La poeta tucumana Sylvina Bach continúa con este nuevo libro (Gerania Editora, Tucumán, 2025), su cuarto poemario, un trabajo de estilización en torno a la memoria y los sentimientos. A través de un lenguaje coloquial y simple, sin arabescos de ninguna naturaleza, el conjunto de poemas aquí reunidos trata sobre temas como la infancia, el hogar, la maternidad, los afectos. Pero, como alguna vez Jorge Boccanera sostuvo sobre la importancia del tiempo como tema en la poesía, la fugacidad del mismo, en la propuesta de Bach, es medular. Y lo es a través de una percepción nostálgica del pasado.
Poemas breves, pero límpidos de toda aspereza perceptiva. Incontenibles, rara vez resultan crípticos. Y cuando lo hacen, es para presentarnos cierta vibración de raíz simbolista. Podríamos decir que su sentir es más bien neorromántico, al querer fusionar los paisajes con su emoción. Es la tarde / y no encuentras qué hacer con esta impaciencia. // A lo lejos / en la nitidez de la ladera / que tantas mañanas has mirado / ves cómo las nubes de repente / se desprenden de la lluvia. / Sobre esa parcela / tan cerca y tan lejos de su casa / el cerro truena / y recuerdas / tu niñez en esta tierra, / cuando creías que sólo el mar / era el horizonte / y el cerro su único resguardo. Con una paciencia sutil y evocadora, la poeta teje ese fino laberinto de los días y las horas idas. La infancia —acaso el verdadero paraíso— es uno de sus tesoros más preciados. Se trata de una necesidad de hacer trinchera en un pasado siempre más venturoso, más generoso en la veracidad de los sentimientos luminosos y puros. El tiempo, al fin y al cabo, siempre insuficiente (por lo incesante), es lo que impulsa buena parte de esta colección de piezas intimistas. Su festejo, su desgarro: su huella en la piel. El trabajo de las horas / es la vida que pasa.
Así, la mirada crepuscular impera. Ante la nada fantasmal, ¿dónde refugiarse sino en el fragmento de cierta eternidad con forma de recuerdo? Si te pregunto / qué habrías preservado / de todo lo perdido, / me dirías / ¿las canciones de tu madre? / ¿el árbol que cuidó tu infancia? / ¿la voz de tu padre por la noche? / ¿la primera vez que viste el mar? Tiempo inmemorial de la tibieza, de palabras perdidas en el aire, y en el color de la noche compartida por los seres queridos, que crecía entre voces. Y para rehacer esta magia ida, la poeta utiliza la continuidad de los recuerdos para proyectar sobre las páginas las modulaciones más íntimas de su voz. Los recuerdos / empujan mi mano cuando escribe, nos advierte Bach. Sus imágenes marcan (y demarcan) un territorio en fuga. La memoria / pura vida en mi corazón.
El ritual de los sentimientos más sagrados, como los del amor, la llevan por otros grados de intensidad emotiva. Sólo yo escucho / esta voz que se repite / en los espacios donde no estás, o bien: Ahora es difícil saber / que no vendrás a este café / que no tendré / tus dedos sintiendo mi pulso; / te gustaba sentir / mi sangre latiendo. Un amor que otras veces se transmuta en amor maternal: Silencio en el jardín / habías descubierto un bicho palo. / Tu asombro era risa y era viento / y tu silueta de niño / vino a contarme que crecías. El gozo de la maternidad; la vida –latiendo–, fugitiva. En otra torsión estética, se desdobla la voz. Se aferra al pasado, cuando niña. Los olores, los colores, las voces, las imágenes que fundan una mitología personal sacralizan la memoria. El tiempo me asusta / como un monstruo en el placard, / y no basta con cerrar los ojos para que se vaya. Y se resguarda en esa otra eternidad llamada hogar. Es allí, bajo su figura simbólica, donde opera el cruce esencial de su poética: entre la memoria y el deseo, para germinar en deslumbramiento lírico. Mi casa une / lo cotidiano y lo trascendente, / reivindica lo que soy / sobre lo que fui. / Es la cueva en la que mudo de piel.Algo de esa memoria —lo vivido—, algo de esas caricias paternales, las voces de sus seres queridos cuando niña, las reconstruye Bach en la casa, bajo ese orden doméstico. ¿Es una felicidad provisoria? Difícil saber. Lo que es cierto es que no podemos dudar de la sinceridad de su decir, del anhelante tejido imaginal con que se articulan los versos: su modulación evocativa que lleva de lleno al sentimiento.
Tal vez su poética esté condensada perfectamente en estos versos suyos: En el final de esta noche / camino el silencio; / mi corazón es / un puñado de nieve. Un amor que se apaga, pero que continúa iluminando. Una delicada voz que resiste.
En tiempos de ruido, cinismo y desarraigo, la poesía de Sylvina Bach propone una música íntima que no alza la voz pero permanece. No hay estridencias, no hay máscaras ni retóricas vacías. Hay un lugar para lo perdido, lo frágil, lo que no puede repetirse pero sí nombrarse. Allí donde la palabra poética conserva su fulgor como gesto de amor hacia lo vivido.




