Inteligencia y Proteo

No parece haber palabra alguna —pues las palabras envejecen mientras los significados se renuevan— que responda con exactitud a aquello que llamaré Inteligencia. No obstante, siendo este espacio demasiado breve para lo que debo decir, no malgastaré ni un ápice en definiciones preliminares. Aquello que entiendo por Inteligencia se hará evidente a través de lo que espero de su presencia y lo que atribuyo a su ausencia. Parto de la premisa de que ya existe, por insuficiente que sea; y deduzco, de sus logros actuales, que su naturaleza consiste en intensificarse y expandirse. Si esto se manifestará en un futuro cercano, o si se verá frenado por circunstancias adversas, no es algo que me incumba ahora. Los escritores se han explayado ya sobre las contingencias políticas y económicas a las que la Inteligencia, o quienes presumiblemente la poseen, parecen estar expuestos.

Si la Inteligencia llegará a convertirse en el arma de una casta dominante —como esperaron Comte, Renan y, en cierto momento, el Sr. H. G. Wells—; o si, como propuso M. Charles Maurras, será honrada con una función subordinada en alguna suerte de Estado Fascista, soy incapaz de juzgarlo. Tampoco tengo la certeza de que la historia haya mostrado, o la teoría económica demostrado, que la Inteligencia pueda ser amedrentada o privada de sustento hasta su extinción. Entretanto, permítaseme confesar que lo que tengo que decir sobre el “Futuro de la Inteligencia” es expresión tanto de mis esperanzas como de mis convicciones; ambas, sin embargo, surgen de una larga experiencia de cambios ya realizados, y de otros que comienzan a gestarse, impulsados por eso particular y quizás bastante moderno que quiero decir con Inteligencia.

Lo que yo quiero decir, y lo que, bajo la restricción de ese significado, me parece a  probable o deseable. Al subrayar estos pronombres personales, logro soslayar la mención de un gran cambio que la Inteligencia ya está iniciando: a saber, el reconocimiento y la confesión de que lo que uno piensa (a diferencia de lo que los manuales, guías y otras autoridades le han enseñado a creer) es —bueno— precisamente lo que uno piensa, y no el consenso de la opinión humana ni la revelación de la verdad irrefragable de la Deidad.

Regresando a la palabra Inteligencia, el significado que le otorgo se volverá más obvio al despejar algunos conceptos erróneos que puedan surgir en el lector. Lo primero: la Inteligencia cuyo futuro me interesa no es la misma cosa que la Intelligentsia. Aquellos de nosotros que pertenecemos a esa clase poseemos, presumiblemente, Inteligencia, ya que vivimos, o intentamos vivir, mediante su ejercicio. Pero no es un monopolio nuestro, ni siempre la empleamos de la manera que responde a mi definición.

Pues vivir de su empleo o para él puede —como se observa a menudo entre hombres de ciencia y filósofos— dar como resultado que su capital de Inteligencia natural se inmovilice en unas pocas empresas de especial valor, dejándoles, como en el notorio caso del Dr. Fausto, apenas un saldo escaso para el uso corriente y el placer. He introducido la palabra placer porque la alegría de su ejercicio variado es una de las características principales de lo que yo entiendo por Inteligencia, fomentando esa agilidad, elasticidad y, por ende, también ubicuidad, que la convierte en factor principal del progreso humano, así como en una de las marcas indiscutibles y recompensas inalienables de la humanidad progresista.

Ahora bien, estas mismas propiedades placenteras, tan a menudo sacrificadas por personas muy estudiosas, convierten a la Inteligencia en la mercancía (complementada con abundantes sucedáneos) de esa otra rama de la Intelligentsia: aquellos que se ganan la vida rebajándose al nivel de sus lectores, aliviando su aburrimiento, empapando sus curtidas pieles de sentimentalismo y avivando la fuliginosa llama de sus pasiones colectivas; pues, ¡ay!, el hombre de letras se siente tentado a servir a su público no meramente como un bufón despreciado, sino como un respetado guía moral.

