Los medios del pensamiento

Soy un mal lector, o al menos, podría decirse, un lector inconstante. Esta afirmación podría ser tomada como la modestia de otro sabio municipal que quiere ser presentado como erudito, o peor, puede ser tomada por el regodeo insolente de ese muchacho que cree no necesitar leer para componer sus líneas asombrosas, pero juro que hago esta confesión con toda la fuerza de verdad que permita el lenguaje. He terminado una maestría en literatura y no siento que mis lecturas se hayan profundizado demasiado. Al contrario, algunas de ellas, ya lejanas, se han contraído como órganos vestigiales. Digo que soy un lector inconstante con abierta vergüenza y sin buscar la lástima de nadie.

Vengo, no hay duda, no de una generación de lectores inconstantes, sino de una época de lectores perezosos e inconstantes. No solo la mayoría de las personas de mi edad, y las que son menores, leemos poco: también aquellos que solían dedicar un tiempo considerable a la lectura han cambiado sus hábitos. Desde luego, en ellos los vacíos se notan menos, porque las lecturas del pasado suelen compensar las horas estériles del presente. Y si los escuchamos hablar sobre libros casi parece que las cosas están en orden. Pero si les prestamos suficiente atención nos daremos cuenta de que leer les cuesta. Es decir, también ellos sufren ese síndrome inaudito de que la lectura sea un inmenso esfuerzo. La lectura no debería ser un esfuerzo, y sin embargo ahora lo es.

Si dejamos de contar a los lectores profesionales, es decir, a profesores y académicos (para los cuales la lectura y la producción industrial de papers es un medio de subsistencia), el número de personas que lee más de un par de libros al año cae a una proporción dolorosa, inflada además por un tipo de lector benigno pero cerrado en sus alegres complacencias. Me refiero al tipo de lector que no va más allá de un autor o de un género, o en el mejor de los casos de un tema. Incluyo aquí al lector de fan fiction y al lector de sagas, pero también al lector activista y al lector de autoayuda. Todos estos hábitos, desde luego, son válidos y han existido siempre, pero tienen el defecto de que restringen a menudo el horizonte, concentran el mundo en un puñado de lugares comunes. Lo que es cada vez más difícil de encontrar es un lector transversal, alguien que por placer rebusque viejos autores, les dé una oportunidad a los nuevos, explore sin timidez distintas lenguas, sea capaz de tolerar diferentes registros y concepciones de la literatura, y se dedique a la lectura no como quien cumple un fastidioso quehacer, ni como quien busca un respeto, sino como quien disfruta pensar en silencio. No soy este lector y estoy lejos de serlo, pero estoy al tanto de su existencia, y me pregunto si su creciente rareza (la rareza de los “lectores transversales”) será un producto de segmentaciones del mercado editorial, de falta de tiempo y de fuerzas, de la necesidad de estímulos más fáciles e inmediatos, o de todas esas cosas juntas.

No faltan los optimistas de panfleto que aseguran que la falta de lectura ahora está compensada por otras actividades intelectuales, y que solo se está cambiando el medio, pero lo que no parecen comprender, ni siquiera atisbar, es lo que diferencia la literatura de otros fenómenos humanos, lo que diferencia al lenguaje (estas palabras, sus fallas y aciertos) de la contemplación de imágenes, por ejemplo. Y no es otra cosa que el hecho de que la literatura juegue con la función más importante que ha distinguido a la especie. Trataré de explicarme.

La pintura y las artes visuales juegan con un repertorio de instintos y aprendizajes de nuestros ojos y los de nuestros antepasados. El placer por las imágenes simétricas, por los balances, la inquietud del color negro y la plenitud del blanco, la calma del espacio abierto, el fulgor del amanecer, la desconfianza por las ranuras y las humedades, y el miedo a la noche, constituyen sabidurías evolutivas con no pocos paralelos en el reino animal.

El sentido estético no es más que el tacto de una memoria prehistórica, que por supuesto se condiciona a lo largo de la vida y de las experiencias. La pintura y las artes visuales juegan con esas sabidurías (felizmente las malversan), las confirman o subvierten, del mismo modo en que la cocina juega con las ansias por la grasa y el azúcar (escasos y útiles recursos en el mundo salvaje), con el acento de la sal, o con el desconcierto que provocan las especias. Los sonidos guardan también sus memorias y la música bien que ha sabido aprovecharlas. En las texturas sonoras se superponen aullidos, galopes y ventiscas. Pocas manifestaciones humanas han evocado sabidurías tan profundas como la música. Y fue de la música que nació la poesía, pero con una contaminación imprevista, que cambiaría nuestros destinos: la contaminación del lenguaje.

