Mozart escatológico

¡Saludos para toda la compañía de los cagones!
—Mozart, carta a su padre, 31 de octubre de 1777

 

John Ruskin, aquel moralista más bien severo, intentó alguna vez trazar una distinción entre la «vulgaridad simple e inocente», que atribuía a una «tosquedad de mente y cuerpo no entrenada ni desarrollada», y la «verdadera vulgaridad congénita», que —temía— podía conducir a la bestialidad y al crimen.

La familia Mozart, incluido Wolfgang, parece haber tenido más que suficiente de la primera variedad. Asoma sobre todo en sus cartas, que abundan en expresiones y sentimientos groseros y procaces. Es cierto que la familia escribía para sí misma, no para lectores ajenos, aunque Leopold Mozart llegó a sugerir, en algún momento, que se conservaran todas las cartas, con la idea de publicar un día la biografía de su brillante hijo. En cualquier caso, nadie parecía sentir la menor inhibición.

La terrenal y vulgar jovialidad de las cartas respondía tanto a una tradición regional como familiar. Los salzburgueses, en general, tenían fama de hablar con rudeza; católicos devotos como eran, distinguían claramente entre blasfemia y simple obscenidad. En particular, los Mozart parecían disfrutar con el lenguaje sucio, los términos campesinos más directos y los chistes subidos de tono.

De otro modo, ¿por qué Anna Maria Mozart le habría escrito con buen humor a su marido: «Que estés bien, amor mío. En la boca te metas tu culo»? [Keep well my love. Into your mouth your arse you’ll shove] —una rima que, al parecer, era popular en la familia, pues Wolfgang la repetiría más tarde en algunas de sus cartas. Los cuatro Mozart se entregaban a la misma vitalidad lingüística, sobre todo cuando se referían a funciones corporales, aunque Leopold y Nannerl solían mostrarse un poco más contenidos que Wolfgang y su madre.

En ocasiones Mozart recurría a los exabruptos para descargar su enojo, como cuando despachó, de un plumazo, tanto a la ciudad de Salzburgo como a su príncipe-arzobispo con el comentario: «Me cago en ambos» [I shit on both of them]. La mayor parte del tiempo, sin embargo, el lenguaje gráfico se reservaba para efectos humorísticos, y se centraba principalmente en la defecación, las ventosidades y otros actos que la buena sociedad prefiere no mencionar.

El florecimiento más completo —si cabe el término— de la escatología mozartiana se dio en una serie de cartas que Wolfgang escribió a su prima Maria Anna Thekla, hija del hermano menor de Leopold, Franz Aloys Mozart, encuadernador en Augsburgo. Se habían conocido de niños, pero cuando comenzaron a cartearse él tenía veintiún años y ella diecinueve, y pronto descubrieron que compartían el gusto por las bufonadas procaces y el humor de retrete. Como también se visitaban de vez en cuando, algunos han sospechado que su relación pudo ir más lejos, pero Wolfgang aseguró una vez a su padre que permaneció virgen hasta el matrimonio y jamás ha aparecido prueba alguna en sentido contrario.

Sea como fuere, Mozart y su prima, apodada «Bäsle» o «Primita», se entregaron sin reservas a escribirse cartas obscenas y sugerentes. Una despedida típica de Wolfgang era: «W.A. Mozart, que caga sin tirarse un pedo». Por cierto, Maria Anna Thekla parece haber llevado una vida bastante alegre después de que cesara su correspondencia con el célebre primo. Vivió hasta los ochenta y tres años y, aunque nunca se casó, fue amante de un cartero de aldea y tuvo con él una hija ilegítima, Marianna Viktoria Mozart, fallecida en 1857.

El aspecto escatológico de la correspondencia mozartiana, aunque conocido por los especialistas, se omitió por completo durante la era victoriana. Se consideraba impropio para los melómanos de la época, sobre todo porque chocaba con la imagen aceptada de Mozart como una especie de figurita de porcelana de Dresde.

No fue hasta que la escritora británica Emily Anderson publicó en 1938 su magnífica traducción inglesa, en tres volúmenes, de las cartas de la familia Mozart, que los lectores británicos y estadounidenses tomaron conciencia de este costado hasta entonces desconocido del compositor. En una reseña típica, el suplemento literario del New York Herald Tribune, aunque elogiaba con entusiasmo la colección, advertía a los lectores de que algunas cartas poseían «una grosería rara vez igualada fuera de Marcial y Rabelais».

En realidad, las cartas de Mozart se moderaron considerablemente a medida que envejecía; su madre, que compartía su fogoso gusto epistolar, había muerto, y ya tampoco le interesaba su «primita». Sin embargo, se produjo una curiosa regresión a su estilo epistolar erótico en al menos una carta escrita a los treinta y tres años a su esposa Constanze. Mozart estaba en Berlín, a punto de emprender el regreso a casa, y en una carta fechada el 23 de mayo de 1789 describe una erección mientras anticipa el reencuentro con ella.

Algunas palabras de la carta fueron tachadas después (presumiblemente por Georg Nikolaus von Nissen, segundo marido de Constanze), pero el sentido es claro: «Arregla primorosamente tu dulce nidito, pues mi pequeño amigo bien que se lo merece; se ha portado realmente muy bien y no hace más que ansiar poseer tu dulcísimo…».

Dado que prácticamente todo lo que Mozart tocaba se convertía en música, no sorprende comprobar que, de vez en cuando, compusiera piezas vocales con textos procaces. Estos cánones y canciones se escribieron principalmente para ser interpretados en casa, para divertir al propio Mozart y a sus amigos.

Hoy se los escucha sobre todo en grabaciones; de hecho, hace unos veinte años el sello Epic Records publicó una versión en inglés de algunas de ellas bajo el flojo título Wolfgang Amadeus Mozart Is a Dirty Old Man. Una de las más conocidas es «O du eselhafter Martin», un canon dirigido, al parecer con afecto, a un empresario y amigo, Philipp Martin. Invita en ella al «tonto del culo Martin» a «besar, besar, besar ahora mismo mi trasero».

Otras canciones son todavía más explícitas en sus instrucciones. Mozart nunca vio paradoja alguna en expresarse con la máxima sutileza y refinamiento en la música y con total libertad y franqueza en las palabras. En la música estaba entre los gigantes; en la vida diaria era uno más de los muchachos.

 


Tomado de Herbert Kupferberg, Amadeus. A Mozart mosaic (McGraw-Hill, New York, 1986). Revisión de la traducción: MHM.

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