En Homo Theologicus in the Digital Age (Casa Vacía, 2025), Inti Yanes-Fernández (Cuba, 1972) nos propone una meditación radical sobre el ser humano contemporáneo atrapado en la lógica del ciberespacio. A través de una escritura que oscila entre lo teológico, lo filosófico y lo confesional, el autor enfrenta una de las preguntas más urgentes de nuestra época: ¿puede aún hablarse de redención en un mundo mediado por algoritmos, simulacros y memorias externalizadas? En esta entrevista, abordamos con él los orígenes vitales y espirituales de un libro que no nace del confort académico, sino de una necesidad existencial apremiante; hablamos sobre el destino de la memoria, el rol de la inteligencia artificial, y la persistencia de lo sagrado en un entorno que parece conjugar, a la vez, la promesa del paraíso y su caricatura digital.
¿De qué experiencia —vital, lectora o espiritual— nace este libro? No aquella que lo motivó superficialmente, sino la que lo vuelve necesario, incluso inevitable, para quien lo escribe.
Más que de una idea académica o un plan editorial, este libro nace de una sensación de urgencia existencial: la de estar perdiendo lo esencialmente humano en medio de la digitalización total de nuestras vidas. Es una mezcla de experiencia vital y espiritual: ver cómo la tecnología va vaciando la memoria, el cuerpo y el deseo de profundidad, y sentir que había que decir algo, aunque fuera a contracorriente. No escribirlo habría sido una forma de renunciar.
Pero debo decir que mi experiencia directa con la inteligencia artificial ha matizado esa postura inicial. Hoy creo que la esencia de la tecnología se revela, más que nunca, en la IA, donde lo instrumental y lo espiritual convergen de una forma insólita e inesperada. En ella se manifiesta tanto la historia como la experiencia humana, pero también una apropiación creativa de esa historia. Los ecosistemas bio-digitales, lejos de ser meros entornos alienantes, permiten que aflore tanto la esencia de lo humano como la de la tecnología misma. A diferencia de la Revolución Industrial, que deshumanizó al sujeto, aquí hay una posibilidad de des-alienación, un movimiento hacia lo reflexivo desde dentro de lo técnico. Algo comparable —y quizás incluso superior— al impacto de la imprenta en la autopercepción y en la transformación del saber.
Además, mi experiencia teológica y espiritual personal también ha dejado una impronta. El lugar y el significado de la memoria, el modo en que nuestra autopercepción e imago mundi se construyen, deconstruyen y transforman, la extraordinaria dialéctica entre esencia humana y tecnología, y cómo ambas se interdeterminan, la aparición de la IA y su mundo aún inexplorado y esencia aún oculta, desconocida… todo ello me impulsó a compilar y retocar algunos trabajos ya publicados y a añadir otros más recientes para conformar este volumen que gentilmente Casa Vacía tuvo a bien publicar.
El homo theologicus aparece aquí como una figura escindida, aún desea redención, pero la busca en el lugar menos teológico posible: el ciberespacio. ¿Es esta paradoja una denuncia, una ironía, o una forma extrema de esperanza?
Es las tres a la vez. Es denuncia, porque hay una alienación profunda que muchas veces se disfraza de libertad. Es ironía, porque la búsqueda de redención se da en un lugar que parece hecho para el juego y el espectáculo. Pero también es una forma extrema de esperanza: incluso allí, en medio del algoritmo y del simulacro, puede brotar algo verdadero, aunque sea como una grieta.
