La juventud de Proust

En las mañanas de los días festivos, el joven Proust se levantaba tarde. Había atravesado, una vez más, los horrores de la noche, cuando el mundo entero parecía abandonarlo y él deseaba aferrarse a la luz, impedirle morir o arrastrarla consigo hacia la muerte; había recorrido ileso el temido país de los sueños; y ahora los reflejos del sol se infiltraban en su habitación, rozando la cama y el sillón, y terminaban por perderse en el espejo, que contenía en su interior —prisionera— la imagen de su madre. En ese momento, tras llamar suavemente a la puerta, la señora Proust entraba en la habitación para “hacer una pequeña visita”. Abría las contraventanas y se sentaba junto a la cama de su hijo, mientras los brillantes rayos del sol primaveral dibujaban “las bellas líneas de su rostro judío, impregnado de dulzura cristiana y de valentía jansenista”.

La conversación comenzaba al azar: una lección del profesor Darlu, un viaje del padre a Roma o a Tolón, algo conmovedor y, al mismo tiempo, absurdo. Pronto, era como si nunca hubieran dejado de hablar, como si la mano ávida y aterradora de la noche no hubiera suspendido nunca su profundo acuerdo, su complicidad de cada instante, su ininterrumpido susurro. Mientras la voz del hijo se dejaba llevar por la fiebre del entusiasmo, una ironía constante envolvía las palabras de la madre, insinuándose como una atmósfera impalpable en la pequeña esfera del mundo donde ella habitaba; y el hijo reconocía en esos juegos de palabras el eco de una tradición familiar que tal vez se remontaba hasta el tiempo en que los Weil llevaban una existencia oscura en el gueto de Metz. Guiada por el ímpetu de la conversación, la señora Proust recordaba una sentencia de Molière, dos versos de Racine o de La Fontaine, un episodio de Madame de Sévigné, y los aplicaba juguetonamente a las situaciones más humildes, como los fieles aplican los versículos de la Biblia a todas las contingencias de la vida. Así, el hijo creía ver encarnada, en las “bellas líneas de ese rostro judío”, la Francia clásica, trágica y cartesiana, que él veneraba, pero no amaba. A la madre no le gustaba leer a ninguno de los genios de la Francia moderna: ni a Balzac, ni a Flaubert, ni a Baudelaire. Y la “gracia de los animales y las flores” no encontraba acceso en ese espíritu completamente dedicado a cultivar la pura gracia de los sentimientos humanos.

El desacuerdo no duraba mucho. Detrás de la discreción y la medida de la madre, detrás de la superficie de ese mundo sin flores ni animales ni versos de Baudelaire, se ocultaba algo inmensamente dulce: el lento río rousseauniano y lamartiniano había dejado en el corazón de la señora Proust un lago cristalino de ternura. La bondad, que le flotaba en los ojos “como una flor de agua” sin raíces en el cuerpo, la separaba por completo de sí misma y la impulsaba a darse sin medida, sin reservar nada propio. A veces, el hijo debía tener la impresión de que esa entrega no se dirigía a él ni a ninguna otra persona, sino que descendía sobre la tierra como una gracia continua, dolorosa e indiferente.

A pesar de la serenidad que sembraba a manos llenas a su paso, la señora Proust no era feliz. ¿Cómo podría serlo, si el centro de su vida estaba siempre fuera de ella? ¿Si la luz que iluminaba su existencia provenía de los demás? ¿Si debía ocultar en su voz, como en una frágil tumba de cristal, todos los dolores, los sollozos y los gemidos? Tendido entre las cortinas de la cama como un señor oriental, bañado por los rayos del sol como un joven príncipe de la felicidad, Proust aún no comprendía esta tristeza. La comprendió solo unos años más tarde, cuando, devorado por la ansiedad, torturado por “pensamientos, deseos, miedos, inquietudes, que hasta entonces habían crecido bajo el ala materna y que, encontrándose de golpe abandonados, saltaban dentro de él para lanzarse fuera, asustados, desesperados, como una camada de pequeñas gaviotas arrojadas al mar”, llamó por teléfono a su madre; y la voz de su madre, al teléfono, le pareció rota, llena de grietas y fracturas: mínimos, sangrantes fragmentos de vidrio pisoteados por el pie demasiado cruel de la vida.

