Quevedo nos mostró que las paradojas son picardías. Su Buscón ahora se intriga tras la lectura de Collage Montaigne, donde Pablo de Cuba Soria despliega el velamen de sus ensayos, que recién publica la Editorial Casa Vacía. Un volumen que nos guiña sus páginas con un raro propósito: ser una extravagancia —del latín medieval extravagans, extravagantis—, es decir: andar errante, fuera, vagando por ahí, por la cultura humanística.
Textos fuera del camino, salidos de lo usual, apartados del trillo, de hecho no dejan de ser eruditos, si se quiere académicos —adjetivo solo peyorativo para autodidactos mediocres y universitarios holgazanes—, con lo que arman una sensacional paradoja, rara de encontrar en el ensayo de esta tercera década del siglo XXI.
Lo que pasa es que ante todo Pablo de Cuba Soria tiene talento literario, con la poesía como espolón de proa de su volumen; gracia nada excluyente de que sea doctor en Estudios Hispánicos por Texas A&M University (TAMU) —también graduado en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana—; lo que le otorga a Collage Montaigne —como ocurre con tantos relevantes poetas-ensayistas— una peculiar amenidad, determinada por la grata paradoja entre sapiencia y perspicacia.
En Avant-Dire —suerte de prefacio— el autor sabe cómo invitarnos a hojear el libro, bajo la similitud que ofrece con compilaciones similares de poemas o cuentos sin unidad temática. La Sibila de Cumas nos avisa desde el primer párrafo que la agrupación se guía por una locura profética. Y no solo se refiere al orden de los ensayos sino a cada ensayo en sí mismo, del axis motivacional del que arrancan. La precariedad es —en contexto— no una falsa modestia de las que suele encubrir tanta petulancia, sino la certeza de que se trata de huir de clausuras, fronteras de cualquier índole, filosóficas o estéticas, políticas o sociales.
Allí acepta y recuerda la paradoja “eólica” que caracteriza las creaciones artísticas, especialmente las que suelen llamarse literarias, cuyos bordes por suerte sabemos difusos, borrosos, hasta turbios. Solo nítidos cuando la comodidad obliga a pasar página, saltar hacia otro descampado, como hace Pablo de Cuba Soria en ciertos ensayos de los reunidos aquí con aparente desdén exegético.
Desdén, sin embargo, que no deja de sentirse orgulloso —¿por qué no?— de que sean el feliz resultado de un cuarto de siglo de trabajo. Desde tal satisfacción nos cuenta que armó el libro “como se arma una biblioteca: por afinidades y accidentes. Sin perseguir una tesis única, los ensayos que componen estas páginas se dejan llevar por un movimiento tal vez musical —resonancias a veces erráticas— entre voces e ideas, entre lecturas y escrituras”. Tal estructura musical sugiere otra curiosa paradoja: la que sirve muchas veces de ritornelo en melodías populares, de estribillo para dar la cadencia argumental.
Por ello confiesa ser “Curador de mí mismo. Encuadernador de mi prosa, junto estos textos a sabiendas de que tal vez no alcancen un centro”. Y en efecto, se puede verificar cómo el montaje trata y casi siempre consigue huir de las jerarquías, danzar por los encrespados bordes del oleaje que cada autor, obra o tema le ha provocado. Esa libertad se oye como su mejor confesión, a la vez que funciona como pícaro consejo para no incurrir en confusiones, en dictados de la Inteligencia Artificial, en objetivos propios de historias de la literatura, diccionarios, biografías.
Pero las picardías tienen otros recovecos cercanos a las ironías que Michel de Montaigne acostumbraba a probar —ensayar— en las espirales de su torre-biblioteca. Una de las más simpáticas a disfrutar con sonrisas cómplices se halla cuando Pablo de Cuba Soria sugiere establecer vínculos y no jerarquías. La broma le hubiese gustado a Harold Bloom. ¿Acaso las relaciones entre obras o entre autores no responden siempre a un canon, lo admita o no la crítica al uso y al desuso?