Así sucede que nosotros, los de la Intelligentsia, no podemos erigirnos como ejemplares perfectos de Inteligencia. Además, nuestra facilidad para la autoexpresión y nuestro hábito de perorar sin freno se combinan para exagerar, estereotipar y deformar nuestras mejores ideas: ¡basta pensar en Carlyle y Ruskin, por no hablar de Tolstói y Nietzsche!

Habiendo establecido hasta ahora lo que no entiendo por Inteligencia, y antes de entrar en la discusión de sus logros futuros, parece oportuno decir una palabra o dos sobre Proteo, a quien este pequeño tratado está consagrado. Es así, lo confieso, en parte porque me atraen los títulos clásicos —Dédalo, Ícaro, Tántalo— de mis predecesores, y también porque, tal como lo describe Virgilio, Proteo es para mí una de las figuras más atractivas de la mitología: «Ille, suae contra non immemor artis, omnia transformat sese in miracula rerum, ignemque, horribilem feram, fluviumque liquentem…».

Pero, de nuevo, debo prevenir otra identificación errónea que probablemente asome en la mente del lector: a saber, la de Proteo con la Inteligencia. Al contrario: Proteo, multiforme y siempre elusivo, representa aquello que la Inteligencia (mejor equipada que el Intelecto especializado para tales cacerías veloces) puede a veces avistar y, por breve que sea el contacto, incluso asir. Proteo, en mi mitología, es el todo misterioso que sabemos que debe existir, pero que no sabemos cómo describir: la Realidad. Pues, sea lo que sea que creamos que es, la Realidad, cuando se revela así parcialmente, nunca es dos veces la misma. Y no meramente debido a lo que llamamos flujo y reflujo, crecimiento y decadencia, o cualesquiera otras fases de transformación individual y racial con las que la biología nos ha familiarizado superficialmente.

Bien puede haber algún panta rhei fuera e independientemente de nuestros pensamientos; de hecho, puede que haya sido al imitar el flujo universal como nuestros propios pensamientos se han vuelto proteicos. Observen, por ejemplo, ese extraño (y bien llamado auxiliar) verbo mediante el cual testimoniamos nuestra creencia en la realidad, esse, ser; el cual contiene en su vacuidad la posibilidad de todas las cualidades y sucesos, e implica en su afirmación de la mera existencia desnuda la seguridad de un cambio continuo: un futuro y un pasado. Pues, siempre que hablamos de lo que llamamos una entidad, su mero nombre —como el nombre del Proteo de Virgilio— es un hechizo que nos hace presenciar aspecto tras aspecto, evaluar relación tras relación, admitir probabilidad tras probabilidad. Y nuestra creencia en la realidad de esa cosa, en que es esa y no otra, significa que ha tenido un pasado cierto, aunque desconocido, y tendrá un futuro más o menos predecible.

En este sentido, la Realidad —el hecho de los aspectos percibidos, recordados y esperados en secuencias y combinaciones regularmente conectadas— eso es lo que quiero decir con Proteo. Quizá Proteo no cambie en absoluto excepto en nuestro estrecho y cambiante campo de visión. Quizá ese multiforme Proteo virgiliano no sea sino una primera y última transformación en ese gran auxiliar esse, ser, que sostiene en su cruda vacuidad todo lo que, para nosotros, son cosas y sucesos. Tal Realidad trascendente y única la dejo para los metafísicos, no sin preguntarme secretamente de dónde —salvo de la experiencia ocasional de este Proteo (para ellos) irreal— sacaron siquiera la idea de pensar en la Realidad.