Las palabras se distancian de las sabidurías ancestrales de nuestros sentidos y crean sus propios dominios, crean un conocimiento empírico, una ciencia (me remito aquí a la etimología de “ciencia”, que en el indoeuropeo significa corte, disección). Las palabras, que bien nos enseñaron a desconfiar de las apariencias (de la cada vez más inútil sabiduría natural), clasifican y filtran el mundo, pero con una prepotencia cegadora y con una autonomía peligrosa. Una pintura contrasta la sabiduría natural de la especie con la sabiduría adquirida. Un poema está solo. Nada (más allá de lo adquirido) lo respalda da manera directa en nuestro cuerpo.

La literatura juega con el conocimiento y la clasificación del mundo del mismo modo en que la pintura juega con las prudencias de nuestros ojos. Como mismo la pintura rupestre replanteó la sabiduría de nuestros ojos la oda y el himno replantearon la sabiduría de las palabras. Por eso la literatura es distinta, porque es un juego de segundo orden, en el que confluyen los tenues fantasmas del mundo.

Quizás suene muy radical lo que voy a decir, pero la filosofía jamás habría podido salir de la pintura o de la música. Más bien la música y la pintura como las entendemos (con las filosofías en ellas implícitas) existen dentro de las palabras que las han explicado, y no fuera de ellas.

No quiero decir (ni por asomo) con esto que haya menor mérito en la pintura o en la música. Quiero decir que solo la literatura ha creado suficiente duda en las palabras (y lo que ellas conllevan) como para que haya cambiado el pensamiento a lo largo de las distintas épocas. La pintura, la música, la danza, la arquitectura, el cine, no han cambiado el pensamiento, sino las palabras que los han acompañado e interpretado (en el cine silente la palabra está, incluso si está en elipsis, del mismo modo en el que lo está en una caricatura sin globos de texto). Y repito: no creo que por esto tengan menor mérito. Pero no están solas. No se enfrentan solas al abismo del pensamiento. A lo que tememos, a lo que nos resistimos ahora al parecer, es a las palabras solas. Y sospecho que hay una relación intrínseca entre ese miedo y el miedo al silencio que justifica el murmullo constante y gentil de los podcasts, la música ambiental, las voces de la serie televisiva con la que nos vamos quedando dormidos. Puedo hablar de estos temas con lo que podríamos llamar “conocimiento de causa”.

Lo que trato de proponer, entonces, es que no cambian los medios del pensamiento, cambian los meros formatos. Hay un solo medio, el que siempre ha habido: el lenguaje (en su sentido más estricto). Pero es un medio que ya teme presentarse en soledad, sin otros acompañamientos. Se puede replicar que también el lenguaje escrito tiene como formato un acompañamiento, el visual, y no poco se podría hablar sobre los efectos de la tipografía sobre la lectura (a mí, por ejemplo, me cuesta trabajo leer o escribir sin el sostén del serif). Pero siento que esos efectos son discretos en el lenguaje escrito al compararse con la importancia que adquieren en otros formatos.

De hecho, el formato del lenguaje escrito parece querer anular tales efectos. El contraste entre el blanco y el negro en estas líneas no constituye una casualidad. Busca la neutralidad, busca la ilusión de que las palabras existen sin sostén y que se suceden con la gracia de un pensamiento sagaz, con el cual nos sorprendemos a nosotros mismos. Sospecho que con el Braille (que es lenguaje escrito también, solo que táctil en lugar de visual) sucede parecido: las marcas tienen un minimalismo que no solo busca la eficacia, sino la neutralidad. Me atrevería a decir que en Braille el lenguaje podría parecer incluso más “puro” que en el alfabeto latino.

El lenguaje escrito busca incluso silenciar la memoria sonora de las palabras, y aunque no lo consiga del todo, debemos notar que hay una diferencia sustancial entre las palabras leídas en silencio y las palabras leídas en voz alta. Cuando leemos en silencio sentimos los músculos de nuestra garganta más atentos de lo normal, están a la espera de una instrucción, nuestros labios intentan inútiles movimientos, y sentimos (por condicionamiento) los probables efectos sonores que esas instrucciones provocarían, pero es una memoria tenue, una horchata fenomenológica. Si se leen estas palabras de repente en voz alta se entenderá la diferencia (y por eso la poesía es el cordón que separa la literatura de la música). Una película, un podcast, una canción, no buscan esa ilusión del estado de gracia del lenguaje. Y sin esa ilusión las articulaciones posibles del lenguaje serán mucho más limitadas.

