Borges
Más que un literato, era la Literatura; más que los libros, era el Libro. Habiendo leído todo, era el Lector.
Bosch (Hieronymus)
Bosch no es descifrable sino fragmento por fragmento: el conjunto no es más que un pavimento de llaves delante de una puerta cerrada que ninguna de ellas puede abrir.
Blake
Dos versos de Blake, para dejarlo todo indeciso:
¿Cómo puede el ave que ha nacido para la alegría
sentarse en una jaula y cantar?
Catalina de Siena
¡Oh, Caterina! Una hija con tu nombre habría adorado…
Su bello nombre que recuerda –Katharòs– la pureza imposible, unida a la de la más bella cita toscana, puede repetirse como punto fuera del mundo, yendo en busca de libertad y silencio.
Es inútil buscarla en la historia, ni siquiera la rozó, su celda está más allá de los muros del mundo. Trepidando alzo los ojos al viso de gloria que pintó Andrea Vanni, resplandece la palabra encantadora del más alto toscano que jamás haya descendido directamente del cielo a la tierra (y que solo Tommaseo me parece haya sabido entender), para transmitirse en un haz de pergaminos enviados aquí y allá, a conventos y palacios, y no oso llamar a la puertecilla del cenáculo, uno de los lugares donde el Trascendente absoluto se ha acercado más a las almas humanas, a través de un instrumento musical femenino.
Catulo
Catulo es un poeta de la interioridad, pero su interioridad aparece pulida como una superficie. Los órganos internos hundidos en su mal fisiológico, los labios humeantes, los centros cloacales del alma, ceden bajo su mano su rareza y su desorden de profundidad.
Céline
Céline evita, brutalmente, perder tiempo, infectarse en una palabra como con un collar, alejarse de la verdad, de las emociones, de la música, de la vida y de la muerte.
Céline ha muerto, condenado, de una enfermedad satírica. Ningún rostro me parece más satírico que el suyo, con la cancerosa Musa estampada en la cara. Después del Voyage, poema iniciático en el que la Sátira ya toca los límites de la Noche, la visión celiniana se desplaza hacia lo patológico; el estilo, a veces, moviéndose desde un pensamiento contraído por la enfermedad, se vuelve parte (ya no mera contemplación indignada) del mal, lo fomenta, le abre brechas. Es un titán marcado… En los intervalla insaniae, Céline es el verdadero satírico: enfrenta el mal con la fuerza de un huracán y la impotencia de una infancia; suya es ya la sátira indefinida del mundo incendiado.
Cioran
Algo, en Cioran, hace enseguida presentir un milagro: su lenguaje. Una densidad conceptual imprevisible desciende como un rayo sobre la mente que escucha, dejando en los bordes del lugar común carbonizado un lento eco de melodía nocturna que se desvanece planeando.
Donne (John)
La arquitectura de toda su poesía amorosa es de catedral, y solo si se imagina una catedral como un lugar vacío de amor se distraerá la atención, como de un Orfeo sin Eurídice, de los espléndidos versos para Anne More. El sabio poeta desdeña salir del perímetro sagrado de la catedral amorosa, descubriendo el latido desordenado de la pasión: «se profana la alegría / revelando a los seculares este amor». En el sacramento del corte sexual y en el logro de una indestructible unidad neutra de los amantes, se encuentra el absoluto del amor, y es un modelo de temible altura: para nosotros incrédulos y desgarrados, la visión de este muerto y de esta muerte nos atrapa.
Goya
Ninguna de sus biografías nos dirá en qué momento, en el templo de su cráneo, en su mente inspirada por las más profundas honduras cósmicas y arrasada por la compasión humana, toda la tierra y la historia del hombre, prados de San Isidro, robespierristas y bonapartes, Inquisiciones y Manzanares, prisiones e islas lejanas, consejos de Filipinas y restauraciones, se revelaron como hormigueros exterminados de un reino maligno.
Goya era consciente de no pintar sino máscaras, a veces vivas, a veces muertas, y todo su talento lo vertía más en los vestidos que en los rostros, como si revistiera soberbiamente a grandes muñecas. De aquí su mugnechismo, en misteriosa conformidad con lo que dice Ortega: que el español no tiene un verdadero interés por su prójimo.