Así pues, ocupándome en este somero tratado únicamente de esa Realidad (aunque sea espuria) que Proteo representa, solo me queda ahora justificar mi audaz afirmación de que la mera Inteligencia puede tener algún trato privilegiado con ella. Mi base para decir esto es que el intelecto especializado ajusta sus maravillosas lentes sobre un solo —y seleccionado— aspecto de la Realidad; emplea reactivos sutiles que revelan únicamente las propiedades para las cuales han sido diseñados. Más aún, ese mundo de secuencias regulares y predecibles que la ciencia construye es un mapa que nos enseña por dónde girar a la derecha o a la izquierda, pero no es una porción móvil del paisaje por el que nos desplazamos. En cambio, la mera Inteligencia, con su lógica empírica y sus movimientos casi automáticos, puede estar bien facultada, no ciertamente para inventariar y clasificar los elementos de las múltiples encarnaciones de Proteo, sino para mantenernos conscientes de que Proteo está allí, en ese eterno juego suyo: cambiando sus aspectos perpetuamente, se le observe o no; es más, cambiando de aspecto por el hecho mismo de ser observado.

Esto podría sugerir que la Inteligencia nunca descansa; y así es, en efecto. Pero sus movimientos, al ser respuesta a lo que le llega del exterior, son tan ordenados como los caminos del propio exterior, y se organizan en ritmos regulares de identidad y diversidad. Pues Proteo resulta absolutamente inesperado solo para personas como el Aristeo de Virgilio quien, debemos recordar, estaba tan encajonado en su negocio de la fabricación de miel (¡cambien una letra en el original y no alterarán mi sentido!) que era totalmente inconsciente de que su propio comportamiento canallesco había ocasionado la muerte de Eurídice y un evento tan notable como el descenso de Orfeo a los infiernos.

La gente práctica de ese tipo casi siempre se asombra y se consterna al enfrentarse a Proteo; «se habían olvidado…». Ahora bien, la Inteligencia es tanto memoria como percepción; y para ella siempre hay, en las transformaciones que observa, algo familiar que la remite a lo ya presenciado, y hacia adelante, expectante, a algo que podría estar a punto de suceder. Por lo tanto, para la Inteligencia nunca hay mera repetición, como tampoco hay novedad absoluta. Y sus frecuentes dudas están siempre condicionadas por sus creencias habituales.

Eso explica por qué la Inteligencia está tan repleta de prejuicios, como bien saben quienes alguna vez le han pedido que acepte milagros y fantasmas bajo su testimonio o bajo autoridad ajena. Tales personas claman ante la ceguera del escéptico frente a la evidencia, ignorando que dudar e incluso negar forman parte del ritmo activo de la Inteligencia de asir y consentir; un proceso de asimilación y eliminación en el cual lo ya experimentado selecciona aquello que debe ser admitido o rechazado.

Es más, tal acción selectiva se expresa a menudo en las consultas más impertinentes (por ser las más pertinentes), tales como: «¿Y cómo explicaría usted eso?», «¿En qué sentido emplea esa palabra?», etc. Consultas que, en su exasperante diletantismo, probablemente han hecho más que los elaborados argumentos del intelecto especializado para ahuyentar a algunas de las muchas Quimeras, Entidades y Esencias que, como ya observó Rabelais, seguían zumbando in vacuo a través de la resonante espaciosidad de la filosofía y la ciencia, dejando tras de sí solo el zumbido más tenue de las Leyes Históricas y Económicas, las Entelequias, Teleologías y los Elanes Vitales. Fue, supongo yo, la Inteligencia la que primero se mofó, en la obra de Molière, de la Virtus Dormitiva del opio.

Llegados a este punto, debe abrirse un paréntesis a cuenta de un lector que pregunta, no sin impertinencia, si aquello de lo que he hablado bajo el nombre de Inteligencia no es simplemente el Sentido Común. Sí; pero también no. Puesto que, en aras de lo práctico, el Sentido Común suele advertirnos contra el tipo de preguntas de las que la Inteligencia debería ocuparse. De modo que podría decirse que la Inteligencia es una suerte de Sentido Común, pero aplicado a temas poco comunes (¡nada de vulgares!), y hasta ahora, por desgracia, solo por personas bastante poco comunes.