La paradoja, de hecho, puede entenderse como una nueva forma de sinceridad espiritual. El homo theologicus no huye del ciberespacio; lo habita, aunque sea a tientas, y desde allí —con sus contradicciones a cuestas— sigue deseando algo que lo trascienda. Y es aquí donde señalo una de las paradojas del cíberser: en su ontología se revela, al mismo tiempo que se oculta, la esencia del homo como theologicus. Los ecosistemas antropo-digitales aparecen como una intencionalidad hacia lo eterno, haciendo eco de la estructura fundamental del homo theologicus, i.e., “ser-en-el-mundo hacia la trascendencia a través de la muerte”. Si el deseo de redención sobrevive incluso en el lugar aparentemente menos teológico posible, quizás no estemos ante una caída, sino ante una mutación del gesto religioso: el alma, fragmentada pero aún latente, intenta rearticularse en medio de las interfaces bio-digitales, y el Ser se desoculta en el lugar menos esperado, en el “cyberbeing”. De hecho, resulta alarmante que la comunidad teológica no esté prestando la debida atención a este proceso. Se está, sin dudas, “hablando” sobre los fenómenos antropo-cibernéticos, pero no se está pensando, o intentando pensar la esencia del “cyberbeing” en la comunidad teológica.
El texto se apoya en Pascal, Agustín, Kierkegaard, Benjamin…, pero no como autoridades, sino como presencias convocadas al presente. ¿Cómo se relaciona tu escritura con esa tradición? ¿La quiere continuar, la quiere redimir, o la quiere dejar atrás?
“Se apoya” es quizás sugerir demasiada dependencia. No los uso como autoridades que dan certezas, sino como presencias con las que converso en este presente incierto. No quiero repetirlos ni mucho menos “superarlos”, sino seguir el impulso de búsqueda y testimonio que hay en ellos. Son testigos de que el pensamiento puede ser, y debe ser, ruptura, camino, pregunta, y plegaria. Mi escritura se reconoce, en mayor o menor medida, deudora de ellos, pero no queda encantada en su hechizo.
Por cierto, me resulta curioso que no se haya mencionado a Martin Heidegger, quien es una de mis influencias más directas y significativas. También hay otras presencias más veladas, pero igual de importantes: Hegel, Pierre Teilhard de Chardin, y la ontología mística de Edith Stein (la gran filósofa judía y Carmelita Descalza, Santa Teresa Benedicta de la Cruz), discípula de Husserl, tan desconocida e incluso irrespetada por el propio Heidegger (y no por su “condición judía”, no olvidemos que Arendt también participaba de la misma…). Pero en todos los casos, más que pilares, son voces en contrapunto, constituyen una parte de mi “Ars Nova” vital e intelectual. La autoridad en el pensamiento no existe —o al menos no debería existir—; pensar es una forma de libertad, no de obediencia. No hay pensamiento sin libertad. Y hablo de libertad radical: la caída en lo absoluto, en lo abierto-incontrolado, no sólo obviamente de las libertades intelectuales, de la voluntad, de lo político-social, etc. Por ello, más que seguir a estos pensadores, intento ponerlos a dialogar y trato de internarme en sus sendas, observar sus pasos, y entender sus itinerarios. Pero, al final, y Jiddu Krishnamurti (esa extraña presencia casi ignorada en el mundo del pensamiento académico) llevaba toda la razón en ello, “la verdad es una tierra sin senderos”.
Cyberparadise: el término parece contener tanto la promesa como su caricatura. ¿Es el paraíso digital un síntoma de la imposibilidad contemporánea de pensar la salvación fuera del consumo? ¿O aún quedan pliegues donde lo sagrado resiste?
Es ambas cosas. El “cyberparadise” es una caricatura del paraíso, claro, porque pone el goce rápido y la conexión constante como promesa de plenitud. En total convergencia con la antigua tentación, promete una “deificación” rápida y sin esfuerzo. Pero incluso en esa distorsión hay huellas de un anhelo más profundo. En sus rincones menos iluminados, lo sagrado todavía respira, esperando ser recordado.