Aderezados con el instrumental de análisis que entre otros críticos supo estudiar en Harold Bloom, este poeta nos sabe engatusar para que sepamos discutirle el punto de vista, recrearnos con las certezas que pone en las guardarrayas —dice “bordes”— de sus ideas. Y es que la inteligencia le impide realizar afirmaciones categóricas, jugarse el prestigio con alabanzas desmesuradas o agravios demoledores.
Un centro —aunque su escepticismo lo dude— lo ha alcanzado Collage Montaigne cuando no resbala a la caricatura. Las exageraciones meliorativas y peyorativas suelen “brillar por su ausencia” en este libro. Sesgo que no suele ser común en ninguna época, donde razones neurológicas y exógenas acostumbran a llenarnos la boca de signos de admiración. Entre los logros que el volumen esparce está la mesura. Salvo algún que otro texto generoso, la sensatez no se deja arrastrar por embullos y fanatismos. Lo que no deja fuera —como debe de ser— exageraciones plenamente justificadas cuando escribe —entre otros— sobre Proust y Roger Martin du Gard, Gertrude Stein y Cioran…
El gusto que experimentamos ante poemas de César Vallejo o René Char; cuando contemplamos las Cataratas del Niágara desde el lado canadiense o La persistencia de la memoria de Salvador Dalí en el MoMA; tiene aquí algunos apuntes a leer como poemas en prosa y párrafos dentro de ciertos ensayos, que valorados dentro de la literatura cubana actual producen un gusto —mutatis mutandis— de notable calidad estilística y hondura existencial.
Este collage —¿no es uno solo? — se nos presenta en cuatro contrapuntos o movimientos: Primer movimiento: la música del pensamiento; Segundo movimiento: arquitectura de la ruina; Tercer movimiento: el gabinete del yo; Cuarto movimiento: la biblioteca infinita. Con un aviso: el autor nos impele a hacerle trampas, a no seguir su consejo de lectura aleatoria de cada ensayo. A estructurar una línea no necesariamente azarosa sino por cada contrapunto. De ahí —quizás— la mejor sugerencia sea ir saltando, aunque desde cada movimiento. Por lo menos sin buscarle explicaciones intrincadas y causales —como él dice— a un orden en los textos que apenas mantiene la cadencia de su respiración intelectual, por suerte cambiante, nada hierática o monocorde.
El libro aspira su oxígeno sin bacterias ideológicas de la modernidad, mientras adopta —nada más natural— forma de volante escrito, desde luego, a párrafo francés. En realidad, es un poema —en la penúltima página— quien nos regala la parábola: “Al cruzar el Leteo, las almas deben beber el agua del olvido para reencarnar. Los libros son nuestro artificio (la baraja que Mente oculta) para contrabandear memoria hacia la otra orilla. Pero Hermes, el conductor de almas, sabe que la biblioteca infinita también es una forma de olvidar, de sepultar la vida bajo capas de tinta”. Parábola —para que no haya equívocos receptivos— que no se oculta detrás de ningún autor o referencia. Es el propio Pablo de Cuba Soria quien nos confiesa su razón de ser, su vocación y su cifra.
Por esas capas se revelaron la bibliofilia empedernida y desempercudida, la insaciable colección de lecturas disímiles, la Ariadna de este Collage que vimos aparecer, crecer, caracterizar… En este sentido —sobre todo en el Cuarto movimiento— se aprecia un guiño a Jorge Luis Borges. Cerca del amor del genial autor argentino a lenguas y escrituras, se halla el epígrafe final, el último velamen del volumen: la cita de Edmond Jabès que dice: “Todo lo que ocurre, debe ocurrir para ser escrito”.
La mejor picardía —quise decir paradoja— que Collage Montaigne nos deja es una extraña alegría. Su heterogeneidad estimula a otros diálogos. Al tratarse de “una invitación a seguir caminando”, muestra que su lectura ha sido una buena manera de irnos de excursión a la Dordoña, ascender —aislarse, reflexionar— a la torre de Michel de Montaigne.
Collage —del francés coller— significa “pegar”, concertar fragmentos, materiales diferentes. Esta disímil agrupación de escritos permite repetir lo que Pablo de Cuba Soria dice sobre Roland Barthes. Ambos nos convocan “a sus abismos juguetones”.




