“Yo digo que Cyril Connolly es un parásito nato” [Fragmentos de diarios, 1926-1961]

H.N. a Vita
17 de diciembre de 1926
Teherán

No, mi amor, no me molesta que escribas tanto sobre Virginia [Woolf]. Desde tu punto de vista, sé que esa amistad solo puede enriquecer tu vida. Por supuesto que me preocupa un poco desde el punto de vista de ella, ya que no puedo evitar sentir que su estabilidad y su equilibrio se basan en cimientos algo precarios. Quiero decir, sería bastante terrible que tu partida la hiciera enfermar. Esa es mi principal preocupación.

Adherido a ella, como una pequeña hiedra que crece al pie de un castillo, está el sentimiento de que ella hará que yo te parezca aburrido. No es celos, cariño —solo un movimiento instintivo de autodefensa. Pero mi idea dominante es de alegría por el hecho de que los ricos minerales de tu naturaleza estén saliendo a la luz. Sé que estar con ella y ser amada por ella te hace bien, tanto mental como moralmente, y eso es lo único que importa. Creo que son muy afines —la unión de almas verdaderas, a la que no permitiré que se le interponga impedimento alguno (ni siquiera ante mí mismo, ni ante ti —lo cual es lo mismo).

Y en cuanto a mi relación con Virginia, jamás olvidaré lo amable que fue conmigo cuando yo aún estaba herido por la impertinencia de Lytton. No había ninguna razón para que fuera amable al respecto, salvo que vio que yo estaba alterado y realmente dolido. Así que, en el fondo de mi temor hacia ella, titila una pequeña piedra blanca de gratitud, que no puede sino aumentar al verla amarte.[1] 

 

Diario
17 de julio de 1927

Leonard y Virginia [Woolf] llegan en su nuevo coche de segunda mano. Hablo con Leonard sobre el imperialismo. Él dice que la cuestión no es si está bien o mal, sino que es prácticamente imposible. Temo que pueda tener razón. Pero me entristece, ya que siento que nuestro genio nacional se orienta en esa dirección y solo en esa. No comparto la creencia de Raymond [Mortimer] de que podríamos volver a ser grandes en asuntos internacionales.

Virginia había sido entrevistada por una periodista estadounidense que estaba recopilando material para una conferencia sobre figuras de la literatura inglesa. Le dijo que había oído hablar vagamente de un conjunto o grupo llamado “el grupo de Bloomsbury”. Dijo: «En las reuniones sociales de su grupo, supongo que leen en voz alta y luego tienen una discusión o debate, ¿no?»

¡Puedo imaginarme a Bloomsbury haciendo eso!

 

H.N. a Vita
11 de febrero de 1928
Berlín

Sinclair Lewis es un tipo raro, joven, ruidoso, de cara roja, que desde el primer momento me llamó Harold y no quiso despegarse de mí. Insistió en que fuéramos a un bar y luego en venir a cenar conmigo. Habló todo el tiempo, y bebió y bebió. A las 9:30 recordó que tenía que llevar a su prometida a un baile, y se fue a toda prisa arrastrándome con él, diciendo que estaba demasiado borracho para cambiarse de ropa.

Entonces empezó a hablar de las relaciones angloamericanas. ¿Qué se podía hacer? ¿Estábamos encaminándonos hacia una guerra? ¡Dios mío! ¿Qué se podía hacer? ¿Podríamos escribir juntos una carta para el Evening Standard? ¿Y aun así, qué podríamos decir? ¿Quizás sería mejor no hacer nada? Y sin embargo, él amaba tanto a Inglaterra. No era de extrañar que odiáramos a Estados Unidos. ¿Y si lo acompañaba a casa de Edith Thompson? Podría molestarse por lo tarde que era. Y claro que yo no estaba enfermo —él podía tomarme el pulso. Sí, tenía que ir con él. Y, ah, sí, esta noche iba a dormir con Edith, así que debía pasar a recoger su pijama. ¿Y podría yo llamar un taxi por teléfono? ¿Y se le notaba mucho lo borracho? Porque a Edith eso le molestaba.