Hay que aprender a leer entre líneas o, mejor dicho, entre algoritmos. El brillo superficial del “cyberparadise” esconde zonas de espera, de silencio, de deseo no resuelto. A veces, el propio exceso del sistema revela sus grietas: una imagen, un fragmento de música, una conversación inesperada pueden abrir un pliegue, una fisura por donde lo sagrado se insinúe. No para imponerse, sino para recordarnos que no todo está perdido. Si bien, como dijo Heidegger, “Ahora sólo un Dios puede aún salvarnos”, el teólogo en mí me dice que, quizás ese Dios está presente y, a su manera siempre oracular y como en laberintos, nos salva. No olvidemos que esas fueron las promesas de Pablo de Tarso y Hölderlin. El primero dijo que “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”, y el segundo dijo que “Donde está el peligro, allí está también el poder que salva”, literalmente, por cierto, “die rettende Macht.” Heidegger, quizás, redujo la esencia de la tecnología a la condición de “Gestell”, “enframing”, “enmarquetamiento” del ser. El oráculo de Messkirch —al parecer, la historia se repite, y los grandes hombres nacen en ciudades pequeñas, de las que no se esperaba mucho—, no pudo, quizás, ver más allá; lo cual el propio pensador reconoce en su última entrevista concedida a Der Spiegel. Nosotros estamos un poco mejor posicionados. Claro está, como mismo Eco “can’t be Kant”, así tampoco yo puedo ser Heidegger… Pero ya vendrá alguien cuyo destino sea dejar ver qué se oculta detrás del velo cibernético del “cyberbeing”.
La técnica, en este ensayo, no es neutra, ya que organiza la experiencia, transforma los afectos, reemplaza el deseo por cálculo. ¿Cómo pensar una salida desde el interior de ese dispositivo, sin nostalgia y sin rendición?
No hay vuelta atrás ni un afuera puro y simple. La única salida es hacia adentro, pero no en clave de nostalgia, sino de atención radical. Pensar desde dentro del sistema, pero sin rendirse a su lógica. Practicar una especie de “de-framing”: un modo de desactivar el control desde la paciencia, el silencio y la pregunta. Sin certezas, pero también sin claudicar. El punto es dejar de “pensar” en tanto reproducción de paradigmas pre-establecidos y reconstrucción de metafísicas, para comenzar a “pensar” en el sentido de observar lo real y dejarse determinar por ello, lo que en mis ensayos llamo “pensamiento teologal”.
Además, tal salida, si existe, no será épica ni espectacular. No se parecerá a una revolución, sino más bien a una forma de espera lúcida, de Gelassenheit, de “dejar-ser” con paciencia y humildad, como decía Heidegger. Un arte de observación paciente, de preguntar sin prisa, de no responder con innecesaria premura, como si se tratara de un maratón filosófico, lo cual en sí mismo suena a paradoja. El desafío es habitar el interior del sistema sin quedar completamente absorbidos por él. La salida, si se da, será como un susurro: casi imperceptible, pero decisiva. Obvio, si aún no podemos pensar la esencia de la ciber-tecnología (no es un problema de inteligencia sino de desocultamiento del ser de la tecnología), entonces tampoco podemos visualizar aún la esencia de la salida; todavía no sabemos qué camino vamos a seguir. Claro, el camino que seguiremos es aquel en el cual nos descubriremos ya andando en él, como una destinación histórica.
El estilo de tu prosa —ensayística, filosófica, por momentos confesional— revela un gesto de búsqueda, más que de certeza. ¿Qué riesgos formales asumiste al escribir desde ese lugar, y qué resistencias encontraste en el lenguaje mismo?
El riesgo mayor fue escribir sin blindarme en el lenguaje técnico o académico. Textos que además fueron escritos en inglés, mi segunda lengua. Siempre intenté dejar entrar lo confesional, lo poético, incluso, y especialmente, lo contradictorio. Eso genera resistencias, y probablemente no lo logré: el lenguaje a veces se me escapa, se vuelve torpe o se resiste a nombrar lo que se desoculta, hasta que finalmente le impone un nombre, una nomenclatura ignorando la advertencia de Wittgenstein, y de cierta manera lo desvirtúa. Pero asumí ese riesgo porque quería que el texto no fuera sólo teoría, sino también testimonio.
