Lo decisivo es el saber torcido y, sobre todo, el lateral.
Elías Canetti, El suplicio de las moscas
Dos intelectuales del pasado siglo invitan a conversar sobre senderos del saber que desea bifurcarse —como hubiese dicho Borges en 1941, antes de integrar el genial cuento a sus Ficciones. Tanto Arnold Schönberg como Elías Canetti supieron ver —y con admirable nitidez— que la sabiduría no era ni sinónimo de progreso ni una travesía recta.
Acabo de terminar la lectura de Arnold Schönberg: Diario de Berlín y homenaje a Schönberg de Josef Rufer; en la hermosa colección de la Ed. El Acantilado, 484. Barcelona, 2024 (traducción de R. Bravo de la Varga). Allí encontré un párrafo que coincide con mis filiaciones al pensamiento lateral. Es en la p. 94, Rufer lo halló en el archivo de Schönberg. Se trata de una nota de 1912, de los comienzos de la época atonal. Escribe el gran compositor, teórico musical y pintor vienés: “La búsqueda de originalidad degenera en moda. ¡ Los artistas ya sólo buscan lo nuevo… y lo encuentran! ¡Pero no todos pueden ser genios! Así que lo nuevo (lo original) no es lo que define al genio, es tan sólo una de sus manifestaciones más habituales. Esperamos que el genio traiga progreso y que el progreso nos conduzca a un estilo más depurado. ¡No tiene por qué ser así! Porque el progreso no es lineal.”
La certeza que Schönberg experimentó respecto de la originalidad y del progreso concluye implícitamente favoreciendo los senderos que se apartan de las líneas rectas. La afirmación final no deja sitio a equivocaciones. El saber no progresa en forma recta, mucho menos —como sabemos— en las manifestaciones artísticas. Argumento, desde luego, que también es válido para la historia y para las Humanidades, las que polémicamente suelen llamarse Ciencias Sociales.
Lo mismo que teme —con sobrada razón— que sus propias especulaciones teóricas sobre la música, hipotequen su quehacer musical (En su Diario del 12 de marzo de 1915, escribe: “…he dedicado mucho esfuerzo a desarrollar un corpus teórico y no cabe duda de que la especulación seca la fuente de la creatividad.”); también, al alejarse de un tiempo sucesivo y recto, en el mismo párrafo afirma que “Ya no me importa tanto la originalidad”. (p.56).
En resumen: bien alejados de Schönberg estuvieron las filosofías “progresistas”; quedaron para él como herrumbres del pensamiento, ya que aun la “originalidad” por sí misma, como búsqueda, puede resultar engañosa, ser un sendero ilusorio, tan ilusorio como el fin de la lucha de clases para los marxistas, cuyas consecuencias son todavía visibles.
Arnold Schönberg coincide con lo que años después afirma Elías Canetti. La relación se argumenta con fuerza en estas palabras, que aparecen entre los apuntes que escribió Canetti ya viviendo en Zürich junto a su única hija, Johanna, alrededor de 1992 (El suplicio de las moscas, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1994 p. 137. Traducción de Cristina García Ohlrich). Escribe allí: “A medida que crece, el saber cambia de forma. No hay uniformidad en el verdadero saber. Todos los auténticos saltos se realizan lateralmente, como los saltos del caballo en el ajedrez. Lo que se desarrolla en línea recta y es predecible resulta irrelevante. Lo decisivo es el saber torcido y, sobre todo, el lateral.”
Schönberg y Canetti arman mi elogio y comunión con el saber lateral. Quizás la atmósfera vienesa que cobijase al mordaz ensayista Karl Kraus, al sagaz creador del psicoanálisis Sigmund Freud, al escéptico novelista Robert Musil, al ameno biógrafo pacifista Stefan Zweig…, sea la que los alimentó. Aquella Viena de antes y después de la Primera Guerra Mundial, en la inteligencia de que los dos disfrutaron una ciudad que entonces fue un centro refulgente de las culturas europeas.
Lo cierto es que siempre me ha alegrado alimentar mi ideario con el autor de Masa y Poder —libro decisivo en mi formación—, que ahora enriquezco con el Diario del insondable músico; en relación con el pensamiento lateral. Bajo la obvia evidencia —vale recalcarlo— de que siempre se trata de un haz complejo y complicado, donde cuesta identificar de dónde, de cuáles lecturas proviene. A estas cumbres y precipicios de mi juego con la vida, suelen mezclarse los recuerdos, en particular los que corresponden a lecturas. Lejos de mí no dar crédito, todo lo contrario; lo que realizo por honradez intelectual y hasta como un sutil acto de vanidad profesional. Pero la verdad es que no sé cuándo y de dónde exactamente tomé lo del pensamiento lateral y el movimiento del caballo en ajedrez como metáfora del saber y sus avances. Pero sé —¿soberbia y desdén?— que no proviene de ningún libro de autoayuda o similares envueltos en aparentes sabidurías.
