Nicea, diecisiete siglos

Robert Prevost, un papa que sabe lo que dice, acaba de afirmar en Turquía que hay un nuevo arrianismo. El término no significa nada para los creyentes ni para el lector promedio, pero es una mención enigmática para cualquier aficionado a las herejías del cristianismo primitivo. Un nuevo arrianismo, insistió Prevost, presente en la cultura actual y que consiste en admirar a Cristo como ser humano, pero no como dios.

Con voz pausada y en inglés, dio por sentado que sus interlocutores conocían al presbítero Arrio, que revolucionó Alejandría hace 1.700 años y obligó al emperador Constantino a convocar el Concilio de Nicea. Arrio negaba la naturaleza divina de Cristo y por tanto la Trinidad. Prevost, muy discreto en materia política, llama ahora a la cruzada teológica contra el nuevo arrianismo –las visiones no divinas de Cristo en el mundo actual– y aspira a que todo el cristianismo se redefina.

En las ruinas de la basílica de San Neófito –hundida en el lago Iznik y recién descubierta gracias al descenso del agua–, los patriarcas del cristianismo latino, griego y de otras tradiciones volvieron a recitar como hace diecisiete siglos su fórmula de fe más antigua, el Credo Niceno. Como suele ocurrir, lo que en la Iglesia conmueve profundamente pasa desapercibido para el que mira desde fuera.

Regresar a Nicea –la actual Iznik, en la región turca de Mármara– es toda una declaración de principios de León XIV. Para comprender el gesto se pueden leer varios libros publicados este año. Menciono solo dos del mismo autor, Samuel Fernández: Nicea 325 y Fontes Nicaenae Synodi (Sígueme), que recogen numerosos documentos en sus lenguas originales –griego, latín y siriaco– reunidos en torno a la muerte del emperador Constantino, que organizó el concilio. También vale la pena consultar los documentos que el Vaticano ha publicado sobre la efeméride, resumidos en la carta apostólica In unitate fidei, un texto muy combativo.

Pero si uno quiere el sabor de la época debería leer los libros X y XI de la Historia Eclesiástica, escritos por uno de los personajes esenciales para entender el siglo IV cristiano: Rufino de Aquileya. La traducción de Ciudad Nueva es del benedictino Enrique Contreras.

Rufino, gran polemista, traductor al latín de Orígenes –el más profundo pensador del cristianismo antes de Agustín de Hipona–, archienemigo de otro grande de la época, Jerónimo, vivió del 345 al 411. En sus viajes por Egipto, Palestina y Mesopotamia conoció de primera mano el testimonio de quienes habían participado en los debates de Nicea. Cuando tradujo al latín la primera historia de la Iglesia, escrita por Eusebio de Cesárea, añadió dos libros de su propia mano relatando las trepidantes sesiones del concilio.

¿Qué obligó a Constantino a convocar en Nicea a gran cantidad de obispos, sacerdotes, monjes, filósofos y personalidades relevantes? El hecho de que Arrio, como dice Rufino, “intentara cortar y separar al Hijo de aquella sustancia o naturaleza eterna e inefable de Dios Padre”. Arrio comenzó a ganar gran cantidad de adeptos, dado que un dios simple es más sencillo de entender que un dios triple.

Estalló la polémica del siglo. El emperador, cuando ya el arrianismo comenzaba a cobrar fuerza política, vio a tiempo el problema y lo mandó a rendir cuentas ante 318 obispos. Aprovechando la cercanía de Constantino, muchos querían que les resolviera pleitos allí mismo. Una anécdota muestra el talante del personaje: quemó todos los expedientes jurídicos que le entregaron y declaró que, siendo él un hombre, no podía juzgar las riñas entre los obispos, que a sus ojos eran “como dioses”.

Con el visto bueno del emperador, la encerrona contra Arrio en Nicea funcionó. Fue condenado a renunciar a su doctrina y exiliarse, y a sus seguidores se les dio la opción de renegar o irse con él. Muy pocos, más arrianos que Arrio, persistieron en defender su punto que vista.

Se compuso una fórmula de fe –el Credo– y Arrio la aceptó solemnemente. Fue un mero simulacro, valoraría Rufino. La palabra clave para entender la discusión es homousion, en griego “de la misma sustancia”, que venía a resolver la relación entre el Padre y el Hijo. Satisfechos todos, abandonaron Nicea.

Antes de admitir que el concilio no acabó con el arrianismo –de hecho, le dio una fortaleza innegable: muchos caudillos bárbaros fueron arrianos–, Rufino se detiene en varias escenas. Una de ellas, memorable, es el hallazgo de la cruz de Cristo por parte de Helena, madre de Constantino. Helena, una Indiana Jones avant la lettre, da con tres cruces en Jerusalén y no sabe cuál es la de Cristo y cuáles de los dos ladrones. Para elegir, recurre a un truco rabdomántico: le muestra los tres maderos a una mujer enferma, que se curó al tocar la auténtica. Rufino, desconfiado patológico en materia política, jamás duda de la realeza cristiana.

Se suceden los años y Arrio, a quien Constantino le permite regresar del exilio, tiene una muerte aparatosa. Durante una revuelta contra el obispo de Alejandría, Arrio se excusa para ir al baño y allí, inexplicablemente, “sus intestinos y todas sus vísceras se derramaron en el pozo del retrete”. Rufino se permite un chiste: fue un final “blasfemo y fétido”.

Por la Historia de Rufino desfila el formidable Atanasio, autor de la Vida de Antonio que utilizó Flaubert para escribir su obra sobre las tentaciones de este monje en el desierto; todos los emperadores –desde los hijos de Constantino hasta Juliano el Apóstata– que decidieron el destino del cristianismo; los desiertos de Nitria, Escete y la Tebaida, donde se alojaron monjes y desertores, santos y diablos; el borgeano Dídimo el Ciego –que “recorría los libros con su memoria y su mente”, no con los ojos–, Basilio de Cesárea, Gregorio Taumaturgo, y un sinnúmero de hombres sin cuya obra no serían comprensibles ni Oriente ni Occidente.

La doctrina de Arrio y sus variantes siguieron presentes en la historia de Europa durante toda la Edad Media. Según el papa, de hecho, sigue viva. Lo que le ocurrió al hombre en Nicea, condenación pública, humillación en masa, retractación, exilio, tuvo que haber determinado su actuación el resto de su vida. Nicea demuestra la fuerza que tiene la discusión de una idea y el impacto histórico que puede adquirir una palabra. Hace diecisiete siglos, la lucidez o torpeza de unos pocos decidió el destino de toda una religión.

En cuanto a Rufino, después de mucho viajar y traducir, volvió a Italia y murió en Mesina en el año 411. A cientos de kilómetros de allí, en un monasterio de Belén, Jerónimo dijo: “Al Escorpión lo cubre la tierra de Trinacria. Por fin ha dejado de silbar contra mí la Hidra de varias cabezas”.

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