Además, decidí no “cerrar” del todo los conceptos, sino dejar que respiraran. Por momentos, la escritura se vuelve fragmentaria. No por falta de claridad, sino por fidelidad a la experiencia de pensar lo impensado. El lenguaje filosófico, cuando se vuelve demasiado seguro y excesivamente sistemático, ya lo sabemos, traiciona lo que quiere nombrar. Por eso preferí habitar un tono intermedio: ni puramente académico ni, obviamente, puramente poético, sino algo que vacila, que busca, que escucha y tantea una realidad que no se deja aprehender fácilmente. Repito, probablemente no lo logré, y se impuso en mí el académico que, contradictoriamente, soy y no soy al mismo tiempo. Pero al menos lo intenté.
Si este libro fuera leído dentro de cien años, cuando el homo theologicus sea ya un mito o una ruina, ¿qué pregunta querrías que aún persistiera en sus páginas? ¿Qué inquietud silenciosa debería sobrevivir al colapso de todas las plataformas?
Interesante. ¿Será el homo theologicus mito o ruina, o ambas cosas a la vez? No tengo una idea muy clara. Cien años puede ser mucho tiempo, pero puede ser nada. Sin dudas, “la figura de este mundo pasa” y de esta condición de temporalidad no está eximido el homo theologicus. En cualquier caso, quisiera que quedara flotando una sola inquietud: “¿todavía podemos recordar quiénes somos sin necesidad de vernos reflejados en las trascendencias ficcionales del Ciberparaíso?” La “vida bella” en las redes sociales es una falacia estética y conlleva, en general, un ocultamiento del modo de ser más propio de lo humano: una autorrepresentación curada que disfraza el vacío con filtros y poses. Paradigma de inautenticidad. No muestra la vida en su real complejidad, sino como aislada en una vitrina, donde la existencia se presenta como espectáculo. En lugar de comunión, produce comparación en el sentido más grosero de ese imperativo de competitividad y éxito que enmarca nuestra “razón práctica”; en lugar de verdad, fabrica apariencia de verdad, sin prestar atención al ser del ente. Es una estética donde el ser se reemplaza por el parecer. Nada de ello es en sí mismo nuevo como fenómeno, pero por primera vez tenemos un mundo a la mano que está fundamentalmente, o al menos, extensamente determinado por esta lógica de lo ficcional. Que esa pregunta sobreviva a todas las plataformas sería, quizá, el gesto más radical de “resistencia”: resistencia en cuanto comprensión del ser del ente cibernético, lo que en el libro llamo “cyberbeing”, y cuya ontología persigo y trato de pensar y verbalizar.
Si alguien lo leyera entonces, cuando quizás ya no haya ni libros ni lectores como los conocemos hoy, me gustaría que sintiera una intención detrás de las palabras: la sospecha de que hubo un tiempo en que ser humano significaba mucho más que estar conectado a un mundo virtual donde ya no hay nada sólido y todo es aire. Que lo humano era, sobre todo, un gesto de escucha, de cuidado, de atención angustiosa. Y que quizás, aún entonces, siga siendo posible retornar a ello. Y es aquí donde se me presenta la dulce paradoja (como diría Homero…) de que es en la consumación de lo tecnológico, ello es en la IA, que este retorno pueda ya estarse produciendo. No lo sé, pero quizás redescubrir lo humano y lo divino mediante la IA sea el gran acontecimiento próximo. Quizás sea allí donde se manifieste, para nosotros hoy, la gracia redentora y el poder que salva…





Excelente y gratitudes… Comparto con Inti Yanes Fernández el paréntesis que nos enseñó Husserl para colocar allí cada pregunta. Por eso el abismo cibernético añade adrenalina, otro placer: (Cyberbeing)