Citario de París 2

Citario. Deriva del latín «citāre» (citar) más el sufijo «-ārium» (repositorio), similar a «bestiario». Neologismo del siglo XXI, surgió entre los eruditos hispanohablantes de Bookish & Co., con raíces en antologías antiguas y florilegios. «Citario» se relaciona con libros medievales de lugares comunes (como de Erasmo) y proto-ejemplos del XIX, como «Familiar Quotations». Este «Citario de París 2» celebra otra vez la ciudad más literaria y libresca, la que es ella misma escritura e imagen de los tiempos.

El Hôtel du Sud es un establecimiento decrépito, a punto de desmoronarse, en la rue Mazarine, del sexto arrondissement, no lejos de la estación de metro Odéon del Boulevard Saint-Germain. En Estados Unidos, un edificio en tan mal estado estaría condenado a la demolición, pero esto no es Norteamérica, y el destartalado adefesio en que ahora habita Walker es sin embargo una estructura histórica, erigida en el siglo XVII, según cree, quizá incluso antes, lo que significa que a pesar de la mugre y el deterioro, pese a los chirriantes y gastados peldaños de la estrecha escalera circular, su nueva morada no carece por completo de encanto. De acuerdo, su habitación es un ámbito desastroso de empapelado quebradizo y desconchado con el entarimado lleno de grietas, y la cama un antiguo armatoste de muelles con el colchón hundido y la almohada dura como la piedra, el pequeño escritorio se tambalea, la silla podría ser la menos cómoda de toda Europa, y al armario le falta una puerta, pero, dejando a un lado esos inconvenientes, el cuarto es bastante espacioso, la luz entra a raudales por las dos ventanas dobles, y no se oye el ruido de la calle. Cuando el gerente abre la puerta y lo hace pasar por primera vez, Walker tiene la inmediata sensación de que es un buen sitio para escribir poemas. A la larga, eso es lo único que cuenta. Es la clase de habitación en que se supone que trabajan los poetas, el tipo de cuarto que amenaza con doblegar el espíritu y obliga a una constante batalla con uno mismo, y cuando Walker deposita la máquina de escribir y la maleta a los pies de la cama, jura no pasar menos de cuatro horas diarias escribiendo, aplicándose a su trabajo con mayor diligencia y concentración que nunca. No importa que no haya teléfono, que el retrete común esté al fondo del pasillo, que no pueda bañarse ni ducharse en ningún sitio, que todo sea viejo a su alrededor. Walker es joven, y ésa es la habitación en donde tiene la intención de reinventarse a sí mismo.

Paul Auster, Invisible (Editorial Anagrama, Barcelona, 2009; traducción: Benito Gómez Ibáñez)

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París, en fin, encendió las luces del boom un poco antes de que estas alumbraran Barcelona. Foco de recepción de emigrantes latinoamericanos y faro emisor de tendencias culturales a todo el mundo, en sus calles y cafés, pero también en sus legaciones diplomáticas, aulas universitarias e incluso revistas, el fenómeno encontrará un hábitat favorable para su crecimiento y expansión. Allí vivieron Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Jorge Edwards, Sergio Pitol, Mauricio Wácquez… y, más allá del boom, Neruda, Julio Ramón Ribeyro, Ernesto Sábato, Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti, Augusto Monterroso, Manuel Scorza, Eduardo Galeano, Álvaro Mutis, Severo Sarduy, María Elena Walsh, Alejandra Pizarnik u Osvaldo Soriano.

La inmigración latinoamericana no era la mayoritaria, pero venía revestida de una pátina cultural de primer orden. En la posguerra y en los años cincuenta y sesenta esta ciudad fue el destino preferido de artistas y creadores. Solo a partir de los sesenta, Nueva York empieza a hacerle sombra estadísticamente. París representaba la libertad para españoles y latinoamericanos que huían de dictaduras y que encontraron en ella un debate intelectual mucho más elevado, una sociedad más efervescente, abierta y justa. «Saltar de Barcelona a París era, por aquellas fechas, dejar de ver la vida en blanco y negro», dice Juan Goytisolo. En la capital francesa se escribieron, total o parcialmente, libros como Aura, La ciudad y los perros, Rayuela, El coronel no tiene quien le escriba… A París llegó Mario Vargas Llosa en 1960 a trabajar como locutor y periodista y acabar enamorándose de otra mujer. Ese París donde, un poco antes, Gabo había sufrido enormes penurias económicas y dejado embarazada a una chica.