Fui a ver a Edith. Era una mujer simpática, sensata, con encanto y buen juicio, y los despaché juntos al baile y me fui a dormir.

 

H.N. a Vita
16 de mayo de 1928
Berlín

Cyril [Connolly] llegó ayer. Como el joven Beethoven, con granos. Y una buena frente, y una voz poco fiable. Halagó a tu marido. Estaba sentado jugueteando con un tenedor y mi vanidad, dándoles vueltas juntos en sus manitas rechonchas. Tiró la suerte. Quiromancia. Pero el punto principal es que él piensa que Some People es un libro importante. ¡Importante! Y sólo fue garabateado como una broma. Estaba terriblemente interesado en el Sr. Peabody, y tuvimos una larga charla sobre él. El Sr. Peabody está tomando lentamente una forma muy extraña. Como un reloj de arena. Realmente voy a tener problemas con ese libro, y hay un montón de cerebración en marcha, consciente e inconsciente.[2]

 

H.N. a Vita
9 de agosto de 1928
Berlín

Anoche tuvimos una larga discusión sobre cuál era la prueba de la inteligencia. Cyril dijo que si una mujer había leído realmente todo En busca del tiempo perdido, la consideraría inteligente. Yo dije que eso era una tontería, ya que estaba seguro de que Lady Gosford lo había leído entero. Yo no juzgaba la inteligencia por el conocimiento o la cultura, sino por la imaginación y la capacidad de establecer asociaciones rápidas y originales. Raymond [Mortimer] defendió la cultura: dijo que se podía saber cuán inteligente era una persona por lo que había leído. Sentí que la discusión estaba a punto de tornarse violenta. La figura de la discordia se erguía enjuta e impaciente en la próxima encrucijada.

Así que cambié de tema y hablé de los ensueños. Cyril y yo coincidimos en que ambos teníamos ensoñaciones. Yo dije que soñaba con hacer cosas de gente valiente: disparar a íbices desde muy lejos, comportarme con gran valor durante un incendio, revoluciones o en un debate en la Cámara de los Comunes. Cyril dijo que sus ensueños eran en su mayoría historias en las que él figuraba como el jeque Senoussi y en las que, disfrazado con pañuelos blancos, secuestraba turistas europeos y los ejecutaba a todos, salvo a Bobby Longden, quien, por su parte, estaría agradecido por ese trato privilegiado. Raymond, por su parte, dijo que él nunca soñaba despierto: que le parecía “escandaloso” hacerlo —una relajación de la fibra intelectual peor que las drogas.

Nuevamente, la figura de la discordia se alzaba en la distancia, así que la conversación volvió a desviarse, esta vez de la experiencia personal a la cultura. Cyril dijo que la diferencia entre la cultura de Bloomsbury y la de Chelsea era que los primeros considerarían al Edipo Rey superior al Epicteto, mientras que los segundos preferirían a Epicteto antes que al Edipo Rey. Tray [Mortimer] se mostró un poco desconcertado por esto y se refugió en el siglo XVII francés, donde estaba bastante seguro. Yo, por mi parte, dije que debía sacar a Henry [el perro] a orinar.[3]

 

H.N. a Vita
17 de noviembre de 1928
Berlín

No hay ningún deseo de fama, y de verdad aburriría sentir que la gente en un balneario de Harrogate supiera de mí de la misma manera que saben de Hugh Walpole. “Ahí está H. Nicolson”, exclamarían mientras un artrítico con cara de jamón pasa cojeando por el salón sombreado de palmeras. No, muchas gracias. Sí quiero influencia, y ser apreciado por las personas que respeto.