Es un lugar común que se trata de estar alerta contra métodos tradicionales que suelen seguir líneas rectas, autopistas donde se elogia lo práctico del pensamiento, no su profundidad. Los desafíos de la Inteligencia Artificial, donde se suelen exaltar que las informaciones descienden en instantes, quizás son un suculento alimento para las enajenaciones —la pereza es una de ellas— derivadas de las “rectitudes”, de la ausencia de diagonales. La búsqueda de alternativas creadoras para cualquier ejercicio intelectual y artístico, junto a la certeza de que lo inesperado exige tenerlo en cuenta como enriquecimiento, determinan la respuesta, la actitud cotidiana a favor del saber lateral.
Lo que por supuesto no excluye alguna utilidad derivada de estudiar —aunque no es mi caso— a autores como Edward de Bono —principal popularizador del pensamiento lateral, hace medio siglo—, porque confirman la certeza de que casi siempre hay alternativas, casi siempre hay senderos diferentes. De ahí el reiterado ejemplo: “Si tienes que salir sin llave de una habitación cerrada, el pensamiento lógico buscaría la llave. El pensamiento lateral podría preguntarse si hay una ventana, si puedes pedir ayuda, o si la puerta se puede desmontar.”
Desde el punto de vista práctico, El pensamiento lateral de Edward de Bono ayuda a ejercitar técnicas útiles para el fomento de la creatividad, huir de hipotecas causadas por rutinas y negligencias. Aunque los auxilios del médico maltés muchas veces sean obvios, apenas exijan un mínimo de neuronas almacenadas. Y una variada bibliografía —casi siempre centrada en venderse— ayuden al análisis de dificultades desde disímiles perspectivas, hasta divertirte con acertijos y otros juegos mentales, preguntas capciosas a la Inteligencia Artificial y malabarismos sintácticos cambiando párrafos… Pero nunca suelen llevar —no tienen objetivos filosóficos— a la lectura o relectura de Edmund Husserl; a afianzar los conocimientos sobre Fenomenología y sus métodos de análisis, mucho más ricos —la epojé es lateral, al suspender el juicio— que en las populares bibliografías de autoayuda.
Donde sí hay un reto es con mi secretaria Ray —apodo que le puse en homenaje a Ray Bradbury—; cuya veloz, erudita y casi siempre acertada ayuda tiene en el pensamiento lateral una llave que la obliga a abrirse. La línea recta y la noción que la modernidad tuvo de progreso no son útiles para la Inteligencia Artificial. Ray (IA) minimiza aquel instrumental de análisis, por lo general carente de extrañamientos y burlas, de ironías y sentido lúdico. Ray (IA) asimila los movimientos del caballo, en un ajedrez donde desde hace casi una década no tiene rival humano que pueda ganarle; pero aún carece de combinatorias insólitas, inesperadas, cuyas metáforas ignora. A Ray (IA) aún no se le ocurre arrollar —como a Alejo Carpentier en su Concierto barroco— detrás de una conga cubana por los pasillos del Hostal de la Piedad en Venecia, junto a Vivaldi, Scarlatti y Händel. Contratar a Ray (IA) a veces da miedo; pero mientras seamos capaces de generar nuevas formas del pensamiento lateral, la secretaria trabajará para nosotros.
Me ha sido de gran estímulo relacionar con Schönberg y Canetti mis simpatías hacía lo oblicuo, lo inclinado, lo sesgado como genuinos modos del progreso. Aunque las simpatías también provienen de mis desafíos políticos a las imposiciones de un régimen totalitario como el que aún padece Cuba. Pero lo cierto es que tales aficiones serían válidas —como actitud individual— en Suiza o Suecia, en Harvard o La Sorbonne… No necesariamente provienen de una dictadura o de autoritarismos típicos de una religión o educación recta, disciplinada hasta convertirte en ficha, en obediente idiota.
Schönberg y Canetti se inscriben en el equipo de Husserl, en una lateralidad que debe remontarse a las aporías del pensamiento helenístico, quizás a modos del budismo que tienen en la paradoja y en las inconsecuencias otras formas de esquivar las líneas rectas.