Joven alumno del liceo Condorcet, era “un estudiante desordenado, siempre mal vestido, despeinado, cubierto de manchas, con una actitud febril o abatida, con gestos más expresivos que nobles, con la mirada exaltada cuando estaba solo, tímido y avergonzado frente a la gente”. Era pálido, con los ojos “tensos, marcados por la agitación, el insomnio y la fiebre, y con una nariz demasiado robusta en unas mejillas hundidas”; y solo sus grandes ojos pensativos, “con su luz y su tormento, derramaban algo de belleza sobre su figura irregular y enfermiza”.

Una sobreabundancia de amor, ternura, deseo, entusiasmo y adoración hinchaba su corazón como una ola desbordante, insaciable e inagotable. Ningún gesto logró expresar completamente esa ola amorosa: ni la cándida alegría que lo hacía correr loco de felicidad por el pequeño jardín de casa; ni la infinita bondad de espíritu que lo impulsaba a inventar los gestos más delicados y absurdos; ni las gentilezas, las atenciones, los arrebatos de dedicación por sus compañeros, que le hacían brotar las lágrimas al menor pretexto de emoción. Pero pocos adivinaron la extraordinaria madurez que dominaba la mente del joven de diecisiete años. Precisamente él, inmerso en las cosas cambiantes, completamente perdido entre sentimientos extáticos, escribió que “la realidad cambiante es, en sí misma, poco significativa”; y comenzó a indagar las “leyes generales”, las relaciones y analogías que son las únicas que nos permiten comprender la vida.

Algunos años después, cuando posó para el retrato de Jacques-Émile Blanche, el inquieto alumno del Condorcet parecía olvidado. Nadie habría podido reconocerlo en el joven elegantísimo, tranquilo y seguro, que observaba todo París con sus “ojos alargados y blancos como una almendra fresca”. Ahora Proust frecuentaba los salones de Madame Straus, de Madame de Caillavet, de la princesa Mathilde, de Madame Lemaire. Conmovido por “una inquietud dolorosa”, admiraba la gracia polinesia y las orquídeas color malva que caían hasta la nuca de la condesa Greffulhe; y, en el teatro, contemplaba la pequeña cabeza de pavo real, la nariz demasiado larga y arqueada, los ojos de halcón, la gracia de ave soñadora de la condesa de Chevigné. Sentado en un cojín a los pies de la anfitriona, hablaba y hablaba, lleno de halagos, ingeniosas ocurrencias, abismales galanterías, en las que prodigaba una fantasía digna de Las mil y una noches; y de cumplidos a los que la exageración añadía gracia. Luego, de repente, estallaba en una risa contagiosa, mientras sus ojos inmensos, melancólicos y serios “parecían verlo todo de una sola vez, sin mirar nunca nada”.

Durante muchos años, simbólicamente estaría postrado a los pies de algo o de alguien. Necesitaba admirar, exaltar y adorar una poderosa encarnación de la realidad y postrarse ante ella: quería ser rechazado y apartado, dolorosamente feliz si uno de sus indiferentes soberanos le dirigía apenas una mirada; como un pequeño ángel adorador a los pies de grandes arcángeles de espléndidas alas coloreadas. Aquellos rostros humanos, aquellas condesas quizá necias, aquellos duques arrogantes eran, para él, “epifanías” que encarnaban valores absolutos e incomparables que no encontraría en ningún otro lugar del mundo. ¿Qué podía hacer, sino asumir el papel de humilde sirviente? Permanecía allí en el fondo, amando, sufriendo, soportando, bajo esas montañas simbólicas que tocaban el cielo con la cabeza: como un valle conmovido, oscuro y vibrante, donde resonaba largamente el eco de las músicas celestiales.

Desde joven, sus inclinaciones sexuales estaban definidas: aunque célebres cortesanas, señoras maduras, muchachas del pueblo o de buena familia lo recibieran entre las cortinas de su lecho, la pasión siempre lo condujo cada vez más profundamente al reino de Sodoma, entre los réprobos y marginados tocados por la maldición de Dios. A los diecisiete años, Proust intentaba corromper a sus compañeros del Condorcet; y lo que sorprende en sus cartas, detrás de la superficie convencional, es la audacia, la dureza, casi la violencia con la que el muchacho tímido, avergonzado y lloroso intentaba perseguir sus placeres. Tras experiencias que desconocemos, entre 1894 y 1896 una relación lo unió a Reynaldo Hahn, un joven pianista, cantante y compositor: “la voz más hermosa, triste y cálida que jamás haya existido”. Su relación fue, en conjunto, serena. Pero quien hojee las numerosas cartas de Proust a su amigo puede encontrar en ellas huellas de una pasión no menos trágica e intensa que la que unió a Swann y Odette.

