Una visita a Paul Léautaud

En una época en la que hay más comentaristas exitosos que acontecimientos importantes sobre los que comentar, la tentación de convertirse en crítico es enorme. La nuestra es una era minúscula con un millón de microscopios apuntando hacia ella: y la tendencia natural es volverse uno de los observadores, en lugar de uno de los observados. Al fin y al cabo, ¿para qué molestarse en hacer historia si se puede ganar mejor la vida como espectador no combatiente? El argumento es poderoso, pero falaz. Quienes han sido seducidos por él y han adoptado la crítica como carrera deberían estudiar el caso de Paul Léautaud, cuyo segundo volumen del Journal Littéraire  acaba de aparecer en París.

Léautaud, que hoy tiene ochenta y tres años, fue hijo ilegítimo de un apuntador de la Comédie Française. Se convirtió en crítico en 1907 bajo el seudónimo de Maurice Boissard: ingenioso, de mirada aguda como de halcón, vehemente y maestro de la paradoja. En cuestiones de estilo veneraba la rapidez y la desenvoltura de Stendhal; sentía horror por lo bonito, y por el “estilo por el estilo” mismo, y decía que uno leía a Anatole France únicamente para averiguar qué había estado leyendo Anatole France. Con lucidez y severidad, fustigó los excesos de la actuación clásica francesa, y se hizo rápidamente notorio.

Detestaba la tragedia por encima de todas las cosas, y citaba con aprobación la observación de Crébillon (hijo) según la cual el drama trágico francés, tal como lo ejemplifican Corneille y Racine, era la farsa más perfecta jamás inventada por el ingenio humano. (Andromaque, que le gustaba, la definía como una brillante comedia psicológica). “Il n’y a de théâtre que le théâtre comique”, exclamaba —no había más teatro que el teatro cómico—, con lo que quería reivindicar lo trágico-cómico y excluir para siempre lo puramente, implacablemente trágico. Con altibajos, se mantuvo activo durante más de treinta años, siempre franco y a menudo quejumbroso, dentro de las mejores tradiciones de la polémica francesa. Pero en 1941 abandonó su oficio y huyó. ¿Por qué?

Sus enemigos dicen que su egocentrismo había crecido hasta tal punto que permanecer en silencio durante tres horas mientras los actores declamaban se había vuelto una tortura para él. Otros sostienen que se asustó cuando un actor trágico rencoroso, sentado detrás de él en la Comédie Française, le prendió fuego a los faldones del abrigo. Sea cual fuere la razón, se retiró con un ejército de gatos domésticos a una casa destartalada en las afueras y se encerró en ella, como un cangrejo ermitaño herido. Con cautela, hace cinco años, salió de su escondite para dar una serie devastadora de charlas radiofónicas sobre su vida privada: durante un tiempo se puso de moda, y no había salón que se considerara completo sin este hombrecillo espinoso como un cactus enano, con los bolsillos llenos de carne para gatos y la boca llena de insultos. Poco después volvió a su guarida, y hoy visitarlo equivale a cortejar el aniquilamiento.

A tu llegada, un gato centinela apostado en la entrada sale disparado hacia el interior, presumiblemente para alertar a sus congéneres y preparar un recibimiento estridente. La puerta cuelga de una bisagra oxidada, y las ventanas están rotas y cubiertas de polvo gris. Te anuncias a gritos, y la respuesta —desde un rellano alto y maloliente— es un gemido ahogado de pena. Proviene de alguien que conoció a Zola, Huysmans, Péguy, Verlaine y Rémy de Gourmont; es el sonido que emite un crítico al final de su vida. No subas la escalera: Léautaud vive en lo alto solo, dicen, por el puro placer de poder empujarte escaleras abajo. Vive en la expectativa constante de volar en pedazos. En esto no ve patetismo alguno. No desea simpatía, salvo la de sus gatos; solo cuando los seres humanos invaden su ermita se vuelve irritable. Y este es su destino elegido: lógicamente, para alguien de su especie, no hay otro posible.

¿Quieres ser crítico? Contempla a Léautaud… y piénsalo de nuevo.

 


[Publicado originalmente en The Observer, 9 de octubre de 1955. Tomado de Profiles, Nick Hern Books, 1989. Revisión de la traducción: MHM]

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