Xavi Ayén, «La luz premonitoria de París» (Aquellos años del Boom, Penguin Random House / Debate, Barcelona, 2018)

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Y allí estaba París: los árboles de las Tullerías empezaban ya a echar los primeros brotes y el aroma dulzón a desinfectante del metro invadía la calle, tal como yo lo había recordado cientos de veces en los últimos veinte meses. Disponía sólo de tres semanas antes de que llegara Aaron de Nueva York y nos marcháramos a Berlín. Una de las primeras cosas que hice fue ir al 27 de la Rue de Fleurus y buscar la casa de Gertrude Stein. Atendió a mi llamada una sirvienta que me informó que mademoiselle estaba ocupada. Oí voces femeninas procedentes del piso de arriba, y le dije que acababa de llegar de Estados Unidos y tenía que verla, aunque sólo fuera un momento. La muchacha me mandó esperar en la puerta. Enseguida apareció Gertrude Stein, que era igual que en las fotografías, sólo que con una expresión mucho más afable.

—¿Qué pasa? ¿Quién eres? —me dijo. Se lo expliqué y oí por primera vez su risa, maravillosamente franca. Abrió la puerta para que pasara. Luego bajó Alice Toklas y los tres nos sentamos en el gran estudio lleno de Picassos.

—Por tus cartas te creía un anciano, un caballero de setenta y cinco años como mínimo —me dijo Gertrude Stein.

—Un anciano muy excéntrico —añadió Alice Toklas—. Estábamos segurísimas.

Paul Bowles, Memorias de un nómada (Grijalbo Mondadori, Mitos Bolsillo, Barcelona, 1990; traducción: Ángela Pérez)

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En París los de Armagnac y los borgoñones, a cada cual mejor, dieron la prueba de lo que puede hacer la demencia sanguinaria: asesinatos, matanzas sin igual. Cuando en mayo de 1418 los borgoñones entran en la capital la encuentran sembrada de cadáveres armagnacs, «en montones como cerdos en medio del fango». Los parisienses viven la pesadilla de «tiempos de decaimiento y de condenación», de un «mundo que está muy cerca de su fin», como dice el poeta Eustache Deschamps, nacido alrededor de 1346. Petrarca, que visitaba Francia a fines del reinado de Juan el Bueno en 1360, se quedó estupefacto: «Apenas podía reconocer algo de lo que veía. El reino más opulento no era otra cosa que un montón de cenizas; no había una sola casa en pie, salvo aquellas que estaban protegidas por las murallas de las ciudades y de las ciudadelas. ¿Qué se ha hecho pues de ese París que era una ciudad tan grande?»

Sin embargo, París sobrevivió a los desastres y hasta fines del siglo XIV y aun después continuó siendo «el centro donde se elaboran las modas, donde se inventan los ritos sociales, donde se define el estilo de vida y donde se forma el gusto de todos aquellos que en Europa pretenden vivir noblemente». Era pues una capital, pero una capital podrida, en descomposición, animada por la guerra a la que se adapta muy bien, algo así como Amberes después de la llegada del duque de Alba en 1567, quien la convirtió en la capital de las guerras de los Países Bajos…

Fernand Braudel, La identidad de Francia II. Los hombres y las cosas (Editorial Gedisa, Barcelona, 1993; traducción: Alberto Luis Bixio)