 

H.N. a Vita 
19 de noviembre de 1928
Berlín

¡Oh Dios, cómo desearía que la vida fuera el doble de larga y que los días tuvieran cien horas cada uno! Cada mañana, me despierto pensando en que quiero escribir un libro sobre el puritanismo, y pasar un invierno en Tahití, y aprender a pescar salmón, y hacer una ruta a pie por la Patagonia, e intentar desentrañar el secreto de los paisajes de Cézanne (me enloquece Cézanne en este momento), y no hacer nada durante seis semanas, excepto visitar las islas griegas con mi amor y los chicos, y construir una casa en el Líbano, y visitar Australia, Sudáfrica y América, y hacer una biografía más completa de Byron y de Luis II, y a pesar de todo esto, seguir siendo diplomático, mantener Long Barn, y ver cada otoño el humo de la leña flotando sobre los queridos bosques recordados.[4]

 

31 de diciembre de 1928
Diario
Berlín

Así, entre dolores y fiebre, termina uno de mis peores años. Un año horrible. Muere Lionel [Lord Sackville], y así no solo pierdo a un gran amigo y apoyo, sino que la pobre querida V. pierde su casa adorada [Knole]. B.M. se comporta de forma abominable y todo el año está ocupada en disputas con ella, pues se odian, y por las consiguientes dificultades financieras. Murió también mi viejo padre, rompiendo así un vínculo con mi juventud. Todo el año lo he pasado en Berlín, separado de Vita, de la casa y de los chicos. Claramente soy ya mayor. Me siento calvo y gordo. No he escrito nada este año de importancia ni he hecho el más mínimo trabajo diplomático. Hasta aquí el lado oscuro. En el lado bueno, hay compensaciones.
Tanto mi reputación literaria como la de V. han aumentado mucho y ahora podemos pedir grandes sumas por artículos de revista. Todos han estado bien. Ben y Nigel progresan espléndidamente, y el primero ha obtenido una beca en Eton. Luego he hecho algunos amigos nuevos muy agradables: los Lindsays, Noël Coward, Cyril Connolly, Bob Boothby, Maurice Bowra, John Sparrow, Francesco Mendelsohn, Dan Lascelles, Christopher Sykes. No es realmente un año perdido, pero sí uno oscuro.[5]

 

H.N. a Vita
12 de abril de 1929
Berlín

Cené con H.G. Wells y Moura Budberg. Hacia el final de la velada, Wells dejó de coquetear con la dama y comenzó a hablar inteligentemente. Habló de su juventud, de un abuelo que había sido jardinero en Penshurst, de su padre, que tenía los pies y las manos muy pequeños y jugaba al críquet como lanzador, y de su madre, que vivió lo suficiente para ver su éxito, pero siempremle angustiaba la inestabilidad de la profesión de escritor. Un día le mostró un cheque de 6.000 libras que acababa de recibir de América. Ella suspiró profundamente: “Ay, ojalá pudieras conseguir algo permanente”. Dijo que, al mirar hacia atrás, su vida le parecía muy corta, “aunque algunas cosas en ella parecen muy lejanas”. Es un hombrecillo de ideas equivocadas, pero divertido. Creo que cree profundamente en el nuevo mundo. No tenía en alta estima a Lenin como personalidad, aunque reconocía que debía de haberlo sido. Lo curioso era que le daba vergüenza salir a orinar. Nos burlamos de él por eso, y admitió que era una de sus convenciones.[6]

 

16 de abril de 1929
Berlín
H.N. a Vita

Fui a la conferencia de H. G. Wells en el Reichstag. Simplemente no se oía una sola palabra. Ni una sola palabra. Fue más bien un desastre. Después hubo una cena en el Adlon. [Albert] Einstein presidía. Parece un niño que, por diversión, se ha puesto una máscara pintada con la cara de Einstein. Es un encanto. Pronunció un pequeño discurso en honor a Wells, que luego yo traduje. Comencé diciendo: “Se me ha pedido que traduzca el discurso del profesor Einstein. Puedo añadir que es la primera cosa suya que he entendido jamás”. Les pareció un chiste muy gracioso.

 

18 de mayo de 1929
Berlín
H.N. a Vita

Cyril [Connolly] no es, quizás, el invitado ideal. Es terriblemente desordenado, de una forma que me irrita. Deja pañuelos sucios en las sillas y plumas estilográficas (mis plumas) abiertas dentro de los libros. Además, es bastante fastidioso tener a alguien que no tiene nada propio: ni un cigarrillo ni un sello. De hecho, la pobreza de estos huéspedes es desgarradora. Christopher y David están absolutamente en bancarrota. Pero realmente me mantengo firme al respecto y no los llevaré a todos a Pelzer’s a comer huevos de chorlito.