Si se toma a Proteo como representación de esa Realidad que todos, salvo los metafísicos, creen real, representa especialmente esa mitad de ella que yo he llamado (en otro lugar) Alteridad: aquello que no somos nosotros mismos. Y así como nuestro «nosotros mismos» esencial e incomunicable es lo que sentimos —estados de ánimo, pasiones, esfuerzos, esperanzas y temores—; de igual modo, el «no-nosotros mismos» (tanto otras personas como otras cosas, e incluso nuestras propias personalidades cuando se ven como ajenas) —la Alteridad, en suma— es, por el contrario, visto, porque está fuera de nosotros.

Visto por el ojo mental de la Inteligencia, el cual, al igual que el ojo físico, se mueve en todas direcciones y enfoca a todas las distancias, informándonos así de las proporciones y relaciones de todo lo que no es nosotros mismos, y siguiendo paso a paso las acciones que no son las nuestras. Y aunque deba tomar prestadas las lentes de la Ciencia (que siglos de pensadores tallaron y pulieron) antes de conocer las cosas en su detalle microscópico o en su lejanía astronómica, basta la experiencia cotidiana para que la Inteligencia nos enseñe el hecho más importante y pasado por alto respecto a esa Realidad que es la Alteridad: a saber, que tiene sus propios caminos y no existe meramente para satisfacer nuestros gustos.

El hábito de tomar en cuenta la «alteridad», en un círculo cada vez más amplio, podría servir como prueba aproximada de la Inteligencia y de su progreso: los niños pequeños, como es notorio, lo refieren todo a sí mismos; y las personas «incultas», por la estrechez de su conocimiento, rara vez conciben algo más allá de su propia experiencia personal. A riesgo de incurrir en la misma crítica, me atrevo a aventurar mi propia impresión de que el predominio de los pronombres posesivos, la restricción del interés a la propia historia y al círculo de conocidos, se ha vuelto menos habitual entre las personas «educadas».

Del mismo modo, empieza a haber algo pasado de moda en el hecho de dirimir cuestiones generales basándose en experiencias personales aisladas. Excepto cuando entran en juego filias y fobias intensas, es menos frecuente que antaño oír condenar el divorcio por el triste caso de la Sra. Fulana; o rechazar la jornada de ocho horas porque la última cosecha se echó a perder; o justificar la utilidad de una educación clásica por la carrera del Sr. Gladstone. Modos de pensamiento como estos parecen estar desapareciendo (¡lentamente!) tras la estela de los anecdotistas y de los pesados antiguos, siempre dispuestos a soltar un epigrama o un chiste, que pudieron haber sido brillantes conversadores en las cenas de la época de Meredith.

Y si lo pensamos bien: ¿no era esa la sustancia de gran parte del ingenio y la sabiduría de nuestros abuelos? Es más, un poco más atrás, ¿no se planteaban los caballeros acertijos mientras intercambiaban los chistes verdes de los Joe Millers regados con vino? ¡Y observen! Se abre ante nosotros una perspectiva de eufuismo, de discusiones pedantes, de «sonnet, c’est un sonnet», de «deliciae eruditorum» y «facetiae»; un aburrimiento incalculable que se remonta a través de los Hôtels de Rambouillet y las academias mediceas hasta las Cortes de Amor y las rancias groserías de los bufones shakesperianos. Más aún, ¿no estaba el propio Shakespeare dispuesto a adornar con la más suprema poesía y filosofía relatos que a menudo eran absurdos? Lo cual hace sospechar que la Inteligencia, en el sentido en que he venido usando la palabra, es de un crecimiento asombrosamente reciente; y que la gente del pasado, por muy superior que haya sido en genio, ingenio, humor e incluso sabiduría, nos resultaría (y sin duda nosotros resultaremos a las generaciones futuras) decididamente estúpida.

