Fredric Weldin Splint, entonces editor de Smart Set, me ofreció el puesto de crítico literario en 1908. Su propuesta fue que llenara ocho páginas de la revista cada mes y que recibiría 50 dólares por el trabajo, además de quedarme con los libros reseñados como recompensa. No le miré la dentadura a este caballo regalado, sino que acepté agradecido y con gran energía, y así comenzó una relación con esa revista que se prolongó hasta finales de 1923. Del Smart Set, septiembre de 1912, pp. 151-52.
Durante cuatro años he promediado una novela por día. En más de un lluvioso domingo he leído dos o tres, y en una semana, incomunicado y en cama, llegué a terminar veinticuatro. Pero eso fue extraordinario, sin paralelo, una coincidencia única de audacia y temeridad. No creo que lo repita jamás. Con una hazaña así en la vida, un hombre común debe darse por satisfecho. No le es dado a los mortales trabajar sin cesar en esas marchas forzadas, elevarse tan desmesuradamente por encima del nivel común de logro. Miro atrás a esa hazaña con orgullo sin disimulo, e incluso con un toque de asombro. Me coloca en la misma categoría que personajes asombrosos y desmedidos: Hobson el besucón, Holmes el homicida, Home-run Kelly, el carnicero Weyler y Brigham Young el matrimoniaco.
Digan que estoy cansado, digan que estoy triste;
digan que me han faltado la salud y la fortuna;
digan que envejezco, pero añadan
que una vez leí veinticuatro novelas en una semana.
No, quizás, de cabo a rabo, sin saltarme una palabra, cortando cada página; pero sí con diligencia e incluso a fondo, y de modo que las reseñas posteriores, escritas al salir del hospital, resultaron bastante aceptables y completas, en lo que a reseñas respecta en este valle de delitos, y complacieron a la mitad de los editores y a casi uno de los novelistas.
Pero lo que en realidad me proponía no era alardear de mi apetito gargantuesco por la ficción en prosa —un apetito tan insaciable que, en los intervalos entre superventas, me devuelve a Huckleberry Finn, Germinal, Kim y Vanity Fair—, sino disculparme ante los amables editores por pasar por alto, de vez en cuando, una novela, o incluso todo un lote de novelas. Intento echarle un vistazo a cada una que me envían, y llegar al menos a treinta cada treinta días, pero al fin y al cabo solo tengo dos manos, y ocurre a veces que, cuando nueve o diez me llegan de golpe, me dejo tres o cuatro sin reseñar. Y ocurre también que me resulta imposible, con la mejor voluntad del mundo, avanzar lo suficiente en un volumen como para averiguar de qué trata. Y, todavía más, ocurre que, una vez averiguado, me resulta imposible describir su contenido sin violar las leyes contra el uso de lenguaje profano o indecente. Y finalmente ocurre —más a menudo, en realidad, que de vez en cuando— que mi trabajoso esfuerzo por superar todas esas dificultades queda anulado y en vano por asesinos en la oficina de Smart Set, que me reducen de ocho a seis páginas sin previo aviso, o me cortan un par de galeradas de mi arduo trabajo, o me mandan al diablo con la orden de dejar las novelas en paz durante un mes y darles, en cambio, algo sabio y picante sobre los últimos estrenos teatrales o los nuevos tratados de psicoterapia.
Todo esto a modo de explicación y disculpa, no solo para los Barrabases que publican, sino también para aquellos amables lectores que protestan en términos corteses cuando me olvido de sus favoritos entre los genios de Indiana. Reconozco, en suma, que todo es más bien un embrollo. No reseño siguiendo ningún plan sistemático ni simétrico, con raíces en la lógica o en el jus gentium, sino al azar y sin conciencia, y así ocurre que una novela de cuarta categoría recibe una página, o incluso dos, mientras que una obra de gran mérito va a dar injustamente a mi cubo de basura, y de allí es arrastrada en la noche, sin llanto, sin honor y sin canto, junto con mi lencería arcaica y mis botellas de cerveza vacías.
Imagen: La lectura (1857), de Honoré Daumier.
Revisión de la traducción: MHM.