Sin embargo, en otros aspectos, Cyril es un invitado agradable, se divierte con facilidad y tiene opiniones interesantes. No confío en él ni un ápice y creo que le gusta sembrar cizaña. Tiene mucha relación con Violet Trefusis, y me imagino que es muy desleal conmigo cuando está con ella. Eso sí me molesta un poco, ya que ella es tan falta de escrúpulos y parece no haber superado nunca el deseo de vengarse de mí. Pero, ¿qué importa todo eso mientras ninguno de ellos pueda causar problemas entre tú y yo?[7]

 

H.N. a Vita
25 de mayo de 1929
Berlín

Llevamos en coche a los York al campo de golf para almorzar (5). Ella es realmente una persona encantadora, increíblemente alegre y sencilla. Es una verdadera tragedia que sea de la realeza. Además, no es ninguna tonta. Me habló con tanta inteligencia sobre Some People, mientras que él claramente solo había leído la historia de Arketall y la había entendido mal. Pero ella y Cyril Connolly son las únicas dos personas que han hablado con inteligencia sobre el elemento “paisaje” en mi libro. Dijo: “Escoges tus colores con gran cuidado, ese fragmento sobre el palacio en Madrid estaba hecho en gris y blanco yeso, los pasajes de Constantinopla en azul y verde, y los del desierto en azul y naranja”.

Claro, puede que eso lo haya oído de segunda mano, pero no lo creo —y aunque me equivoque respecto a su inteligencia, no me equivoco en absoluto sobre su encanto. Es absolutamente arrollador. Él no es más que un bicho de pantano salido de las grandes marismas de Windsor. No es mal parecido, pero de vez en cuando aparece esa expresión hosca, de párpados pesados, un empecinamiento apagado en los ojos azules que resulta muy poco atractivo.[8]

 

Diario
9 de diciembre de 1939

Leí Horizon, la nueva revista de Cyril Connolly. La nota editorial dice que en esta guerra no nos inspiran la “piedad ni la esperanza”, como en la guerra de España. Sin piedad. Sin esperanza. Sombrío. Sombrío. Sombrío. Todo este asunto de que hemos perdido lo que solíamos llamar “patriotismo” debe ser pensado con cuidado. La antigua teoría nacional ha sido cortada horizontalmente por las distinciones de clase. Antes la cortábamos como un pastel, en cuñas perpendiculares. Ahora la cortamos de lado. Es un cambio difícil.

 

A sus hijos
9 de julio de 1944

Cené con James [Pope-Hennessy]. Philip Toynbee estaba allí, distinguido y cortés. No entiendo por qué alguna vez me cayó mal. Se nos unió Cyril Connolly. Admitió que le asustan los V-1. Le dije que debería pensar en sus seres queridos en el frente, que están en mucho más peligro que él.

—Eso no funcionaría en absoluto conmigo, Harold. En primer lugar, no tengo seres queridos en el frente. Y, en segundo lugar, he observado que en mí el miedo perfecto expulsa el amor.[9]

 

20 de noviembre de 1945

Tengo una experiencia curiosa. A las 10:30 voy a dar una conferencia a los jóvenes que acaban de ingresar al Servicio Exterior tras el nuevo examen. Lo que me divierte es que la conferencia tiene lugar en la antigua embajada alemana [en Carlton House Terrace], que ahora ha sido ocupada por el Ministerio de Asuntos Exteriores…

Les hablo sobre las cualidades que debe tener un miembro del Servicio Exterior. Defino la principal cualidad como la “fiabilidad” y analizo sus cinco componentes: veracidad, precisión, lealtad, modestia y sentido de la proporción. Después hay buenas preguntas. Un joven me pregunta qué se debe hacer si un funcionario extranjero le pregunta a uno si cierto hecho importante es verdadero. Le digo que, si uno no lo sabe, debe responder: “No tengo la menor idea”, pero si uno sí lo sabe, debe decir: “No deberías haberme hecho esa pregunta”. La sesión dura más de dos horas y creo que fue un éxito.

