modelo español. El meteórico ascenso de Estados Unidos concretó, en efecto, un imperio mundial, pero la celeridad lo llevó a descuidar su robustez empresarial a cambio de un crecimiento especulativo desmedido. Hoy el imperio actual se contrae en un movimiento de rearticulación que no piensa en libertad, sino en orden estructural. Esto no debería ser conflictivo si las naciones hispanoamericanas quejosas reflexionaran sobre sus propias culpas y si sus élites políticas corruptas no diezmaran su capacidad para utilizar a su favor el poder del imperio histórico de turno.
Por el momento, el pueblo venezolano tendrá una oportunidad de reconstruir la devastación socialista, mientras el manejo de recursos será ordenado por transnacionales y fondos de inversión. Pero, en vez de lamentarse por una soberanía inexistente por definición, debería aprovechar la oportunidad histórica de enriquecerse nuevamente, porque ese es el único camino hacia la estabilidad y la prosperidad. El “malestar imperial” es la excusa predilecta cuando no se desean asumir las culpas y responsabilidades por las propias calamidades.
Notas
1- Francis Fukuyama, El fin de la Historia y el último hombre, Editorial Planeta, 1992.
2- El término “imperialismo” había sido utilizado antes por John A. Hobson en 1902, pero es Lenin quien le da su uso más ideológico y negativo en la propaganda comunista cuando escribe El imperialismo, fase superior del capitalismo, en 1916.
3- La única revolución mercantil global que no ha desatado un conflicto bélico precedente o posterior en su desarrollo ha sido la globalización comercial china, facilitada por el desgaste occidental derivado de su errancia política y su desmontaje industrial en función de un sistema deudocrático.
Imagen: La batalla de Alejandro en Issos (1528-1529), de Albrecht Altdorfer.




