Unplugged (II)

Estábamos conversando sobre Ernest Hemingway y nos preguntábamos cuánto de él estaría en el David Bourne de The Garden of Eden. Es una novela póstuma que estuvo inédita hasta 1986. Ni Crespito ni la Gatúbela la han leído. Gata, sí. Ha sido sugerencia de Cabellera Espumosa, que a su vez la leyó porque yo se la presté. Qué ambiciosillo.

 

Preocuparme por saber si es cierto que en el Jardín de los Héroes de Misolonghi fue enterrado, debajo de su estatua, el corazón de Lord Byron. Si se lo compara con la multitud de hechos insignificantes que giran, a nuestro alrededor, como un huracán de banalidad y trivialización, el corazón de un poeta lo es todo, o casi todo.

 

Un escritor discreto es, por lo general, un escritor intenso. Lo que sea que esté asociado a mi presumible intensidad, ¿sería un indicio de desdicha y tribulación que me roe las entrañas usando un ariete de palabras que dejan una sensación de concavidad y hundimiento, de abismo y desaliento, de melancolía y cansancio?

 

La épica que existe en mi derrota puedo compartirla con unos cuantos. 

 

Resulta curioso que la gráfica que aparece en la cubierta de El regreso haya sido hecha por Antonia Eiriz. Calibrando, desde la muerte, el paisaje que Calvert Casey pinta cuando escribe “En San Isidro”, las criaturas de Eiriz han venido a adquirir una condición de respaldo, de compañía. Pobreza, libertad, expansión, necesidad imperiosa de subsistir dentro de una alegría negada hasta el fin. San Isidro, un barrio, y los espectros, pensantes y vivos, de Antonia Eiriz. La llaga de la que nadie quiere hablar. San Isidro y Antonia Eiriz, ¿qué fusión colosal pervive ahí?

 

Francis Bacon dice que le gustan los que investigan, desmontan y deshuesan. Oiga, ¡qué difícil es encontrar un buen vino aquí!, exclama mientras mira un libro sobre la estatuaria egipcia.

 

¿Dónde poner los tics que convierten el recelo y la suposición en actos narrativos rebosantes de verdades mezcladas con el cascajo de lo incierto o lo improbable?

 

Brunetto Latini, ilustrado canciller de la república de Florencia en tiempos de Dante.

 

Había reproducciones, en yeso pintado de negro, de las célebres “vasijas aguadoras” de los mochicas. El agua, como salida de un porrón, brotaba de obvios y gruesos glandes precolombinos, y figuras así invitaban a muy sensuales felaciones. 

 

Hay tonos verdosos en algunas pieles de Rembrandt, como hay pieles palmariamente verdes en Matisse. 

 

Conclusión provisoria: en lo que concierne a la escritura que produzco, hay un delicado equilibrio entre los símbolos y las acciones.

 

Eres un puto, me suelta ella. Como alza su voz desde una sombra que repentinamente oscurece parte de mi habitación, no sé cuál de estas diosas venerables (Euménides de afiladísimos dientes) se dirige a mí. 

 

Y voy a despedirme ya, que todo esto ha sido demasiado largo. Espero que se olviden de mí en un tiempo razonablemente breve.

 

Pero por si acaso se me borra de la cabeza, he de decir que les deseo a todos los hijos-de-puta-conocedores-de-sus-pecados, una larga y bonita estancia entre el fuego y los hielos del infierno, despedazados por bestias de mandíbulas inimaginables.

 

El olor a sangre humana me halaga, murmura un personaje de Esquilo. 

 

Todavía no sé si continúo aquí, absorto, pensando no en lo que me sucedió, sino en el modo en que los hechos se articulan con el sentido final de mi vida. Y ese detalle, esa suerte de suspicacia retrospectiva, es lo que hoy me induce a pensar en mi elaboradísima búsqueda de una libertad al cabo tan enigmática como adversa, y que se espesa allí donde mi yo alcanza a mezclarse con el mundo.

 

Todo está en el sitio correcto y me siento feliz de saberlo.

 

Sigue brillando, diamante loco. Eso me gritan, creo.

 

Tú: mi hortus conclusus. 

 

De profundis clamavi ad te Domine.

 


Fragmento del libro Unplugged (fanfarria por un hombre común)  (Editorial Casa Vacía, 2025).
Imagen: Alberto Garrandés.

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