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¿Y por qué iba yo a dejar de ser de mi pueblo? ¡Ni pensarlo! Te veo muy orgullosa, mi pobre Minet-Chéri, porque vives en París desde que te has casado. No puedo evitar reírme al ver lo orgullosos que están los parisinos de vivir en París: los auténticos porque creen que equivale a un título nobiliario, y los falsos porque se imaginan que han subido de categoría. Ya puestos, ¡yo podría presumir de que mi madre nació en el boulevard Bonne-Nouvelle! Y tú estás como un piojo hinchado porque te has casado con un parisino. Y cuando digo un parisino… El rostro de los verdaderos parisinos tiene menos carácter. ¡Es como si París los desdibujase! —Se interrumpía y levantaba el visillo de tul que cubría la ventana—: ¡Mira! Ahí viene mademoiselle Thévenin, que pasea muy ufana por todas las calles a su prima de París, esa tal Quériot. Ni falta hace que lo diga, se ve a la legua que esa señora viene de París: muchas tetas, pies pequeños y tobillos demasiado frágiles para el peso del cuerpo; dos o tres gargantillas, el cabello muy bien peinado… No necesito más para saber que la tal señora Quériot trabaja de cajera en un gran café. Una cajera parisina se emperifolla la cabeza y el busto, el resto no ve la luz del día. Además, no camina lo bastante y echa tripa. Este tipo de mujer morcillona la verás mucho en París.

Colette, Sido (Acantilado, Barcelona, 2026; traducción: Núria Petit)

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Terranova, Shannon, París. El día despunta en Orly. ¡Qué viejos son los aduaneros y qué ajados sus uniformes! No parecen orgullosos de ser ciudadanos franceses: en sus caras hay algo que mendiga; están mal pagados para profesar respeto puritano por las consignas; alrededor de una maleta opulenta, montan extraños conciliábulos, cada uno se las ingenia como puede. Por la triste avenida que conduce hacia París, la gente va mal vestida, las mujeres tienen el pelo descolorido, caminan con paso humillado. Las verduras del mercado son raquíticas. Ni un taxi en la parada de los Invalides; en el bordillo de la acera, los viajeros se ponen nerviosos, empiezan a pelearse. Hace un día gris, París parece aterido, las calles están apagadas y lúgubres, los escaparates son ridículos. Allí, en la noche, un continente inmenso resplandece. Tendré que volver a aprender cómo es Francia y meterme de nuevo en mi piel.

Simone de Beauvoir, América día a día. Diario de viaje (1954; Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1999; traducción: Daniel Sarasola)

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Cuatro años después, antes de huir y cruzar la Alemania bombardeada, Louis-Ferdinand Céline, que no quería marcharse sin Bébert, su gato, lo ha llevado al Crillon, requisado, para pasar la indispensable inspección médica antes de salir del país… «Bebert no es reproductor, ni de «raza»… y sin embargo tengo un pasaporte para él… lo llevé a pasar la inspección al hotel Crillon… a un coronel veterinario del ejército alemán… «el gato llamado ‘Bébert’, propiedad del doctor Destouches, con domicilio en la calle Girardon, número 4, no parece padecer ninguna afeccción contagiosa (foto de Bébert)…». El coronel veterinario no ha mencionado nada sobre su raza…».

Marguerite Yourcenar, que se ha refugiado en Estados Unidos durante la guerra, regresa por primera vez a París en la primavera de 1952. Al cruzar la plaza de la Concordia se detiene «de paso» en el Crillon para dejar unas letras a unos amigos que se alojan en él: «París sigue siendo muy bonito, más incluso de lo que recordaba», luego vuelve a cruzar la soleada Concordia.

Los años habían desgastado el hotel, pero éste no sufrió ningún daño real. Cuando Anaïs Nin se hospedó allí aún no lo habían remozado, y eso surtió en ella el efecto de una especie de embrujamiento por los espíritus que lo habían «habitado» antes que ella…

Nathalie de Saint Phalle, Hoteles literarios. Viaje alrededor de la Tierra (Alfaguara, Madrid, 1993; traducción: Esther Benítez)

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La rue de Monceau es una larga calle parisina dividida en dos por el gran boulevard Malesherbes, que se lanza hacia el boulevard Pereire. Es una colina de casas de piedra dorada, una serie de hôtels como discretas variaciones sobre temas neoclásicos, cada uno de ellos un palacio florentino menor con suelos de espesa imitación rústica y un despliegue de efigies, cariátides y cartouches. El número 81, el Hôtel Ephrussi, donde empieza la peripecia de mis netsuke, está cerca de la cima. Paso frente al cuartel general de Christian Lacroix y allí está, en la puerta de al lado. De manera un poco aplastante, ahora es la sede de una mutua de seguros médicos.