Ceno en casa de Sibyl. Harold Macmillan, T.S. Eliot, Cyril Connolly, los Kenneth Clark, los Julian Huxley, [Sir Pierson] Dixon, del Ministerio. Harold dice que solo con gran dificultad lograremos convencer a los trabajadores de este país de que tienen que trabajar. No tienen ninguna noción de lo que implica la riqueza nacional y les han enseñado que no es más que el beneficio de los ricos. Creen que ahora pueden vivir en la ociosidad y que el Gobierno se encargará de todo. Dice, y yo estoy de acuerdo con él, que Francia se convertirá en una potencia próspera mucho antes que nosotros.

 

10 de junio de 1947

El embajador chino se me acerca para decirme cosas amables sobre mis libros. Me pregunta si en Inglaterra nos sorprendió la prolongada resistencia de China. Le digo que sí, que siempre habíamos supuesto que los chinos consideraban la guerra una práctica incivilizada, y a los soldados, como de entre los hombres, los más despreciables. Él dijo que eso era cierto, pero que estaban luchando por sus vidas. Tenemos —dijo— un problema… quiero decir, un proverbio… en nuestro país que dice: Mejor ser una teja intacta que un pedazo de jade roto.

Es un muy buen proverbio —digo—. Lo voy a anotar, y lo escribo en mi cuaderno. Me pregunto —le digo—, si su excelencia podría repetir ese proverbio en chino. Entonces frunce el rostro y comienza con los ojos cerrados. Luego se detiene. No —dice—, me equivoqué en el problema. Es el siguiente: Mejor ser un pedazo de jade roto que una teja intacta.

 

8 de julio de 1947

Voy al dentista. Luego almuerzo en la embajada francesa, donde Cyril Connolly y yo somos condecorados con la Legión de Honor. Entramos como siempre, y los invitados van llegando. Nos quedamos por ahí un rato y entonces el embajador Massigli nos pide que nos pongamos en fila. Luego él se coloca frente a nosotros y pronuncia una alocución. Lo hace muy bien, pero yo me siento abrumado por la vergüenza. Me enojo conmigo mismo por ponerme tan tímido en una ocasión tan sencilla. Luego hace una seña a su personal, que avanza con unas medallitas en una bandeja. Después nos las prende en la solapa y da la accolade —mejilla contra mejilla. Lo detesto. Luego sacan champán y brindamos con un vin d’honneur, y después almorzamos. Estoy molesto conmigo mismo por haberme sentido tan torpe y cohibido.

 

1 de diciembre de 1948

V. y yo llegamos entre la niebla. Nuestro tren lleva más de dos horas de retraso. Almuerzo con Willy Maugham en el Dorchester. Hablamos, entre otras cosas, de cómo es posible que Cyril Connolly haya logrado imponer su personalidad a sus contemporáneos. Con apenas trabajo alguno, ha conseguido convertirse en una figura literaria importante. Willy dice que ha sido por pura seguridad en sí mismo. Yo digo que Cyril es un parásito nato: prospera gracias al trabajo de los demás.[10]

 

19 de marzo de 1958

Escribo un artículo para The Spectator sobre el tema de la urbanidad. En una revista del grupo Beaverbrook llamada Books and Art, un joven que escribe bajo el nombre de Humphrey Clinker me ha acusado, en dos artículos consecutivos, de ser culto, esnob y urbano. Me agrada tener la oportunidad de responderle, aunque en realidad no entiendo bien cuál es su verdadera queja. Dice que los “virtuosos” como Cyril Connolly y yo vivimos en torres de marfil y no poseemos el contacto con el pueblo ni comprendemos el polvo y el estruendo de la vida. Según él, deberíamos tratar la literatura como un columnista ingenioso trata la vida, no discutir ideas generales sino concentrarnos en las personas y ser más periodísticos. Yo digo en mi artículo que escribo para un público educado y no para uno sin educación, y que sería absurdo adoptar un tono proletario.