Por ejemplo (¡volviendo a Proteo!), en su capacidad de pensar en términos de cambio. Esto parece una parte intrínseca de pensar en términos de alteridad; sin embargo, como hecho, data apenas de los días de Montesquieu, Voltaire, Gibbon y Condorcet. Este último nombre nos recuerda que, hasta el siglo XVIII, el único Futuro en el que la gente pensaba era el Cielo o el Infierno. La importancia de esta última alternativa explica por qué no quedó interés alguno por otra vida posterior; a saber: la de las generaciones aún no nacidas.

De hecho, el dominio de las concepciones religiosas explica también que nuestros antepasados estuvieran igualmente desconectados del Pasado, sustituyéndolo (tal como sus pintores vestían a Abraham o al César con ropajes renacentistas) por el Presente. Pues toda religión tiende a pensar sub specie aeternitatis, como el dios que es sacrificado de nuevo en cada celebración, y que consagra la rutina de las estaciones y la monotonía estacional de la vida agrícola y pastoril; de donde surge, sin duda, la persistencia de esa asombrosa falacia de que no hay nada nuevo bajo el sol, con su corolario de que no debería haber nada que no fuera viejo. De ahí también la doble superstición (¡hasta que la Ciencia irrumpió con algo diferente!) de rumiar y volver a masticar el bolo de las Escrituras y los Clásicos. Con los resultados prácticos, a su vez, de que los puritanos de Milton se modelaron siguiendo a Josué y Gedeón; y los revolucionarios franceses, con sus chorreras y chalecos, posaron como héroes de Plutarco.

¿Por qué, en este mismo momento, vemos las varas y hachas de los antiguos verdugos figurando (¡y no meramente de manera figurada!) como emblemas de la Italia de posguerra, identificándose a sí misma (en descuido de las escuelas y las obras de irrigación) con una Roma particularmente alta y gloriosa? ¡Roma! Para gobernar esa escuálida aldea medieval, Dante apeló a un César que era un Kaiser elegido por feudatarios alemanes; Roma, que podemos tomar como una reductio ad absurdum del rechazo a darse cuenta de que el Pasado es Pasado y el Presente es Presente. Lo cual es, quizás, la única «Lección de la Historia»; y cuya aplicación disolvería muchas aleaciones míticas de naciones en conflicto soldadas por el calor blanco pasional de un nombre: Inglaterra, Francia, América, el cristianismo y hoy en día, me temo, también el Socialismo; naciones y credos sobre los cuales, cuando se nos pide lealtad, tenemos necesidad de inquirir: ¿en cuál de sus fases, en cuál de sus características y encarnaciones?

Pues la Inteligencia nos advierte que estamos tratando con Proteo, con aquel que cambia sin cesar. No con las divinidades eternas e inmutables a las que nuestros antepasados llevaban sus ofrendas, a veces pintorescas y encantadoras, pero, con la misma frecuencia, obscenas y espantosas.

Pero mientras ignoraban las distinciones entre Pasado y Presente, incluso nuestros ancestros más cercanos realizaron gran parte de su pensamiento en elaborados compartimentos estancos; pues concebían la «Verdad» como un acorazado, continuamente expuesto a las andanadas asesinas del «Error». De estas particiones herméticas, digamos, entre Fe y Razón, Cuerpo y Alma, o Bien y Mal, la Inteligencia ya ha embestido varias, sin que por ello nos hayamos ahogado. El Error mismo ha perdido su E mayúscula, siendo usualmente llamado equivocación o falta. Y, lo que es más importante, hemos comenzado a notar que este y la Verdad no son en absoluto irreconciliables, sino que fueron acunados juntos y, a veces, se entrecruzan con generaciones mixtas o alternas, como por las leyes mendelianas; pero muy rara vez la Verdad o el Error nos ofrecen una raza pura.

Estos ejemplos habrán justificado, confío, mi contención de que la Inteligencia está especialmente dotada para lidiar con el Cambio. No para alabarla o culparla tras una madura deliberación, como la Razón solemne y sedentaria; mucho menos para filtrar realidades concretas en entidades inmutables, porque puramente abstractas, lo cual es asunto del pensamiento científico; sino simplemente para percibir el cambio en su paso y, en esa medida, ayudarnos a sacar el mejor provecho de su llegada.