Es tremendamente bello. De niño yo solía dibujar edificios así; me pasaba tardes enteras entintando sombras para que se pudiera apreciar el ascenso y la caída de la profundidad de ventanas y columnas. Hay algo musical en este tipo de elevación. Uno toma elementos clásicos y trata de darles vida rítmica: la fachada que se alza al compás de cuatro pilastras corintias, cuatro enormes urnas de piedra en el parapeto, cinco plantas de altura, ocho ventanas de ancho.

La planta baja es de grandes bloques de piedra desgastados para que parezca trabajo del tiempo. Paso por delante un par de veces y a la tercera descubro que, incorporada al enrejado metálico de las ventanas de la calle, está la doble E siamesa de la familia Ephrussi, con sus zarcillos alargándose en el espacio ovalado. Es apenas visible. Intento desentrañar esta rectitud y lo que dice sobre la confianza de esa gente. Agachando la cabeza por un pasaje, llego a un patio y, a través de otro arco, a un establo de ladrillo rojo que arriba cuenta con dependencias para los criados; un agradable diminuendo de materiales y texturas.

Un motorista trae cajas de pizza Speedy-Go a los empleados de la aseguradora médica. La puerta del vestíbulo está abierta y entro. Una escalera sube atravesando la casa entera como una espiral de humo, hierro forjado y fligrana de oro que se estiran hacia el farol de la cumbre. Hay una urna en un nicho profundo y baldosas de mármol ajedrezado. Por la escalera bajan ejecutivos, taconeando en el mármol, y retrocedo turbado. ¿Cómo empiezo a explicar esta búsqueda idiota? De pie en la calle, miro la casa y tomo fotos entre parisinos que me esquivan, disculpándose. Mirar casas es un arte. Hay que desarrollar un modo de ver cómo se asienta cada edificio en su paisaje natural o urbano. Hay que descubrir cuánto espacio le toma al mundo, cuánto mundo desplaza. La del número 81, por ejemplo, es una casa que desaparece astutamente entre las vecinas; hay algunas más grandiosas y otras más sencillas, pero pocas más discretas.

Edmund de Waal, La liebre con ojos de ámbar. Una herencia oculta (Acantilado, Barcelona, 2012; traducción: Marcelo Cohen)

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Mi amiga Victoria, que vive en París desde fines de los años noventa, alquila un departamento chico, pero muy lindo, en la Goutte d’Or, a cuadras de Montmartre. Es un barrio de inmigrantes, el noventa por ciento africanos. Hay tiendas de magníficas telas, peluquerías atareadas, idiomas cantarines por las calles, hermosas mujeres orgullosas, con perfiles de reinas, restaurantes etíopes y música de Mali. El edificio de Vicky, sin embargo, está poblado de latinoamericanos: hay chilenos, argentinos, cubanos, franco-bolivianos. También viven ahí, en departamentos de la planta baja pegados a la cour —el patio central—, un chico de Normandía y un nativo de Niza en perpetua deriva, Guillaume, que en visitas anteriores, cuando yo no tenía un amor comprometido, fue mi amante. Hermoso, Guillaume, rubio y adicto, con el pelo lleno de grasa, músico de jazz. La Goutte d’Or fue célebre a principios del siglo XX porque acá vivió la asesina serial de niños Jeanne Weber. Descubierta en 1908, se suicidó un año después, ya confinada en un instituto psiquiátrico. Mi amiga no sabe de ella; yo, por lo menos, no le ofrecí esa información.