Heidegger
Heidegger, perdido dentro de su Seinvergessenheit greco-alemana, no ha querido recordar que el Ser, en el Antiguo Testamento, en ningún momento se convierte en Olvido del Ser: si se presenta velado, si esconde su rostro, es porque su cara descubierta puede matar. El hebreo es una lengua violentamente ontógena, lengua del ser…
Hernández (Miguel)
Miguel Hernández fue el último poeta capaz de arrancar lágrimas verdaderas, único entre los estériles contemporáneos y muy lejos de los lacrimosos. Su verso castellano es innegablemente moderno, por las novedades que descubre al pensamiento y al furor analógico; por el disparo de pasión directo al corazón del oyente, es español sin la españolada.
Hitler
El mundo reflejado en los ojos de Hitler es el del rostro en sombra del universo. Más que la voluntad de poder, su mirada expresaba la tristeza infinita de un perro apaleado: penetraba en los hombres y en las mujeres a través del remordimiento de un golpe no infligido. Los demonólogos conocen la tristeza satánica, la tristeza que emana de la negación y de la destrucción. La tristeza canina de Hitler ocultaba bien su completa dedicación al amo infernal.
Hölderlin
Hölderlin habla de los astros como de hermanas, muñecas y perros de la infancia; el silencio de los astros le es familiar, incomprensible en cambio la palabra humana.
Kafka
Kafka es una alfombra hecha de todos los hilos y colores del misterio y de la pasión hebrea, es profético y talmúdico, elección tradicional y decadencia de gueto próximo a la demolición, víctima expiatoria y tikvà sionista. Es una alfombra voladora que permite reencontrar, tras el vuelo nocturno, las arquitecturas familiares del absoluto metafísico, que aun suspendidas y flotantes parecen posarse, solas, en tierra firme.
Kafka es un revelador velado, a través de sus negaciones extrañas la ilusión persistente, la esperanza hebrea, envía, como desde un mar de niebla una nave perdida, algún ronco sonido de peligro y de consuelo.
Kant
En la biografía del ruso Arsenij Gulyga lo encuentro descrito así: «Kant medía 1,57 y tenía un aire frágil; recurría con diligencia a sastres y peluqueros para mostrarse elegante; le gustaban su cabello rubio claro, los ojos azules, la frente amplia, el porte». A diferencia de Leopardi, que amaba lo démodé, Kant seguía atentamente la moda. Tricornio, peluca empolvada, redingote color canela con un lazo negro, galones dorados y botones recubiertos de seda; chaleco y calzones del mismo color, camisa blanca de encaje, medias grises de seda, zapatos con hebillas de plata y espadín al costado.
El biógrafo refiere una carta galante que le escribió una belleza de Königsberg, entonces de veintitrés años (casada desde hacía diez), el 13 de junio de 1762, para invitarlo a un encuentro. La carta decía: «Mi reloj estará cargado». Tristram Shandy, el éxito de la época, relata que para el padre «dar cuerda al péndulo» era la señal; y que para la madre, del acto conyugal. Es un alivio saber que Kant no vivió en una monaxìa absoluta, apenas perfumada de elegancia personal, sin luz de mujeres, y que relojes y péndulos femeninos fueron cargados y recargados para él. («El hombre no puede gozar de ningún placer en la vida sin la mujer»: ipse dixit). Pero quizá renunció a aquella cita…
Kavafis
Vivía en la sombra y la luz de la vela le atraía a casa las sombras, los fantasmas con los que alimentaba sus versos.
En Kavafis es inalcanzable la morbidez concentrada, por ese culto suyo al espacio cerrado, al placer como privación de luz externa. Un ambiente evocado por Kavafis es erótico incluso si se lo imagina perfectamente vacío.
Para él las voces de los muertos son como una música nocturna que se desvanece bajo la casa. Un ruido de cacerolas y de botellas, alguna nota de acordeón, le parecen el cortejo de Dionisio que abandona a Antonio y a su fortuna.
Una característica del mito homosexual es ver siempre a la víctima, al muerto que se llora, bellísimos. Es puro mito; rara vez víctimas y muertos son bellos. Kavafis llora la belleza eternamente igual de un dios muerto, que seguramente en el ataúd por él llorado no estaba.
Leonardo
En el autorretrato de Turín, de Leonardo, se lee también como una pena de sí mismo por haberse dejado escapar la unidad del pensamiento, por haber fracturado la mente lanzándola en demasiadas direcciones y en un exceso de movimientos especulativos; y esta pena de lo dividido da al rostro su unidad, su recogimiento final en la profundidad sin límites de un remordimiento.
