Muerte con campanas o mitos en el imaginario cubano reciente

Hay un pasaje de La jaula de la melancolía  del sociólogo y ensayista mexicano Roger Bartra donde intenta desmitificar los ensayos de interpretación nacional que dieron relieve a la literatura y el pensamiento de su país en la primera mitad del siglo XX, como el clásico de Octavio Paz El laberinto de la soledad. En estos ensayos, afirma:

[S]e vislumbra…la gestación de un mito moderno basado en los complejos procesos de mediación y legitimación que una sociedad desencadena cuando declinan las fuerzas revolucionarias que la constituyeron (Bartra, 87)

¿Pudiera buscarse algo similar en Cuba, teniendo en cuenta que en esta ha existido también una tradición ensayística de interpretación nacional en el mismo período? ¿Son el Manual del perfecto fulanista  de José Antonio Ramos, la Indagación del choteo  de Jorge Mañach o El pathos cubano  de Lino Novás Calvo ejemplos de este mismo fenómeno? La pregunta tiene relevancia, aunque parece desmentida por el hecho de que Cuba experimentó una revolución de independencia entre 1895 y 1898, pero dos de los ensayos mencionados se gestan en el período en que se incuba una nueva revolución, la de 1933.

Ahora bien, al finalizar el siglo XX y ocurrir otro declive revolucionario, el correspondiente a la de 1959, ¿se está en presencia de la creación de un mito? El del cubano posrevolucionario indiferente a la belleza y capaz de sucumbir a estereotipos propios de la cultura occidental, como la de la contraposición civilización y barbarie. Es lo que parece desprenderse de la lectura de los cuentos Muerte con campanas  de la escritora cubana, residente en Miami, Kelly Martínez-Grandal.

El libro publicado en 2021, cuya lectura he disfrutado, llamó mi atención recientemente cuando comencé a estudiar a la Generación Cero, a la que Martínez-Grandal pertenece y que agrupa a los escritores cubanos nacidos en los 70 y comienzos de los ochenta, marcados por las tensiones dadas por el eclipse revolucionario y la experiencia del exilio y la emigración, tensiones que pudieran llamarse como propias de una literatura posnacional desde cierta perspectiva académica.

El libro mantiene la unidad que pudiera tener una novela dada por las similitudes de sus personajes: emigrantes o individuos que quieren escapar de utopías revolucionarias fracasadas como el castrismo o el chavismo. En uno de los cuentos, de entre los de mayor tensión trágica pese a estar reunido junto con historias de asesinatos o de abandono de todo lo que se posee para alcanzar la libertad, la protagonista decide acudir a uno de los rituales que marcan a la mujer de Miami: la depilación. Allí es atendida por una joven rusa que es descrita por la protagonista como bella. Sin embargo, en uno de los momentos del tratamiento, el calor de la cera hace sentir en la cliente un fuerte dolor que la hace exclamar: “Cuidado que no soy rusa”.

La narradora nos explica el porqué de esa expresión que su interlocutora dice no entender en un primer momento: “Siempre imaginé a los rusos como una raza dura” explica. Sabiendo que la protagonista es cubana aquí puede obtenerse por derivado el mito nacional. El antillano no es una raza fuerte, siempre ha sido presa fácil de imperios. Pareciera confirmar la idea de Antonio Benítez Rojo quien, entrando en el área de la historia cultural insinúa la hipótesis de que la mayor resistencia del Caribe, incluso el español, a emanciparse, provenía de su sistema de plantación. (La isla..,69-74) Y Hegel dos siglos antes veía en el habitante de las Américas debilidad.

Inmediatamente estos estereotipos nacionales chocan con otros de naturaleza opuesta: “Un amigo me contó que cuando el transiberiano -el tren que conecta la capital con los confines asiáticos del otrora imperio ruso-pasa frente a los abedules, todos se abrazan y lloran”. Este estereotipo, este mito nacional (la sensibilidad rusa) es el que es corroborado en el cuento, pues la joven rusa, Mashenka, se siente dolida por la reacción de su clienta cubana: “Yo conozco a los que son como usted. Creen que los rusos somos insensibles porque venimos del frío y del comunismo, que todo lo resolvemos con vodka y hielo”. (43) Aquí se invierten los estereotipos, quedando la cubana como dura, insensible y la rusa como sentimental. ¿Es esta insensibilidad en la cubana un resultado de la imagen que de Rusia se ha tenido bajo la revolución? El tema daría para un estudio que, por su extensión, aquí me veo incapaz de abordar. Sin embargo, me inclino por esta interpretación del cuento teniendo en cuenta que la protagonista le responde: “¿Acaso su gente se ha vuelto insensible con el comunismo?”