Mariana Enríquez, «Un hueso de los inocentes. Catacumbas y cementerios de Montparnasse, París, Francia, 2006» (Alguien camina sobre tu tumba. Mis viajes a cementerios, Editorial Anagrama, Barcelona, 2021)

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Yo vi crecer la Torre Eiffel. Íbamos a verla, al salir del instituto, con la chaqueta de cuello de corazón levantada por la cartera.

Los padres constataban los progresos de la cosa, silbando, como cuando medían a sus vástagos, con un lápiz, contra la pared.

El Sena, aún relativamente tranquilo, gozaba con melancolía de sus últimos momentos, antes de los pabellones, los banderines, las charangas.

Las remolcadoras arrastraban sus cabelleras por el río, con un quejido de ogresa parturienta.

Los bateauxmouche fileteados de sol se fundían como rayos de miel.

Era la época en que, le hiciera falta o no, el zuavo del Pont de l’Alma se lavaba una vez al año los pies hasta el ombligo.

Los dos candelabros de Trocadéro alumbraban sólo la hierba.

Los árboles de los quais maduraban faroles.

Los anaqueles de los bancos y los puentes comenzaban a cubrirse de bibelots meditabundos.

(…)

De noche, la torre, con las piernas separadas sobre una hoguera demasiado pequeña para ella, orinaba de pie la Loïe Fuller y las fuentes luminosas. Las terrazas de los restaurantes del Palacio de las Artes Liberales, llenas a rebosar, se erizaban de cíngaros que flagelaban la noche lenta. Una estrella miraba con lascivia mi parfait de café, que el calor convertía en estatuilla. Un murciélago rubricaba su correspondencia en primera línea de batalla. Una escalera bebía leche en las tinieblas.

Léon-Paul Fargue, El peatón de París (Errata Naturae Editores, Madrid, 2014; traducción: Regina López)

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(París], otoño. Con Pierre [Louÿs]. Subimos al sexto piso de una casa de la calle Monsieur-le-Prince, buscando un local donde pueda celebrarse la tertulia, reunirse el cenáculo. Encontramos, allá arriba, una gran habitación, que la ausencia de muebles agranda todavía más. A la izquierda de la puerta, el techo desciende oblicuamente como en las buhardillas. Abajo de todo, una trampilla da a un granero que recorre la casa bajo las tejas. Enfrente, una ventana a la altura del pecho deja ver por encima de los tejados de la Escuela de Medicina, por encima del Barrio Latino, la extensión a cuanto alcanza la vista de las casas grises, el Sena y Notre-Dame en la puesta de sol, y, a lo lejos, Montmartre, apenas distinguible en la bruma del anochecer que se eleva.

Y soñamos los dos la vida de estudiante pobre en una habitación como ésa, sin otra fortuna que la que proporciona el trabajo libre. Y a los pies, ante el escritorio, París. Y encerrarse allí, con el sueño de la obra, y no salir sino con la obra terminada.

Ese grito de Rastignac que domina la ciudad, desde las alturas del Père-Lachaise: «Y ahora… ¡tú y yo, cara a cara!» (1889)

André Gide, Diario (Alba Editorial, Barcelona, 2013; selección, traducción y prólogo: Laura Freixas)

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Cuando volvimos a París los días eran claros y fríos y de maravilla. La ciudad se había puesto en armonía con el invierno, vendían leña buena en la carbonería de enfrente, y muchos cafés buenos habían puesto braseros fuera, de modo que podíamos sentarnos al calor de las terrazas. Teníamos el piso caliente y alegre. En la chimenea quemábamos boulets, que eran polvo de carbón comprimido en forma de huevo, y por las calles era hermosa la luz de invierno. Ya nos habíamos acostumbrado a los árboles desnudos rayando el cielo, y paseábamos por la gravilla rociada de las sendas del Luxemburgo bajo el viento vivo y claro. Si nos conformábamos con los árboles sin hojas podíamos mirarlos como esculturas, y los vientos de invierno se veían soplar en los estanques y estaba su soplo en los surtidores a la luz límpida. Todas las distancias se nos hacían cortas, ahora que volvíamos de las sierras.