¿Hace falta añadir que la Inteligencia es mucho más propensa a cometer errores que la «Razón» o la «Lógica»? Pero sus errores, aunque mucho más numerosos, son, a mi parecer, menos masivamente entronizados y menos propensos a bloquear el camino; pues hay algo de autosuficiencia y falta de atractivo en «Razón» y «Lógica»: ¿no dicta la una y enuncia leyes la otra? Mientras que los errores que la Inteligencia comete hoy, los corregirá mañana, en su estilo ligero, tan poco avergonzada de sus rectificaciones como su desconcertante amigo Proteo lo está de sus transformaciones.

Por supuesto, la Inteligencia es más bien irresponsable y, cabría añadir, no puede evitar serlo porque es esencialmente receptiva. Al igual que el ojo humano, la Inteligencia se vuelve hacia cualquier lado de donde provenga la luz, ajustándose de manera discursiva, a menudo fugitiva, a toda clase de direcciones y distancias, comparando y midiendo con una descuidada naturalidad, extrayendo las cualidades que la impactan y apresurándose a conectarlas con algo que la impactó anteriormente. Siendo así de rápida en su respuesta, la Inteligencia puede a menudo, lo admito, parecer que está al acecho, más de lo que la cortesía garantiza. Pero también puede tomarse su tiempo, mantener el equilibrio dando vueltas y vueltas, y revertir su movimiento, porque nunca está inmóvil y siempre es capaz de reajustar su balance.

Así es como veo la Inteligencia en aquellos que la poseen; así la siento, en algunas ocasiones deliciosas, en mí misma. También noto con frecuencia que no logra hacerse agradable a ciertos tipos de personas. Aquellos que se enorgullecen justificadamente de la Razón o la Lógica a menudo se sienten un poco molestos; o bien, como dijo Wagner de Mozart, encuentran a la Inteligencia un tanto frívola. Pero, a la larga, reconocen en ella a una aliada; y su superioridad consciente los vuelve indulgentes. No ocurre lo mismo con la gente —podría haber dicho los Pueblos— que se entrega a la gloriosa e impetuosa violencia de las pasiones colectivas, especialmente aquellas que son magnánimas y crueles, como, por ejemplo, en tiempo de guerra, cuando un objetor de conciencia puede resultar ser un individuo más inteligente que uno que no lo es.

De igual modo, el placer apasionado de la Inteligencia al tratar con la Alteridad y al buscar a Proteo, su frecuente indiferencia hacia el aquí y el ahora, su falta de respeto hacia el yo y su negativa a considerar los medios como fines —todo esto la hace impopular entre aquellos hombres de mentalidad práctica que están empeñados en la ventaja personal y en superar a sus competidores en la gran carrera hacia Ninguna Parte.

Estas personas agudas son muy conscientes de que la Inteligencia podría ser una esclava invaluable, solo que no se puede mantener su nariz pegada a la piedra de amolar con regularidad. A falta de tal utilidad práctica, puede valer la pena contratarla, como quien compra un yate o un cuadro de un gran maestro, como señal de riqueza y de estar «en la onda». ¡Pero nada de porqués ni de paraqués! Además, los Gobernantes de los Hombres ya han reconocido que la Inteligencia es más difícil de tratar que cualquier cantidad de Altos Principios, pues no se puede esperar embaucarla para que sirva sin que se dé cuenta.

Pero la Inteligencia, aunque en algunos sectores sea merecidamente impopular, es adorada por todos los que la poseen; y esa es la razón por la cual, una vez que ha logrado poner un pie en el mundo, está destinada a crecer y multiplicarse y, eventualmente, a conquistar su tierra prometida.

 


Primer capítulo de Proteus or The Future of Intelligence  (E. D. Dutton, New York, 1925). Traducción de PDCS.

Imagen: El rapto de Proserpina (c. 1684-1686), de Luca Giordano.

1 comentario en “Inteligencia y Proteo”

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