Si esta oración, que busca extenderse por varias líneas, y que implementa honradamente la forma de lo que promulga, fuera dicha en voz alta y no tuviéramos más que el oído para retenerla, con toda seguridad nos resultaría confusa. Pero el lenguaje escrito permite que se aprenda sin mayores dificultades. Como un contorsionista, que necesita estar sentado para hacer sus mejores trucos, el lenguaje se siente en mayor libertad dentro del formato escrito. De vez en cuando el lenguaje necesita sentarse en el suelo. Y no solo para desplegarse, también para conseguir ciertos énfasis, cierta nitidez.

Las formas se explican por cómo aprovechan las fuerzas y las cualidades de la materia para conseguir un objetivo: la taza del café hace al café. Sin su taza, sin la gravedad que lo sujeta, el café es un líquido áspero flotando en el vacío, o una mancha creciente en el algodón de una camisa. La taza y la gravedad permiten al café ser café, o al menos una cosa muy cercana al café. El formato escrito hace eso con el lenguaje, le permite ser lenguaje, o al menos una cosa muy cercana al lenguaje. Llegado a un punto, el lenguaje produce el sitio para que él mismo siga reproduciéndose y ahondando. El lenguaje llega a ser el café y también la taza de café. Todos los párrafos anteriores hacen que esta oración sea posible en su significado específico o en la apariencia de su significado específico.

Lo diré una vez más: sin textos que los acompañen, la música, la pintura, el cine, no son capaces de cambiar el pensamiento, porque no son medios del pensamiento. Son percepciones articuladas que producen pensamiento mediante la invocación de las lecturas ya existentes en la memoria. Eso no significa que no pueda hablarse de un lenguaje musical, pictórico o cinematográfico. Desde luego que podemos. Solo debemos tener en cuenta que no son lenguajes en el mismo sentido, en la misma dimensión, que el lenguaje tradicional, oral o escrito. Y tampoco debemos interpretarlo como una disminución elitista de las otras artes: al contrario, es la poesía como la conocemos (sin el acompañamiento de la lira) la que se fundó en una carencia (esa soledad que no sienten nunca los ojos, ni siquiera frente al arte abstracto, ni los oídos), y con ella toda la literatura occidental (porque toda la literatura occidental, entendida como arte, se hizo históricamente a semejanza de la poesía).

La música, la pintura, el cine, pueden ser (hasta cierto punto) “universales”, a diferencia de la literatura. Estas líneas no son universales. Son, de hecho, increíblemente frágiles. Su vínculo con el mundo podría perderse en un par de generaciones. No solo ante la posibilidad de una desaparición de la lengua (y de sus traductores), sino del sentido mismo de las palabras. Hay siempre una incertidumbre en el sentido de las palabras que el buen estilo trata de calmar. Puede ser que esté hablando de otra cosa, que no tenga nada que ver con lo que se lea. “Paciencia” y “patientia” son palabras casi idénticas, separadas por unos pocos siglos, pero su sentido se desplazó de manera profunda: “patientia” se refería originalmente a la condición de sufrimiento, “paciencia” significó luego la virtud en el sufrimiento, y finalmente la virtud en la espera, que es un tipo de sufrimiento. Uno puede leer la palabra “patientia” en un texto antiguo, algún códice, y malinterpretar por completo lo que dice. Sin embargo, uno puede ver la miniatura de un conejo en la misma página, y saber que es un conejo. Quizás se nos pierdan matices y simbolismos medievales, es cierto, pero al menos sabremos que es un conejo.

Si el miniaturista tuvo una mano diestra, la imagen del conejo nos podrá despertar curiosidad o fascinación, podrá evocar memorias y sueños, pero no podremos completar el pensamiento, no podremos llevar esas complejidades a la certeza de la palabra, si la palabra no estaba ya. En última instancia la música que escuchemos, las pinturas y las películas que veamos, serán tan complejas y variadas como los textos que hayamos leído o estemos leyendo.

 


Imagen: The Yellow Scale  (1907), de František Kupka. Museum of Fine Arts, Houston.

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