(…)

Podía elegir entre varias calles para bajar por la tarde hasta el jardín del Luxemburgo, y paseaba por el jardín y entraba en el Musée du Luxembourg, donde estaban las grandes pinturas que luego trasladaron al Louvre y al Jeu-de-Paume. Iba casi cada día por los Cézanne, y por ver los cuadros de Manet y Monet y los demás impresionistas con los que tuve un primer contacto en el Art Institute de Chicago. Iba yo aprendiendo algo en la pintura de Cézanne, y resultaba que escribir sencillas frases verídicas distaba un buen trecho de lograr que un cuento encerrara todas las dimensiones que yo quería meterle. Iba aprendiendo mucho de aquel hombre, pero entonces no sabía expresarme bastante como para decírselo a nadie. Además era un secreto. Pero en cuanto me faltaba luz en el Luxemburgo, cruzaba los jardines y subía al apartamento en forma de estudio donde vivía Gertrude Stein, en el 27 de la rue de Fleurus.

Ernest Hemingway, París era una fiesta (Penguin Random House / DeBolsillo, Barcelona, 2013; traducción: Gabriel Ferrater)

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Tan escéptica como siempre, Barnes buscó la autenticidad en el entorno desconocido y durante las primeras tres semanas no le gustó París. Como era «una criatura preferentemente solitaria», Notre-Dame la dejó «relativamente indiferente»; prefería la iglesia «menos fría» de Saint-Germain-des-Prés. La parte intermedia de Vagaries Malicieux describe su encuentro con Joyce; vuelve luego a sus comentarios sobre París visto con los ojos cansados de una forastera apática.

Barnes registra el entorno con todo detalle: oye comentar a una mujer: «hemos subestimado las cañerías norteamericanas». «La mujer francesa es baja, de caderas altas y graciosamente morena, sus pensamientos son locales y su marido insignificante y al parecer físicamente apto sólo en el recuerdo.» Los cruasanes eran mejores que los del Hotel Brevoort de Nueva York. Estaba decidida a no dejarse impresionar, a observar con distanciamiento, a ver el entorno sólo como fuente de comentarios divertidos. Esta actitud no duró mucho, porque París estaba destinada a ser la ciudad preferida de Djuna Barnes, un lugar por el que sentiría profunda nostalgia.

Phillip Herring, Djuna Barnes (Circe Ediciones, Barcelona, 1997; traducción: Ángela Pérez)

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Berlín, París, Múnich, Viena: las cuatro ciudades adalides de la modernidad en 1913. Chicago ejercitaba los músculos y sobre todo Nueva York iba mudando de piel despacio, aunque no cogió el testigo de París definitivamente hasta 1948. Sin embargo, ya en 1913 se acabó de construir el edificio Woolworth, el primero en superar en altura a la torre Eiffel; se inauguró la Grand Central Station, la mayor estación ferroviaria del mundo; y el Armory Show se encargó de que la vanguardia prendiera en América. Pero ese año París seguía siendo único, ni el edificio Woolworth ni el Armory Show ni la Grand Central causaron el menor revuelo en los periódicos franceses, ¿y por qué habrían de hacerlo? Al fin y al cabo, París tiene a Rodin, Matisse, Picasso, Stravinski, Proust, Chagall y un largo etcétera, todos trabajando en su próxima gran obra. Y la ciudad, en el culmen de su amaneramiento y decadencia, encarnados en los experimentos de danza de los Ballets Rusos y Sergéi Dighilev ejercen un atractivo mágico en la totalidad de los europeos cultos, sobre todo en los cuatro sobradamente cultos de traje blanco: Hugo von Hofmannsthal, Julius Meier-Graefe, Rainer Maria Rilke y el conde Harry Kessler. Sólo Proust quería recordarse en el París de 1913, los demás deseaban ir hacia delante, pero a diferencia de Berlín, entretanto, a ser posible con una copa de champán en la mano.