 

H.N. a Vita
1 de junio de 1961 

Tuve una cena realmente interesante con Harold Caccia [embajador británico en Washington, 1956–61]. Dice que el alma blanca y pura de América todavía se sonroja de vergüenza por Cuba [la fallida invasión de Bahía de Cochinos fue el 17 de abril]. Dice que tiene mucha confianza en Dean Rusk, pero que Kennedy debe aún “curtirse” antes de poder inspirar confianza. Asegura que no es cierto que Kennedy “heredó” la situación cubana. Desde el principio quiso mostrar que era un hombre fuerte, decidido a defender la Doctrina Monroe, y se lanzó a la aventura cubana basándose en información errónea. Dice que los estadounidenses no culpan a Kennedy, que sigue siendo su niño mimado pelirrojo, sino que echan toda la culpa a los “diplomáticos”, entiéndase sus servicios de inteligencia. “¿Por qué no podemos dar una sola en el clavo?”, se lamentan.

 


[1] La mención a Lytton Strachey, ensayista y crítico inglés cercano a Virginia Woolf, se debe a un comentario desdeñoso que hizo en una reunión del grupo de Bloomsbury sobre el ensayo que Nicolson dedicó a Tennyson.
[2] Some people es un libro de memorias que Nicolson publicó en 1927 y fue elogiado por Virginia Woolf. Mr. Peabody fue el título provisional de su segunda novela, terminada en 1932 y publicada con el título de Public Faces.
[3] Por Lady Gosford, Nicolson se refiere a Cynthia Elinor Beatrix Hamilton, condesa de Gosford (1897–1960), miembro de la alta sociedad británica y dama de compañía de la reina Isabel (la Reina Madre). Era parte del círculo aristocrático e intelectual vinculado a la corte y a la élite cultural de la época. Por su parte, Raymond Mortimer (1895–1980) fue un influyente crítico literario, editor y ensayista británico, amigo cercano de muchos escritores del círculo de Bloomsbury. Bobby Longden estudiaba en el Magdalen College, de Oxford, y estaba de visita en Berlín. Murió a causa de un bombardeo alemán en 1940.
[4] Long Barn es el nombre de la propiedad donde vivían Nicolson y Sackville-West.
[5] El autor se refiere a Lionel Edward Sackville-West, Tercer Barón Sackville, padre de Vita. Se casó con una prima suya, Victoria, del mismo apellido, pero que era hija no legítima del Segundo Barón Sackville. Su madre era una bailarina española, Josefa Durán y Ortega (Pepita). Una historia novelesca. Las siglas B.M. se refieren a Bonne Mama, es decir, Lady Sackville, la madre de Vita.
[6] La Baronesa Budberg, nacida en Rusia, había sido amante de Máximo Gorki y luego de Wells. Una figura exótica en la sociedad londinense de la época. Véase la biografía que de ella escribió Nina Berberova y que publicó la extinta editorial Circe en 1991.
[7] Nicolson había acogido en su piso en el noroeste de Berlín a Connolly, que tenía veintiséis años; a Christopher Sykes (agregado en la embajada británica), de veintidós; y a David Herbert (hijo del conde de Pembroke), de veintiuno. Violet Trefusis, por su parte, era una novelista y socialité inglesa, nieta del séptimo Conde de Albemarle, que mantuvo por años una relación con Vita. Murió en 1972 en su villa de Bellosguardo, Florencia.
[8] Se refiere a los duques de York, futuro rey Jorge VI e Isabel, la Reina Madre.
[9] James Pope-Hennessy era historiador y biógrafo gay inglés, asesinado en 1974 en su apartamento de Londres. Philip Toynbee era novelista y crítico, hijo de Arnold J. Toynbee. En cuanto a los V-1, eran misiles crucero utilizados por los alemanes durante la guerra.
[10] Se refiere a W. Somerset Maugham (1874-1965), novelista y dramaturgo inglés.


Selección, notas y revisión de la traducción: Michael H. Miranda

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