 Aquí pudiera aparecer además otro mito, a la manera de Bartra, sobre el carácter nacional. Los cubanos hemos sufrido el comunismo, pero esto es algo totalmente ajeno a nuestra idiosincrasia, somos sensibles, sensuales (si esto no es una contradicción), no nos identificamos con el sacrificio de nuestra sociedad por un ideal funesto ni con el odio al imperialismo. No hemos sido cualquier país comunista, ellos, los rusos han sido una y la misma cosa con ese engendro filosófico. Ellos son Oriente, nosotros Occidente. Y es un mito que parece haber logrado reafirmación en la experiencia cubana reciente de Miami.

La protagonista intenta una disculpa que la haga salir de la imagen de extranjera ignorante, imagen que a menudo se aplica al norteamericano, apelando a su conocimiento de literatura y otras ramas de la cultura rusa, ampliamente publicada en Cuba en la niñez cubana de la autora, pero se da cuenta que ese conocimiento no la exime de sus prejuicios. La historia termina revelando a la protagonista la tragedia de comportarse quizás como sus compañeras que la habían convencido de acudir al ritual estético al reproducir el mito sobre Rusia de la mentalidad cubana: de nada le habían servido sus lecturas de Tolstoi o Pushkin. A diferencia del mito apuntado por Bartra para México, el de la Cuba posrevolucionaria no parece creado por los intelectuales sino por el pueblo aunque la lectura de una carta de Gastón Baquero a Lydia Cabrera lo reafirma. [1]

Ya una vez el escritor exiliado Roberto Luque Escalona llamó a Cuba “el país de los mitos”. Releyendo en este verano un libro olvidado de Luis Aguilar León, ese periodista que pudiera incluirse dentro de la tradición de ensayista de interpretación nacional encuentro un pasaje donde construía el diálogo satírico entre un abuelo que regresa con su nieto como turista a los Estados Unidos del futuro, cuando ya Cuba se ha convertido del todo en una nación poscomunista: “Cuando nosotros llegamos aquí dice el personaje del abuelo, no había más que pantanos, cocodrilos y mosquitos. Los nativos que por aquí rondaban eran muy primitivos, no como nuestros taínos y siboneyes. Los de acá eran semi-indios, por eso le pusimos seminoles” (Todo tiene su tiempo, 119). Difícilmente se podrá vivir en un espacio pos-nacional cuando el exilio se parece tanto a la isla.

 

 

Obras citadas

Bartra, Roger. La jaula de la melancolía: Identidad y metamorfosis del mexicano. Kindle ed., Ediciones Era, 1987.
Benítez Rojo, Antonio: La isla que se repite. Editorial UH, 2019.
Luque Escalona, Roberto. Masferrer en el país de los mitos.  Ediciones Universal, 2017.
Martínez-Grandall, Kelly. Muerte con campanas. Suburbano Ediciones, 2021.
Aguilar León, Luis. Todo tiene su tiempo. Tiempo de llorar, tiempo de reír, tiempo de soñar y tiempo de pensar. Ediciones Universal, 1997.

 


[1] Decía así Baquero: “He dicho más de una vez que las dos máximas desgracias históricas de la humanidad son las manos en que acabó por caer el cristianismo, y las manos en que cayó el socialismo. Los latinos teatralizaron y deformaron el cristianismo, por estatizarlo como los españoles, o por politizarlo y comercializarlo como los italianos; y los eslavos secuestraron el socialismo y lo monstruizaron en el molde tradicionalmente tiránico y esclavizador de aquella gente”. https://blogacademiaahce.blogspot.com/2020/01/una-carta-de-gaston-baquero-lydia.html

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