Florian Illies, 1913. Un año hace cien años (Ediciones Salamandra, Barcelona, 2013; traducción: María José Díez y Paula Aguiriano)

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Toda mi infancia transcurrió en ese barrio de París que va desde la colina de Montmartre hasta los grandes bulevares, y que está rodeado, por un lado, por la calle de Clichy y la Chaussée d’Antin y, por el otro, por la calle Rochechouart y el barrio de Montmartre. A veces me llevaban hasta las Tullerías y los Campos Elíseos, y a menudo también me paseaba por los pasillos y el escenario del Teatro Francés. Pero esas grandes salidas no me divertían demasiado, menos que ninguna ir a la Comédie, a la que me llevaba mi padre, y donde las obras maestras del teatro contemporáneo ya empezaban a hacerme bostezar. El único recuerdo que conservo es el del quinto acto de las Bodas de Fígaro, el acto del parque, cuando Querubín pasa canturreando su canción. El parque me parecía enorme y la canción me hacía llorar: «Tenía una madrastra…». Es verdad, cuanto más recuerdo esas salidas más me doy cuenta de que no eran mis preferidas. La zona que me resultaba más familiar y en la que mis ojos se llenaban de imágenes que iba a guardar para siempre era la que se encuentra entre las calles Notre-Dame-de-Lorette y Fontaine, los bulevares de Clichy y Rochechouart, y las calles Rochechouart y Lamartine. Ese barrio sigue teniendo para mí un color y una vida especiales.

Paul Léautaud, Recuerdos ligeros (MenosCuarto Ediciones, Palencia, España, 2010; traducción y prólogo: Julio Baquero)

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En París se practica un terrorismo de mostrador. Te acercas a la ventanilla y ¡zas!, ¡te muerden! Te echan a mordiscos antes de que llegues a acercarte. En comparación los argentinos somos corderitos. Lo mismo pasa con la burocracia universitaria. ¡Te obligan a sentir nostalgia de los carcamanes de Filo! El día que llegué intenté ingenuamente matricularme en la Sorbona. ¡Para qué! La burócrata, en la flor florecida de la edad, entró en un brote aullado, sólo porque un brasileño había tenido el coraje de acompañarme y en la jaulita donde la tenían, de ninguna manera podía entrar más de uno por vez. “Pero acaba de llegar, tiene problemas con la lengua”, rogaba mi compinche. Y la arpía, impertérrita: “Entonces que no se inscriba en la Sorbonne”. No hubo caso.

Néstor Perlongher, «Nueve meses en París» (Revista Hispamérica, número 84, dic. 1999, pp. 53-57)

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París es una ciudad en la que no se precisa mapa. Paseo por la estrecha Rue du Dragon, la antigua Rue du Sépulcre, que en otro tiempo lucía un imponente dragón de piedra. En el número 30 hay una placa en memoria de Victor Hugo. Rue de l’Abbaye. Rue Christine. El número 7 de la Rue des Grands Augustins, donde Picasso pintó el Guernica. Estas calles son un poema que espera romper el cascarón: de pronto, es Semana Santa; huevos por todas partes.

Camino sin rumbo y termino en el Barrio Latino, después callejeo hasta llegar al Boulevard Saint-Michel. Busco el número 37, donde se crio Simone y donde la familia Weil vivió durante décadas. Veo un flash de Patrick Modiano recorriendo una dirección tras otra, zigzagueando por toda la ciudad en busca de ciertas escaleras. Pienso en Albert Camus, a punto de recibir el Premio Nobel, realizando esta misma peregrinación hasta la residencia de Weil, pero por motivos más serios: no la mera curiosidad, sino la contemplación.

Desarrollo una rutina. Me levanto a las siete. Voy al Café de Flore a las ocho. Leo hasta las diez. Voy andando a Gallimard. Periodistas. Firmo libros. Almuerzo con el equipo de Gallimard: Aurélien, Cristelle… Confit de pato y judías, precio de café de barrio. Tomo el té en el salón azul, con el jardín debajo, más entrevistas. Una periodista me tiende un libro sobre Simone Weil, traducido al inglés. ¿La conoces?, me pregunta. Más tarde, otro periodista llamado Bruno me regala una fotografía de Gérard de Nerval, que coloco en la mesita de noche. Es el mismo retrato melancólico que tenía pegado con celo encima del escritorio a los veintitantos.