Durante esos años, su ideal inconsciente de vida fue una monstruosa reinterpretación de la Trinidad cristiana. En esta Trinidad, ningún Padre ocupaba el horizonte. En el fondo estaba, con los brazos abiertos, la dulce y dolorosa Madre edípica; al lado, una joven mujer, “confidente de pensamientos, faro de tristezas errantes, guardiana de enfermos, fuente de bondad, perfume de amistad, alma de las tardes”, se preparaba para acariciar con sus pequeñas manos de hermana la frente ardiente; mientras que un joven delicado, al que los celos habrían querido encerrar en casa como a Albertine, ocupaba el centro del cuadro. El sueño amoroso que el niño sufriente había perseguido en vano en su familia no había cambiado. Todos los afectos, impulsos y deseos debían converger, intensificados y multiplicados, en la oscura figura del “pequeño Marcel”, arrodillado y adorador a los pies de su Trinidad.

La relación con Reynaldo Hahn vivió un momento de idilio durante sus estancias en el castillo de Réveillon, donde Madame Lemaire los invitaba. Por la mañana, mientras Hahn tocaba y cantaba, Proust vestía una corbata roja con una chaqueta azul, una corbata blanca con un traje negro, una corbata color paja con una chaqueta color paja, estudiando cada día nuevas y más exquisitas armonías de color. Luego bajaban al comedor, donde mechones azules de culantrillo, zinnias rosas y amarillas, y bocas de dragón conservaban, en la viveza de sus tonos, humedecidos por el rocío aún fresco y animados por el sol que las perseguía desde el fondo del parque, la misma suavidad de tono de la porcelana de Sajonia. Pero ya los huevos calientes humeaban en la mesa; y los invitados se sentaban, desplegando una servilleta “blanca como la alegría que brillaba en los ojos de todos”. El día mantenía la misma felicidad rara de la mañana. En el jardín, un rosal de enormes y suaves flores blancas y otro de profundas rosas púrpura se abrían junto a pétalos violetas y sencillos como las rosas silvestres; el césped estaba penetrado, impregnado y nutrido de sol; y unas palomas, grises y preciosas como la plata antigua, lo pisaban con una pata lenta y prudente…

De regreso en París, un día de noviembre de 1895, Proust fue al museo del Louvre junto a Hahn para volver a ver los cuadros de Chardin. Frente a los dos maravillosos autorretratos, le pareció vislumbrar a Chardin aún vivo: un anciano de setenta años, con un gorro de dormir en la cabeza, que lo hacía parecer una anciana, o con los enormes lentes que le caían hasta la punta de la nariz, las pupilas que “parecían haber visto mucho, haberse burlado mucho, haber amado mucho”, y los párpados enrojecidos por el cansancio. En las paredes alrededor de él —parecía decirle aquel viejo excéntrico, tan inteligente y loco— no veía ni el retrato de la dama de cabeza de pavo real, ni el de la condesa cubierta de orquídeas, ni las demasiado espléndidas rosas de Réveillon, ni siquiera al joven mundano retratado por Blanche. En esos pequeños cuadros, la mano de Chardin había pintado solo los pliegues rígidos de un mantel, unos vasos donde quedaba algún sorbo de vino dulce, un gato moviendo la pata sobre ostras ligeras como copas nacaradas; y un extraño monstruo marino, una raya, que revelaba “la belleza de su delicada y vasta arquitectura de nervios azules y músculos blancos, como la nave de una catedral policromada”. ¿Acaso hacía falta algo más? ¿Era necesario describir cosas más raras y grandiosas?

Cuando terminó su viaje de iniciación en la vida secreta de la naturaleza muerta, Proust comprendió que todas las cosas son “divinamente iguales” ante el espíritu que las contempla. En ese momento, su juventud había terminado: y él podía empezar a recoger las innumerables epifanías que iluminan la densa trama de nuestro universo.

 


Ensayo recogido en Il tè del Cappellaio matto (Adelphi, 1972).
Traducción del italiano: Rafael Cienfuegos Lamberti.

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