Leopardi
Leopardi es muy amado, por haberse reencontrado algunos de sus veladísimos, impalpables mitos: la Luna graciosa, la Doncellita, el Gorrión, la Retama, el Infinito, sobre la misma ola del sentimiento popular. Casi rozan la zona del cuento de hadas. La escuela fue su vehículo, cola y prensa; cesado el fastidio de las lecturas obligatorias, un residuo tenaz se ilumina y es el mito como por anamnesis despertado.
Leopardi es una venda mojada, una pantalla húmeda entre esa deshumanidad que sube en nuestro cielo y la carne melancólica que queda y morirá humana.
Treinta y nueve años de abstinencia de la mujer, habiendo un deseo ardiente y corrosivo, son una prueba tremenda. Los Canti los comprende mejor quien los ve como el fruto formidable de un celibato insostenible, de una ausencia del otro casi homicida. El paisaje de la Marca, una biblioteca, la Nada materna, la Abstinencia Sexual: he ahí el compuesto biológico de los Canti.
Permanecía encerrado incubando su fuego, con grandes vuelos de un Fedro platónico fuera de la ventana, fulminado por su propia paralizante superioridad y delicadeza.
A Giacomo hambriento de amor le aplicaba aquella conmiseración luterana que tanto me gusta: «Somos todos mendigos» (Wir sind Bettler, das ist wahr), y me parecía justa, pero hay otra cosa detrás de esta vergüenza trágica. El miserable hambriento aquí es un alma de las más grandes, de las más nobles que hayan tocado la tierra: su hambre es ambigua. En el fondo, Giacomo prefiere conservarla viva y mordiente, que humanamente saciarla… Las confesiones de amor a sí mismo son tan significativas como aquellas que en el epistolario, en los Canti, en las Memorias del primer amor palpitan por la mujer fantasma erótico-omnipresente, ora iluminada, ora arrojada en sombra por la oscilante lámpara Gran Deseo-Soberano Temor. Importantísima, iluminantísima es la terceta «Solo mi corazón pláceme» del Primo Amore, y en la carta a Giordani del 16 de enero de 1818 el ímpetu orgulloso «puedo bien glorificarme ante mí mismo, teniendo todo en mí» se puede también leer, en una transcripción erótica imaginaria, como rechazo glacial del otro, de la reciprocidad amorosa, de todo intercambio sexual.
Leopardi paga con una pena física infinita la conquista increíblemente rápida de su lucidez, en una transformación sorprendentemente complicada, y apasionante de recorrer sobre los papeles, de erudición ascética y de esfuerzo por vivir en grandes lámparas de porvenir. Nunca aliviado del luctuoso yugo encorvador de su pobre espalda, que es como una señal de su herencia angélica, la pena por haber tomado parte en el reino de la verdad (que no es el árido verdadero de la pura razón escéptica), llegará hasta el límite del muro que el místico solamente puede romper y saltar, es decir, hasta donde pueden la imaginación y la filosofía. Pero quién sabe si una rendija se le abrió…
Lucrecio
La leyenda que hace de Lucrecio un delirante a causa de un afrodisíaco es profunda: durante un intervallum insaniae, la víctima del amor estalla en un estupendo furor dilucidatorio del mal que lo ha arrollado.
Toda la cántica lucreciana es desierto y cadenas de un hombre que vive, todos bien escudriñados, los males del mundo, derramándose inútilmente sobre las llagas de los vivientes, con infinita piedad y diligencia de santo monje, el universal ungüento epicúreo. Al final, si alzas los ojos de los apestados de Atenas amontonados en las plazas y sobre las hogueras —visión precisa, de solar pestígrafo, de Jeremías enterrador, de fúnebre arpista—, la luz que los remedios llenos de fármaco y de bondad te prometían se ha extinguido: y te preguntas cómo aquel poeta rigurosamente condenado pudo prometerte una salvación de la que él mismo, por su propio difícil don, estaba excluido.
Fragmentos de La fragilità del pensare (BUR Biblioteca Univ. Rizzoli, 2000).
Traducción del italiano: Rafael Cienfuegos Lamberti.
Imagen: Hombres leyendo (1820-1823), de Francisco de Goya.