Patti Smith, Devoción (Penguin Random House – Lumen Narrativa, Barcelona, 2018; traducción: Ana Mata Buil)

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En Francia se pasan la vida levantando edificios que deben durar un día o unos pocos días y que luego echan abajo. El hermano mayor de Gertrude Stein suele decir que el permanente pleno empleo o la ausencia de desempleo en Francia se debe a la gran cantidad de hombres dedicados a erigir y derribar edificios provisionales. La naturaleza humana es tan permanente en Francia que pueden permitirse que sus edificios sean tan temporales como les apetezca. Fuimos pues al edificio provisional, bajo y muy, muy largo, que todos los años se montaba para los artistas independientes. Cuando, después de la guerra o poco antes, no lo recuerdo, el salón de los indépendants tuvo un espacio permanente en el enorme edificio de exposiciones, le Grand Palais, perdió mucho interés. Al fin y al cabo, lo que cuenta es la aventura. El largo edificio provisional estaba bellamente bañado en la luz de París. En tiempos anteriores, muy anteriores a estos de los que hablo, en los tiempos de Seurat, los independientes celebraban su exposición en un edificio en el que se colaba la lluvia. Por eso Seurat, colgando cuadros bajo la lluvia, pilló su fatal resfriado.

(…)

En París hay muchos marchantes a quienes les gusta arriesgarse en su negocio, no hay en Estados Unidos editores a quienes les guste arriesgarse en el suyo. En París hay marchantes como Durand-Ruel, que se arruinó dos veces por apoyar a los impresionistas, y lo mismo les ocurrió a Vollard con Cézanne, a Sagot con Picasso y a Kahnweiler con todos los cubistas. Ganan dinero como pueden y siguen comprando algo que de momento no tiene mercado y perseveran con tesón hasta que al fin crean un público. Y esos aventureros son intrépidos porque así es como conciben su negocio. Hay otros que no han sabido escoger con tanto acierto y han acabado arruinados. Es tradicional que los marchantes más intrépidos de París se arriesguen. Supongo que hay muchas y buenas razones por las que los editores no hacen lo mismo. John Lane era el único editor que se arriesgaba. Quizá al morir no era un hombre riquísimo, pero vivió bien y murió bastante rico.

Gertrude Stein, Autobiografía de Alice B. Toklas (1933; Lumen Narrativa / Penguin Random House, Barcelona, 2014; traducción: Andrés Bosch)

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En el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de la vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de algún hedor. Y, como es natural, el hedor alcanzaba sus máximas proporciones en París, porque París era la mayor ciudad de Francia. Y dentro de París había un lugar donde el hedor se convertía en infernal, entre la rue aux Fers y la rue de la Ferronnerie; o sea, el Cimetière des Innocents. Durante ochocientos años se había llevado allí a los muertos del hospital Hôtel-Dieu y de las parroquias vecinas; durante ochocientos años, carretas con docenas de cadáveres habían vaciado su carga día tras día en largas fosas y durante ochocientos años se habían ido acumulando los huesos en osarios y sepulturas. Hasta que llegó un día, en vísperas de la Revolución Francesa, cuando algunas fosas rebosantes de cadáveres se hundieron y el olor pútrido del atestado cementerio incitó a los habitantes no solo a protestar, sino incluso a organizar verdaderos tumultos, en que fue por fin cerrado y abandonado después de amontonar los millones de esqueletos y calaveras en las catacumbas de Montmartre. Una vez hecho esto, en el lugar del antiguo cementerio se erigió un mercado de víveres.

Patrick Süskind, El perfume (Seix Barral, Biblioteca Formentor, Barcelona, 2001; traducción: Pilar Giralt y Ana Ma. de la Fuente)


Foto: (c) Pablo de Cuba Soria, París, 2017.

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